Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Lector que escribe


Una lección de abismo
Ricardo Cano Gaviria
Versal, Barcelona, 1991, 203 pág

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A lo largo de los años, un escritor va creando al autor de sus propias obras, una personalidad a quien los críticos atribuyen un estilo, una perseverancia de ciertas obsesiones formales y existenciales. En lo que va de Prytaneum (1981) a Una lección de abismo (1991), ese autor, esa perseverancia, es la de alguien que desea encontrar una razón de ser en las cosas de la vida, y se conmueve ante la posibilidad de que él no sepa verla, ni leerla, ni descifrarla 1 . Si admira tanto a otros que escriben, es porque le parece que tienen el don del visionario y pueden reconocer en los disperseos detalles del mundo una finalidad o un sentido. Cuando lee una novela o un poema, este autor quisiera extender ese mundo con sentido y continuar escribiendo allí donde el poema o la novela se detienen, donde piensa que le abren puertas para que también él busque una finalidad. En consecuencia, sus páginas están siempre transidas de literatura, enmarcadas por ese poema o esa historia que él leyó alguna vez y que ahora quisiera prolongar una palabra más. Es un lector sediento y obsesivo; es también un escritor o, como a él mismo le gusta considerarse, un empecinado aprendiz de escritor. La obra literaria de Cano Gaviria está dominada por la imagen de este lector que escribe 2 .

Su primer libro, El buitre y el ave fénix (1972), es un extenso diálogo con Mario Vargas Llosa y un ensayo sobre su obra, sobre su concepción del escritor y su posición frente a la condición del exilio y la realidad social. A veinte años de su publicación, este trabajo registra el debate que en aquella época inspiraba el tema de la literatura comprometida y, al mismo tiempo, ofrece algunas luces sobre el joven Cano Gaviria. Allí están el acerbo de sus lecturas de entonces y el deseo de establecer una suerte de sistema literario, una "carta de navegación" para el futuro. El título del libro procede de una frase en la que Vargas Llosa compara al escritor con un buitre que se alimenta de la realidad para construir ficciones (pág. 16). En el ensayo final, Cano Gaviria reitera esa imagen de voracidad y evoca un pensamiento de Maurice Blanchot que bien puede acompañar su propia obra literaria, su ansiedad por encontrar o prolongar sentidos: "Celui qui écrit le livre l’écrit par désir, par ignorance de ce centre" (pág. 128).

 

En 1981 Cano Gaviria publica Prytaneum, tal vez su novela más conocida en Colombia 3. El protagonista, Gerardo Nieto, es un escritor en ciernes, un "garrapateador", como él mismo se llama (pág. 17), que descubre en Bogotá la existencia de una sociedad represiva que controla los destinos literarios del país. Las páginas que escribe sobre el Prytaneum son recogidas por un lector que las prolo(n)ga con ciertas reflexiones acerca del "fin" de una historia, esto es, en la doble acepción de la palabra, del sentido que encierra la historia y de la manera como el mismo ejercicio de escribirla puede decidir su resolución. Quien escribe una historia sin conocer el final, dice el prologuista,

[...] siente, de algún modo, que el pasado al que se refiere es como un terreno movedizo, aún no asentado del todo, aún no completamente acaecido, todavía presente. ¡En tal caso, seguramente su escritura estaría transida por la alarma o el conjuro, el deseo de ponerse a salvo o la esperanza de encontrar precisamente en ella el ‘final" o la salida! [pág. 5]

En 1982, Cano Gaviria publica Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet, novela en que rinde homenaje al lector, al acto mismo de leer. La dedicatoria, "A Eduardo, que me incitó a la lectura", está completada por abundantes epígrafes que aparecen tanto al comienzo de la obra ("—Documentos— Erotomía") como al final (—Documentos— Grafomanía"). De todos ellos, el que parece definir mejor la intención literaria de Cano Gaviria es un párrafo que Marcel Proust redactó a propósito de Gustave Flaubert:

Cuando uno acaba de leer un libro, no sólo quisiera seguir viviendo con sus personajes, con la señora de Beauséant, con Frédéric Moreau, sino que hasta nuestra voz interior que se ha disciplinado durante la lectura para seguir el ritmo de un Balzac o de un Flaubert querría seguir hablando como ellos. Hay que dejarla hacer por un momento, dejar que el pedal prolongue el sonido [...]. [Mi subrayado, pág. 169].

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De acuerdo con este pensamiento, la novela retoma dos personajes de Flaubert y los pone a vivir un tema del marqués de Sade. Así pues, Bouvard y Pécuchet decide explorar un día el universo de la sexualidad, agotando todo los libros de literatura erótica y teoría sexual que pueden conseguir, y componiendo un fichero en el que catalogan las manías sexuales de que hablan los libros (un total dc 313), con la definitiva intención de ponerlas en práctica. Condenados a tres años de cárcel por escándalo público, se convierten en autores de novelones sentimentales y deciden después entregarse, menos que a la tarea de escribir, a la de leer; aún más, a la de copiar lo que han leído. Este es el único momento en que los personajes adquieren cierta felicidad, cierto control sobre su propia situación. Es la felicidad del copista, del lector que escribe:

Aunque en el fondo eran distintas, las dos ideas se acoplaban a la perfección; además, establecían entre el acto de lectura y el de la escritura una relación de reciprocida4 que en aquel instante les pareció más lógica, o más natural, que la que desde hacía tiempo estaba en vigor; según esta nueva relación, sólo podría leer algo interesante quien se hubiese tomado antes el trabajo de escribirlo, del mismo modo que sólo disfruta de una buena cosecha quien se ha esmerado en cultivar debidamente sus tierras. ¿ No era esa una manera más "natural" de escribir? [pág. 149].

Pero quizá el más profundo homenaje de Cano Gaviria a la figura del lector sea su novela sobre Walter Benjamín, El pasajero Benjamín (1989), que obtuvo en España el premio Navarra en 1988. La novela narra el último día en la vida de Benjamín, poco después que le nieguen el sello de entrada en el puesto fronterizo de Port-Bou, y comprenda entonces que su viaje a través de los Pirineos ha sido en vano y que deberá regresar con otros refugiados judíos a una Francia ocupada por los alemanes. La novela es un colage de textos en los que se alternan pasajes de Benjamín, de Proust, de propaganda pro fascista. El tema de la lectura es introducido de manera conmovedora en la desconsolada conversación que Benjamín entabla con otra refugiada, con la señora

Grunwald:

En aquellos momentos, ¿ qué podía decirle que fuera capaz de reconfortarla? ¿ Y cómo pensar en la esperanza sin recordar que nos habla sido dada sólo por amor a los desahuciados? ¿ O incluso que la esperanza habla pasado sobre sus cabezas como una estrella fugaz. según la cita de Goethe? Ah, la eterna manía de las citas; para é1 el viaje por la existencia se daba como la rápida travesía de un largo pasaje adornado de citas, hermosas y ,nulticolores colecciones de citas, expuestas como bibelots tras las vitrinas, y por eso era que a veces actuaba como si estuviese muy poco dispuesto a dudar de que, en virtud de su aureola mágica, una cita sobre la esperanza pudiese realmente infundir esperanza [pág. 18].

De la misma manera que en Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet, esta novela abunda en epígrafes. Cada uno de sus capítulos se inicia con un epígrafe de Kafka, de Baudelaire, de la Biblia, de Shakespeare, de Flaubert, de Brecht, de Von Hofmansthal, del Talmud, del mismo Benjamin, de la Rochefoucauld. Estos epígrafes, que dicen del amor de Benjamin por las citas, reiteran una y otra vez en la novela el tema de la lectura y de la muerte (la "cita" literaria y la "cita" con la muerte; el "pasaje" literario y el "pasajero" hacia la muerte). Por otra parte, sin embargo, los epígrafes abruman con su trascendencia la limpieza dramática del relato, como si el absurdo de la muerte fuese incompatible con esa criatura-de-sentido que es el lector. El mismo Cano Gaviria parece advertir esta contradicción cuando en su prólogo se pregunta si "¿puede un filósofo alemán, prototipo del antihéroe, convertirse a la hora de su muerte en protagonista de una novela?" (págs. 11-12).

El lector que escribe vuelve a ser el personaje central en los tres relatos que componen En busca del Moloch (1989): las Noticias del Altozano se inicia cuando el protagonista decide copiar en su diario una cita de Pascal que acaba de leer; Las flores del retorno es la historia de un crítico, de un lector, que viaja a Barcelona para escribir la biografía de un "miembro de la generación del 98"; y En busca del Moloch es la correspondencia que tiene la dama santafereña Carolina Tovar de Merizalde con Gustave Flaubefl por la época en que el autor frances está componiendo Salambó. De los tres relatos, el mejor logrado es el segundo, tal vez porque en él Cano Gaviria no se impone el deber de ambientar una época (tanto Noticia del Altozano como En busca del Moloch tienen lugar en un Santafé de Bogotá finisecular). En este segundo relato —que por momentos parece un roman ti cIé— se cuenta la llegada a Barcelona de un escritor colombiano, Joaquín Rovira (un anagrama de Ricardo CanO Ga VIRiA), quien viaja en busca de información sobre el pasado de su amigo catalán, el escritor Ramón Arnau Vinyals (el mismo sabio catalán de Cien años de soledad). Ya en Barcelona, Rovira recuerda una historia que Vinyals le había contado alguna vez y en la que un hombre llegaba a un pueblo y se quedaba a vivir allí con una muchacha. Rovira comprende que él mismo ha comenzado a vivir esa historia cuando, viajando hacia un pueblo de Cataluña para entrevistarse con una parienta de Vmyals, se duerme en el autobús, pasa de largo por el pueblo al que se dirigía y termina viviendo en otro pueblo con una muchacha que venía con él desde Barcelona.

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Una lección de abismo (1991) es, sin duda, la mejor obra de Cano Gaviria hasta la fecha. Se trata de una novela epistolar cuyos principales acontecimientos tienen lugar en el año 1924 y en la que Jasmin, un joven y promisorio escritor francés, envía cartas a Robert, un primo suyo de origen colombiano, reclamándole que haya preferido viajar a Inglaterra con las frívolas hermanas Vatard en vez de acompañarlo a él a pasar algunos días en la casa que su tío Lucas tiene en Montefountaine. Robert intenta justificarse: afirma que su primo es disciplinado y clásico, mientras que él es imprevisible y moderno (pág. 20); destina a Jasmin a la gloria literaria y se adjudica a si mismo la condición del hombre práctico, aristotélico, que sabe disfrutar de la vida (pág. 57). Estas razones son aparentes: de jóvenes, durante unas vacaciones que pasaron en casa del tío Lucas, Robert y Jasmin habían hecho un pacto: habían decidido no entrar nunca separados en el jardín de las hermosas mellizas Evelyn y Thérése Lambert. Jasmin nunca las pudo olvidar. Escribió una novela —La forét des coeurs (El bosque de corazones)—, viajó a los Estados Unidos y al final regresó de nuevo a la casa del tío Lucas. Entre tanto, Robert ya había violado el pacto de su adolescencia. Había entablado una relación amorosa con Evelyn y, lleva. do por su rastacuerismo, había también tenido relaciones con Thérése. Cuando Jasmin lo invita a Montefountaine, Robert está decidido a olvidarse del asunto. Prefiere viajar con las Vatard a Inglaterra, y con ellas habría permanecido si la muerte misteriosa de Jasmin no lo hubiera obligado a regresar a Montefountaine.

CONTINUAR

 

1 Para esta resefra se han consultado los siguientes textos de Cano Gaviria: El buitre y el ave fénix, Conversaciones con Mario Vargas Llosa (Barcelasa, Anagrama, 1972); Prytaneum (Bogotá, Colcultora, 1981); Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet (Barcelona, La Novela Corta, 1982); El pasajero Benjamín (Pamplona: Camp y Paniela, 1989); En busca del Moloch (Bogotá, Tercer Mundo, 1989); Una lección de abismo (Barcelona, Versal, 1991). Cano Gaviria también ha publicado Acusados, Flaubert y Baudelaire, o de cómo, en el año de 1857, Madama Bovary y Las flores del mal jlieron llevadas ante el tribunal, con el dossier completo de los procesos (Barcelona, Muschnlk Editores, 1984), su traducción del libro de Artur Sandaver, Sobre Gonibrowicz (Barcelona, Anagrama, 1972), y más recientemente José Asunción Silva, una vida en clave de sombra (Caracas, Monte Avila, 1992). (regresar1)

2 Este emblema puede extenderse también a sus notas criticas. En su articulo "La novela colombiana después de García Márquez", publicado en el Manual de literatura colombiana (Bogotá, Planeta, 1988, vol. II, págs. 351-407), Cano Gaviria afirma que considerar a los novelistas corno "lectores de la víspera",   introduce un modelo dinámico del hecho literario, entendido contó proceso de recepción y de producciónt, en el que el olvidado relevo entre las dos instancias —el lector (receptor) que, reinando en el ciclo, se convierte en autor (productor)— pasa por un momento crítico, reflexivo y distanciador, que es la ¡laica garantía de cambio y superación [...] [pag 357]. (regresar2)

3 La novela ha sido reseñada por Alvaro Pineda-Botero, Del mito a la posmodernidad: la novela colombiana de finales del siglo XX, Bogotá, Tercer Mundo, 1990, págs. 160-162. Pineda-Botero también ha reseñado En busca del Moloch; véase "En Bogotá ni siquiera tenemos un puente para tiramos al Sena", en Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. XXVII, núm. 23, Bogotá, 1990, págs. 100-101. (regresar3)