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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Entre el humor y la
ficción
La bomba de bombones
Germán Rueda López
Algalia Ediciones, Bogotá, 1991, 147 págs.
Germán Rueda López
(1956 - el máximo de tiempo posible, según consta en su miniautobiografía), nació en
Duitama, aunque sus páginas denotan que está enrazado, siquiera en el espíritu, con lo
más rancio y lúdico de las estirpes santafereñas. "Estudia hasta lograrlo la
carrera de Derecho, a la cual dedica 11 larguísimos años de su vida, siendo expulsado
por razones obvias (inquietudes juveniles, llamábanlas en aquella época) de 2 de las 3
universidades a donde tuvieron que aguantárselo".
El lector medianamente
avisado habrá advertido que se trata de un libro de humor, de esos que rara vez se ven
por ahí y a los que las editoriales "serias" en pocas ocasiones dan una
oportunidad.
En la prosa de Rueda
López, humor y ficción se dan la mano. El autor es sin duda un tipo
"chirriadísimo", de esos que se complace en producir con cierta regularidad el
altiplano cundiboyacense. Su obra es una prueba más de que lo lúcido y lo lúdico
siempre se han dado la mano y que a la postre son una pequeña inversión de la misma
cosa. La dedicatoria general, "a todos aquellos que estén convencidos de que todo
buen acto conlleva su castigo inmediato", así como una muy específica a Margarita
Rosa de Francisco (la profundidad del mar, en sus ojos), son los primeros aciertos y no
los menores de este curioso ejemplar editorial. La presentación, muy oficial, al menos de
nombre, es de Miguel Silva, otro "tipo chirriadisimo", quien nos cuenta que
Rueda ha sobrevivido a una novela de seiscientas páginas sobre un perro adicto a la
heroína, escrita en tres meses, que no es serio en absoluto y que sólo teme a dos cosas:
a Dios y a la falta de mujeres.
Quiero destacar una
particularidad de la edición: no se desaprovechó ni siquiera la cubierta y por lo menos
en mi ejemplar algunos de los apartes allí incluidos no están en el interior por ninguna
parte. Se trata de breves notas curiosas, informes apócrifos... El primero, sobre una
muerte a los 108 años, ante la cual la prensa duda que sea una "muerte
natural". A tal edad, concluye el autor, cualquier muerte es natural, lo cual
recuerda la respuesta que dio Voltaire cuando se le dijo que el tabaco mataba lentamente:
Sí, tan lentamente que ya tengo ochenta años.
Hay en la galería
minicuentos como éste, titulado Kafka: "Esta mañana, después de 27 años de
haber sido una cucaracha, me desperté al fin en hombre". O éste, que es el primero
de la serie y que acaso aspire a ser el "de mostrar": "Después de
interminables horas, el jugador de las piezas negras al fin se decidió. Dijo:
,¿Vas a mover o no? Asombrado, el otro levantó los ojos del tablero y contestó:
acaso no juegas tú?".
Muy imaginativo. Sólo
que se ve que el autor no es ajedrecista y desconoce que el episodio sucedió ya hace más
de un siglo entre dos grandes maestros bastante recordados y que fue uno de los hechos que
dieron pie para que se inventara el reloj de ajedrez, que en realidad no es un reloj, sino
dos, que andan cada uno por su lado cada vez que un ajedrecista realiza una jugada.
Pero se trata de lunares
menores, y aunque el autor cae a veces en el desagradable género del "ingenio
ingenuo", y de que no tiene ningún cuidado en el estilo, su prosa, como la de Salom
Becerra, es gozona y perfectamente legible y disfrutable.
¡Felicidades, señor
gobernador! es una mininovela en doce capítulos y dos epílogos, con episodios de la
infancia del autor en Duitama y bromas pesadas como aquella del que responde al
"¡Qué hubo!" con un "Un niño, pero se murió".
La bomba de bombones
(1981)
es sin duda la pieza antológica de la serie. Se trata de un cómico
divertimiento novelesco y futurista de ciencia ficción en el que abundan los esdrújulos
no sólo gramaticales. Es la descripción de la tierra como un planeta atómico y
metálico en el que los vehículos son insectos que la ciencia logró agigantar, las
iglesias están volteadas de cabeza, no hay andenes, y la contaminación es rural y no
urbana. Aflora cierto humor negro cuando aparece la bomba de bombones, un artefacto capaz
de acabar con todo, salvo con los seres humanos y con todo lo que pese más de trescientas
mil toneladas. En suma, un Apocalipsis a lo Fontanarrosa: "La hecatombe duró once
horas. El motivo directo de la misma fue la invasión árabe a Israel, que estaba dando
buenos resultados. El directo, la naturaleza humana. Con gracia añade: Y .los
israelitas tenían modernas armas y los árabes rabia...".
La intensidad del relato
recuerda La invasión del mar, extraño y poco conocido relato de Julio Verne.
Rusos y gringos se exterminan entre sí. Dice Rueda: "En las dos naciones, la
familia, núcleo tradicional de desorden moral siguió desmoronándose... Los americanos
por su parte continuaban especulando con la vieja quimera de la libertad, pero ya nadie
les creía".
Los comunistas rusos han
desaparecido hoy de la faz del planeta, mas ello no anula la carga de acidez risible que
hay en estas placenteras páginas... Ladovina 7, reina de Escocia, ocurre, acaso
previsiblemente, en el manicomio de Sibaté. En Pecaminoso Pecas se narra la
aventura de un desventurado suicida que se arroja de un séptimo piso. El Belicococo, extraño
bacilo que se aposenta en el cerebelo humano y que sólo actúa cuando el hombre padece
inquietud y desorden, parece una creación de Wilhelm Reich o un engendro poético de la
zoología fantástica de Borges, de Aguilera Garramuño o de Darío Jaramillo Agudelo...
Allí hay futurismo, violaciones grotescas y una visión muy jocosa de la realidad.
Estimo que hay otros dos
relatos que merecen no caer en el olvido. Son ellos La inolvidable doctora Pérez, implacable
denuncia y justiciera venganza contra "la única tortura institucional a nivel del
orbe", cabe decir, la atroz dentistería. Quien venga a buscar la gran literatura,
que se olvide, pero silo que busca es el coup de gráce, lo va a encontrar a
raudales en este relato hilarante.
En otra tónica, el raro
episodio de La ¡indira es escalofriante, bien contado, y parece ser una historia
real. Por momentos, en los últimos relatos del volumen, hay pretensiones literarias. No
digo que el autor las satisfaga plenamente, pero por lo menos el narrador es inteligente
(¡ojalá los escritores en Colombia tuvieran siquiera esa premisa básica para iniciar su
oficio!) y tiene algo qué decir, como ocurre en Goleada, relato de un partido de
fútbol hecho por un gamín en un lunfardo o "gaminol" muy convincente.
No he logrado averiguar
si términos a menudo repetidos como cabilaciones, combite, apasentar, belludos, preveer,
incidia, dicítnil, irsuta... son neologismos boyacenses o errores tipográficos
recurrentes. Tampoco soy experto en Rubén Darío, Julio Flórez, Alci Acosta, Olimpo
Cárdenas y demás boleristas del modernismo, pero creo que la pág. 91 consigna una falsa
paternidad de La copa rota.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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