Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Llanerólogo


Indio., colono. y conflicto.. Una historia regional
de los Llano. Orientales, 1870-1970
Augusto Gómez G.
Siglo XXI Editores, Pontificia Universidad Javeriana,
Instituto Colombiano de Antropología, Santafé de Bogotá,
1991, 411 págs.

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Parafraseando al siempre recordado Germán Colmenares 1 , durante mucho tiempo la historiografía llanera estuvo aprisionada, pues, pese a ser los Llanos Orientales una región de notables acontecimientos —durante la conquista y los primeros años de la colonia tuvo lugar en ella la infructuosa búsqueda de El Dorado; fue sede de un importante polo de desarrollo socíoeconómico de los jesuitas; tuvo destacada participación en la rebelión comunera; fue centro de acción, por cerca de tres años, de la lucha libertadora; estuvo vinculada muy particularmente al proceso de formación de la nacionalidad e identidad colombiana, etc.—, esos mismos sucesos han creado una visión, promovida desde ciertos sectores oficiales, heroica unas veces y otras pavorosa, pero siempre distorsionada.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la situación mencionada ha ido variando, pues en el país ya existe un selecto, aunque minoritario, grupo de historiadores profesionales dedicados a investigar, analizar e interpretar la historia de los Llanos Orientales de Colombia; proceso que comenzó con la publicación del libro A Tropical Plains Frontier. The Llanos of Colombia 1531-1831 (Albuquerque, 1984), de Jane M. Rausch, síntesis que, aunque con varios inconvenientes, permite visualizar y comenzar a desmenuzar los problemas que tuvo la región durante la época colonial. A partir de esa obra, pese a no estar traducida aún al castellano, empezó a renacer en los medios universitarios y profesionales del país cierto interés por la historia llanera. Prueba de ello es que se han realizado, entre 1988 y 1992, tres simposios internacionales sobre historia de la región (Villavicencio, Yopal y Arauca), de dos de los cuales se han publicado las correspondientes memorias 2 , que, aunque, con resultados harto disparejos, son puntos importantes de referencia. Así mismo, en el año 1991 se llevó a cabo un simposio sobre el tema, en el marco del XLVII Congreso Internacional de Americanistas, cuya memoria ya fue publicada 3 . De igual forma, la Violencia y la historia reciente han sido estudiadas por diversos autores: desde el trabajo pionero de Eduardo Franco Isnza (1954), pasando por las a veces novelescas, pero exitosas, interpretaciones de Alfredo Molano, hasta los serios y concienzudos trabajos de Oscar Londoño (1989) y Reinaldo Barbosa (1992).

Así, el libro de Augusto Gómez viene a llenar un notorio vacío, pues analiza un largo proceso (1870-1970) de incorporación de la región llanera a la frontera económica del país, fenómeno acerca del cual poco o nada se conocía.

El libro es un trabajo con bastantes altibajos, incongruencias y fallas interpretativas, pero que también tiene muchos aciertos. Veamos, a continuación, algunos de los pros y contras.

El libro tiene una primera virtud: la edición, el tipo de letra y el papel en el que está impreso permiten una lectura cómoda. Contribuyen a ello, además, las bien seleccionadas láminas de la Comisión Corográfica, los cuidadosos y elaborados cuadros (17), la tabla, las listas (2), los mapas (6) y el plano de la casa del fundo de La Rubiera, pues son importantes elementos didácticos que ayudan a la comprensión del a veces denso y, por qué no decirlo, tedioso texto. Sin lugar a dudas, en un futuro constituirán, sobre todo los cuadros, la tabla y las listas, un documento obligado de consulta.

Sin embargo, observamos una falla:  el autor o el editor, no sabríamos decir quién, tuvo la infortunada idea de intercalar dentro del libro cuatro anexos documentales que, sin que desconozcamos su gran valor como testimonios, cortan el ritmo de lectura, rompen abruptamente el hilo de las ideas. El quizá pensado objetivo de causar en el lector algún efecto dramático, de conmoción, sobre todo con el extenso expediente de La Rubiera —40 páginas—, creo que no se logra.

Una segunda falla es que a veces las citas son demasiado largas. El caso más sorprendente es el de la recopilación cronológica de las leyes emitidas por el Estado colombiano entre 1824 y 1888 que, de alguna manera, implícita o explícita, aludían a la situación económica y sociocultural de los Llanos (págs. 91-102). Podría haberse incluido esa enumeración entre los anexos, Indios, colonos y conflictos... está dividido en tres extensos capítulos: "Proceso histórico regional" (101 páginas); "Estado, región y colonización" (64 páginas); "La apertura de la frontera de los Llanos y los conflictos interétnicos" (200 páginas) y unas "Conclusiones". Cada uno de ellos presenta aciertos en la documentación escogida y, por momentos, importantes y sugerentes análisis e interpretaciones, pero son también muchos los desaciertos y ambigüedades.

En el primer capitulo, Augusto Gómez hace una apretada síntesis geoétnica que, además de desmitificar la común idea de una supuesta unidad cultural de los grupos indígenas llaneros, le permite mostrar cómo, a lo largo de más de cuatro siglos de dominación —española, primero, y luego republicana— los Llanos se han formado siguiendo un comportamiento de frontera móvil. En ese objetivo el autor es perseverante, pero la narración y los argumentos presentan algunos vacíos, saltos y vaguedades que desconciertan. Por ejemplo, cuando se narran los intentos de los conquistadores alemanes y españoles por encontrar El Dorado no se citan las fechas de las expediciones, no se sabe si unas y otras fueron simultáneas, o cuál fue primero. Insiste el autor, y será una constante a lo largo del libro, que las relaciones entre los blancos y los indígenas han sido, desde los primeros contactos en el siglo XVI, bastante caóticas.

Dentro del contexto del libro, el capitulo en referencia es el que menos información primaria trae. Su base documental está en los tradicionales libros de los jesuitas Juan Rivero (1735), Joseph Cassani (1741) y Joseph Gumilla (1741), pero deja de lado obras contemporáneas de gran valor, si bien no historiográfico sí instrumental: las de José del Rey Fajardo y Juan Manuel Pacheco. Sorprende así el hecho de que cite fuentes arqueológicas muy recientes: Santiago Mora, hes Cavelier y Elizabeth Marques, que aportan nuevos datos sobre los guayupes, pero que no haga referencia a trabajos de reconocido valor, como los de los antropólogos estadounidenses Nancy y Robert Morey, o el del colombiano Mariano Useche. Así, el objetivo de esta parte del libro —explicar la conformación y el comportamiento de la región llanera como una frontera móvil— está bien planteado pero le falta un punto de equilibrio, de crítica y selección en el manejo de las fuentes, pues, o es terriblemente innovador, o excepcionalmente tradicionalista.

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El segundo capitulo es, en su primera parte, un intento demasiado arriesgado de criticar la producción reciente sobre historia económica colombiana. Enfila Augusto Gómez sus baterías contra José Antonio Ocampo 4 y Salomón Kalmanovitz 5 . Los argumentos que usa son muy discutibles, demasiado inconsistentes y ligeros. Por ejemplo, de Ocampo dice que "durante el período colonial existía un desorden administrativo, económico, político y fiscal que impide abordar el análisis de la economía y de la sociedad colombiana, de principios del siglo XIX y hasta muy avanzado éste, con presupuestos globales, ya sea de orden empírico y jurídico o estructurados con modelos económicos de tradición keynesiana" (pág. 109). Sin negar que Gómez pueda tener razón, nos parece que la imputación a Ocampo ameritaba un tratamiento mayor y más serio, pues en un solo párrafo se despacha alegremente la obra de un gran teórico económico y de uno de los principales historiadores económicos del país, encasillándolo injustamente. Además, algunas páginas más adelante, acusa al último de "desconocer la singularidad propia de un proceso histórico" (pág. 110) y lo trata de "anacrónico" (pág. 112) y de "reduccionista" (pág. 115). Conceptos que desarrolla y sustenta muy medianamente, por no decir que superficialmente.

Con Kalmanovitz, Gómez es mas benévolo pero igualmente lo critica. Dice de este autor que "sí tiene en cuenta la ideología y el análisis regional pero no tiene una clarificación regional clara" (pág. 116). Este último enunciado le sirve para montar su crítica y tratar a Salomón Kalmanovitz de "asistemático [...] desconocedor del carácter específico de la subregiones que caracterizan el Estado del Cauca" (págs. 117-118) y detennina que la obra "además de tener problemas metodológicos [...] adolece de una articulación económica y social que muestre la consolidación de una Nación" (pág. 118).

Aceptemos que parcialmente Augusto Gómez puede tener razón en sus críticas a José Antonio Ocampo y a Salomón Kalmanovitz, pero, en primer lugar, el espacio utilizado no es el apropiado; tal tipo de comentarios podrían tomar la forma de un ensayo sobre el tema, de una reseña bibliográfica o de introducción al libro que nos ocupa. En segundo lugar, Gómez desconoce que las obras por él abordadas son trabajos interpretativos de síntesis que, si muestran algunas fallas, revelan más los vacíos existentes en materia de historiografia regional, económica, etc., que cualquier otra cosa. Finalmente, nuestro autor se ensaña con Ocampo y con Kalmanovitz pero sin argumentos teórico-metodológicos claros; parecería como si sus observaciones fueran producto de alguna charla informal de café, pues no se observa rigurosidad. Le queda, entonces, la sensación al lector de que el autor en referencia tiene más ciertas antipatías personales y profesionales que un verdadero interés por elaborar un discurso coherente y constructivo.

De todas formas, y pese a las fallas mencionadas, el ejercicio realizado por Augusto Gómez es conveniente, porque, en su intento de hacer una historia social de la región llanera, entra en conflicto con obras sesgadas por la economía, insiste en la importancia de los estudios regionales y subraya con razón que en la historia de Colombia han existido y existen diversas regiones con características propias, muy definidas. Es así como, partiendo de los procesos internos de ocupación y colonización de los Llanos orientales, trata de establecer las dimensiones, cobertura y dinámica de la economía regional, por lo que demuestra cómo, a partir de la creación de hatos ganaderos y la transformación de las selvas en extensas sabanas, se produjo una economía extractiva de maderas preciosas, de elaboración de pieles, etc., que se canalizó inicialmente hacia los mercados internos y luego centró su atención en los mercados internacionales.

Establece, describe y analiza, entonces, dos tipos de economía:

Una, extensiva, caracterizada por el hato ganadero, trazada para el consumo doméstico y el abasto de carnes y de ciertos productos agrícolas para los mercados comarcanos regionales, especialmente para Tunja, Bogotá y Aanbalema, la cual le suministró al colono un sustento y la posibilidad, a largo plazo, de, una vez consolidado, avanzar en la cobertura de ocupación territorial y que, obviamente, ha tenido efectos sociales y económicos.

Otra, complementaria, destinada a incrementar los beneficios provenientes de una renta absoluta del suelo: explotación de quina, añil, etc., productos que generaron ciclos muy cortos de economía, incapaces de sostener un ritmo continuo de ocupación del medio, pero que contribuyeron a la penetración a nuevos territorios, la adecuación de algunos de ellos y la apertura de trochas y caminos. Sin embargo, debido a su cortedad, una vez pasado el boom, la población migrante volvía a sus sitios de origen o, si decidía quedarse en la región, tenía que dedicarse a la ganadería, pues, sin lugar a dudas, esa actividad ha sido el sistema tecnológico mejor adaptado a las condiciones llaneras. Vieja conclusión, esta última, pues ya los jesuitas, durante la época colonial, habían llegado a pensar lo mismo.

Paralelamente al asentamiento de nuevos colonos, entre 1850 y 1870, el débil Estado colombiano comenzó a generar medidas, en cuanto a la concesión y titulación de baldíos en los llanos por concepto de documentos de deuda pública y títulos de concesión, que tuvieron la clara intención de estimular el poblamiento de las regiones de San Martín, San Juan y Casanare. Proceso que permitió la formación y fundación de Villavicencio (1842), conglomerado que, por su situación estratégica con respecto a Bogotá, se convirtió en la "Puerta del Llano" y, a partir de 1860, tuvo un crecimiento demográfico, económico y social importante. Hubo intentos, por parte de algunas compañías y empresarios —Lorenzana, Montoya, Herrera Uribe, etc.—, de formar grandes haciendas dedicadas al cultivo del café.

Augusto Gómez plantea que la migración a los Llanos no sólo fue motivada por el interés particular y la gestión del Estado sino también, al igual que a fines de la colonia, por las difíciles condiciones políticas reinantes en el interior del país. Ratifica así un planteamiento que algunos especialistas han analizado: la región llanera ha servido regularmente de zona de refugio y confinamiento a perseguidos y marginados, pues el débil control del Estado sobre esos territorios así lo ha determinado. Pero, paralelamente, se han generado innumerables problemas despojos de tierras a colonos, formación de grandes propiedades; tala constante de bosques y adecuación de nuevas tierras; incorporación de mano de obra, que inicialmente era de colonos; presión sobre los territorios tradicionalmente indígenas; todo ello matizado por la violencia que, según el caso, adquiere determinada especificidad.

El tercer capitulo es tal vez el más complejo. Un primer desacierto es que, después de criticar a José Antonio Ocampo y tacharlo de keynesiano, Augusto Gómez se ciñe a una teoría antropológica harto discutida: el materialismo cultural promovido por el antropólogo estadounidense Marvin Harris. Aunque en estos tiempos de posmodernidad ya no hay una teoría única sino que el eclecticismo ha vuelto, Gómez yerra en su elección, puesto que, además de mostrar un conocimiento muy limitado de la teoría, por él escogida, se contenta con enunciar los principios básicos, sin desarrollarnos analíticamente, lo que lo lleva a subordinar los magníficos datos documentales a los conceptos harriasianos.

El tema tratado en el capítulo, —las relaciones interétnicas— queda restringido a una explicación desde el punto de vista del problema de la obtención y gasto de alimentos (energía). Visión enteramente determinista, que aproxima la comprensión del fenómeno de la "guahibiada" —que viene sucediendo desde la colonia misma y que Gómez presenta como del siglo XIX, de la época republicana— a la biología y a las ciencias naturales.

Pese a tan desafortunado enfoque, algunos elementos que presenta el autor son valiosos, pues están empfricamente bien sustentados, como son sus reflexiones sobre la constante variación del ecosistema llanero, en la cual han tenido indudable repercusión la ganadería, la colonización y el sistema de economías extractivas.

Un desacierto de Augusto Gómez es situar la "guahibiada" como una actividad genocida propia del siglo XX, pues tenemos serios argumentos que demuestran que la violencia generada a partir de las relaciones interétnicas entre blancos, colonos (mestizos), llaneros e indígenas de la etnia guahíba empezaron en la época colonial y presentaron, por momentos, una intensidad muy fuerte. Entendemos que el proceso de colonización fue de "toma y daca", o sea que, a cada avance colonizador en los Llanos, los indígenas guahíbos se replegaron pero también respondieron. Hay entonces una larga lista de robos, asesinatos y genocidios de uno y otro bando.

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Pese a que Augusto Gómez presenta una buena síntesis de la cultura nómada de los guahíbos, cuivas, sikuanis, etc., a la cual contrapone una regular e incompleta visión de los colonos, mas no del llanero, ni del hacendado, desconociendo así la cultara de los primeros y la participación de unos y otros en los hechos de sangre de los que se ocupa el libro. Se advierte cierta tendencia, muy propia de los antropólogos, a mostrar al indígena como víctima y al genérico "blanco" como el victimario, como "el malo del paseo", cuando tanto unos como otros han tenido una cuota muy alta de participación en la violencia interétnica.

Finalmente, estamos seguros de que, pese a sus altibajos, el libro de Augusto Gómez es un buen intento de historiar un proceso regional que, a no dudarlo, abre muchas inquietudes y posibilidades investigativas, analíticas e interpretativas, no sólo sobre los llanos, sino sobre otras zonas llamadas de "frontera" o de "colonización". El planteamiento de la larga duración de los conflictos invita a conocer más detalladamente períodos más cortos y a relacionarlos con la historia social, política y económica del país. Esperamos que en un futuro mediato el mismo autor, como también otros especialistas "llanerólogos", profundicen más en los argumentos e hipótesis aquí esbozados.

JOSÉ EDUARDO RUEDA ENCISO

 

1 Germán Colmenares, Las convenciones contra la cufrura, Bobotá, Tercer Mundo Editores, 1987.  (regresar1)

2 María Eugenia Ranero (compiladora), Los llanos: Una historia sin fronteras, Bogotá, Academia de Historia del Meta, 1988; Pedro Gustavo Huertas (compilador), Llano adentro. Del pasado alpresente (dos tomos), Tunja, Centro de Historia del Casanare, 1992.  (regresar2)

3 María Eugenia Moreno (compiladora), Cafe caballo y hamaca Visión histórica del Llano, Bogotá-Quito, Ediciones Abya-Yala, Orinoquía Siglo XXI, 1992.  (regresar3)

4 José Antonio Ocampo, Colombia y la economía mundial 1830-1910, Bogotá, Siglo XXI Editores Fedesarroilo, 1984. (regresar4)

5 Salomón Kalmanovitz, Economía y nación. Una breve historia de Colombia, Bogotá, Cinep-Universidad Nacional-Siglo XXI Editores, 1988. (regresar5)