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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Lo
contrario de las telenovelas: buen principio, mal final
La
Macarena: reserva biológica de
la
humanidad.
Mario
Avellaneda y otros
Universidad
Nacional de Colombia, Bogotá,
1990, 541 págs.
Esta
obra resume el pasado glorioso, el lamentable presente y el incierto
futuro de la mejor reserva biológica del trópico del nuevo mundo:
La Macarena, establecida por una afortunada e inteligente ley de
1948, y hoy convertida en una amalgama de incapacidad, desidia,
politiqueria, coca, colonos y guerrilleros.
Participé,
como botánico de la Universidad Nacional de Colombia, en tres
expediciones a La Macarena:
en
1949, la primera de índole botánica, organizada por el Instituto
Roberto Franco, de Villavicencio, el Instituto de Ciencias Naturales
de la Universidad Nacional y el Museo Británico de Londres; en
1956, conjuntamente con naturalistas de la Universidad de Mainz y de
la Universidad del Cauca; en 1968, con funcionarios del Instituto
Colombiano dela Reforma Agraria (Incora), para verificar,
principalmente, los efectos de la colonización, para lo cual se
recorrieron los límites fluviales con los ríos Guejar, Duda y
Guayabero, que enmarcan la reserva. Y los resultados de estas
expediciones, y de otras, se publicaron en libros, revisitas científicas,
informes, etc., varios de ellos, lamentablemente, no consultados por
los autores del libro que ‘reseñamos. Por ejemplo: al revisar
“el listado de familias botánicas” dado pon Mario Avellaneda,
vemos que es pobre en datos y casi igual en cuanto al número de
familias que hemos registrado para la pequeña isla de Gorgona. Sin
dementar el minucioso estudio ecológico del entusiasta biólogo,
creo que ha debido hacer resaltar en sus listas las novedades botánicas
que La Macarena ha dado al mundo: ellas están publicadas
principalmente en el boletín Mutisia, también en Caldasia, Flora
Neotrópica, etc., y constituyen los mejores testimonios para
demostrar la biodiversidad y para sustentar la prioridad y urgencia
de su conservación. Y estamos muy lejos de ostentar un inventario
florístico de toda la reserva.
Henry
González
acopia
interesantes datos sobre zonas taladas y especialmente sobre
asentamientos y censos de colonos, y estima la población en 24.878
habitantes, dato que tendremos en cuenta más adelante. No
compartimos su recomendación sobre “aprovechamiento forestal bien
dirigido” en una reserva.
Oscar
Arcila,
citando
a varios autores, aporta interesantes datos sobre los orígenes de
la colonización y el cultivo y comercio de la coca:
“son
los campesinos del Tolima y del Sumapaz que huyendo del avance
latifundista y de la violencia allí desatada se asientan en el alto
Guaviare, Guayabero, Aniari, etc.
[...]
(Molano, 1987); y los antiguos colonizadores del Llano que, ante la
presión violenta de los terratenientes en trance de ampliar sus
latifundios en la sabana, se refugian en los ríos que
limitan
la reserva [...]
(Estrada,
1987); son los políticos, en busca de caudal electoral, los que en
1971 logran que el lnderena sustraiga 500.000 hectáreas, a la vez
que modifica el estatus de la zona; la guerrilla, específicamente
de las Farc, pactan con el campesino y tácitamente con el narcotráfico,
lo que, a la vez les facilita su trabajo político, les permite
participar del excedente económico generado por la actividad
narcomercantil a través del llamado gramaje,
diezmo o contribución, que se fija sobre toda transacción de
coca llevada a cabo en la región”.
Alfredo
Molano
hace
un resumen del proceso de colonización de los ríos
Ariari-Guejar-Guayabero que se inicia a fines del siglo pasado.
Analiza las guerrillas y las amnistías; los fracasos de los
programas de colonización y la manera como algunos programas
oficiales estimularon la invasión de la reserva. Sus apreciaciones
sobre los efectos de la coca son bastante parecidas a las del autor
anteriormente citado.
Fernando
Cubides,
en
dos trabajos, comenta actitudes infortunadas de directivos de la
universidad, e informes rendidos por comisiones de varias entidades;
destaca, entre otros errores: el acuerdo 26 de 1971 del Inderena que
sustrae hectáreas a la reserva; también los programas del Incora
de construcción de trochas y caminos vecinales que “apuntan a la
reserva”. A mi juicio, estos son los mayores errores oficiales que
abrieron las puertas a la colonización.
Hugo
Acero
y
Juan Carlos Pacheco, hacen el análisis demográfico de la reserva,
con cuadros y gráficos
de
fácil interpretación. Entre sus conclusiones: “el origen
departamental de los 24.878 colonos está determinado, en cierta
manera, pon la proximidad geográfica al área de colonización. El
46,12% nació en el departamento del Meta, seguido en importancia
por Cundinamarca:
13,53%;
Tolima: 11,48%; Boyacá:
5,38%;
Valle:
5,0 1%”.
El
anterior estudio es fundamental para las decisiones. A mi juicio,
24.878 colonos distribuidos en 4.500 unidades familiares no
constituyen un problema insoluble; además, los mapas y los estudios
de Avellaneda concluyen que la colonización ha destruido el 7.2% de
la reserva, que es bastante, pero no engendra pesimismo para su
recuperación. Con optimismo, voluntad y presupuesto se puede salvar
la reserva en un plazo corto exigido por las circunstancias. Y es
rentable para el país, y en especial para el Fondo Mundial de
Conservación de la Naturaleza, pagar como “mejora” un millón
de pesos, o más, a cada familia por la desmejora causada en la
reserva. Soy escéptico en cuanto a los “Usos racionales y a los
manejos especiales”.
El
prólogo y el epílogo son dos partes del libro que no pueden omitirse
en esta reseña. Del primero, por el doctor Antanas
Mockus, transcribimos: “Sin que sus autores se lo hayan
propuesto, este trabajo puede convertirse en un estudio piloto de un
proceso que ya se está repitiendo en otras regiones y que puede
llegar a poner en entredicho toda la política ambiental del Estado
colombiano: la colonización de zonas que la ley ha destinado a la
protección de los recursos naturales promovida por condiciones económicas
o políticas excepcionales.
[...]
En
el marco de las previsiones hechas posibles por el estudio, tanto el
grupo de investigadores del Ces como la dirección de la universidad
cambiaron su posición inicial, favorable a un realinderamiento. Y
no por una posición ecologista exacerbada, sino por consideración
también de lo que probablemente esperada a los colonos en caso de
que saliera adelante esa solución. Realinderar y titular significa
en este caso estimular la concentración de la propiedad de la
tierra y muy probablemente estimular la colonización hacia el
interior de la reserva”.
El
epilogo,
“La
Universidad Nacional y la crisis de La Macarena”, por el doctor Ricardo
Mosquera Mesa, es un magnifico documento, de lectura amena, que
analiza y resume los conflictos ecológicos y los socioeconómicos.
Por limitación de espacio transcribo solamente dos partes: [La
Macarena], por sus condiciones de aislamiento geográfico y de punto
de encuentro de elementos biológicos de origen andino, amazónico y
del escudo de las Guayanas, ha permitido la formación de un sistema
ecológico variado, frágil y complejo, que al favorecer la evolución,
aislada de especies ya desaparecidas en otras zonas, se ha
convertido en un banco genético de trascendental importancia para
el futuro de la humanidad; para muchos la superficie de la reserva
—definida
por el decreto 2936 de 1965 en
1.131.350 hectáreas— es exagerada, argumentando además que es utópico
plantearse la conservación y adecuado aprovechamiento de un área
tan extensa. Por ello, desde hace varios años, para dar cauce y
legalidad al proceso de legalización [...] se viene abriendo paso a
un realinderamiento que define cerca del 75% del territorio [,..] el
área de la reserva quedaría en esta forma limitada,
fundamentalmente, ala meseta rocosa central, es decir, a la parte
montañosa, cuyas condiciones topográficas, se considera,
desestimularían la colonización, por hacer en extremo difícil las
actividades agrícolas”.
Para
reforzar los argumentos del doctor Mosquera Mesa, agregamos:
la
política ecológica mundial recomienda la conservación de grandes
zonas en lugar de muchas pequeñas. En la isla o reserva de Barro
Colorado, zona del canal de Panamá, se ha constatado que el número
de aves ha disminuido, a causa de la poca extensión de la zona
preservada. Yen cuanto a La Macarena, no vale conservar la parte
rocosa, carente de agua en los veranos, que obliga a los mamíferos
a descender a los valles y ríos para encontrar su muerte a manos de
los colonos. La Macarena no es un buen lugar para esconderse, fácilmente
se puede rodear. Y si las Farc se localizaron allí, fue por la
facilidad para sustentarse mediante la caza y la pesca. Quienes
conocimos La Macarena Inmaculada (título del libro que resume la
primera expedición botánica) pudimos ver millares de cafuches y de
saínos cruzando nuestras trochas; nutrias y dantas que compartían
con nosotros las orillas de los ríos; paujiles, pavas, etc., y la
pesca no era deporte, porque bastaba un cesto para aprisionar
diversidad de especies.
ALVARO
FERNÁNDEZ PÉREZ
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