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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
El vuelo zumbón de la
libélula
Delírium
titerensis
Tres obras de la Libélula Dorada:
el dulce encanto de la isla Acracia,
Los esptritus Lúdicos y Ese chivo es puro cuento
(ilustraciones de Carlos Rojas)
Arango Editores, Bogotá, 1991, 129 págs.
En el teatro que es la
expresión de la contradicción, pero sobre todo en el teatro infantil, la paradoja tiene
un puesto de honor. Y es precisamente ella la que mejor define al grupo de títeres de la
Libélula Dorada: la paradoja, en efecto, no sólo marca la producción dramática de este
grupo singular, que ahora felizmente tenemos en forma de libro, sino su misma trayectoria.
Nacida en 1976 en las
aguas ya algo estancadas del teatro que por esos años se llamaba "político",
con su vuelo aparentemente errático, la Libélula Dorada tal vez anticipaba, seguramente
sin proponérselo, la insospechada dirección que tomaría el teatro colombiano en los
decenios siguientes. La libélula, el insecto que en Bogotá llamábamos, no sé por qué,
matapiojos, que, se decía, en la cola llevaba electricidad y nos causaba pavor cuando
niños, recibe el nombre más poético, según nos recuerda Juan Manuel Roca, prologuista
de la presente edición, de caballito del diablo, vil insecto de apariencia dañina que
vive al lado de los pantanos, revoloteando en una búsqueda misteriosa de quién sabe qué
cosas, cosas del diablo, probablemente. Y endiablados fueron, en efecto, los zumbidos sin
aparente sentido de la Libélula Dorada, tres de cuyas obras dramáticas nos ofrece este
delicioso volumen, no exclusivamente para niños, por primera vez editadas y con
ilustraciones tan fantásticas y finas como la silueta alada del odonato.
Haberse dado el nombre
polisémico de este extraño insecto, que parece inútil, fue probablemente la forma como
el grupo demostraba no tomarse muy en serio, pero que captaba, curiosamente, su más
íntima esencia: así se burlaba, seguramente, del desprecio de que aún son víctimas los
titiriteros, autores de un género volátil estimado como "menor", siempre
inquietos, ambulantes, sin rumbo, idealistas y soñadores. Sin embargo, este nombre, al
mismo tiempo, resulta ahora paradójico: bajo su apariencia zumbona, el grupo ha
demostrado ya un acabado profesionalismo, una seriedad de quince años continuos; bajo su
aparente fragilidad se oculta una ya comprobada solidez; lo que parecía efímero ha
adquirido indudable permanencia; creaciones llamadas infantiles, resultan quizás un
ejemplo de madurez teatral; y, lo más importante, algo que nacía en forma tan endeble
tres titiriteros componían inicialmente al grupo ha tenido el coraje de
subvertir los lugares comunes más estereotipados del teatro colombiano, especialmente en
su época política. De manera que el deliberado propósito de la Libélula Dorada de
realizar un vuelo apenas experimental e intrascendente, se ha convertido con los años en
una coherente propuesta dramatúrgica y escénica, ya capaz de tomar la forma de un libro
agradable de mirar, de leer, interesante y estéticamente original: jugando con la más
enloquecida fantasía, en un delirio aparentemente irracional, lo que ofrece la Libélula
Dorada puede muy bien ser más "revolucionario dentro del teatro que el que sólo
quiere regirse por la lógica; lo que parecía racional", en efecto, se convierte en
manos de estos titiriteros fantásticos en "irracional", lo
"verosímil" en "absurdo".
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Aquí es importante
señalar una verdad poco asimilada por las autoridades del Estado encargadas del estímulo
a la cultura: César e Iván Darío Alvarez, como auténticos artistas, no son talento
puramente virgen, sin cultivo alguno; son el producto de una sólida formación que
iniciaron en la Escuela Nacional de Títeres que en 1976 funcionaba en el Parque Nacional
con apoyo de Colcultura; son profesionales. Poco tiempo después, sin embargo, en un gesto
que mucho debió afectar su concepto de la irracionalidad de nuestro Estado, esta escuela
fue cerrada, quizá porque se sigue estimando que el talento artístico es
"innato", no hay que cultivarlo, cuando, evidentemente, la Libélula, que es
sólo un ejemplo, demuestra todo lo contrario: César e Iván Darío Alvarez, con el
fallecido Jairo Ospina, su compañero de travesuras en un comienzo, se desenvuelven
estupendamente, en efecto, con la historia de los títeres en los seminarios que se han
impartido sobre el tema. No son unos improvisados; en las entrevistas de que han sido
objeto, demuestran también poseer una amplia cultura general, no erudita ni simplemente
académica, pues su actitud es siempre crítica respecto a ella; cultura que incluye, sin
duda, el cultivo de la filosofía y de sus más agudos problemas: qué es la existencia,
qué es la realidad, dónde estamos y con qué propósito vivimos, si hay alguno. Todo
ello se refleja en sus obras, las cuales, sin embargo, nunca son pretenciosas ni eruditas,
deliberadamente pedagógicas o moralistas; su recurso es, más bien, una acción continua
e interesante, plena de contradicciones y absurdos, que se sirve eficazmente de la
paradoja. Siempre están experimentando, jugando, pero cada vez con mayor profesionalismo.
En 1978 escenificaron La
niña y el sapito o la unidad de los contrarios, obra que estrenaron en el teatro La
Mama de Bogotá y que ya señala, con sólo el título, un principio vital que puede ser
el leitmotiv de sus piezas posteriores. De fecha más reciente es El dulce encanto
de la isla Acracia, obra con que se abre el volumen que aquí comentamos, en donde los
piratas reciben precisamente el tratamiento opuesto al convencional: son personajes
fundamentalmente bondadosos e idealistas, que recorren los océanos buscando la libertad,
a la cual encuentran finalmente escondida y deshecha en el fondo del baúl de los tesoros.
Esta obra fue ensayada en condiciones muy precarias en la casa donde funcionaba el Teatro
Taller de Colombia y estrenada en el T.P.B. en 1979. Después la Libélula Dorada
presentó, en un experimento de teatro sin paJabras, puramente visual y auditivo, Sinfonías
inconclusas para desamorda zar el silencio, sobre un poema del francés Jacques
Prévert, en el Teatro Libre del centro de Bogotá. En 1982 participó en el Festival
Mundial de Marionetas de Charleville (Francia), y posteriormente efectuó giras por
Alemania, Suecia y España. Tras realizar el programa infantil de televisión titulado
Rincón de la Fantasía, que influyó sin duda en sus técnicas escénicas, muy modernas,
con la producción de Las fantasías nocturnas de la bruja verde, la Libélula
participé en el Festival de Títeres de San Luis (Brasil), y también realizó una corta
temporada en Bahía. En 1985 estrenó Los espíritus lúdicos, segunda obra aquí
publicada, en el teatro La Mama, obra que también presentó en- el Primer Encuentro
Colombo-Francés de Títeres, que tuvo lugar ese año en la Alianza Colombo-Francesa de
Bogotá. Los espíritus lúdicos presenta las aventuras de dos simpáticos
hermanos, Tito y Tato, en el reino del juego, un país maravilloso donde, entre mil otras
cosas, la Emperatriz es una inmensa sonrisa. De 1990 es el estreno de Ese chivo es puro
cuento, en el Teatro Libre de Bogotá, obra con la cual se cierra, por ahora, la
trayectoria de este grupo y la presente edición de sus obras. Ese chivo hace aún
más vivo el contraste entre la realidad y la ficción, una constante en la temática de
la Libélula, por medio de este terco animal que, metiéndose en la obra, la transforma y
enloquece completamente, sin ser, a pesar de todo, "real".
En esta forma, la
Libélula Dorada ha contribuido no poco a darle prestigio, seriedad y solidez al oficio de
los titiriteros y al movimiento colombiano del género, reconocido ya como uno de los más
vigorosos en Hispanoamérica.
Pero, a pesar de todo,
los hermanos Alvarez no serían verdaderamente titiriteros si de sus obras no sacáramos
alguna moraleja. Lo que la Libélula Dorada pretende tal vez decirnos, aunque no
explícitamente y sin discursos moralizantes, es que la realidad, como el caballito del
diablo, es siempre cambiante, volátil, siempre libre, siempre inasible, y que así se
burla de quienes quieren atraparla en una fórmula. Por eso la Libélula asume la sencilla
opción de representarla tal cual es, sencillamente, en toda su fluidez, contradicción y
paradoja: sólo podemos atraparla así, cuando la dejamos libre, jugando, aunque hay que
jugar con la mayor seriedad; el teatro, como la realidad, traiciona la vida cuando se hace
en exceso racional, olvidándose de una premisa fundamental: la vida es algo fantástico,
todavía no comprendido, un misterio aún no descifrado. "La fantasía es para
nosotros una obsesión han dicho César e Iván Darío Alvarez. Empezando
porque la vida es un hecho fantástico, una pregunta llena de misterios". ĦQué
oportuna parece esta posición estética que también es ética en los
momentos en que en Colombia la vida es, precisamente, asunto de tanto desprecio!
"Lo fantástico
dice Milan Kundera consiste en dar a la realidad una dimensión onírica, para
que la realidad se vuelva aún más real". Los creadores de la Libélula Dorada
parecen haber aplicado directamente, sin retórica, lo dicho por este autor, ahora tan
célebre.
"Sin querer
queriéndolo", como diría el personaje infantil de la televisión mexicana, esta
Libélula Dorada, imposible de definir y contradictoria en su aparente sencillez, logró
lo que pocos grupos de teatro alcanzan: trascender por medio de la intrascendencia,
perdurar por medio de lo efímero, alcanzar un puesto de honor en el teatro colombiano por
medio de la modestia.
FERNANDO GONZÁLEZ CAJÍAO
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