Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Vibración inocua


Vibrante Colombia
Fotos: Victor Englebert.
Textos: Gustavo Alvarez Gardeazábal

Englebert Ltda., Bogotá, 1991, 112 págs.

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Cada año surgen en Colombia libros a todo color, de pasta dura y fino papel, que buscan aprovechar el mercado de regalos de fin de año o el generoso patrocinio privado u oficial. Ello no es reprochable en sí mismo ni ilícito, pues la edición de libros de lujo es una empresa de elevados costos y riesgo no despreciable si no hay apoyo asegurado. Pero lo que resulta inaceptable es la presunción de que al lector y al patrocinador se le puede entregar cualquier cosa con tal que cause una primera, aunque fugaz, buena impresión. Así, cierta producción editorial se ha dedicado a cultivar fáciles flores que duran un día. Y el tema de "Colombia" se presta como ninguno otro a esta clase de imposturas, pues basta hacer unos viajes aquí y allá para reunir un centenar o más de imágenes, y a continuación buscar un autor, preferiblemente conocido, para que urda algún texto y quede lista una publicación.

Todo libro, barato o costoso, es un objeto de cultura y tiene una misión que cumplir, más allá de la de ser mercancía que produzca dinero y permita acumular para reproducir una actividad. Un libro es útil, o no es libro, pues se trata de un desperdicio social y económico producir obras para ese cementerio editorial que son las estanterías intocadas. A ese destino inocuo parece dirigirse Vibrante Colombia, un producto material de calidad irreprochable, pero que como libro tiene poco que ofrecer.

El lector se encontrará con el texto irregular de un autor nacional conocido, que oscila entre una descripción que intenta ser comprensiva —y, por lo tanto, casi impracticable— de lo que es Colombia, y el lugar común del periodista apremiado que tiene el compromiso laboral de llenar la página en blanco. Esta última perspectiva es la que, desafortunadamente, termina dominando las cinco páginas: Colombia vibra, está en ebullición, tiene carácter, es un país mestizo, es un país de regiones, es un país de ciudades, tiene "feraces valles", "fertilísimas laderas", "planicies inacabadas", ‘selvas tupidas", es el país de la alegría y las diversiones, pujante siempre, y por todo ello, es un país vibrante. La siguiente es la última oración que cierra el texto: "Un país donde los blancos y los negros de la vida, los ruidos atronadores, los silencios penetrantes se unen cada día para hacernos ver una nación vibrante.

Si suponemos que el libro llega a un destinatario extranjero —que deberá saber leer español—, no se enterará ni siquiera en qué lugar del planeta queda Colombia, ni menos aún en qué parte de su geografía fueron tomadas las fotos. Ni hablar de cualquier otra información básica.

Un lector nacional se encontrará con un cajón lleno de lugares comunes, empezando por la ya mencionada introducción que ni esclarece ni deleita ni complementa las fotos.

Sin duda se encuentran bellas imágenes que pugnan por salvar la obra. Pero son pocas, demasiado pocas. Por ejemplo, "Venteando arroz’ (Jurubidá, Chocó, pág. 53) recoge un instante de la rutina diaria de limpiar el grano. No se trata aquí de una imagen de la naturaleza que, por su imponencia o belleza, domina la cámara y el fotógrafo pasivamente hace clic, como en tantas del libro. Es una imagen poética construida con el lente, que hubiera merecido un formato mayor.

Lugares comunes: el parque Tairona, las palmas de cera del Quindío, los frailejones del nevado del Ruiz, el Bolívar desnudo de Pereira, la catedral de Manizales, el Sebastián de Belalcázar de Cali al atardecer, el mismo jardín de la Casa de Moneda en Bogotá, el desfile de silleteros de Medellín... Fotos injustificables: un ensayo de ballet en Cali, un partido de fútbol femenino en la misma ciudad, un ensayo de orquesta en ídem, una escena del Teatro Popular de Bogotá, los centros comerciales de la capital, su "centro internacional’, el centro administrativo de Medellín, la misma playa de Bocagrande que siempre se fotografía en Cartagena sin pena ni gloria. A este mezcla de lugares comunes e imágenes insulsas que elogian por igual la grandeza del cemento o la superficialidad de lo que aparece como cultura" para cumplir con una cuota temática, habría que oponer un libro con mayor consistencia conceptual y unidad temática.

Todo esto lo que muestra es que parece existir una dificultad enorme de producir imágenes que revelen el país, acaso porque la Colombia que se califica de "vibrante" es tan gaseosa como cualquier bebida embotellada a la que le convendría el adjetivo. ¿Que es Colombia y cuáles son las irnágenes que le son propias? ¿Cómo producir un retrato de un país tan disímil, sin caer en la trivialidad? Existen fotógrafos, como Hernán Díaz, que han sabido responder estas preguntas de manera personal y memorable.

Con frecuencia se repite que la de ahora es una cultura "de la imagen". Sea. Pero adviértase que es la de la imagen televisiva y publicitaria, cuyo impacto no dura más que un estornudo y cuyo valor está siempre en entredicho. Por acumulación, repetición e insistencia, nos impulsa a apegamos a las mismas referencias visuales, fomentando la rutina y el agotamiento de la imaginación, es decir, empobreciendo lo visual, en medio de —paradoja— una riqueza que puede llegar al paroxismo. Paupérrima cultura que opera y parece eficaz porque es cómoda, inocua y vendedora.

SANTIAGO LONDOÑ0 VÉLEZ