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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
Las ubres del firmamento
Libro de los caminos
Henry Luque Muñoz
Fundación Simón y Lola Guberek,
Santafé de Bogotá. 1991.
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Desde su primer libro de poemas, Sol cuello
cortado (Bogotá, 1973) hasta el último, Libro de los caminos (Santafé le Bogotá,
1991), la voz de Henry Luque Muñoz demuestra haber cumplido un recorrido y haberse
modificado en consecuencia. El se ha desprendido de los aspectos más provocatorios de su
primera manera, declaradamente surrealista, como ya denunciaba aquel titulo, feliz
traducción de un verso de Apollinaire, a la vez eufónico y de clara resonancia mítica:
"soleil con coupé". Con ello su discurso poémico ha ganado fluidez y una mayor
adherencia a los temas que desde siempre lo obsesionan: la paradoja del regreso, el
problema del mal, el silencio y la iluminación interior y, sobre todo, el amor. Ya lo
había dicho Cobo Borda: el destinatario privilegiado de los poemas de Luque es la muerte.
Se podría agregar que esa mujer se manifiesta en su doble vertiente de amante y de madre
y que, en el vasto concepto de lo amoroso, para Luque son primordiales dos modulaciones:
la erótica y la filial. La erótica se multiplica en retratos que corresponden a la
propia amada (véanse por ejemplo, Al sonido del mar danzamos o A Sara) o a la
amada de otros (Lili Brick, de Maiakovski; Anna Kern, de Pushkin); y se alimenta de
imágenes aparentemente antieróticas, como la castidad de Maria Magdalena o la pasión
intelectual de sor Juana Inés de la Cruz. De esta última realiza Luque un retrato
particularmente hermoso, según el cual la energía creativa de la monja escritora habría
producido el milagro de la libertad dentro de su prisión y de la espontánea difusión de
su carisma a cuanto la rodeaba, incluso a los elementos naturales: "sin vacilar
caminó en el aire,/ la única que consiguió seducir al viento/ y de quien el sol estuvo
enamorado".
La modulación filial del amor encuentra expresión en algunos
sentidos poemas específicamente dedicados a la madre (Bendita de ti), en versos donde el
amor materno asciende a lugar simbólico de refugio existencial (Correo otoñal:
"busco besos de mi madre, trazos de mi hermano") y también como condición
superior del mismo amor erótico: "Ese nombre me abriga/ en un mundo salvaje de
hierro y frío, ese nombre está hecho de plumas que me traen la gracia del
sueño". El vientre de la amada, metáfora del vientre materno y contrapartida del
vientre del origen, dado que abre la entrada a un mundo que es reflejo y conocimiento de
la realidad, permite, con mayor seguridad, el crecimiento interior: "Abro tu
vestido./ Y entro/ en el mundo atónito./ En ti está la residencia/ de mi Sol
creciente".
La paradoja del progreso, que implica la
pérdida de esa armonía con la naturaleza en la que reside la armonía interior, es el
tema más reiterado en la primera parte del volumen, Abecedario de los olvidados. Esos
"olvidados" son precisamente creaturas y componentes del mundo que el progreso
va marginando, dejando de lado. Y también los recuerdos valga el oxímoron
forman parte de la lista, desechados por los intereses creados y rescatados en la tarea
del poeta. "Nunca olvida [por lo tanto, lo que sigue es un recuerdo] que fogonazos
del tamaño de un dragón/ derrumbaron la casa de la infancia/ Lo salvó un puñado de
tarántulas/ que le señaló el camino/ hasta la orilla de un lago manso/adonde ya no
llegaban las garras/ de los buscadores de petróleo".
Ruido contra silencio, violencia contra plácida
armonía, industria del petróleo contra vida provinciana y patriarcal. "El Niño
Dios te escrituró un establo [le decía López Velarde a su Suave (Madre) Patria] y los
veneros del petróleo el diablo". Algunas evocaciones de la infancia de Luque
resultan afines a las de Ramón López Velarde; pero entre ambos hay otro poeta, conocido
y venerado por Luque: Aurelio Arturo. Veinte años atrás, en la primera investidura
poética de Luque, la cercanía del maestro, probablemente, impedía el libre fluir de esa
vena a él más cercana. Ahora, con mayor seguridad de sus medios expresivos y sin peligro
de confusión estilística, Luque deja brotar sus nostálgicas evocaciones:
Crecían ante mis ojos las ubres del
firmamento
[...]
la lejanía me embriagaba
con su vastísimo olor a naranja mordida.
Y el camino lo lleva precisamente al encuentro
de ese "aureliano" país interior que es el país de la memoria, en
el cual geografía y cuerpo de la mujer amada se conjugan (como se declara en
Descubrimiento).
La presencia del mal parece concentrarse
dejando milagrosamente inatacado el recinto de la memoria-sueño en la ciudad:
en ella, la "afelpada piel del silencio se eriza" y "la carcajada"
signo emblemático de lo satánico "revienta los cristales".
El silencio tiene en este contexto el valor de
un don; y el canto de la naturaleza, "la algarabia de jazmines", forma un
"coro celeste" de "voces inaudibles", capaces de transmitir armonía y
gozo. Sin embargo, el único en grado de captar esa forma de comunicación es el hombre
que ha sabido mantener su pacto con la naturaleza: o sea, pudorosamente dicho, no el
villano, no el violento, no el hombre blanco (véase Oyen las voces inaudibles).
A través de este largo camino, que pasando por
la desilusión de la ciudad llega a una nueva conjunción con la naturaleza como única
vía de salvación, la poesía de Luque encuentra naturalmente y sin forceieos
ideológicos un momento de reconciliación con los propios orígenes geográficos,
étnicos, culturales. Algunas composiciones podrían resultar incluso en sintonía con la
fórmula engagée de un Nicolas Guillén o de un Ernesto Cardenal (véase, por ejemplo,
Decepcionada de su esbelta raza o Los indios caribes). Sin embargo, ese reencuentro con lo
propio obedece en la poesía de Luque a un movimiento interior de la misma o, en otras
palabras, es consecuencia de una búsqueda personal del poeta.
La misma búsqueda y el mismo movimiento lo
llevan a encontrar en el jaguar, o sea en un animal exquisitamente americano, la imagen
representativa de su rostro más íntimo (véase Jaguar enamorado); que a su vez se
corresponde perfectamente con el retrato de la amada, esa sublime creatura capaz de
guardar un enigma en la zapatilla y de conservar "la costumbre olvidada de andar
sobre nubes". O bien lo llevan a descubrir en el bisonte, otro animal exquisitamente
americano, destruido por la furia colonizadora del hombre blanco, el símbolo de una
auténtica potencia malamente sometida pero, a la vez, nunca completamente
aniquilada.
La fuerza agresiva de imágenes como la del
bisonte o el jaguar se deben, tal vez, fundamentalmente, a dos razones. En primer lugar,
la cultura de Luque viene de lejos y esos elementos, que podríamos definir como de un
"americanismo militante", son eficaces precisamente porque no son ni exclusivos
ni monótonos. Efectivamente, ellos conviven con símbolos arcaicos del patrimonio
universal, como el símbolo del laberinto, presente ya en la poesía de Luque desde sus
primeros poemas y reiterado y enriquecido en su último libro. Luque es también, por otra
parte, ese viajero y soñador infatigable, ese cosmopolita que testimonian las partes
cuarta, quinta y sexta del libro, intituladas respectivamente Cantos griegos, Garabatos de
otro mundo y Cuaderno ruso.
En segundo lugar, la eficacia de las imágenes
está alimentada por una especial tendencia visiva, característica de la poesía de
Luque. Mientras el ritmo de su lenguaje se ha ido definiendo en su mayor propensión a lo
sentencioso, epigramático y parabólico, tanto que por momentos parece derivar de una
fuente literaria bíblico-profética, la capacidad evocativa visual ha aumentado hasta
volverse decididamente pictórica (por ejemplo, "El sol entró a caballo",
"El viento trae una cascabel enroscada a su cuello", "las mariposas se
convirtieron en corazones"), naturalmente dentro del código surrealista privilegiado
por el autor, llegando incluso a sugerir imágenes pictóricas ya existentes en la memoria
artística. Así, la yegua mágica con "los cascos tachonados de estrellas"
resulta emparentada con ciertas imágenes del unicornio de Salvador Dalí, el toro que
vuela con otras de Chagall, etc.
Pero tal vez donde más cálida y persuasiva se
vuelve la voz de Henry Luque es en concomitancia con algunas certezas que, a pesar del
aire sentencioso y grave de sus formulaciones, se denuncian en seguida como nacidas de la
intuición y del sentimiento, mucho más que de la reflexión. Esas certezas tienen que
ver con la urgencia de gozar el instante milagrosa morada de lo eterno, con el
desdén de lo mundano, con la vocación amorosa y poética, todo lo cual le da la
capacidad de llegar al corazón de las cosas:
Mi pasión es el manojo de violetas del
atardecer,
mi oficio comprender la sed del viento.
MARTHA L. CANFIELD
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