Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

 

"Clásicos" para todos y para pocos


Sor Francisca Josefa del Castillo
Elisa Mújica
Colección Clásicos Colombianos, núm. 18,
Procuitura, Bogotá, 1991, 126 págs.

Tomás Rueda Vargas
Alfonso López Michelsen
Colección Clásicos Colombianos, núm. 19,
Procultura, Bogotá, 1991, 100 págs.

José Maria Vargas Vila
Consuelo Triviflo Anzola
Colección Clásicos Colombianos, núm. 20,
Procultura, Bogotá, 1991, 107 págs.

Gabriel Garcia Márquez
Martha Canfield
Colección Clásicos Colombianos, núm. 21,
Procuitura, Bogotá, 1991, 129 págs. 

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Uno no puede dejar de preguntarse, ante una colección de "Clásicos Colombianos", a quiénes está dirigida y quiénes son los "clásicos". Esa doble pregunta entraña otros interrogantes: ¿estamos ante una colección de crítica literaria? ¿Ante una obra de divulgación? ¿Ante unos textos ensayísticos que incluyen una antología del "clásico"? ¿La antología es autónoma o sirve de apoyo al texto ensayístico? ¿Qué se proponen quienes figuran como autores?

Planteada la reflexión, volvamos al doble cuestionamiento inicial y empecemos por lo concerniente a los destinatarios de la colección. En un párrafo que hallamos en la contraportada de cada número (es decir que es un párrafo que se ha repetido 25 veces, dato que sirve de indicativo de la claridad que Procultura tiene al respecto) podemos leer: "Esta iniciativa está dirigida principalmente a estudiosos y a estudiantes por su contenido claro, conciso y ameno, con una decidida vocación didáctica". La diferencia que existe entre estudioso y estudiante parece ser de grado: los primeros se dedican, se han consagrado, al estudio de uno o varios de estos "clásicos" y sus obras, son investigadores, profesores de literatura (eventualmente de filosofía, sociología u otras "ciencias humanas" afines), intelectuales y otros sinónimos; los segundos estudian ocasionalmente a los "clásicos", ocasión que seguramente les viene por sugerencia o mandato de los primeros: son alumnos de secundaria (los estudiantes universitarios —se entiende: de literatura, filosofía, etc.— sólo por interés ajeno al estudio que les es propio leerían unos autores que deben—si forman parte del currículo— leer en las fuentes). Resumiendo: para Pro-cultura hay dos destinatarios: los intelectuales y los alumnos de secundaria. Dos niveles tan distintos de recepción ameritan una glosa: los volúmenes de la colección Clásicos Colombianos ofrecen, en su intención editorial, un doble interés: el bibliográfico, que debemos entender como "aparato crítico" dentro de un —obvio— mayor conocimiento del respectivo "clasico", y el divulgativo, dentro del cual el alumno de secundaria, por supuesto, no lee a Elisa Mújica sino a la madre Castillo y los datos que de ésta necesita para dar bien la lección; en este sentido, Elisa Mújica es una guía para la lectura de la madre Castillo, no la autora de un texto sobre ella.

En el párrafo mencionado de contraportada encontramos también el presupuesto de la claridad, concisión y amenidad de los textos, es decir, los elementos necesarios para una fácil lectura, lo cual se aviene con la "decidida vocación didáctica". Pasando por alto el hecho de la variedad de tonos y discursos que los diversos volúmenes de la colección han presentado, y reconociendo el valor universal de la claridad, la concisión y la amenidad en la lectura, hay que recordar que los estudiosos, el primer grupo de destinatarios de la colección, no leen un texto didáctico; leen otras cosas, o simplemente, en el peor de los casos, coleccionan datos adicionales sobre su objeto de estudio.

Así las cosas, pareciera, tan sólo prejuzgando una intención editorial, que la colección está pensada básicamente para los alumnos de secundaria. Está pensada. Qué números de la colección cumplen ese propósito no ha sido, aparentemente, responsabilidad de los distintos autores. La ambigüedad prevalece desde el origen de la colección. Ahora bien: es obvio, leídos los textos que la conforman, que no todos son "recomendables" para alumnos de secundaria, y la censura tiene que ver con su nivel de didactismo, con el secreto —lCl enigma!— de la virtud pedagógica. La ambigüedad, por otra parte, comienza a resultar sospechosa si pensamos en el precario tiraje que tienen estos libros que han sido "pensados" para un público lector tan vasto.

Por fin: ¿quién podrá o querrá leer estos libros? Por ahora, se confirma que existe un tipo de lector-reseñista, que sólo bondadosamente podemos asimilar a la categoría de los estudiosos. Dado que hemos estado indagando el carácter de la colección como tal, como conjunto, sin hallarle uno, consideramos la alternativa del interés particular de cada volumen, que acaso hable, más de la identidad del todo. Esa alternativa está representada por otra opción doble: el interés por el "clásico" o por el autor del volumen (no sería raro el evento de que coincidan los dos). No podemos detenernos aquí más que en la peculiaridad de los cuatro autores de los títulos que recensionamos; en cambio, es importante una nota general y breve sobre los "clásicos", porque ese concepto complementa la idea sobre una política editorial.

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La nota sobre los "clásicos" es breve porque es breve la idea que de esa noción se da, también en el texto de contraportada: "nuestros mejores escritores" es la expresión que se utiliza allí por toda explicación. Se los vuelve a mencionar como "nuestros clásicos", y más adelante y por último como "nuestros clásicos", nuevamente. Al parecer, la palabra "clásicos" no admite duda y puede ser reemplazada sin remordimiento por "nuestros mejores escritores". Quiénes son nuestros mejores escritores puede ser una cuestión muy subjetiva, pero también puede, sobre todo por razones editoriales, estar dado objetivamente por las estadísticas, una especie de rating de popularidad que también tiene de relativo la opinión de las diferentes épocas de nuestra historia. Lanzar una colección de "Clásicos Colombianos" supone acogerse a esta segunda y deleznable opinión, que tiene diferentes indicadores. El concepto no tiene nada que ver con una realidad literaria y menos aún se hace eco de una interpretación histórica; esto hace que el contexto que se le da a la parte didáctica de la colección sea una desinformación o un engaño. ¿Habrá algún clásico entre estos nombres, que constituyen los 25 títulos de la colección Clásicos Colombianos?: Jorge Isaacs, José Eustasio Rivera, José Asunción Silva, Rafael Maya, Guillermo Valencia, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Poulino Barba-Jacob, Femando Charry Lara, Alvaro Mutis, Eduardo Castillo, Carlos Arturo Torres, Luis Carlos López, Tomás Vargas Osorio, Tomás Carrasquilla, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Francisca Josefa del Castillo, Tomás Rueda Vargas, José María Vargas Vila, Gabriel García Márquez, Baldomero Sanin Cano, Luis Vidales, Juan Rodríguez Freyle y Jorge Gaitán Durán.

El volumen dedicado a sor Francisca Josefa del Castillo, escrito por Elisa Mújica, es un bello texto de presentación para una antología reveladora de un escritor (sigo a José María Vergara y Vergara en el género de la palabra) de intensidad y lucidez incomparables. El calificativo para el texto y el trabajo de Elisa Mújica, si no es de recibo en el contexto de la crítica literaria, sí resulta el más ajustado al estilo y la personalidad literaria de la escritora santandereana. Elisa Mújica ha venido construyendo una obra singular desde 1949, cuando publicó su novela Los dos tiempos en Bogotá. Esa singularidad, prácticamente inapreciada en nuestro país, se corresponde con la dificultad de ubicarla o clasificarla en el contexto de la literatura colombiana, cuando no se trata de las marginales historias o historietas de literatura femenina. Pero Elisa Mújica es mucho más que una escritora destacada; su obra, dispersa en cuanto a género e ideología se refiere, pero de especial solidez literaria, hace tiempo que reclama un estudio serio. Volviendo de ese paréntesis obligatorio y de cortesía necesaria, hay que decir que este volumen debe leerse a la luz de la creada personalidad de la autora, desde donde se entiende que éste no sea un texto crítico ni de historia literaria —que cierto tipo de lector puede exigir— sino una presentación personal (a la que se puede reconocer cierto valor didáctico, pero éste no define su carácter, que es más bien educativo, en el sentido pleno de la palabra) del "clásico" en cuestión. Un texto escrito con el gusto y el paladeo de quien no sólo conoce sino que comparte el mundo del escritor que comenta.

El epígrafe de Octavio Paz condensa el espíritu que atraviesa el libro: "El objeto de una biografía es convertir a un personaje lejano en un amigo más o menos íntimo". Elisa Mújíca no escribe como un ensayista contemporáneo sino como un glosador de la colonia neogranadina. Y ello, fuera de implicar, para cierto limitado gusto, un juicio negativo de anacronismo, delata una compenetración inusual del autor con su "amigo íntimo", lo cual genera una eficaz imagen del mundo —vida y obra— de la madre Castillo, una imagen surgida desde dentro. Este tipo dc textos, más que una interpretación o crítica del autor estudiado, presenta, representa, una lectura reveladora del mismo. Casi podemos decir que estamos leyendo a sor Francisca Josefa en sus fuentes; la imagen puede ser subjetiva pero no la sentimos así. Es decir que éste es un texto recomendado para estudiantes de literatura colombiana, básicamente como alternativa de lectura guiada de la aparentemente lejana obra de la madre Castillo, aunque no como texto crítico (suele suceder en el estudio universitario de la literatura que se entregue primero —o sólo— el instrumento crítico, el autor transformado en periodo, género, estilo, recurso tropológico, etc., antes que una lectura de su obra, una lectura atenta y desprejuiciada).

Por su capacidad de connaturalizarse con el autor estudiado, el texto de Elisa Mújica es un verdadero clásico (personalmente, incluiría el nombre de Elisa Mújica en una lista de clásicos colombianos). Ello explica y justifica que la noción de belleza sea fundamental para comentarlo, pues se trata, por parte de la autora, de expresar todo el disfrute, aun a pesar de las penurias relatadas por la madre Castillo, que una lectura de la monja tunjana puede proporcionar, mostrar el sentido de belleza y armonía que tiene la comunicación íntima con seres que creemos afines. Esos valores —belleza y armonía—, que por lo injustamente considerados obsoletos podemos llamar clásicos, le dan el sabor a la obriha (así la llama la propia Elisa): sapidez, ese vocablo perdido, es el que mejor define su carácter. Pero dado que manejamos un concepto de ‘clásico’ muy lejano del que vagamente autoriza esta colección, olvidemos la insistencia en este aspecto del volumen particular que tratamos.

La escritora desconocida que es Elisa Mújica nos introduce en el mundo de esa otra gran desconocida —sólo su nombre posee una ignorada gravidez— que es sor Francisca Josefa del Castillo y Guevara. Nacida en Tunja en 1671 y muerta en la misma ciudad en 1742, esta monja clarisa dejó una obra un tanto enigmática y difícil para historiadores y críticos literarios (esa dificultad, es claro, ha quedado abolida en el texto de Elisa Mújica, por las razones arriba expuestas). La dificultad proviene en buena parte de que no permite un rastreo de antecedentes literarios y del hecho de que su obra carece de la mayoría de los lugares comunes de un escritor colonial, místico, o de los propios de una religiosa en sus ejercicios espirituales. Lo que en ella se impone es una personalidad y un estilo propios, como lo afirma Elisa Mújica. Los datos más recurridos en su ubicación histórico-literaria son dos referencias que la escritora santandereana se ha encargado de poner en su lugar: la Colonia hispanoamericana y la emulación de santa Teresa de Jesús o sor Juana Inés de la Cruz. En cuanto al primero, escribe doña Elisa: "Estaba sola con Dios, como lo recomendó santa Teresa para quienes comienzan el ascenso místico. Esos personajes, los muzos, los tunebos, los garagoas, los colimas, los guanes, no asoman ni siquiera como sombras en los escritos de nuestra autora. Si acaso, en referencias fugaces aparecen las mujeres que ejecutaban los servicios domésticos en el monasterio y que pertenecían a la raza nativa. Pocos años antes del nacimiento de Francisca había vivido en Tunja, en el convento de los jesuitas que se hallaba entonces en construcción, un humilde lego transido de compasión por los infelices. Era Pedro Claver. En la madre Castillo, cualquiera que hubiera sido su piedad por los indígenas desposeídos, no se manifiesta concretamente. No hay huella de las consejas o leyendas tan abundantes en la Tunja colonial, sobre sucesos como el origen de la fuente de Aguayo, la emparedada y el espanto del farol, o el pozo de Donato. Todo sabor local, todo recuerdo de una planta nuestra, de una fruta, se descartan. No suben a su conciencia como elementos espontáneos para componer una comparación, una metáfora". Y en lo tocante a la relación de sor Francisca con santa Teresa o sor Juana, Elisa Mújica también ha mostrado la peculiaridad de la tunjana, quien carece del didactismo de la prosa mística de la santa de Avila y, por otra parte, no es decididamente poeta ni presenta una clara intención literaria como la religiosa mexicana.

El problema del género —no tanto como problema— le ocupa unas páginas a la bumanguesa: se trata de exégesis bíblica (se refiere a los Afectos espirituales, puesto que Su vida, cuenta la autora, la escribe a regañadientes, por indicación de su confesor), pero una exégesis que nada tiene que ver con la tendencia al dogmatismo propia de la teología; más bien una exégesis personal, casi podríamos decir protestante, mezclada con datos biográficos que muestran la intensa vivencia de realidad y fantasía que tuvo la monja. La Biblia y una vida totalmente interior, son su verdadera escuela literaria.

La naturalidad no excluye la conciencia de las caídas; la intimidad, la afinidad, no cohíben la sinceridad, antes bien la confirman, porque dentro de lo natural la defección no es un mal, sino una contingencia más, e igualmente digna de contarse, de la condición humana. Así, no es éste un texto de elogios y sosas declaraciones de admiración; no el elogio sino el respeto, no la admiración sino el conocimiento íntimo, lo conforman. No es extraño, entonces, que hallemos apreciaciones como ésta: "Caía a veces —y no pocas— en partes oscuras y áridas. Cuando atravesaba esos momentos, la hermana Francisca no podía volar. Interpolaba textos bíblicos que no venían al caso, traduciéndolos literalmente". Uno se pregunta, volviendo a nuestros cuestionaniientos iniciales, si partir del supuesto de que el autor estudiado es un "clásico" no implica necesariamente hablar bien de él... Elisa Mújica responde que no se trata de hablar bien, necesariamente, sino de mostrar su importancia.

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Acerca de la antología, que incluye fragmentos de los Afectos espirituales y de Su vida, además de cuatro poemas, ni qué decir que está respaldada por la autoridad de quien conoce la obra y la disfruta. Los comentarios que intercala entre fragmento y fragmento no interpretan ni hacen crítica: sólo invitan a la lectura.

Como sucede con otros "clásicos" de la colección, Tomás Rueda Vargas no cumple con el requisito de ser un escritor popular o medianamente conocido en Colombia. Sabemos que ello nada tiene que ver con que sea, o no, uno de "nuestros mejores escritores", pero se plantea, por tanto, la necesidad de la explicación del criterio que propone su relevancia en el panorama literario nacional, lo cual supone un minucioso trabajo de ubicación y caracterización. Tomás Ruda Vargas, lo mismo que Tomás Vargas Osorio, Carlos Arturo Torres o Eduardo Castillo, es un escritor para lectores selectos. El grado de selección no proviene del refinamiento del escritor tanto como de su coincidencia —o incoincidencia— con el gusto contemporáneo, coincidencia que tiene que ver, muy especialmente en el caso de Rueda Vargas, con el género de literatura que produjo.

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