Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Un triste texto


Memorias de un presidiario nadaista
Gonzalo Arango
Secretaría de Educación de Antioquia, Medellín,
1991, 220 págs.

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Lo lamentable de este texto es la prosa, a tal punto turbia, que no alcanza a constituir un texto. "La despedida es un adiós elástico que se rompe con una lágrima, o se congela en un silencio apache" (pág. 95). Calderilla de rancia tradición, con relente de tango. "El tumulto frenético de 200 parejas tangueaban sus esqueletos en el rudo calor del medio día" (pág. 80). Prosa folletinesca.

Es el gesto ampuloso, que denota por sí un artificio o una mentira. Cuando la prosa se hincha hasta la hipérbole, el significado se esfdma. No queda sino el brillo fatuo, el sonido hueco de palabras insignificantes. Hasta llegar a la sima del patetismo: "Esta tarde de domingo, preso en la tenebrosa Ladera, reivindico mi rebelión como un honor, y acepto la densidad de mis culpas. Hoy se que aceptaría morir por todo aquello por lo que he vivido. Por eso no podrán restarle dignidad a mi muerte" (pág. 113). También el heroísmo resulta de pacotilla. Cuando a más de ampuloso se pone lírico, la prosa es lastimosa: "No, padre, nada de estatuas para ti, tu bondad desbordó los moldes de la gloria" (pág. 182). Patetismo filial.

¿Pór qué Gonzalo Arango incurre aquí en semejante ripio? En otros textos suyos su prosa es incisiva, dura, penetrante, apenas salpicada pon el énfasis, y de una tersura plena de significados. ¿Por qué aquí se va de bruces?

Es que busca el tremendismo, el horror verbal, en discurso de crónica roja. Encuentra un cadáver en el calabozo, la ramerita tenía una cuchillada en el vientre, hacen rueda los presos para poseer por turnos a una mujer, "se expurgaban los bichos de los genitales", otros "evacuaban" en cuclillas, "el vientre de la celular estaba alfombrado de vómitos y sangre". Es la técnica del folletín: impresionar al lector (incauto) con detalles espeluznantes. Visible el propósito cuando estampa otra desmesura: "En comparación con el espectáculo que se ofrecía a mis ojos, lo del Dante era el sueño de una noche de bodas" (pág. 47).

Para tenderle aún otro gancho a ese lector incauto (el típico de una revista ligera), cae en el tufillo moralista. Y hasta en un sermón de cura. Llama "canallesco" el traje usual del hombre de barrio, los presos carecen de alma, no son hombres sino seres "en quienes la evolución de la especie se detuvo, retrocedió hasta la bestia y más aún, hasta la pérdida de toda dignidad animal" (pág. 50). Y remata con esta perla: "Las visitas eran casi todas mujeres y prostitutas" (pág. 73). Como quien dice, las prostitutas no son mujeres; quizá porque en ellas también se detuvo la evolución de la especie.

Léase, para mayor regocijo, el detalle a continuación: "Las meretrices lucían pintorescas con sus trajes de fornicación". Morbosa la imaginación de ese lector ligero, ensoñando los trajes del fornicio.

No era éste el Gonzalo Arango del desafío nadaísta, esa sonora bofetada a una sociedad chapada y antañona: grito de rebeldía frente a valores turbios, que han servido como máscara del latrocinio y la injusticia.

También incurre en el lugareñismo paisa. Y con lamentación nostálgica. Habla de "los viejos mitos adorables, hoy degradados por el fetichismo". La evocación de un pasado edénico es signo de un espíritu anquilosado. Y esos "mitos adorables" son nada menos que la barbera, la camándula y un par de dados (pág. 89). Signo, ayer y hoy, de un pueblo feroz y avariento. Qué van a ser adorables: son, ayer y hoy, siempre, detestables. No sólo la prosa, sino también el espíritu espeso. ¿Por qué se va de bruces?

Sucede que Arango escribió este texto al modo de un folletín por entregas, para una revista nueva y liviana de la época (1969), urgida de lectores. Tenía que agarrar al lector mediante la truculencia del género crónica roja, sirviéndole además aquellos manjares del lugareñismo y la moralina. Inclusive, utiliza el suspenso. Es melodrama. El capítulo termina con un gancho, que te obliga a comprar la revista de la semana siguiente. "Son las 5. Dentro de una hora serán las 6, y yo tal vez estaré muerto" (pág. 95). ¿Qué le pasará a nuestro héroe? Dentro de ocho días compre Contrapunto. Además, escribió el folletín para ganarse unos pesos, y como eran quinientos por entrega, fue alargando el suceso (sensacional), inventando episodios, incurriendo en digresiones líricas, añadiendo adobos terroríficos, asumiendo aires patéticos. El público, conmovido, regresaba a los ocho días. Desde el punto de vista del hombre, una tarea ventral. Legítima, claro está, en quien padecía estrecheces. Lo funesto es que ese texto trivial de vientre sea elevado hoy a la categoría de texto literario.

Quizá valga para demostrar que con la propia vida no se puede hacer literatura.

Por todos esos síntomas, el texto suena falso. La calderilla, la bisuterta verbal, señalan una falacia. Se sospecha que estas palabras no corresponden a una realidad vivida, que son el producto de una imaginación calenturienta. Dice que corría peligro de fornicación arrevesada y estampa esta frase candorosa: "Yo era Joven, con un aire vagamente poético y espiritual" (pág. 47). Ni era joven (ya tenía casi 30 años) ni lo amenazaron de bestialidad. Es cierto que Gonzalo estuvo en La Ladera, la cárcel siniestra de Medellín, pero ni lo metieron al tercer patio, ni lo colgaron, ni nadie concibió su muerte como "ideal de la venganza perfecta", ni había "un oscuro plan dirigido por tenebrosos poderes inquisidores del fariseísmo para sofocar en mí la rebelión de la juventud" (pág. 88), ni había plan alguno "para aterrorizarlo", ni nadie ocultó su "ingreso a la prisión". 

El texto suena falso. Y es falso. De ahí que sea prosa insignificante. Añadir al testimonio del texto (aquellos signos de falacia), el personal. Fui amigo íntimo de Gonzalo y en esa ocasión le servi de abogado. No sufrió atropello físico,, ni estuvo al borde del fornicio o del martirio. Un solo detalle: el día que rindió indagatoria, como ya había salido la remisión de los presos, el inspector permitió que yo solo, y sin guardia alguna, llevara de vuelta a Gonzalo a La Ladera. Antes pasamos por su casa para que abrazara a doña Magdalena. Al día siguiente, después de cuatro días de detención, quedó libre.

En el Congreso de intelectuales católicos (agosto de 1959) unos muchachos reventaron papeletas y tiraron asafétida, fuera de lanzar un "Manifiesto al congreso de los escribanos católicos". Se asustaron los burgueses. A Gonzalo, a quien se identificaba con el nadaismo, le cayó la ley. Que le fue suave. Pues nada de eso era delito.

En este libro, que recoge las crónicas publicadas en Contrapunto (1969), ya no asustaba a los burgueses, sino que les halagaba sus instintos morbosos.

ALBERTO AGUIRRE