Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Una semántica de lo verde


El confuso trazado de las fundaciones
Ramón Cote Baraibar
El Ancora Editores, Bogotà, 1991, 69 págs.

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¿Qué otra cosa es la poesía sino amenaza o sombra del paraíso? Sobre esta convicción está nítidamente trazado este tercer poemario de Ramón Cote Baraibar.

El desdichado Adán es sin duda el culpable del género poético. La fábula del primer jardín y del primer destierro toma cuerpo en cada hombre. Desde él esa cosa botánica, agraria, siempre asediando. De su última mirada aferrándose a lo verde brota lo azul que decía Hugo y repite Darío; la nueva patria se instaura en el poema. 

La lírica, se sabe, es sólo una épica interior. Una épica que previsiblemente no abunda en hazañas o héroes; pero en el inevitable combate librado en el deseo, a la espada del ángel el hombre sólo puede oponer el leve o salvaje resplandor de la palabra.

El libro se articula en tres partes: I. Las Enormes Adormideras; II. Amenaza del Paraíso; III. Presencia Secreta. Los temas de la infancia, el amor, la ciudad, respectivamente. Su evolución en estos tres movimientos, estructurados sobre la imagen del paraíso, dibuja la voluntad del exiliado que sabe imposible el retomo, que sabe que sólo resta ejercer la larga, y tal vez inútil, oposición de la poesía.

El paraíso como condición de existencia, como conspiración que se fragua cotidianamente en los más secretos conciliábulos del alma, configura a todo lo largo del texto una suerte de semántica de lo verde. El ámbito primordial —y su pérdida— nombrado como fusión con lo arbóreo, posesión de un lenguaje que es tacto y participación de la sustancia única de las cosas:

ESTAS HERIDAS

que tengo en los codos
son el último
abrazo,
de los árboles

[pág. 19]

Imagen que define el origen de toda orfandad. Infancia y paraíso confundidos, vibrando en el mismo diapasón de la invención o el recuerdo. El espacio de la plenitud que se rompe. El círculo mágico de la naturaleza que cede el paso al mundo del hombre, donde aletean ya no los ángeles expulsores armados con espadas de fuego sino los severos profesores armados con la tiza y el repertorio de las "palabras impuras" que inauguran y sostietien el nuevo orden.

El insobomable ímpetu de recuperación de ese lenguaje asalta en la imagen de la mujer-fruto:

Me asomo al nuevo mundo
por encima de la manzana de tu
hombro

[Origen, pág. 34]

La llave de oro de la sensualidad creando el espacio de la posibilidad y el hallazgo, tocando lo vegetal implícito en el cuerpo de la amada. El gastado motivo es potenciado en la pureza expresiva:

HAY DIAS PARA OLERTE

con la lentitud más pura
extendida y cedida a lo hondo,
tan cerca de lo que tantos veces
se nos niega
llamarte madera un día

[pág. 35]

Una red de metáforas vegetales deviene en signo estilístico: la infancia como "la caricia de una acacia que nos dibujó un borde amarillo/ de polen y que hoy es puro desvelo", "llega el día con su blanca azalea", acacia, eucalipto, magnolia, anémonas, sauce, hojas de arce, etc. En el despliegue temático se hace especialmente significativo el poema Espacios de Bogotá (pág. 55), donde este tipo de imágenes se cargan negativamente, connotando dolencia y deterioro, y se toman reveladoras de la ciudad como contraimagen de la plenitud: "el inesperado crecimiento sobre las tapias de unas rosas adúlteras", "allí crecen familias que se acostumbraron a la proximidad de las ortigas", "escasas paredes oprimidas por el abrazo de unas hortensias imprudentes" (pág. 55).

Sin embargo, la sombra luminosa del paraíso está allí, su honda respiración llena de sentido el mundo, y en el centro de esa lejanía hay "un árbol cargado de Salmos de David", "mi árbol rojo en medio de la nieve" (pág. 62).

Dentro de esta órbita de significaciones, los patios, las terrazas, el parque adquieren algo de "ínsulas extrañas", de restos de un naufragio ya irredimible, espacios amenazados por los enrejados, por los cercos de restos de botellas.

La proyección mítica de la experiencia de la infancia alcanza su perfecta síntesis en el penúltimo poema, en el que el lector, después de haber acompañado al poeta en esa inmersión nostálgica en lo verde, en esa expedición botánica del espíritu, ve desplegarse ante sus ojos, en vuelo asombroso, la increíble ave-paraíso:

Sus alas
son la descripción más preciosa
de las cordilleras

Su pico
es una vasta realidad geográfica

Este pájaro es el extremo ardiente
de las jerarquías

Su dibujo no es un documento
es una emoción

[Expedición botánica, pág. 63]

La intensidad que pide Charry Lara a la poesía, producto de generar el poema sobre las coordenadas de la hondura y el rigor expresivo, hace presencia en estas páginas. Su autor, dentro del marco de una generación que busca el "clima poético", alejándose pendularmente en esa medida del prosaísmo dominante en la poesía colombiana inmediatamente anterior, ubica su poética en una zona en que la saeta del vuelo atraviesa el corazón de lo cotidiano evitando el afantasmamiento del lenguaje que algunas veces pareciera ser el peligro en esta dialéctica generacional.

RÓMULO BUSTO AGUIRRE