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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
El verbo
no se hizo carne
Icaro.
Poemas
Juan
Pablo Roa Delgado
Ediciones Icaro, Bogotá, 1990. 76 págs.
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Mario
Jursich Durán hizo la presentación del libro que reseñamos, el 29
de noviembre de 1990 en la Casa de Poesía Silva. Tras una primera
lectura, suponemos que se trata de otro engendro de los talleres
literarios; un libro más que, sin necesidad de mucha intuición,
vemos destinado al polvo de los anaqueles. Antes de aplicarnos
a
la tarea disectora, diremos que, como objeto, el libro estuvo bien
proyectado, pero su realización tiene, a nuestro juicio, las
siguientes fallas:
a)
en diseño gráfico (en Occidente y por razones de tipo cultural),
la lectura se hace de izquierda a derecha, y de arriba a abajo, lo
“liviano” arriba, lo “pesado” abajo; empero, el título,
cuya ubicación en la página evidencia la intención de denotar la
caída, debió, en razón a lo expuesto, ser escrito al contrario;
b) la diagramación de los poemas desperdicia o malogra el espacio
de las páginas; c) los grafismos ilustrativos son de una pobreza
que da grima.
Colombia
se caracteriza (desde siempre), y que me perdonen los congéneres
afectados, por una “proliferación exagerada” de poetas que, sueños
de gloria en ristre, sólo alcanzan a llenar las expectativas
literarias de la mamá y ta noviecita, quienes acolitan lo que la
mayor parte de la sociedad proscribe como oficio inútil... y a fe
que razón tienen cuando se trata de ciertas producciones.
El
“Prólogo” —que mejor puede llamarse Cita, por su carácter
epigráfico— parecería indicarnos que el contenido está lleno de
fuerza y optimismo, máxime cuando el hijo de Dédalo, en el mito,
es pintado como un intrépido que, con su padre, se atrevió a
remontar los aires. Sin embargo, parte del contenido poético del
libro está plagado de pesimismo; el resto y con alguna excepción,
es fruto de una visión del mundo pobre y extenuada, de un erotismo
ramplón.
En
el tropel de ideas, el autor se declara —fe de erratas— inocente
de cualquier pecado poético: “no digas jamás que esto que
escribo es mío...”, y al final del poema: “esto que escribo no
es mío...”. Dentro del mismo poema confunde el quehacer poético
y su ensoñación con la “pulcra preceptiva”, añadiendo un
“non mea culpa”: esto... lo escribo por azar; limpiando
rincones, borrando pormenores... esto que escribo es ensoñación!
porque está limpio y resumido (!); eximido de error y suciedad”.
A pesar de tal asepsia el poeta dice al comienzo y al final:
“...yo sólo me encargo de vivir y ensuciar mi vid a”.
Si
los encargados deformar poetas neófitos consideraran seriamente que
la historia de la poesía está llena de buenos ejemplos acerca de cómo
comunicarse con esa esencia trascendental que existe en todas las
cosas, hechos y circunstancias que palpitan al unísono con la vida
que llevamos adentro y cuyo diapasón exagerado permite a algunos
elegidos hablar con altura de todos los temas (Baudelaire,
convocando a la embriaguez) no tendríamos que leer cosas planas,
sosas y prosaicas como (Many
Times): “muchas veces! ha amanecido un poeta! muerto de
embriaguez en un bar;! entre vinos,! entre rones o aguardientes,!
los hombres buscamos! el tiempo de nuestro propio olvido;...”.
Resulta natural que el autor convoque al olvido propio, pues su
romanticismo está muy rezagado. En La
enfermedad de ser hombre
(!)
prosigue con el tono pesimista:
“esta
miseria de ser hombre... mendigarle experiencias a la vida... El
mundo se derrumba ante mis pies... mi pecho se arruina...
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En
un buen poema cada palabra está cargada con el sentido preciso (así
sea en una circunlocución), nada sobra, el vértigo mismo (si de
ello se trata) es conducido por los términos (recuerdo los cantos
de Maldoror) hacia el abismo donde sigue reverberando para siempre
en la nada de la hoja. Para este autor, “Icaro (es) hombre,...
sangriento. Gaitán Durán (es) dios sangriento y fasto” ... (dios
chino que cayó en París). La imp recisión en el uso de los términos
hace que diga (poemia Gaitana): “...tú que caíste del azul! como
gota de semen...”; imagen sin eficacia, dardo sin punta. Tras
varias lecturas (hacer el papel de masoquista supone, cuando no es
eso, un esfuerzo supremo), las obsesiones que se evidencian
confirman la denominación, que le endilgamos, de “romántico
rezagado”.
El
tema de la muerte aparece con reiteración, es una presencia omnímoda,
pero su manifestación poética (?) es muy pobre e intrascendente,
rodeada de lucubraciones y expresiones, a veces, sin sentido:
“...yo ardo también en rojos [?]! y deseos,! deseos que ofenden
[!] muertes! e infinitos;! y es por eso! que no pienso en mi huida:!
aún que puedes, arde en paz,! y ofende a tu muerte con lúbricos
deseos;! olvídala...” (te vas)
En
el mismo orden de temas (pesimismo-muerte) escribe: “No existía...
el día en que nací! me hirieron de muerte” (vida). Más
adelante, en el poema Pensar, vemos cierto toque de humor, pero es
una composición donde el cuestionamiento es pueril:
“...en
la muerte quizás! ya no piense en la vida,! o quizás, ya ni
piense”. El referido humor se trasluce en el título Hasta
luego en dosis pequeñas, pero el tono apesadumbrado continúa:
“Cada
día muero... vida finita, sin escrúpulos talvez! hoy me tragarás,
o acaso! mañana...! en lamentos de pésame”. Ese delirio de pésame
no cesa ni en los poemas de pretensión erótica o amorosa: “...el
día de mi muerte! no me nombres;! mejor! cierra mis ojos para
siempre” (el verbo no se hizo carne). La dualidad amor-muerte, tan
presente en la poesía, es en este caso un pálido reflejo, algo
enfermizo que ni convence ni conmueve, más bien algo chocante,
donde el goce se ve acechado e inclusoanulado por una concepción
fataly dolorosa de los cuerpos que se unen:
“Sumisos!
... nos bastó sólo! para herir nuestros sexos...” (como siempre
bajo la luna). Los poemas restantes, cuya intención es amorosa,
carecen de fuerza (como todo el libro), sus imágenes poco eficaces
no convencen, el vocabulario es reducido el poema terminado se
caracteriza por
la carencia de pulimento, de autocrítica
y de valor para reducirlos a su esencia mínima y eficaz. Se trata
de poesía de tono menor en donde se nota la horrible influencia de
Neruda, La posible influencia de Apollinaire se trasluce en algunos
poemas diagramados caligramáticamente que no convergen. Finalmente,
diremos que aplicar la alquimia verbal rimbaudiana, que pretende en
composiciones como Amanecer, no
es tarea sencilla; es asunto con toques mágicos y fuerza de
ultramundos.
RAFAEL
PATIÑO GÓEZ
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