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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 199
A buena poesía, pocas
palabras (pero digna fronda)
Diez años. Premio
Nacional de Poesia
Editorial Universidad de Antioquia, Colección
Premio Nacional de Poesía, Medellin, 1997
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Este libro, como señala la Nota Liminar, es una muestra y no una
antología, "pues la verdadera labor antológica la han realizado los diversos
jurados que a lo largo de una década han considerado alrededor de 2.000 obras presentadas
al concurso". La iniciativa de la Universidad de Antioquia ha de motivar, desde
cualquier punto de vista, la admiración de todo lector de poesía. Y el resultado es más
que recomendable, ya que se trata de una selección amplia, no amarrete de los
libros (de libros: 1979-1989) que han ido apareciendo en este lapso. Y por lo tanto
generosa: uno puede darse una idea de las poéticas individuales, así como advertir
algunas tendencias comunes. Me detendré, principalmente, en dos preocupaciones que
recorren todas las obras como una marca de época: la escritura en suspenso permanente y
el culturalismo. Para efectos de nuestra lectura convendrá seguir la pauta cronológica.
Abre la muestra Señal de cuervos (1979), de Juan Manuel Roca, un conjunto lleno
de sensualismo verbal, preciso y a tono con esa atracción por las "máscaras"
de la poética de los años 70. El vitalismo del sujeto que allí es plasmado se
nota en el afán por reunir erotismo y poema: "áh: volver a visitar tu más/ Húmedo
lugar a horas imprevistas! Mientras abres la página en blanco/ De tus piernas..." (Cuerpos,
pág. 17). Pero esta vida tiene apoyaduras específicas: "Jorobados, ciegos,
cojos, mancos, tuertosj Los Leopardi, los Artaud, los sifilíticos..." (Cortejos
de la diosa blanca, pág. 19); "Cuentan que Tiresias hablaba la lengua de los
pájaros..." (Epigrama para María, pág. 23). Impetuosidad sujeta a las
riendas de su saber.
La luna y la ducha fría (1979), del cineasta Víctor M. Gaviria, es la
biografía de su propia composición, allí donde el ojo rastrea un imaginario a medida
que relata sus peripecias: "Cuándo hallarás la palabra el signo/ que no tenga
réplica ni duda! y de nuevo estés aquí entre las cosas..." (pág. 35). Como
en Vagabundo del alba, el largo poema de Fayad Jamís, de su libro Los puentes (1962),
aquí el protagonista se sabe literario: "Como el personaje del poema de Larkin/
también visito las iglesias..." (pág. 36). Pero a la vez responde a una inquietud
que lo devuelve a un centro Q,vacío de significados, quizás, o sin audiencia?):
Un hombre antes de ser mayor
se desilusiona de sí mismo
pero continúa pronunciando lo suyo
[pág. 38]
En Turismo irregular (1979) y La gente es un caso (1980),
ambos de Rubén Vélez, es notoria la predisposición a someterse a los dictados de un
culturalismo que busca enlaces con la transgresión de los códigos, acto que no se cumple
en lo que a lenguaje se refiere. Por un lado está el regodeo con el lugar común:
"Vengan, palabras, vengan y salven el poema: No se hagan ahora las difíciles que yo
las he visto eufóricas y embriagadas al lado de unos gitanos llamados poetas" (La
oración del retórico [A propósito de musas esquivas], pág. 45); "Dejaron
a merced del cantinero la palabra común y corriente. Creo que eran poetas" (Noticias
sobre los sujetos que anoche bebían en el bar de la esquína, pág. 49). Por otra parte
asoma la irredimible pugnacidad por salirse del libreto:
...aquellos hombrecitos que violan día por medio una regla
importante de urbanidad.
[Carta a Thomas, de Turismo irregular, pág. 51
Pronto cumplirás treinta y tres y la soledad se eleva al cubo en todos
tus lugares. Se hace tarde Iván:
¿ qué esperas para suspender los códigos?
[Iván crucificado por la cautela, de La gente es un caso, pág.
73]
Varios nombres de claro ascendiente (Kant, Sócrates, Hólderlin,
Empédocles, Whitman) presiden, de manera explícita, lo que da en llamar "el
presunto poema" (págs. 55, 57). Son voces que susurran por dónde quieren ser
reconocidas. Se fingen sarcásticas en exceso, pero a veces comienzan (y terminan) siendo
candorosas, no más: "Todavía se puede hablar del paisaje con alguna emoción.
.." (Decir algo aunque escaseen las metáforas, pág. 67).
La mujer del esquimal (1980), de Anabel Torres, equivale por momentos a
la parte melodramática del asunto: "Ante/ cuando escribir/ era inventar colores! y
no algo que hacemos para deshacemos! de un llanto/ desde ya conminado/ a una página
blanca" (Era inventar colores, pág. 95). Aflora en estos poemas ese
morderse la cola del para qué: "La literatura es inútil.ll ¿por qué no nos
enseñaron en lugar de las letras y los lápiceq a revolcamos en la hierba?" (La
literatura es inútil, pág. 97). La dicotomía de siempre:
Soy
canto en la garganta poderosa de la vida
Canto
a pesar de mí
[Canto en la garganta..., pág. 107]
¿Por qué no intentarlo? La presente selección no permite averiguar
si la poeta descubre una salida o se limita a proponemos el síntoma.
Reflejos (1980), de Jaime Alberto Vélez, ya es rizar el rizo: "No
cantaré, como lo hacen los poetas laureados..." (Epigrama, pág. 113). Le
seguirán, entonces, Catulo, Propercio, Terencio, Marco Aurelio, Lucrecio. El problema. se
comprenderá, no consiste en el usufructo de la vena satírico-amorosa latina. El impasse
(para ensortijar más este mechón) radica en la huera perfección (valga el
oxímoron) del intento. Cuajado de aciertos estilísticos, sí, pero con la condena de que
opte el lector por el Marcial de pergamino y aliento.
Los escritos de don Sancho Jimeno (en la solapa de la cubierta leemos Memorias
de...) (1981), de Alvaro Miranda, ya es otra cosa. Casualmente en Chile, por ejemplo,
Diego Maquieira trabajaba en un libro que apareceria después: La tirana (1983). El
poema (se tiende a fragmentarlo por estrofas numeradas o series, pero en el fondo el
proyecto es uno) se nutre de anacronismos históricos y expresivos porque tal vez había
que usurpar el cargo (la lengua) de los personajes enmascarados de la poética del 70.
Esto es, representarlos desnudos de las triquiñuelas al uso (para postular otras). Miranda
sabe lo que hace y planta (y a la vez acogota) un camino que sólo puede recorrerse una
vez:
"Decires que bien no se sabe pudieron ser escritos por el mismo
don Sancho Jimeno, por don Francisco de Miranda o por don Antonio Nariño en el Castillo
de Bocachica donde los tres, por razones y tiempos diferentes o casi iguales si se mira la
intención, fueron prisioneros" [pág. 143]
Así, pues, la lectura de estos poemas se vuelve ardua, principalmente
porque no han sido pensados desde la complacencia. El "buen tono" cede paso a la
desafinación voluntaria:
"Bergantín dan mis burbujasl mis palmadas nalgas,/algas, que
ballestas mis miradas! que vihuelas mis palabras..." (pág. 139)
Geografías de la alucinación (1981), de Samuel Jaramillo, da cuenta
de los dilemas poéticas de que hemos hablado: "Ni filtro mágico, ni pócima
salvadora que/ ponga el delirio a mi servicio,/ chapaleo en aguas aceitosas y es mi único
alimento el desamparo (XIII, Relación, pág. 159). El poema Segunda
señal (pág. 151) podría leerse con el acompañamiento de Descripción de un
naufragio en ultramar, prosa que inicia No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969),
de José Emilio Pacheco. Pero en Jaramillo el apoyo en una colectividad (i,de poetas o
alucinados, o las dos cosas?) es un recurso demasiado premeditado, incluso cuando flamea
la máxima soledad: "¿Dónde nuestro capitán, si tenemos capitán?! ¿Dónde
nuestro corazón? ¿Dónde nuestra cabeza? (Nueva señal, pág. 161).
Biografías (1981), de Jaime Alberto Vélez, es un remake de los
epigramas de su libro anterior, sólo que en esta oportunidad los personajes son más
heterogéneos (el infaltable Cavafis en su recontrainfaltable Alejandría). Y se agudiza
esa oposición entre vida y poesía, realidad y lenguaje.
Una mañana en el fondo del aula,
mi voz cesó de entonar
la monótona lección de filosofía para que,
en adelante
mis silenciosos pasos
sobre el corredor
expresaran que la verdad
no necesita del lenguaje.
Retirado del colegio
y traído hasta este lugar de reposo,
ningún argumento
en mi contra servirá
ahora cuando, sin palabras,
lo he visto todo con nitidez absoluta.
Vuelve la vista hacia los árboles, afuera.
Mira: ¡Insectos suspendidos en el aire,
extasiados frente al reino de la luz!
[Teoría del conocimiento, pág. 173].
Por esas fechas J. G. Cobo Borda andaba en las mismas; sólo que, en
lugar de los insectos, el personaje de su poema se topa de golpe con las muchachas del
verano. ¿El titulo?: Poesía y naturaleza: relaciones oblicuas (cf. Eco, núm. 245,
marzo de 1982, págs. 557-558), que después incluiría en Roncando al sol
como una foca en las Galápagos.
Para olvidar de memoria (1982), de Alberto Vélez, es llover sobre
mojado (o, como dicen los gringos, pegarle a un caballo muerto). Téngase en cuenta que
mis juicios no son valorativos respecto al acabado de los poemas, a su factura; al fin, se
trata de libros que desplazaron limpiamente (nunca pensemos mal de los concursos) a otros
manuscritos. Pero los premios son, por regla tácita, la consagración del canon, la media
proporcional entre el "gusto" y las variaciones (el libro de Alvaro Miranda es
la excepción, obviamente). Así, el déjá vu (ni modo, uno se contagia) es
inexorable
Mi furor rompe los muros de las cárceles; abate, como los pájaros,
los cuerpos de los necios, Soy el mensajero. Asumo el Canto, el enigma sagrado del Poema.
[El furor, pág. 1931].
Vivo la más inútil guerra con la palabra. [...] Alguna vez supe El
Poema y entré en la maravillosa casa de la fiesta. Ahora, vanamente, busco recuperar la
vida.
[El remordido, pág. 201].
Vestido de rojo, con la sangre danzó ndome en los párpados, rompo
los libros de preceptos, los manuales de enseñanza. No quiero para mí la sabiduría de
los ancianos. La juventud inexacta y desbordada me lleve hasta el delirio.
[Un sueño, pág. 2071.
Y toda esta propuesta, aderezada con salsa latina: lupercales,
dedicatorias a Tertuliano, un paganismo de lápidas y epitafios.
Extraña en mi memoria (1982), de Liana Mejía, significa un paseo a lo
más alejado de la retórica al uso: la observación del entorno, sea el mundo natural o
el privado. Con razón se menciona a Emily Dickinson y además sorprenden algunas estrofas
de poemas que se repiten luego como textos independientes Qargucias de la poeta o
caprichos del diagramador del libro?). Y expresa lo literario como un paisaje que tiene
más de osario: "En la llanura/ decenas de cuencas vacías/ miran el horizonte" (Roncesvalles,
pág. 231); "Excepto un funeral solitario! y flores de vidrio/ brotando por las
bocag de los cadáveres" (El condenado de Yorkshire, pág. 235). Pero
aun así, este paisaje deviene refrescante.
Poemas de tierra caliente (1983, aunque la edición oficial es del 85),
de Jaime Jaramillo Escobar, representa la conjunción de ambas tendencias o sistemas
contrarios (como en el apunte gráfico, en la pág. 239, que muestra una mano que encierra
dos banderitas). El poema accede, verdaderamente, a dicha "disolución" y por
esto la transgresión se da en todas las direcciones: la vitalista, la culturalista, la
autopoética (Andanza del río Cauca, pág. 247). Contención y explosión;
naturaleza "en bruto" y naturaleza de invernadero. Poesía para respirar de
varias maneras, de acuerdo con la lectura.
Los paisajes fragnzentarios (1983), de Orlando Gallo, es otra vuelta a
la "simplicidad" de lo cotidiano, al recuerdo cargado de las normas de una
religiosidad y una tradición. Imposiciones que el personaje no pretende tumbar; la
destreza consiste en mover-se entre ellas sin ser devorado. El poema se finge una
conversación hecha de retazos. Y nos acosa nuevamente la disociación de literatura y
vida:
El que amojonó tu angustia con humildes sucesos que desdeñabas por
correr tras la gris verdad de los libros, donde tras un rodeo innecesario y doloroso
descubriste lo que el carnicero te gritaba afilando el día, lo que la anciana de sucio
delantal te repetía en el fondo de sus simples frases, lo que el vaivén de las muchachas
descalzas sobre el asfalto áspero y caliente reiteraba: mudarás de cielo pero no
de corazón [pág. 259].
En la posada del mundo (1985), de Femando Herrera (nombre de añeja
estirpe literaria), nos internamos de pronto en paisajes verbales de indudable maestría.
No interesa que el poeta hable de Arizona o de un río soviético o de una estación
ferroviaria en Europa, porque las palabras se encargan de hacer que la anécdota se lance
a otra cosa. Esto se llama control del lenguaje. A través del poema se filtran
"otros" comentarios, pero el poema mismo es puesto en tela de juicio:
"Buscas, en vano buscas a ese ser despiadado/ que habita los
álgidos nervios del agua/ la oscuridad de la casa vacía / que habita la palabra que no
se atreve a pronunciar tu garganta! desde la noche más horrible de tu infancia" (El
miedo, pág. 289). Llama la atención el contrapunto entre lo húmedo y lo seco, como si
el verbo estuviese en todo momento "al borde del llanto" (pág. 285). Agua y
desierto: lenguaje y silencio. Un bellísimo poema confirmaría esta sospecha:
Cuando de repente
el avión agoniza en el aire,
sabes cuán mezquina es tu vanidad
en sus ansias de muerte.
En medio del terror y de las risas
que conjuran la tragedia,
echado un rápido vistazo
a la suma de tus días,
sabes que no has sido del todo
un hombre malo.
Mientras dudan los motores,
a tu lado, con lágrimas,
se persignan las mujeres;
tú también piensas en EL
Ahora pesas el cruel ejercicio
de la duda,
que aun en la más oscura cercanía
de la muerte
no te otorga amparo alguno.
Es imperfecto el Dios
que te enseñaron,
solo sabe ocuparse de aquellos
que lo aman ciegamente.
[Vuelo 279, pág. 293].
Al corazón (la fe, digamos) se le opone el pensamiento (la razón,
para el caso), de la misma forma que el agua (las lágrimas de las mujeres) entra en
conflicto con la resistencia al llanto (una actitud, más que la esterilidad). Así es
conquistada la poesía, "cruel ejercicio de la duda"
Retratos (1987), de David Jiménez, busca ese "instante
perfecto" (pág. 317) en que el tiempo, o más bien su calidad de implacable (págs.
303, 305, 309, 321), o el sentimiento de frustración (pág. 317), ceda su lugar a una
elección personal. Entre libro y libre sólo median dos vocales: hacer con la vida de uno
lo que ésta hace mediante el sueño, la divagación, el pensar sin prisa. Aquí la
oposición no parecería entre literatura y vida, sino entre el tormento de la ficción y
una realidad más cruda todavía, como la del poema sobre Hollywood (pág. 311).
Luces de navegación (1987), de Medardo Arias, busca revivir ahí
el tópico no lo perdido de primera mano, sino aquello que refieren terceras
personas: "viejo libro" (pág. 327), "láminas de tinta fresca" (pág.
329), "otras voces" (pág. 335). Recuperar, entonces, lo que no se experimentó
en su momento, debido tal vez a la fugacidad (cf. el tren y el baloncesto en Noviembre en
Brooklyn, pág. 339). Frente al vértigo, la quietud en la casa de los beduinos; pero con
un inconveniente de otro tipo: "Han parloteado en una lengu~ sin registro en el
génesis..." (pág. 341).
Selva que regresa (1988), de Samuel Jaramillo, es más una propuesta
calculada que controlada. La selva es la escritura, si, pero también es una presencia
significativamente literaria.
¿Quién regresa? ¿O será que la selva es el personaje que aquí se
pronuncia? El yo poético (págs. 351, 352, 353, 355, 357, 359, 360) se ajusta, se
acomoda, a una incertidumbre poco fiable, pues sólo a medias sustituye al protagonista.
El espacio habitado (1989), de Gloria Moseley-Williams, redefine la
"función" de la mujer en una sociedad (o en el poema o respecto a él, como
figura masculina). De ahí el alejarse precisamente de las funciones literario-culturales
que le han sido impuestas. La nueva percepción empieza en la desconfianza: "La luz
en medio de la sala.! La abrazo. Me abraza./ ¡Qué bienestar!/ De qué privilegio vendrá
renovada.! Por qué soledades estará protegida" (Discurrir, pág. 383). En otro
momento exclama: "Se fue la luz.! Vela en mano continúo con mi función de
vivir..." (Función, pág. 373). Y al final el sol "que se junta con el oficio/
prepara un suceso familiar" (pág. 379). El entorno adquiere entonces otra
dimensión:A veces me sorprende el ver
Cómo destinada a lo doméstico
Puedo desplegar en el lenguaje.
[Extrañeza, pág. 371]
Aunque el dilema no se resuelva todavía en la "realidad",
poéticamente ha sido encarado: estas palabras son el testimonio de una victoria.
¿Veremos otra muestra de los premiados dentro de un par de lustros?
Seria, pues, una gran hazaña, de esas a que la poesía nos tiene acostumbrados. Que a su
abrigo se guarezca la Universidad de Antioquia. Bien merecido lo tiene.
EDGAR OHARA
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