Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

Muestrario apresurado


Voces femeninas del mundo hispánico
(Antología de poesía)

Ramiro Lagos
Centro de Estudios Poéticos Hispánicos, Bogotá, 1991. 373 págs.

 

Mujeres poetas de Hispanoamérica fue el titulo dado inicialmente a esta antología publicada en 1986 por la Editorial Tercer Mundo de Bogotá, que ahora se reedita, ampliada, bajo el título de Voces femeninas del mundo hispánico, en colaboración con la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro (Estados Unidos). Este nuevo titulo se debe a que la antología incluye esta vez una selección de poetas españolas. 

El primer tropiezo que sufre este ambicioso proyecto aparece en su prólogo. En él el profesor Lagos empieza por devolvemos a la traqueada y manida discusión entre una llamada poesía femenina y feminista, una literatura femenina y, en consecuencia, mas poesía femenina, una poesía con sexo o asexuada, y sus consabidos problemas: la misoginia o la falocracia, si debemos llamarlas poetisas o poetas, si debemos o no ponerles pantalones a las musas, si fue primero el huevo o la gallina.

El tropiezo, sin embargo, quedaría ,ubsanado si el autor se limitara simplemente a hacer historia con estos latos a manera de ilustración. Pero no. El profesor Lagos sienta su criterio y afirma: "Tendrán que retroceder a la terminologia latina y al Diccionario de la Real Academia, para admitir que entre poeta y poetisa la diferencia es incuestionable" (pág. 11). Pero el señor no se conforma y ahonda, o mejor, se hunde un poco más: "Otra cosa es pensar que entre musa y poetisa haya similitud. Y ahí, si viene otra discriminación cuando a sor Juana Inés de la Cruz se le llamó la décima musa, resistiéndose los letrados a conferirle el titulo de poeta, como si a la mujer le correspondiese esa función pasiva de ser musa" (pág. 12). 

Extraño prólogo para un estudioso de la literatura que pretende enseñarnos con amplitud y sobriedad un panorama de la poesía hispanoamerIcana. 

La curiosa "apertura", como da en llamar el escritor a su prólogo, nos remite inmediatamente a "la ficha del autor". Allí leemos que Ramiro Lagos es investigador y profesor especializado en "Literatura de protesta" —titulo bastante raro y sospechoso— y que entre de sus libros aparecen Testimonio de las horas grises y Mester de rebeldía de la poesía hispanoamericana, que reúne, según reza la ficha, más de cien poetas representativos de la "poesía insurgente" de Indoamérica. 

Pero estos datos también quedarían al margen si supiéramos que para nada tocan la recopilación de textos presentados en la antología. No es así. Para el profesor Lagos la vanguardia en la que desembocan nuestras escritoras es una "vanguardia feminista": "La insurgencia de la mujer latinoamericana recorre derroteros históricos de plumas sublevadas contra la opresión, resonando en himnos épico-líricos que recogen el entusiasmo de los movimientos liberadores con fragmentos de clarines rotos" (pág. 15). Fuera de lo dulzón y plano de las palabras anteriores, el autor nos sitúa en una llamada por él "vanguardia del nuevo feminismo mancomunado", "una poesía de solidaridad", "una poesía pluralista", sustentada con la tesis según la cual vanguardia y revolución son términos que, ideológica y literariamente, mantienen una equidistancia mínima como para intentar el mestizaje cabal de expresión latinoamericana" (pág. 16). 

A la pobreza de estos planteamientos, un tanto trasnochados, donde la poesía se siente inferior a una idealizada acción política, el profesor Lagos suma, como era de esperarse, el intentar dar una "temática prioritaria de la mujer": "Se dirá que sus motivaciones se originan de la paz hogareña (no del inconformismo), de su piedad religiosa (no de su escepticismo), de su fervor patriótico (no de su ideal nacionalista), de su amor legal (no de su amor libre) y, en fin, de esas motivaciones del tradicionalismo decadente. Con respecto a la temática femenina predominante hace tres décadas, el famoso critico boliviano Monseñor Juan Quiroz, al evaluar una antología de poesía femenina latinoamericana, decía en 1956 que entre las mujeres antologadas, se destacaban en su orden las eróticas, las revolucionarias (tendencia no del todo nueva), las cantoras de la naturaleza, del hogar, de la vida y la muerte, las patrióticas, las artificiosas, las suspiradoras y meditabundas, las soñadoras y las rebeldes en privado. Como podrá observarse desde hace tres décadas a los tiempos que corren, varias de esas características subsisten, pero lo que sí hay que advertir es que las suspiradoras se divorciaron ya de los suspiros para ser más agresivas, las meditabundas son hoy más cerebrales, más intelectualizadas, las artificiosas, desnudando su expresión, tienden hacia una poesía más coloquial, y las rebeldes clandestinas y las soñadoras..."
(pág. 17). 

Sobra cualquier comentario después de esta "disección" ideologizante e ideologizada, de quien pretende presentamos una muestra de la mejor poesía hispanoamericana. Sólo cabe recordar una frase de Helena Araújo en su texto "Yo escribo, yo me escribo cuando confiesa: "El imperativo de politizar, frente al de poetizar, me bloquea y me angustia" (Revista Iberoamericana, núm. 132, junio de 1985). 

Tomemos todo el anterior "catálogo del estereotipo" como un infortunado lapsus, y pasemos a la antología. Veinte países representados por ciento cuarenta y una poetas aparecen recopilados en estas páginas. Digo recopilados para referirme al catálogo, directorio o muestrario apretujado que se nos presenta. Por la cantidad más que por la calidad, a cada poeta corresponde un solo poema que nos deja pagando, si quisiéramos basarnos en uno de esos nombres para iniciar un estudio crítico. Antología para lectores apresurados de poesía, que de hecho suena contradictorio. Menos nombres y más poemas (dos o tres poemas mínimo por autora) para coger un tono, sentir un ritmo que permita agarrarnos de algo. Aunque tampoco aparece explicito, la antología recoge a su vez tres grupos o promociones generacionales: una comprendida desde finales del siglo pasado y principios de éste, otra que abarca los años treinta y cuarenta, para terminar con poetas nacidas entre los cincuenta y los sesenta. 

Tomemos como ejemplo el país con que se inicia la antología: Argentina. En la nota introductoria que presenta la producción poética de cada nación, para Argentina corresponde el titulo ‘Del surrealismo a la nueva vanguarha". Diez poetas son reunidas desde Afonsina Storni, pasando por Maria Elena Walsh y Olga Orozco, hasta legar a Alejandra Pizarnik. A pesar del no gusto que el autor deja sentir or las dos últimas, termina por incluirlas, no sé si porque leyó la Antología consultada de la joven poeta argentina (1968), la Antología de la poesía viva en Latinoamérica de Aldo Pellegrini (1966), o acaso la antología de la poesía hispanoameicana de su paisano Cobo Borda (1986) —quien, además, sólo incluye a Orozco y a Pizarnik, como mujeres, por Argentina—, o porque un asesor fantasma le aconsejó no cometer una infamia. El profesor Lagos afirma: ‘Bastante conocida con anterioridad María Elena Walsh desde la publicación en 1947 de su libro Otoño imperdonable, elogiado por Juan Ramón Jiménez, no obstante fue una gran sorpresa que la poeta Alejandra Pizarnik la aventajara en su trascendencia internacional al ser prologado su libro Arbol de Diana por Octavio Paz en 1962. Como si el prestigioso prologuista le hubiese dado el espaldarazo definitivo, pronto sus poemas fueron difundidos" (pág. 24). Al renombrado profesor no se le ocurrió pensar que fue la calidad misma de los poemas le Pizamik (sus nueve libros) la que atrajo el reconocimiento de Octavio Paz y no que estos poemas ganaran prestigio gracias a dicho prólogo. 

Para el autor, una escritora de la talla de Olga Orozco —maestra de la propia Pizarnik— se queda sólo en una ‘tendencia surrealista casi obsesiva de a poesía argentina"
(pág. 24). En su misión sesgada de la literatura no encuentra en estas escritoras las huellas le su paso por las experiencias creacionistas, ultraístas, invencionistas, neorrománticas, neohumanistas, experimentalistas, pero, sobre todo, indagadoras en torno a un centro, un eje :común, no por inaprehensible menos evidente: el lenguaje. Poesía que, como afirma Cobo Borda en su prólogo a la Antología de la poesía hispanoamericana, "no ignora su tradición y que tampoco, ella asume, en forma sincrónica, todos los aportes de la poesía moderna, en sus diversas lenguas. Llena el vacío que nos circunda y pone en duda la idolatrización política de la historia no sólo mediante la lucidez y la ironía sino volviéndose presencia, pensamiento personal y humano" (pág. 54). 

Para el caso de Colombia, la antología presenta claras omisiones y vacias. Doce poetas nos representan en una selección parcial, beligerante, destinada a ilustrar una visión particular de la poesía. No son todas las que están, ni están todas las que son. Quedan excluidas poetas de la talla de Eugenia Sánchez Nieto, Renata Durán, Lucy Fabiola Tello, Monserrat Ordóñez, Amparo Villamizar, Mónica Gontovnik, Gloria Moseley-Williams, Liana Mejía, entre otras. Por el contrario, se registran nombres como Emilia Ayarza de Herrera, Carmelina Soto, Silvia Lorenzo, Carmen de Gómez Mejía, que, si bien pueden ejercer el oficio de la poesía, éste parece no trascender nuestra historia literaria, sino quedarse en alguna memoria regional o particular, en este caso la de Ramiro Lagos, su recopilador. 

Recordemos para concluir, para aireamos un poco, las palabras de Octavio Paz al comentar en 1941 su Antología laurel: "La poesía moderna de la lengua española es una unidad viviente y elástica, un tejido de sucesivas negaciones y afirmaciones. Pero no es un bloque [7...] El corpus poético de este siglo es uno de los más ricos en la historia de la nueva poesía [7...] No asistimos al ‘fin de los tiempos’, como a veces se nos dice: asistimos al fin de la modernidad".

 

JORGE H. CADAVID