Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

Después del amor me baño


Mal de amores
Patricia Iriarte
Editorial Entorno, Bogotá, 1992, 79 págs.

Objeto de deseo
Mónica Gontovnik
Editorial Kore, Barranquilla, 1991, 37 págs.

 

La poesía amorosa es, sin lugar a dudas, el sector más amplio de la historia de la poesía. Por consiguiente, uno de los más peligrosos, difíciles y deformados. El poeta José Manuel Arango parece recordarlo, en un poema de amor de su libro Signos (1978), cuando afirma: "como para cruzar un río / me desnudo junto a su cuerpo// riesgoso / como un río en la noche". Como todo buen poema, éste sólo nos da la "impresión". En lo "riesgoso" se encuentra el núcleo que da vida a la criatura poética. Lo "riesgoso" de la poesía amorosa yace en no caer precisamente en el lugar común, en la sensibleria, el ornamento, el despilfarro verbal. El tema amoroso, tan maltratado la mayoría de veces en el cancionero popular, es quizá el más difícil de restituir, de restaurar. Toca al poeta limpiarlo de toda retórica, de todo énfasis, de todo convencionalismo desgastante. De allí que Wallace Stevens en Adagia, su obra póstuma, confesara: "La realidad es un cliché del que escapamos por la metáfora". 

Dos libros convergen en esta difícil zona del lenguaje poético. Son ellas Mal de amores de Patricia Iriarte (1963) y Objeto de deseo de Mónica Gontovnik (1953). Mal de amores es el primer poemario que publica su autora. Está compuesto por veintisiete textos, divididos a su vez en tres partes tituladas: Las cartas, El silencio, El espejo. Pulcramente presentados, los poemas guardan una unidad, un tono que los sustenta. Podría afirmarse que es precisamente ese ritmo y algunas intuiciones deslumbrantes los que justifican esta primera incursión de su autora en el "juego peligroso" del poema. Como afirma lúcidamente su prologuista, Fernando Garavito: "El destino de un libro puede ser cualquiera. Este, creo, dejará uno o dos versos en la memoria, tal vez dos intuiciones... Quiero decir, de estas páginas rescato la poesía, que es, sin duda, el sedimento que queda cuando terminan Las palabras. Días después, cuando recuerdo lo que este libro me dijo en su momento, vivo de nuevo unos pocos instantes luminosos". Estos "sedimentos", esos "instantes luminosos se encuentran cristalizados en poemas como Equipaje (pág. 17): 

Cómo pesa, amor
este equipaje de regreso.
Todo esto de mí
que había en ti.
Cómo pesa.

Aquí el lenguaje es depurado de todo ripio. Se renuncia al adorno, a la dispersión, para concentrarse en un centro, un blanco: la imagen (las palabras). Otro hermoso ejemplo es su texto titulado La fuga (pág. 25): "Te busco adentro/ pero siempre,/ cuando el día cierra sobre si su capa/ te fugas/ y sólo alcanzo a ver/ un sol naranja sobre tu lomo de gato". Otros poemas cumplen también este difícil cometido; cabe rescatar textos de la talla de Obsesiones, De lejos, Poción de amor, Apócrifo, Su rastro. Sin embargo, esta tensión en ocasiones cede aflojando, quedándose en cierta superficialidad amorosa que en esta zona del lenguaje le llamamos sentimentalismo. Un poema titulado La estación lo ilustra: "Se lleva el resto de amor que te aguardaba/ y las últimas huellas que dejaste/. Queda el sabor de una huida/y la duda de que ese tren llegue a su destino" (pág. 19). 

"Pensar es como amar", afirma el poeta argentino Roberto Juarroz para referirse a ese ángulo en el que pensar y sentir, inteligencia y amor son una sola cosa (saber pensar con las emociones y sentir con el pensamiento, diría Pessoa). Nuestra tradición poética ha dejado, salvo contadas excepcionies, al discurso amoroso en el terreno del sentimiento. Esta dicotomía nos ha dado como resultado un romanticismo decadente, cargado de tono nostálgico e intimista, infinidad de libros faltos de meditación y, por tanto, de peso. 

Un libro como Objeto de deseo bien ilustra esta tensión-limite entre sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. Treinta y siete poemas son dirigidos como dardos a igual número de amantes, tipificados según su autora en: El invisible, El ladrón, El platónico, El innombrable, El terrorista, El torero, etc. Treinta y siete postales sueltas a manera de grabados acompañan el revés de cada poema en una edición de lujo. Mónica Gontovnik en Objeto de deseo demuestra ser un poeta que ha trajinado y conoce su oficio. Pudor, intensidad, pasión y concentración son ejes que atraviesan estos textos: "Hueles a mi en la distancia./ Mi sudor dulce! se pega a tu tiempo" (El invisible). "Entiendes que sin la ilusión que ilumina,/ será muy difícil/ seguir la farsa" (El novio). "Te nombro verdugo de mi voz" (El rey). El deseo, como lo encarnan estos versos, da el espacio de meditación al poeta-amante para contemplar su objeto, ofrecen la posibilidad de exaltar el cuerpo, en un pensamiento apasionado: "La pasión interminable/ toma la ruta más larga a tu cerebro,] sin encontrar respuestas" (El amor imposible). "Por él, destruiré todo pensamiento/ que no sea cálido, atrevido, intenso" (El objeto de deseo). De ahí que Verlaine, al hablar del poeta, confesara: "Nosotros que hacemos versos conmovidos muy friamente". Objeto de deseo es un libro que utiliza un lenguaje muy suyo, que juega con una simbología propia, llegando en sus momentos más altos a poemas tan diáfanos y precisos como los titulados El platónico y El real:

 

EL PLATÓNICO 

Después del amor, me baño.
Limpio el rastro de mi en tu cuerpo,
de ti
en mis sueños. 

EL REAL

Después del amor
me nutro.
Recojo el sudor de ti
en mis senos,
de mí, en tus sueños.

Pese a todo lo anterior, existen en Objeto de deseo, al igual que en Mal de amores, ciertos textos que no Corresponden, que parecen colarse en el meditado cuerpo del libro. Dentro de esos intrusos cabe mencionar, para ejemplificar, escritos como El artista, El payaso, El esculpido. Por oposición a los poemas anteriormente comentados, éstos son de corta factura, con imágenes evidentes donde el erotismo se diluye, en un discurso amoroso plano, carente de lucidez: "Amado, supe derretir el mármol que te dio figura./ Amor, pude encontrar tu voz./ Lindo, tu virilidad virgen me dio fuerzas/ para seguir esculpiendo./ Muñeco, acabaste con mis sueños" (pág. 29). 

Cierta sensibleria o meloseria se apodera de estos escritos robándoles esa "imaginación razonada" que exige este tipo de poema. Como se ha venido señalando a manera de tesis en esta nota, no existe una inteligencia verdadera sin sensibilidad, como tampoco existe una sensibilidad que deje de lado la inteligencia. A este logos del sentimiento y la imaginación —recordando las palabras de Ramos Sucre— llegan estos dos libros en sus momentos más altos. Por el contrario, a esta ascesis del lenguaje donde sólo sobrevive lo esencial, los núcleos en su punto más elevado, sobreviene una caída de tensión que aquí llamaremos "falta de concentración" en el cuerpo y el corazón de estos dos libros (manchas, baches, cicatrices, podrían ser otros de esos nombres). 

"En esta zona parece adquirir singular resonancia la definitiva exhortación de San Agustín cuando afirmaba: ‘Ama y haz lo que quieras’. Quizá con una limitación doblemente dramática y hasta tal vez algo cínica: no escribir mal. No poner al amor antes que la poesía o dedicarse a escribir y hacer otras cosas". Palabras reveladoras de Juarroz que caen como un balde de agua fría sobre aquellos que sucumben al acaloramiento. 

 

JORGE H. CADAVID