Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992


Más Caro, el mismo Caro


Miguel Antonio Caro. Escritos. políticos.
Carlos Valderrama Andrade (compilador)
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1990-1991, 3 vols.

El pensamiento constitucional de Miguel Antonio Caro
Alejandro Valencia Villa
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1992.

 

Luis López de Mesa lo colocó en "el primer puesto entre los humanistas del continente americano en sus días". ...Carlos Lleras Restrepo lo llamó "el más alto exponente de la inteligencia colombiana". Y según Jaime Jaramillo Uribe, fue "la personalidad más sólida que ha tenido el país". Estas referencias, seleccionadas exclusivamente entre quienes han estado lejos de compartir muchas de sus ideas, son quizá necesarias para introducir a Miguel Antonio Caro, desprovisto de ese ánimo partidista que ha acompañado con frecuencia el análisis de su significado en la historia nacional. Paradójicamente, fue un conservador contemporáneo, Carlos Martínez Silva, quien expresó contra él uno de los juicios mas severos: "La verdad es que el señor Caro, que sabia mucho de libros, no conocia el país". 

El juicio de Martínez Silva era cierto, sin lugar a dudas, en un aspecto: Miguel Antonio Caro, experto en latín y en gramática, periodista y librero, educador y uno de los arquitectos de la Constitución de 1886, se alejó muy poco de las inmediaciones de la sabana de Bogotá, desde su nacimiento, en 1843, hasta el día de su muerte en 1909. Por lo demás, en su papel de protagonista, a pesar de sus escasas aventuras viajeras, Caro se confundió con la Colombia de su época. El juicio de Martínez Silva podría leerse hoy de otra forma: para conocer al país, o por lo menos a parte de él, es necesario conocer a Caro. 

Para ello, los estudiosos de la historia colombiana podrán contar ahora con los Escritos políticos producidos por Caro entre 1871 y 1909. y recopilados en cuatro volúmenes, tres de los cuales se encuentran ya impecablemente editados por el Instituto Caro y Cuervo. El trabajo de Carlos Valderrama Andrade, encargado de su edición, viene de alguna manera a continuar la publicación de las obras completas de Miguel Antonio Caro, iniciada en 1918 por Víctor Caro y Antonio Gómez Restrepo e interrumpida en 1945 tras la impresión del octavo tomo de la colección. El mismo Valderrama Andrade, quien ha dedicado parte de su vida a mantener vivo el interés por Caro, había reiniciado esta titánica tarea en 1962, cuando editó varios de sus trabajos sobre filosofía, religión y pedagogía.

Esta nueva etapa de la publicación de las obras completas de Caro se encuentra dedicada exclusivamente a sus escritos políticos. La división de la obra en varios volúmenes sigue un orden cronológico, marcado por las diferentes fases de su activa participación en la vida nacional:1871-1876; 1880-1891; 1892-1898 y 1899-1909. Entre 1871, cuando colaboró en la Unión Católica y fundó El Tradicionista, hasta la confiscación de la imprenta por los radicales en 1876, Miguel Antonio Caro sobresalió en la oposición por su vehemente defensa de los derechos de la Iglesia. Desde 1868 Caro había asistido al Congreso como representante a la Cámara por Cundinamarca. En 1875, en medio de la intensa lucha electoral que le acercó a Rafael Núñez, Caro regresaba al Congreso pero entonces en representación del Tolima. La llegada de Rafael Núñez al poder por primera vez, en 1880, determinó un cambio significativo en la vida política de Caro, desde que entró a colaborar con el artífice de la Regeneración, primero como director de la Biblioteca Nacional, hasta destacarse en las labores del consejo de delegatarios que discutió la transformación constitucional del país tras la guerra civil de 1885. Su papel en el nuevo régimen se hizo aún más visible cuando Núñez prefirió su nombre para que le acompañara como candidato a la vicepresidencia en las elecciones de 1892. Así, dada la ausencia de Núñez, quien se había retirado a El Cabrero, donde murió en 1894, Caro dirigió los destinos colombianos como vicepresidente encargado del ejecutivo entre 1892 y 1898. Aunque la sucesión presidencial no se ajustó del todo a sus deseos, Miguel Antonio Caro continuó ejerciendo una notable influencia en la política nacional tras retírarse de la presidencia, a través de sus escritos y de sus intervenciones en el Congreso. 

A Caro se le recuerda fundamentalmente como uno de los pilares de la Regeneración y, por consiguiente, como uno de quienes ejercieron el poder en el nuevo orden que surgió tras la Constitución de 1886. Sin embargo, es oportuno enfatizar que su carrera política estuvo marcada por sus años en la oposición, cuando pueden advertirse tanto sus principales preocupaciones como su pasión por la polémica. En 1871, al explicar los motivos de la publicación de El Tradicionista, Caro invitaba a los católicos a "elevar, por medios lícitos, a sus hombres a los puestos públicos y sus doctrinas a categoría de principios sociales". Se trataba, en pocas palabras, de un manifiesto de defensa de la Iglesia para hacerles frente a los embates que, desde el poder, le propinaba el radicalismo. Para Caro, como para el Syllabus y para el papa Pío IX, existían contradicciones insuperables entre el liberalismo y el catolicismo. Sus criticas al liberalismo, en particular a las doctrinas utilitaristas, aún dominantes en Colombia en la década de 1870, se enmarcaban en el prolongado debate que sobre la obra de Jeremías Bentham había tenido lugar desde los comienzos de la república, y al que el mismo Caro había contribuido con su Estudio sobre el utilitarismo, publicado en 1869. 

El catolicismo inspiraba en Caro una visión de la sociedad sustancialmente distinta de la que proclamaban sus contradictores liberales. La sociedad era algo más que la mera suma de sus individuos. No podía existir soberanía popular ni nacional contra la soberanía de Dios, fuente última de toda autoridad. Los principios del derecho natural limitaban el poder del Estado y se levantaban contra la omnipotencia del Congreso. Mientras encontraba en el catolicismo la posibilidad de construir una sociedad armónica, Caro acusaba al liberalismo de agitar la lucha de intereses. 

Sus ideas le ganaron con frecuencia el apelativo de "monarquista", deleite de sus críticos y causa de permanente irritación al sentirse una y otra vez mal entendido. Quienes le sospechaban monarquista encontraban razones adicionales en el profundo aprecio que siempre guardó hacia España, con la que nos ligaban, según Caro, "sagrados vínculos de sangre, de lengua y de tradición, independientes de contingencias políticas y de la voluntad de los hombres". Sin embargo, a diferencia de otros pensadores conservadores hispanoamericanos, como el mexicano Lucas Alamán, Caro defendía la república y aceptaba el hecho de la independencia, aunque consideraba que las luchas emancipadoras habían tenido las características de una guerra civil. "Suponer que aquí alguien piensa en contrahacer un rey y restaurar la colonia —se defendía Caro en 1871— es quimera que persigue a dos liberales maniáticos". Tras calificar a la monarquía como ‘planta exótica" en Hispanoamérica y condenar tanto la dictadura como el cesarismo, Caro se mostraba partidario de la "república cristiana". Dos decenios más tarde, en 1891, Caro elogiaba el que nuestros presidentes fuesen hombres "de carne y hueso", conocidos en campos y ciudades, "pertenecientes a la masa común de sus conciudadanos, sin distinciones nobiliarias de ninguna especie". 

Tanto en éstos como en muchos otros temas, los escritos de Miguel Antonio Caro estuvieron lejos de ser orientados exclusivamente por abstractas disquisiciones teóricas. La influencia de pensadores como José de Maistre, Juan Enrique Newman, José Donoso Cortés y Louis Veuillot aparece evidente en los explícitos reconocimientos que Caro hace de sus respectivas obras. Pero, como en el caso de muchos otros publicistas colombianos de la época, estas referencias servían ante todo de autoridad para reforzar su interpretación del acontecer nacional en su ambición de encontrarle un sentido histórico a la nación republicana. 

El restablecimiento de la legitimidad, tras las guerras de independencia, se había convertido, según Caro, en la principal necesidad para la creación de las nacionalidades hispanoamericanas. En el caso particular colombiano, el principio de la legitimidad había sufrido aún mayor menoscabo con la revolución de 1860, la única triunfante en el siglo XIX. A diferencia de los autores liberales que, como José María Samper, habían defendido el carácter "progresista" de las guerras civiles, Caro las describía como "una forma de barbarie que, arraigada, desmoraliza y arruina los pueblos". Sus ilusiones, al pensar que la Regeneración había superado el período de las guerras civiles —"especie de Edad Media de nuestra historia"— se desvanecieron al enfrentar el levantamiento liberal de 1895. Con anterioridad, cuando se posesionó ante el Congreso como vicepresidente de la república, Caro había reafirmado que la primera necesidad del país era "la aclimatación del orden", mientras que acusaba a quienes cohibían la acción preventiva de los gobiernos contra las causas de trastorno como los "autores responsables de las dictaduras militares". Su preocupación por el tema del orden, como también lo expresó Núñez, obedecía además a la necesidad de contrarrestar la fragilidad de las bases del edificio político de las repúblicas hispanoamericanas. 

El historicismo de Caro no contradecía su apego a la doctrina, a los principios de la Iglesia católica que orientaban su pensamiento y cuya franca aceptación se ha identificado con el dogmatismo que le fue característico. La "ausencia de dudas" en Caro contrastaba notablemente con el escepticismo de Núñez. Más aún: Caro despreciaba de manera explícita al escepticismo como la manifestación de una "inteligencia paralítica". Esta fortaleza en sus convicciones determinó su gran apego a la polémica. Caro necesitaba permanentemente de contradictores, como lo revelaron sus debates con los escritores del Diario de Cundinamarca; con Manuel María Madiedo, director de La Ilustración; con Federico Cornelio Aguilar, sacerdote y periodista, o con José María Samper, su más fuerte oponente en el consejo de delegatarios, y de quien Caro se mofaba porque "nunca tiene tiempo de escribir poco". La pasión por la polémica no respetaba la muerte de sus contradictores. Y es que, según Caro, "nosotros no odiamos vuestras personas sino vuestras ideas". Las honras fúnebres brindadas por el gobierno radical en 1873 a José María Rojas Garrido, uno de los principales exponentes del utilitarismo en Colombia, recibieron las duras criticas de Caro, ya que el gobierno no honraba en la memoria de Rojas Garrido "otra cosa que su dedicación a la enseñanza de una doctrina prohibida por la Iglesia". 

La actitud de Miguel Antonio Caro frente a la prensa estuvo así condicionada por un doble sentimiento, aparentemente contradictorio. Por un lado, Caro tenía en alta estima el papel de la prensa en la historia nacional, hasta el punto de sugerir, en una carta firmada bajo seudónimo en el Papel Periódico Ilustrado en 1882, que se formase un índice de nuestras publicaciones periódicas con el fin de contar con "el más apropiado aparato para estudiar no sólo nuestra literatura, sino nuestra civilización". La prensa fue, después de todo, el principal medio de divulgación de su pensamiento, la uente de sus polémicas. No obstante, Caro despreciaba cierta tradición de la prensa colombiana que floreció durante el siglo XIX y que reducía la discusión pública a combates personales, a través de la difamación y la injuria. Al lado de ésta, proliferaron las hojas impresas anónimas que se fijaban en las esquinas de las calles, como las denunciadas por Caro en 1882, donde e convidaba "de continuo al asesinato, señalando por su nombre las víctimas designadas", y que llamaron tanto la atención del escritor argentino Miguel Cané durante su visita a Colombia. 

La "absoluta libertad de prensa caimanesca", cuyo desarrollo atribuía a las disposiciones de la Constitución de 1863, recibió su más categórico rechazo. Caro se mostró particularmente celoso en la defensa de la figura del primer mandatario, a quien consideraba, enfrente de la prensa diaria, como un "reo puesto en la picota"; así como también se mostró celoso en la defensa de la legitimidad contra los "gamonales de pluma", quienes a través del periodismo incubaban "el pronunciamiento, la revolución". Con frecuencia, cuando defendía la necesidad de regular la prensa, Caro colocaba como ejemplo las leyes inglesas sobre la materia, para sugerir que la libertad de prensa no era incompatible con sus controles. Sus intentos de elaborar una ley de prensa, sin embargo, se vieron frustrados por las repetidas negativas del Congreso a sus proyectos. Dado su interés por la prensa, no debe sorprender el que Caro hubiese sido protagonista de dos de los casos más sonados de cierre de periódicos durante la segunda mitad del siglo XIX: el del suyo propio, El Tradicionista, por los radicales, y el de El Relator, ordenado por el mismo Caro siendo jefe encargado del Estado, a pesar de que años atrás lo hubiese considerado como el único periódico que sustentaba debates serios.

La firmeza de sus creencias condicionó también la actitud despreciativa de Caro hacia la política partidista. Sin fe alguna, los partidos políticos eran apenas "compañías industriales". Sin creencias, los políticos eran comparables a los utilitaristas, a quienes sólo les quedaban "instintos, aficiones al placer, pasiones, materialismo". Una y otra vez, Caro se refirió despectivamente a los "caciques" y a los "politicastros", hombres que vivían de "la política material, de la empleomanía y de las farsas electorales". Sin lugar a dudas, las afinidades de Caro estaban con el que llamaba "antiguo partido conservador", aunque tomaba distancia de sus compromisos y errores mientras expresaba repugnancia frente al nombre de "partido". Caro, es oportuno recordar, decidió fundar el partido nacional. Fueron sus opositores, los históricos, los que paradójicamente retomaron los hilos del partido conservador. 

El pensamiento de Caro expuesto en sus escritos no estaba aislado de sus actividades políticas. Por el contrario, en cada artículo, en cada ensayo se aireaban problemas concretos que de alguna manera involucraban su infatigable activismo, ya desde la oposición, ya desde el gobierno. Así puede apreciarse en la defensa de los derechos de la Iglesia en la década de 1870; en las denuncias contra Salud Pública, asociación de radicales acusados de agredir a los simpatizantes de Núñez en 1882; en la polémica con el Banco de Bogotá en 1887; en la campaña por la candidatura a la vicepresidencia en 1891; o en su Mensaje al Congreso de 1894. 

El análisis de todos los episodios de la historia nacional en los Escritos políticos de Caro está acompañado del excelente trabajo de notas complementarias realizado por Carlos Valderrama Andrade, si bien no alcanza a superar la erudición de José J. Ortega Torres en las Obras de Marco Fidel Suárez, también editadas por el Instituto Caro y Cuervo. 

Por su fecha casi simultánea de publicación, la monografía de Alejandro Valencia Villa —El pensamiento constitucional de Miguel Antonio Caro— no alcanzó a beneficiarse de la reciente edición de los Escritos políticos. Sin embargo, el trabajo de Valencia Villa, que tuvo su origen en una tesis de grado de la Universidad de los Andes, demuestra familiaridad con una extensa bibliografía, complementada además por un apéndice de enorme utilidad, en el que se enumeran los escritos constitucionales y jurídicos de Caro. 

Con frecuencia, los autores de tesis de grado encuentran dificultades para abordar directamente el tema propuesto, por lo que se ven obligados a extender la introducción de la obra. Valencia Villa no escapa a este problema común: la tercera parte del texto es un resumen innecesariamente extenso y poco novedoso de la vida y obra de Caro, con información a ratos ajena al interés central del trabajo. Pero, superada la introducción, Valencia Villa logra articular una valiosa discusión del pensamiento constitucional de Caro. El autor no se limita a la lectura de textos legales sino que enriquece su trabajo con la pormenorizada descripción de los debates en el consejo nacional de delegatarios en 1885 y 1886. El proceso de la reforma constitucional de 1886 y la controversia alrededor de sus materias sobresalientes pueden apreciarse en esta monografía, donde también se destaca la claridad en la exposición. Valencia Villa tiene, así mismo, el mérito de distanciarse del personaje cuyo pensamiento es objeto de estudio, y así puede juzgarlo sin apasionamientos. 

Se resiente, sin embargo, de la falta de un análisis sistemático de las influencias ideológicas que más pesaron en el pensamiento constitucional de Caro. Se encuentran en la introducción, es cierto, algunas referencias a sus lecturas, pero éstas no aparecen directamente relacionadas con el tema del trabajo. Para ello, Valencia Villa hubiera podido utilizar los mismos escritos de Caro, por lo general llenos de alusiones a sus autores preferidos. Por lo demás, el análisis de las ideas de Caro podría haberse beneficiado de un mejor tratamiento del contexto histórico en que se desarrollaron. 

La interpretación del significado de la Regeneración es particularmente pobre. Así mismo, la preocupación de Caro con el tema del orden, central en el llamado proyecto regenerador, no adquiere en el análisis el valor que amerita, como tampoco alcanza a percibirse su dimensión histórica. Tampoco parece muy acertado adscribir el programa de Núñez y Caro a una estrategia de "la clase dominante latifundista". Menos acertado aún es Valencia Villa cuando afirma que "desde 1886 el presidente en Colombia es casi la totalidad del Estado. Es un rey sin corona . El concepto de monarquía electiva" es inapropiado, no sólo para entender el pensamiento de Caro, sino también para apreciar la tradicional fragilidad del poder en un país más bien caracterizado por la fragmentación. A pesar de sus intenciones, la Constitución de 1886 no resolvió el problema de la unidad nacional, como bien lo demostró la separación de Panamá. La guerra civil de 1895 y la más desastrosa de los Mil Días comprobaron repetidamente la precariedad del orden. El poder efectivo de los congresistas, casi todos políticos de provincia —hasta ahora generalmente inadvertido por los historiadores— determiné que la centralización del poder se ejerciera bajo muchas condiciones, compromisos y hasta controles. 

Al pasar de la interpretación de los textos a los acontecimientos, Alejandro Valencia Villa no alcanza, pues, a superar muchos de los lugares comunes de la historiografía dominante en los últimos decenios, que, en realidad, ha avanzado muy poco en la comprensión de este periodo de la historia política nacional. Es justo reconocer, sin embargo, que son los textos y no los acontecimientos los que orientan la obra de Valencia Villa. En este sentido, El pensamiento constitucional de Miguel Antonio Caro es un aporte significativo al descuidado campo de nuestra historia intelectual y jurídica. Las secciones que dedica al análisis de los proyectos de constitución discutidos en el consejo de delegatarios y a los debates que allí se dieron sobre las bases de la reforma constitucional, son particularmente interesantes. El Diario Oficial le sirvió a Valencia Villa para seguir las intervenciones de los delegatarios más destacados: José D. Ospina Camacho, Carlos Calderón Reyes y, por sobre todos, José María Samper y Miguel Antonio Caro, quienes protagonizaron los más acalorados enfrentamientos. La influencia de Caro fue decisiva en la reforma de 1886, como ha sido tradicionalmente reconocido. Pero los resultados no fueron obra de sus dictámenes. Ni Caro pudo imponer siempre sus criterios. Las disposiciones restrictivas al voto defendidas por José María Samper, por ejemplo, que contrastaban con la ingeniosa argumentación de Caro respecto del sufragio universal, fueron finalmente las adoptadas por la Constitución de 1886. 

Si en el consejo de delegatarios sobresalió por su dominio intelectual, su poder se consolidé a través de su mismo ejercicio al lado de Núñez y, posteriormente, al frente de la presidencia del país. La forma expedita como Caro reasumió el ejecutivo desde Sopé en 1896, tras haberlo dejado cinco días antes en manos del general Guillermo Quintero Calderón, quien llamó a colaborar a sus opositores, demuestra el grado de influencia que Caro conservaba sobre la política colombiana. Meses más tarde, sin embargo, el Congreso daba claras muestras de distanciarse del ejecutivo, mientras arreciaba la oposición de la prensa contra las posibilidades de la reelección de Caro. Aunque, según observadores contemporáneos, como Julio H. Palacio, Caro no aspiraba a la reelección, tal parece que el manejo de la sucesión presidencial estuvo lejos de obedecer a sus deseos, mucho menos a su arbitrio exclusivo. A pesar del poder que logró alcanzar, Caro no escapé a una tradición de la política colombiana. Bolívar abandonó a Bogotá humillado por un ambiente hostil que desconocía su autoridad. Años más tarde, Santander aceptaba el resultado electoral y les entregaba el poder a sus opositores. 

El grado de poder que ejerció Caro, las limitaciones a que se vio enfrentado, y las formas de su ejercicio, merecen aún más serias consideraciones. La política colombiana, como lo ha expresado Malcolm Deas en un ensayo en que analiza las fuentes del poder de Caro y sus contemporáneos, ha contenido desde sus comienzos un "fuerte elemento ideológico y pedagógico". La edición de los Escritos políticos de Caro, realizada por Carlos Valderrama Andrade, y la monografía de Alejandro Valencia Villa motivan nuevas reflexiones sobre éstos, como sobre muchos otros aspectos de la historia política nacional que está aún por cautivar la pasión de nuestra historiografía moderna. 

 

EDUARDO POSADA CARBÓ