Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

El difuso curso de la poesía


El confuso trazado de las fundaciones
Ramón Cote Baraibar
El Ancore Editores, Bogotá, 199

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El confuso trazado de las fundaciones es el tercer libro de Ramón Cote B. El primero, Poemas para una foso común, apareció originalmente en Barcelona en 1984, y en segunda edición en el número 9 de la colección literaria (3uberek (Bogotá, 1985). El libro, por qué no recordarlo, fue recibido jubilosamente por Darío Jaramillo Agudelo ("¡Aleluya, en Cúcuta ha nacido un poeta!", Boletín Cultural y Bibliográfico, núm. 2, 1984).

De este primer trabajo extraña en principio el título sepulcral que equívocamente pareciera invocar una estética que llevaron al extremo versificadores decimonónicos como Julio Flórez. Pero no hay tal: el lector encuentra, contenida en un proceso de elaboración, una investigación sobre el lenguaje y sobre el tiempo poético.

Aquí la poesía es forma hecha de imágenes, que crean un espacio, evocan un sentimiento, establecen una simbología. No comunica ni encierra "mensaje". Despierta, acaso, emociones. Registra un instante, el del poema, que pasa por los ojos, la memoria, la imaginación, el conocimiento. Es la embriaguez del verbo, no hecho carne, sino aire estremecido. Dura lo que dura enunciar el nombre, dura lo que dura una resonancia, dura lo que tarda en desdoblarse en imagen lo leído para ser visto, como en Carta rota, uno de los más bellos poemas del libro:

Lisboa me debe sus labios verdes
y su vino trenzado en sus murallas.
Alza tu copa profunda, asómate
escondida en tu ardiente celosía
para rodear el sueño de tus sílabass
y morder contigo la fruta sagrada.
Iza los estandartes hacia oriente
que una aldaba golpee tres veces
seguidas cualquier puerta y
que me abra de par en par el
abandono
para saber que por fin he llegado
a Portugal
Pronunciaré tu lento beso, al viento
y las jarchas caerán como ramas
secas en el río.
Abre tu nombre, dulce Lisboa,
para soñar el día en que a mi sombra
se la roben tus palomas.

Acaso la fosa común sea la memoria donde partes sin nombre reposan a la espera de la resurrección de la carne. Por obra del poeta, los restos, las piezas separadas, las sombras, se arman y adquieren un cuerpo, una nueva vida, el poema:

Por tu memoria, triste desconocida,
pasan las palabras convertidas en brasas,
la historia de tus días humeantes
(las llamas devoran el Apeiron
de Anaximandro)
el fuego ladra entre la luz
y te muerde la cara.

(Esta tarde..., fragmento]

O como en Final, poema que cierra el libro pero al mismo tiempo abre una ceremonia donde acaso con palabras podrán desenterrarse y recuperarse los muertos, compañeros que te esperan sabiéndolo todo:

a los muertos que recuerdan no tu
rostro, no tu altura,
no tu sombra ceñida desde el paso,
sino la rígida ausencia
que las mismas palabras fueron
cavando hasta levantar
un inesperado despojo
donde quedarás con la misma
medida y hondura
a la de una azada ciega;
a ellos que ya no te llaman por tu
nombre
cuéntales también de tu suene
de ser la herida que convoca tantas sangres
alrededor de una nueva y unida soledad
de tener la lengua empapada por una anticipada feroz
salivo compartida.

Que te esperen algún día al borde
de los huesos
para iniciar esa aplazada ceremonia.

[Final, fragmento]

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En su último libro, Cote emprende ya no el recorrido por la fosa común, sino, por así decirlo, una investigación sobre el origen, extremo opuesto del sepulcro. El trazado de las fundaciones es confuso. Es la confusión de la poesía que transcurre por el misterio. Y al poeta no le es dado, por ahora, develarlo. Más bien, nombrarlo:

Hay una temporada para la apertura
de las enormes adormideras,
y por todas panes surge
esa porción de pájaro que nos
pertenece.
La mano que se acerca a tocar todo lo que se le ofrece
provoca su último y más lento parpadeo. 

Así pues, las fundaciones se asientan en la infancia, esa "cumplida maravilla" (pág. 17), ese "picaflor que golpea / los grandes ventanales" (pág. 20). También en el colegio, donde "la bestia de la vocación comenzaba a tener miedo" (pág. 15) o donde la certeza de la desolación y el abandono trascurre por los patios vacíos "y sólo se oyen los ladridos/ de un perro que viene corriendo desde el fondo" (pág. 17).

Allí, en el escenario de la infancia, el poeta parece evocar de lejos al Aurelio Arturo de Morada al sur:

Después, de entre grandes hojas,
salía lento el mundo.

Hay enormes adormideras y también un jardín, los árboles, las botellas azules, "el cielo sin caducidad" (pág. 28). Allí "todo era tan grande, tan alto, que daban ganas de volar" (pág. 28).

Pero detrás de todo eso, de ese mundo donde las pompas aéreas flotan "en la profunda siesta del olor", alguien percibe, finalmente, y de manera inexorable, que la infancia —esa especie de llama al viento— se ha apagado:

La infancia ha desaparecido
apretando su arma más amable
y su feroz brillar de ojos.
Crecemos con la noción de un
ídolo que se deshace.
Siempre soplará una brisa de ese
lugar 
que ya no tiene sitio en nosotros,
Todo se pierde cuando más herniosos
estaban los árboles.
Sólo se prolonga aquello que
sabemos que se extingue.

Con su desaparición, las fundaciones han quedado establecidas, aunque sin una clara cartografía que demarque su precisa ubicación. Y esta es la atónita, la irremediable despedida:

¿ Qué nos queda de tanto prodigio? Sólo el constante aviso de su desaparición, su solitario golpeteo de cañería. su lluvia año tras año, su clima.

[fragmento]

Sobre tales bases una arquitectura comienza a edificarse, a sabiendas de una incógnita que apenas acaso podrá evocar. En Amenaza de Paraíso y Presencia Secreta, segunda y tercera secciones del libro, la ciudad comienza a formar parte del trazado, al igual que el amor, con un sentimiento de magia y de misterio:

Por primera vez escribo tu nombre,
Abdera,
y surge la curvatura de una ciudad
de adobe y casas bajas
y hombres que ven el mundo
en el tránsito de una rosa.
Esta ciudad la construye
el paso del día y al atardecer
desaparece, y el aire queda
como si nada hubiera sucedido. 

Desde su presente, el poeta comprende que hay un viaje a lo perdido que es inútil y que, de emprenderlo, lo podrá convertir en una estatua de sal:

El que vuelve a lo perdido
permanecerá de pie junto a lo
intocable.
El que intente crear el encantamiento
caerá derrotado.
El que desee de nuevo esa música
que se despida para siempre.
Ya las palabras no durarán
el tiempo que tarda una mosca
en recorrer una lámpara,
ya no habrá sitio.
Por aquí pasó el tiempo y su túnica
sin regreso.

La desesperanza y el desencanto resignado parecen apoderarse del final del libro. La morada perdida de la infancia bruscamente cede la vía a un adulto cuya mirada descontenta deambula por espacios: patios, puertas, luces, helados climas, la ciudad que gotea, repetidas hortensias, terrazas, "el largo desamparo de las ramas (pág. 59) y el descubrimiento de que "un paisaje es una lengua" (pág. 68).

Para anunciar, por último, con un cultivado escepticismo de quien ya tiene su verdad:

Traigo del mundo su furor
contagioso
su lección inacabable.
Pero, ¿ qué podemos ser
si todo lo que vemos
nos tapa los ojos? 

El mundo es ahora digno de desconfianza y el poeta queda suspendido en una pregunta, tratando de saber qué hacer con su mirada.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ