Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Sueños sean de la raíz


Glimpses
Mario Jursich Durán
Fundación Guberek, Bogotá-Medellín, 1990 

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El diccionario bilingüe Collins registra la traducción de la palabra inglesa glimpse como ‘vislumbre’. Podríamos añadir que en sentido figurado se trata de una conjetura, sospecha o indicio. ¿De qué? De la poesía, obviamente. Mario Jursich Durán nació en el 64 y ha publicado antes Finisterre (un apretado racimo, como se dice) en el volumen colectivo Textos .1 en 1987. Los poemas que forman su primer libro "orgánico" fueron escritos entre 1985 y 1988, así que no seria mala idea considerarlos tal vez el preámbulo de un proyecto mayor. O, por qué no, una vislumbre inicial.

El empleo de una palabra inglesa (y, además, no muy conocida dentro del ámbito hispano-hablante) demuestra el interés del poeta por establecer algún tipo de frontera Qcon la tradición colombiana? ¿desde ella?). La sección del libro que le da su nombre está dedicada a William Carlos Williams y a Charles Tomlinson. Este último, poeta británico, ha reconocido la deuda que tiene con el objetivismo estadounidense en un libro absolutamente recomendable: Sorne Amencoas. A personal record (1981), donde explora sus diferentes puntos de contacto (poéticos) con W. C. Williams, L. Zukofsky, G. Oppen y la pintora Georgia O’Keeffe. El parentesco de Jursich con esta vena literaria no es menor tampoco, así como no es inocente la cita que abre todo el libro: "¡Y vemos un árbol,! solamente un árbol en la playa insaciable!" (Héctor Rojas Herazo). Ese árbol es definitivamente la tradición en lengua española y también su fronda colombiana. El acto de plantarlo, en el hermoso poema, también con titulo en inglés, The giving tree, nos recuerda no sólo la posibilidad de establecer una raíz sino, además, de emparentarse con otros textos. Por ejemplo, uno de Heberto Padilla que comienza "Estoy mirando cómo creció este árbol.!! Ayer mismo

—separando los grumos de la tierra—/lo plantamos, amor,/ (era el último surco)! y te volviste a mi cuerpo sudoroso/ y murmuraste el nombre de este árbol/ que hoy levanta/ su tamaño sonoro contra el viento..." (El árbol, de El justo tiempo humano [1962]). El de Jursich acaba de esta manera:

Este árbol mujer, está bajo el dominio del silencio, pero canta como un ruiseñor en el desierto.

De algún modo es un ave o un vuelo de ramas entre la tierra y el firmamento; de alguna forma se alza y ya es hombre, símbolo,

una viva lección de coraje y esperanza. Este árbol amada, es tan sólo su nombre y, no obstante, contiene toda la verdad del Universo [pág. 34]

Pero habría otro, presentido así mismo como un obsequio intimo. Pertenece al libro Estancias (1960) de Javier Sologuren: "Arbol, altar de ramas,/ de pájaros, de hojas,! de sombra rumorosa-,! en tu ofrenda callada,! en tu sereno anhelo,! hay soledad poblada/ de luz de tierra y cielo". Pues bien, Glimpses me parece un intento de situarse en la tradición de la lengua a partir de la reescritura de una caída primordial: el ingreso en la poesía. En términos cristianos, la caída es la incorporación, vía el Gran Pecado, al tiempo histórico, el devenir. Poéticamente hablando, Jursich le impone a esta entrada una responsabilidad: la trascendencia de las palabras. La tercera parte del libro, "Dos ejercicios bíblicos", es imprescindible como una cervecita helada en el desierto (al diablo no se le ocurrió tentar a Cristo con una chela pero, en fin, ese es otro cantar), ya que a través de ellos asistimos nuevamente al ciclo vida-muerte, y viceversa, "porque el amor es tan fuerte como la muerte! y el deseo eterno como resurrección" (Canción del israelita y su esclava, pág. 43). Me pregunto si estos dos textos quisieran leerse también como la necesidad de la llegada de un mesías poético que saque el látigo y expulse de la tradición colombiana a tantísimos palabreros. Y concentrarse, una vez más, en el poema: "El Cuerpo, único, celoso rival de la Muerte" (Fragmento de la Epístola de San José a los hombres, pág. 42). Para ello, Jursich juega con los significados de caída (siembra, aspiración, proyecto de escritura) y el concepto de ‘nutrición’ (frutos, agua, polen y flor). El enemigo será, como siempre, "la mancha ciega/ de su grito mortal" (pág. 15), el tiempo:

.para en tierra
caer duramente

[...]
cae
para solaz del polvo
en su nuevo
tanteo terrenal
de hombre

[págs. 13-14]

Una hoja cae,
cruza volando


[pág. 15]

¿para qué el pétalo
cayendo
del aire
a la sombra?
(...)
y adentro cae
mi cuerpo...

[pág. 51]

Toda caída implica, pues, estatismo o reivindicación. Dicho de otro modo, lo que cae puede ser levantado, como ocurre en Apuntes, donde un par de hombres —uno viejo, el otro joven:

¿encuentro generacional?— "llegaron al parque/ a recoger hoja~ esta mañana" (pág. 47). Igualmente, quien inició la travesía del tiempo y en consecuencia de la muerte (búsqueda histórica del lugar o de si mismo, como Ulises) puede avizorar también un posible acceso a la sucesión mediante la lucha contra el olvido:

Unos cuerpos fueron crueles como
la muerte, otros, amargos como el agua
almacenada mucho tiempo;
pero entre todos ellos también existió
ese cuerpo que fue como el amor mismo,
existió ese rostro, enajenación de
mis actos,
que yo ame y contemplé y padecí y obtuve
hasta verlo enconado en mis
propias vísceras de hombre.

[págs. 53-54]

Ese cuerpo, ya lo sabemos, es el poema, la fruta tentadora que nos lleva, al hincarle los dientes, a paladear la contingencia: "y lenta, sabrosa/ mente// quedan con la lengua// oscura, estremecida, empapada// por el sabor de la muerte" (pág. 19). Y "es simple", como afirma su primer verso.

Hay además una composición en prosa, Brisa, en la que se juntan todas las vivencias del libro. Conviene citarla completa porque es un índice de las virtudes del autor y una llamada respecto de sus límites:

Había un patio a la orilla del mar, un tamarindo de amargas hojas y una historia olvidada de hombres. Con el verano, la reja se despintaba y sobre las tumbas el viento cernía un polvo amarillo. Allí tiramos la fruta. Allí se pudrió y allí mismo—vago remedo de la muerte— la fruta se embozó en la oscura tierra del silencio. Tal vez fue en ese momento —o quizá más tarde—, cuando el sol quemó la mañana con su hechizo transparente, que tu mano pidió esa pulpa, que la raíz del árbol se hizo nzás larga y que el polvo, señor de las tumbas, trajo (para ti únicamente) el fugitivo sabor de los hombres [pág. 37]

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Ya en Finisterre (1987) el joven poeta se mostraba como el cultivador de una prosa regida por la agudeza, que implica en su caso (por el tipo de línea en que se inscribe) una confianza en la capacidad crítica del lector. Los mejores momentos de este libro se dan, de hecho, cuando el poema —en verso o en prosa— opera en lo suyo, sin darnos demasiadas pistas. Lo contrario, por mínimo que sea el "exceso", hace que el texto pierda frescura o el "puro, sabroso deleite" (pág. 35). He ahí un problema de representación, ya que ciertas referencias, por más que le pareciesen obligadas al poeta, resultan a largo plazo una especie dc ‘lastre. Por ejemplo, en Concorde, el magnífico balance entre el pozo, la caída del balde y la pertinente imagen del "líquido con sabor a firmamento" es traicionado (digámoslo así) por la directa mención "del Hades profundo", que desde hacía ratón ya estaba sobreentendido. Y otro tanto ocurre con Trieste, en Conjin, pues no sabemos si es Triste con errata o la ciudad de Italo Svevo donde vivió Joyce (pero, de todos modos, el dato no mejora para nada el poema). Lo mismo con Jesucristo en Canción del israelita..., porque ya en ese contexto la palabra nació apunta inexorablemente al personaje. O ese nombre en el poema sin título que empieza "Como aquel hombre, Ulises] una vez cruzado el océano] yo vuelvo/ a esta soledad de la isla..." (pág. 53).

En una poética que asienta sus reales en la economía verbal, estas aparentes condescendencias al lector resultan a veces un tiro por la culata. Más aún si el título del conjunto (que no me parece muy feliz y que incluso habría quedado mejor en castellano como Indicios) tiene patente de corso al respecto. Pero éstas serían minucias. En Mario Jursich las palabras, en "el luminoso fondo del estanque", duplican su valor. Camino a la superficie, a la respiración de quien las recoja.

EDGAR O’HARÁ