Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Otra dimensión de una época


Los altos del olvido,
Boyacá y los origenes de la violencia
Javier Guerrero B.
Ediciones Tercer Mundo - Instituto dc Estudios
Políticos de la Universidad Nacional, Bogotá,
1991, 268 págs.

pag90.jpg (8091 bytes)

En la historiografía de la Violencia era casi un lugar común comenzar con los acontecimientos alrededor de la caída del liberalismo en 1946. Y decimos ~ pues estudios como el de Javier Guerrero nos recuerdan que hubo violencias desde antes. Los años del "olvido" —los años treinta en este caso— no sólo fueron los primeros momentos de la Violencia, sino que nos permiten entender algo de lo que sucedería a partir de los años 40. 

En efecto, la derrota electoral conservadora de 1930 inició enfrentamientos políticos violentos, al menos en algunas partes del país. Una de ellas fue el norte de Boyacá y más exactamente la región comprendida entre Soatá y Pamplona, que en realidad cubre tres departamentos —Boyacá mismo y los Santanderes— con proyección sobre Casanare y Arauca.

Guerrero inicia su texto, como es de rigor en estos trabajos, con un breve recuento historiográfico, para concluir que no hay estudios sobre el caso boyacense a principios de los años treinta. Hace luego un rápido señalamiento de las principales categorías teóricas que trabaja, cuya novedad está, no propiamente en ellas mismas—crisis del Estado y parainstitucionalidad; papel del clero y poder simbólico de la región—, sino en la forma como las pone en juego. Hay, además, en esta sección unas hipótesis interesantes para explicar las expresiones culturales de la región analizada y de la expresión violenta de los conflictos. Me refiero a la mención que se hace, hablando de procesos de poblamiento y de diferenciación local, de una explicación "etno-histórica sobre el origen ancestral de muchas zonas de violencia endémica". O al señalamiento, un par de páginas más adelante, de una posible visión teocrática y moral arraigada en nuestra cultura política. Sin embargo, esas fugaces hipótesis quedan sólo insinuadas en el texto. La razón tal vez esté en que se salen del período o del tema estudiados. Pero qué enriquecedor hubiera sido abordarlas.

A renglón seguido Guerrero inicia el análisis de lo ocurrido a fines del decenio de los veinte. Aquí la novedad del texto está en las referencias a Boyacá. Una de ellas es bien diciente. En lo regional los mecanismos de control de los partidos tradicionales son semejantes —hacendados y jefes militares—, pero con un desnivel a favor del conservatismo: la militancia del clero. Este es, por ejemplo, el caso del célebre general Sotero Peñuela, apoyado en sus labores "políticas" por su hermano, el clérigo Cayo Leonidas. Estos mecanismos se pusieron en tensión en las elecciones de febrero de 1930.

pag107.jpg (9229 bytes)

A partir de ese momento el texto inicia un minucioso análisis que le da gran fuerza argumentativa. La candidatura de Olaya Herrera, más que liberal fue, como acertadamente lo dice el autor, republicana. Pero en Boyacá ella llenó de pánico a los conservadores, pues había un detalle adicional: ˇOlaya era boyacense! La hegemonía conservadora cayó en el conjunto del país, mientras en ese departamento sólo tembló, pues allí el conservatismo siguió siendo mayoría por un buen tiempo, debido a los mecanismos de control ya mencionados. La supervivencia de un conservatismo fuerte y militante fue motivo de preocupación para el liberalismo. De ahí que éste se haya propuesto invertir, a como diera lugar, la correlación de fuerzas. Algo similar ocurría en provincias cercanas de Santander y Norte de Santander. La violencia, por tanto, había estallado ya.

En el conjunto nacional el partido en el poder inició un lento, pero seguro, proceso de "liberalización" de regiones conservadoras. Boyacá, por supuesto, no era excepción y casi se podría decir que era la regla. Desde arriba hacia abajo se cambiaron las autoridades: gobernador, alcaldes, inspectores de policía, etc. Pero hubo resistencia por parte de una burocracia enquistada en la administración regional y local desde los años anteriores. A fines de 1930, en Boyacá, todavía la totalidad del magisterio y la mayoría de los jueces eran conservadores. De este choque resultó una crisis profunda de la institucionalidad. Así se creaba un vacío de autoridad legítima que podía ser llenado mediante el recurso a las armas.

En esas condiciones el enfrentamiento político en la región distó de ser un mero cruce de palabras agrias. De las voces de protesta de uno y otro partido se pasó rápidamente a los llamados a arrasar al contrario. No bastaron las innumerables campañas de pacificación emprendidas por el gobierno central. Hubo, sin embargo, un respiro a la violencia fraticida en esos años: la fugaz guerra con el Perú. La invasión del puerto de Leticia en 1932 produjo una movilización nacionalista que pareció apagar el conflicto interno. Se pensó que, como lo dice el autor, "una guerra se arregla con otra guerra". Pero cuando el conflicto internacional se trasladó de las selvas a los recintos diplomáticos, el fervor nacionalista disminuyó.

Para 1933 el liberalismo había logrado el objetivo de invertir la correlación de fuerzas. En febrero de ese año era ya el 57% del electorado boyacense y en octubre logró una marca que, por lo alta, es digna de sospecha: el 82% de los votos. Con la posterior abstención conservadora se pierde la posibilidad de hacer esas mediciones. Pero el partido derrotado no se limitaba a declarar una civilizada abstención. Los llamados a la desobediencia civil se transformaron prácticamente en proclamas de guerra santa. Ya poco caso se le hacia a los intentos pacificadores del gobierno.

pag114.jpg (8360 bytes)

La llegada de López al poder (1934-1938) no disminuyó la violencia regional; por el contrario: la aumentó. En Boyacá se vivía en pequeño lo que por todas partes del país se hacía inevitable. El estallido de la guerra civil española terminaría por complicar las cosas al alimentar los imaginarios de bando y bando. Pero aquí el minucioso análisis a que nos tenía acostumbrados Javier Guerrero se torna apresurado. La impresión que dejan las páginas finales del texto es que para 1934-1935 iba a estallar una guerra civil o algo por estilo, al menos en la región estudiada. Y eso no sucedió sino hasta años más tarde, aunque tampoco quiere decir que fuera un período de armonía idílica. Este descenlace deja planteado el doble hiterrogante sobre lo ocurrido entre 1935 y 1946 y sus explicaciones.

Hay un punto crítico final que quisiéramos exponer rápidamente. Sin demeritar el juicioso trabajo histórico y analítico de Javier Guerrero, creemos que todavía subsiste en su lectura un sesgo de lo ocurrido en Boyacá en los años del "olvido" y de las consecuencias en la posterior Violencia. Se trata de cierto prejuicio "liberal", por demás explicable, viendo los resultados posteriores de la acción "chulavita". Es indudable que el discurso conservador, laico y clerical, que incitaba abiertamente a la guerra santa, debió de calar en la mente de muchos campesinos, quienes además fueron también víctimas de una "liberalización" violenta. Pero nos resistimos a asignarles el papel de "malos", incluso hablando de su expresión más fanática: la "chulavita". Y menos a concebirlos simplemente como fichas pasivas de un juego político urdido en las esferas del poder civil o religioso. En la acción del campesinado boyacense, conservador o liberal, había al menos una intención de legítima defensa y posiblemente otras motivaciones agraristas o étnicas que no se analizan.

pag102.jpg (7045 bytes)

La comparación que hace Guerrero con los cristeros de México puede ser oportuna, pero no por la razón que él aduce: ambas serían expresiones de un canipesinado atrasado y fanático. Estudios sobre la revuelta cristera, como los de Jean Mayer, muestran que detrás de la consigna de "Viva Cristo Rey" los campesinos mexicanos también hacían exigencias agraristas. En su lucha contra los nuevos patrones "revolucionarios", los cristeros, defensores del catolicismo, continuaban en cierta forma al zapatismo. No hay que olvidar que, para disgusto de intelectuales y artesanos, los ejércitos de Emiliano Zapata habían entrado a la ciudad de México en 1914 con estandartes de la Virgen de Guadalupe. Con esto no estoy negando los aspectos reaccionarios de la "chulavita", pero creo que no es muy útil un análisis histórico que niega otras dimensiones de la acción colectiva.

A pesar de estas limitaciones, el texto es digno de elogio. El hecho de que haya ocupado por un par de mesen un lugar destacado entre los libros más leídos en el país habla por sí solo de su importancia. Lo que no ofrece duda es que, a partir de la lectura de Los años del olvido, los años treinta vuelven a ser recordados en una dimensión que se estaba perdiendo en un cajón de la memoria.

MAURICIO ARCHILA NEIRA