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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Del subterráneo a la
luz
Teatro contemporáneo
colombiano (tres obras)
Teatro Tecal, dramaturgia de Críspulo Torres
Talleres Tres Hojas, Bogotá, 1991, 80 págs. y laminas.
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El ambicioso título del
pequeño libro que aquí nos ocupa no debe ser causa de equivocaciones: no se trata de una
antología general de teatro colombiano moderno, sino de tres muy específicas obras
cortas creadas por el grupo Teatro Estudio Calarcá, que abrevia su nombre con la sigla
Tecal. Tampoco debe conducirnos a error el propio nombre del grupo, al hacernos pensar que
se trata como me ocurrió a mí mismo al principio de un conjunto de actores
de provincia del pueblo de Calarcá, en el departamento del Quindío. No, se trata de un
grupo bogotano, constituido por algunos antiguos estudiantes de la Escuela Nacional de
Arte Dramático y por otros integrantes de distinta procedencia. En este momento cuenta,
además, con una sede en el tradicional barrio de la Candelaria. Lo que ocurre,
presumiblemente, es que nació a finales de la década de los años setenta, momento en el
que estaban muy en boga los montajes colectivos y en que empezaban a nacer los primeros
grupos callejeros. Es posible, pues, que las tendencias ideológicas de ese entonces
cautivaron al grupo en la escogencia de la figura legendaria del cacique de los pijaos
para identificar sus inclinaciones estéticas, las cuales fueron, en un comienzo las de
hallar expresión a una temática popular. De ahí que el grupo haya experimentado con una
dramaturgia por muchos aspectos atrevida, poco convencional, hecho que ahora, además, lo
impulsa a experimentar también con el teatro de sala, del cual son una muestra, modesta
pero muy interesante, por lo menos dos de las piezas aquí editadas. Los antecedentes del
Tecal en el movimiento que se ha llamado "político", sin embargo, no quieren
decir en su caso que las obras estén plenas de los estereotipos que llegaron a definir
esa tendencia, sino que, muy al contrario, su ánimo contestatario sigue siéndole
esencial para realizar una búsqueda dramatúrgica original que podría culminar en logros
muy valiosos.
La edición de este libro
podría, pues, significar para el Tecal un reconocimiento adecuado y justo. El editor
advierte que el grupo ha trabajado en forma "subterránea", "sin contar con
los elogios de la prensa", pero este conjunto de pequeñas obras puede ser el primer
salto hacia una luz que ya parece necesaria y merecida.
Efectivamente, cada una
de las obras viene precedida por una breve nota introductoria escrita por personas que van
conformando ya una nueva generación teatral, con tendencias diversas y en ocasiones
atrevidas proposiciones, pero que pronto, seguramente, empezará a pisar con paso firme.
Se trata, en el caso de la primera obra, de José Assad, dramaturgo él mismo,
perteneciente al Centro Cultural Gabriel García Márquez, grupo también con sede en la
Candelaria, quien presenta la pieza Preludio para andantes o Fuga eterna, de 1990.
La segunda obra, que es la más antigua del Tecal, es Domitilo, rey de la rumba, y
está precedida por las cortas palabras de la directora ejecutiva del grupo, Mónica
Camacho. Esta pieza, que parece ser la obra "clásica" del Tecal, fue estrenada
en 1980 en forma colectiva, pero sigue representándose en calles y plazas hasta hoy.
Finalmente, la tercera y más reciente obra, de 1991, Los gaticos, es presentada
por Jorge Prada, actor y director teatral que pertenece al grupo Quimera y fonna parte del
Taller Permanente de Investigación Teatral. Todas las obras cuentan con la dramaturgia de
Críspulo Torres, del Tecal.
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La primera obra creada
por este grupo, Domitilo, rey de la rumba, fue callejera y se ha representado ya
por muchos años, incluso en el extranjero. Se basa, muy de acuerdo con el público al que
va dirigida, en tradiciones de la costa pacífica colombiana, tradiciones que coinciden,
claro está, con muchas otras de las más variadas regiones del país. Nana en forma
bastante irreverente, por lo demás, pero muy popular el origen del tambor, no
sabemos si el de los indios, el de los negros o el de los blancos, lo que, para el caso,
poco importa. El argumento, muy sencillo y natural, que detallaremos algunas líneas más
abajo, es fácil de seguir para un público popular y es un buen pretexto para desarrollar
muchas actividades actora-les, como la pantomima, sin duda la acrobacia, de pronto los
malabares, tal vez los volatines, que tan comunes fueron en nuestro país en los primeros
siglos de la Colonia y quién sabe si desde antes, pero que fueron casi definitivamente
olvidados de nuestras más viejas tradiciones; de manera que es regocijante constatar
cómo el Tecal, quizá sin sospecharlo, revive esta costumbre secular entre nosotros.
Efectivamente, cuenta la
investigadora Marina Lamus Obregón en su ensayo Teatro: siglos XVI, XVII y XVIII,
próximo
a publicarse, que el virrey Manuel Guirior prohibió en 1774 el uso de las máscaras entre
nosotros, disposición que incluso se aplicó al caso de la población indígena. Desde
entonces, nos dice, desaparecieron no sólo las máscaras, sino que todos los festejos
populares, que incluían representaciones dramáticas, se limitaron notoriamente,
iniciándose así una fuerte tendencia del teatro a dirigirse a grupos aristocráticos muy
reducidos y olvidándose así de que, por siglos, había sido también patrimonio popular
muy importante; y, sin embargo, nos cuenta la misma autora, en tiempos del virrey Ezpeleta
es decir: a finales del siglo XVIII, sobrevivía por lo menos uno de estos
personajes "callejeros", llamado Pachito Cuervo, el primer cuentero de que
tengamos noticia, quien, "debido a su ingenio histriónico, fue admitido en las
fiestas de los notables".
El Tecal regresa, pues,
con Domitilo, a estas olvidadas fuentes, que ha sabido descubrir, no ya en los
libros, sino en los vendedores ambulantes, los cuenteros, los culebreros que hoy se pasean
por ciudades, pueblos y villorrios de Colombia, sin saber que en esta forma rinden culto a
una tradición secular. El argumento de Domitilo, rey de la rumba para
regresar a lo nuestro nos cuenta cómo Domitilo, en lugar de trabajar, prefiere
dormir, mientras su mujer provee al sustento diario lavando ropa; y mientras duerme,
Domitilo sueña: sueña en la música y la fiesta, eso sí, creando el tambor a partir de
un cuero templado de vaca: ¿creación del demonio o creación divina? Aunque las
autoridades se oponen en un principio a su invento demoníaco, ¡el mismo Dios termina
bailando al ritmo de su compás enloquecido!
De esta obra,
evidentemente enraizada en el folclor más divertido, el Tecal salta luego a una creación
que no hubiera podido sospecharse: la obra Preludio para andantes o Fuga eterna. En
ella la teatralidad es, en efecto, mucho más íntima, mucho menos visual, que en
Domitilo. Las influencias del teatro más moderno son evidentes, en especial el del
absurdo o el preconizado por Antonio Artaud. El texto adquiere aquí importancia decisiva,
sobre todo por el juego de palabras, a veces fino y sutil, en ocasiones tal vez
excesivamente repetido y hasta aparentemente tonto, como en los diálogos de Vladimiro y
Estragón en el famoso Esperando a Godot de Samuel Beckett. Las implicaciones
socioculturales son también mucho más complejas; se dirigen a un público mucho más
culto, en particular por la fina alusión a la música, sin que falte tampoco la
política, en un momento en que las bombas del terrorismo mafioso sacudían las ciudades
de Colombia por todos los costados. La actuación, sin duda, también deberá ser mucho
más matizada, en especial porque los protagonistas son concertistas que intentan, todo el
tiempo, dar comienzo a un concierto que nunca se inicia; la simultaneidad de esta escena
con la que ocurre entre un personaje femenino y otro masculino en el baño de la sala de
conciertos, aporta a la obra el ingrediente terrorista, pues, aparentemente, han puesto ya
una bomba en la sala, lo que hace presumir al público que los concertistas del trombón y
la trompeta están realmente muertos: tanto el tiempo como el espacío, como vemos,
funcionan en forma ambigua.
Preludio para andantes
o Fuga eterna
parece, pues, aludir, con su título de connotaciones musicales, que
también tiene sentido doble y metafórico, al hecho de que muchos somoso queremos
ser ajenos a lo que pasa a nuestro alrededor, siendo, por ello mismo, culpables, por
nuestro desinterés, de ser víctimas. Esta, naturalmente, puede ser sólo una
interpretación personal de las múltipies significaciones de esta pieza, tal vez
excesivamente sintética y ambigua, pero que tiene, sin lugar a dudas, arte y teatralidad,
y cuyo tema merecería mayor desarrollo.
Parece pertinente
añadir, además, que Preludio constituye una demostración interesante del
polifacetismo dramatúrgico del Tecal, que ya es capaz de pasar del humor
"ordinario" del pueblo a la fina risa de los entendidos.
Quizá más ambigua aún
y aún menos espectacular que la anterior sea Los gaticos, obra de 1991, como hemos
dicho, inspirada en un cuento de Alvaro Cepeda Samudio que lamento desconocer; la acción,
en efecto, se ve reducida al estrecho espacio de un moderno ascensor, donde dos viejos
(parece que en el cuento son dos niños) se hallan detenidos por una falla mecánica. A
pesar de todo, hay una alusión permanente a la "intervención divina" en la
vida de los viejos cuando acuden a Teddy, otra anciana fallecida que les dejó como
herencia los gaticos que transportan en un canasto, y a "mamá que está en el
cielo", cada vez que tienen dificultades, incluso mecánicas o alimentarias. La obra
trata, entre sus varios asuntos temáticos, el de la desmistificación de la bondad de los
ancianos probablemente en el cuento es la de los niños, al presentamos a
estos dos viejos insoportables y crueles, a veces también infantiles, que no tienen
inconveniente en eliminar a sangre fría a los inocentes gaticos del ascensor; pero el
sentido general de la obra, como hemos dicho, es aún más abstracto e inaccesible que el
de la anterior. Considero que, si el Tecal se replantea la claridad popular que alcanza en
Domitilo, podría quizá lograr una síntesis mucho más comunicativa en sus obras
de sala.
Este libro resulta, pues,
modesto en sus ambiciones, dada la sintética e inacabada talla de por lo menos dos de las
obras, pero exigente en su realización, la cual constituye una presentación decorosa y
oportuna de una nueva generación de teatristas que se aparta con decisión, por un lado,
del teatro consagrado entre nosotros desde la década de los años setenta, de tendencias
marcadamente "sociales", y, por el otro, del teatro decididamente comercial,
bastante superficial en sus preocupaciones temáticas. El Tecal alimenta así las
esperanzas de un público que desea ver renovadas ciertas tendencias, a veces
estereotipadas, de grupos antiguos, o hallar en el teatro algo distinto de shows entretenidos
pero insubstanciales. Aquí se trata, en efecto, de obras limpiamente escritas,
pulcramente planteadas para escenarios poco convencionales, con una dramaturgia seria, a
veces quizá no completamente lograda, como hemos dicho, pero sin duda bien cimentada en
conocimientos teatrales esenciales y, sobre todo, con la inquietud de plantear temas de
fondo en una forma paradójicamente juguetona.
FERNANDO GONZALEZ CAJIAO
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