Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

Carrasquilla a prueba de malos editores: frutos de mi tierra


Acuarelas y discos cortos
Tomás Carrasquilla
Colección Autores Antioqueños, vol. 60, Medellín, 1991, ilustrado

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Ingrata tarea la de leer y reseñar libros mal producidos. Urdir ese discurso sobre lo que se debió hacer y ahora es imposible corregir, no sólo es un desgaste individual, sino que al lector de comentarios bibliográficos sin duda le resultará aburrido. La única justificación para emprender de nuevo inventario de calamidades es la esperanza de que algún día, en este país donde la industria editorial es significativa en términos económicos, la producción se haga, simplemente, de manera profesional. Tanta tecnología que ha revolucionado en pocos años el oficio de impresor no parece haber servido de mucho a ciertos parroquianos. El procesador de palabras tiene opciones de corrección y de diccionario ortográfico que facilitan la labor del corrector. Pero ni así somos todavía capaces de ofrecer libros bien hechos. Sí, señor: hay excepciones.

La Colección de Autores Antioqueños fue creada por la Asamblea Departamental en 1979. Trece años después cuenta con un fondo que se acerca a los 70 volúmenes, magnitud que pocos intentos editoriales han alcanzado en Colombia. El aporte financiero proviene de cuatro entidades descentralizadas: la Fábrica de Licores, la Beneficencia de Antioquia, las Empresas Departamentales y el Instituto para el Desarrollo de Antioquia. Es decir, se trata de una biblioteca financiada con el aguardiente, el chance, los intereses que pagan los municipios antioqueños por los préstamos y las cuentas de teléfonos y electricidad que cancelan los habitantes de los pueblos distintos de Medellín.

Posiblemente no ha existido en el país un proyecto bibliográfico más democráticamente financiado. Ni, al mismo tiempo, uno de tan pésima circulación entre sus verdaderos propietarios. Las trabas burocráticas impiden que cualquiera que compre, como es normal, los libros en una librería. Debe, si logra encontrar a alguien que se lo diga, dirigirse a un oscuro sótano del antiguo edificio de la gobernación de Antioquia, donde, si es viernes o ayer jugó el Nacional o el Medellín, lo recibirán los vapores etílicos de grises dependientes en grises oficinas. Gracias a algún artilugio, entiendo que se ha logrado que lleguen ejemplares a las bibliotecas públicas, las Casas de la Cultura y a alguno que otro librero.

Pero no es menos cierto que la inveterada incuria con que se hacen la mayoría de los volúmenes logra espantar hasta al más persistente. Se sabe de libros a cuyas páginas apenas sí se les concedió el lujo de un margen tolerable, y hay noticias de otro que prácticamente pereció devorado por la encuadernación que mordió sin compasión los textos. Casos como el del número 21, un incongruente Diccionario de autores antioqueños, son ejemplo de malformación genética en materia grave, pues no es más que un incompleto borrador apresuradamente lanzado a las prensas sin el menor pudor y sin el mínimo juicio de responsabilidades. żO es que no se trata de desperdicio de fondos públicos editar con plata de la comunidad un libro inservible?

Ignoro el balance económico de este programa editorial. Como es "dinero de nadie", no seria raro que no se haya hecho. El balance cultural no carece de saldos rojos como los que hemos visto. La colección no ha permanecido impermeable a los malos textos, ni al cáncer de los tomos que apresuradamente recopilan artículos disparejos. El criterio de rescatar el patrimonio cultural no ha sido siempre el dominante. Pero justo es decir que libros como el de Jaime Jaramillo Escobar (Sombrero de ahogado), las reediciones de la geografía de Manuel Uribe Angel y los Cuadros de la naturaleza de Joaquín Antonio Uribe, el Carnero de Medellín del Cojo Benítez y algunos otros, han sido aportes apreciables y comprobaciones de la importancia que significa mantener viva la colección. Los criterios de selección de obras nunca han sido claros ni explícitos ni nadie parece interesarse en que lo sean, lo cual constituye una gran ventaja para el comité y para los autores que le son afines.

El tomo 60 presenta una recopilación de textos cortos del escritor Tomás Carrasquilla, escritos entre 1919 y i935y publicados en diversos periódicos. El prólogo, de Darío Ruiz Gómez —en su habitual estilo—, es calificado, con antioqueña exageración, en la solapa, como "sesudo’. Completan el libro tres cartas, una entrevista y unos artículos periodísticos de Eduardo Zalamea Borda divulgados en 1952, que, me apena decirlo, no sirven ni siquiera como material investigativo para una tarea escolar.

El prologuista se queja de que Carrasquilla ha sido despreciado e ignorado. Pero precisamente una publicación que podría contribuir a que las cosas no fueran así, ya que rescata olvidados textos de ese autor, no se toma el trabajo de incluir una buena cronología o una nota biográfica, y no es posible encontrar en las 296 páginas, que dizque conmemoran los cincuenta años del fallecimiento de Carrasquilla, las fechas de su nacimiento y de su muerte.

Al menos el libro tiene márgenes aceptables y está bien encuadernado, aunque lo imprimieron en dos clases diferentes de papel. Por desgracia, los textos adolecen de numerosas erratas. Si, como dicen, la ortografía se aprende mejor leyendo que memorizando reglas, y este libro se utilizara para ello, veríamos en un futuro un verdadero diluvio universal de tildes sobrantes, de mazamorras con s y de uchuvas con b. De manera incesante y sin pausa, se abusa de la tilde, al extremo de hacer dudar si no es la norma imperante la equivocada. Me abstengo deliberadamente de dar ejemplos.

El descuido con que se han tratado los textos de Carrasquilla parece ser, desafortunadamente, un mal endémico. Al respecto, cabe citar las palabras de Eduardo Zalamea en el mismo libro, quien, en una carta dirigida al cielo literario donde consideraba que debía estar don Tomás, le informaba de la mala edición realizada en España de sus obras completas:

Como todo escritor que respete el idioma debía usted detestar la errata y rabiar con ella. ĄPobre Maestro! si viera usted que la primorosa edición de sus "Obras Completas" es un vivero de errores al que su acaso entró alguna vez el corrector con la guadaño [...] Queda usted enterado maestro, de cómo resultan estas empresas cuando se las adelanta por correspondencia y quizás sin todo el afecto y el interés literario —aparte de la capacidad— que ellas reclaman. [págs. 294-295].

Si el lector logra sobreponerse a los incontables y desapacibles accidentes ortográficos, encontrará las delicias de unas transparentes acuarelas llenas de matices y colores, y los sonidos de unos discos donde se oye la melodía de los sentimientos y episodios de la vida diaria antioqueña. En el momento en que Carrasquilla escribió, la acuarela era una técnica pictórica que empezaba a utilizarse en Antioquia con intenciones artísticas por parte de Pedro Nel Gómez y sus alumnos. Y el fonógrafo y sus distintas modalidades era el artefacto más innovador con que contaban los hogares acaudalados de la ciudad. Expresan los títulos una voluntad explícita de ser moderno. Y es la mirada del que es moderno la que elabora con gran sensibilidad y compasión los vericuetos interiores de los personajes y la escenografía donde tejieron y destejieron sus perdidas ilusiones, sus creencias y convicciones cuestionadas por nuevas conductas y las nuevas cosas que el "Progreso" ya imponía.

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Palabras locales o expresiones ahora en desuso se integran a la mirada con que Carrasquilla construye y reconstruye un mundo, más allá de la simple voluntad documental del primer costumbrismo, y del ánimo de divertir y sorprende que se percibe en las Tradiciones de Ricardo Palma. La mitología y el alma colectiva, la doble moral y los dilemas subjetivos, los acontecimientos íntimos publicados por el chisme, pasan por una pluma que procesa los elementos de una cultura, sabiéndose parte de ella pero consciente también de sus transformaciones, de sus a veces aburridos vericuetos y de la desintegración que le puede aguardar en el futuro. Algunas piezas no son mas que textos menores. Pero otras son modelos en el género de la crónica, el ensayo breve y el cuento, plenas ellas de agudeza, sensibilidad y diestro dominio de los materiales.

El obtuso sigilo con que los herederos han manejado la reedición de las obras de Tomás Carrasquilla se vence temporalmente con este libro. Lástima que el soporte no esté a la altura del contenido y que ello forme parte de los frutos de esta tierra.

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ