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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Entre
solidaridad solar e interioridad lunar
Tres
poetas norteamericanos. Whitman, Dickinson, Williams
Traducción
y selección de José Manuel Arango
Editorial
Norma, Bogotá, 1991.
Tres
momentos en la poesía de Estados Unidos podría ser el nombre de
este interesante volumen que se inicia con el fundador
incuestionable, Walt Whitman (1819-1892), continúa con Emily
Dickinson (1830-1886) y finaliza con William Carlos Williams
(1883-1963). Desde el principio se hace evidente para el lector que
la intención del libro es histórica, sin duda, pero también es
estética.
Ha
sido nuestro medio pródigo en creaciones, ávido en invenciones y
parco en traducciones. Si comparamos a Colombia con países como México,
Venezuela o Argentina, tendremos que reconocer que nuestro país ha
sido sistemáticamente ciego a un serio trabajo de traducciones, por
causa de la ausencia de editoriales, aunque revistas como Mito o, más
reciente, Eco dejaron una improntí particular por medio de hombres
como Hernando Valencia Goelkel, Jorge Zalamea, Ernesto Volkening,
quienes se ocuparon de llenar ese vacío que ahora, por medio de la
intersante colección Cara y Cruz
—quizá
recordando en su nombre la que fundara en España José Bergamín—
de la Editorial Norma, parece que está tomando cuerpo entre
nosotros.
Las
escasas traducciones de estos tres poetas estadounidenses,
especialmente de E. Dickinson y de Williams, no han servido para
aplacar la sed de conocimiento del público lector. Al contrario, más
que nunca se hace necesaria la aparición de estas empresas, ya que
su acceso restringido convertía una simple lectura en una aventura
digna de Julio Verne,
El
autor de este libro, José Manuel Arango, aparte de tener una
interesante producción poética, se ha dedicado a traducir otros
poetas, tal como se puede apreciar en la parte final de su libro Poemas
escogidos, donde nos encontramos con variados nombres de la poesía
estadounidense como Denise Levertov, Thomas Mer. ton, Keneth
Patchen, entre otros. A la anotada imposibilidad de conseguir
traducciones le seguía otro vacío tan determinante como el
primero: la falta de un cuerpo crítico. Una funesta manía por
rechazar —o ignorar, que es peor— los poquísimos estudios sobre
los autores a los que se consideraba como portadores de alguna
insignificante biografía, mellaba la consolidación de un gusto.
Para contrarrestar esta actitud, en el libro que ahora nos ocupa,
como en los demás de la colección, se incorpora un estudio sobre
cada uno de los poetas. Se rescata un ardoroso escrito del cubano
‘José Martí sobre Whitman, Santiago Mutis presenta a Emily
Dickinson y finalmente el propio traductor se encarga de realizar
una sugerente introducción a la poesía de William Carlos Williams.
Con
los tres poetas escogidos se proporciona al lector no solamente tres
tipos de poesía sino que se puede observar a su vez la labor
cambiante del poeta: Whitman, el poeta público, confiado en sus
semejantes, canta el progreso de la humanidad y celebra el
nacimiento de una nación y de un continente. Emily Dickinson, poeta
de la intimidad, asida a sí misma, interior y ritual, rehace al
mundo desde su lejanía como si fuera un anacoreta del desierto.
William Carlos Williams se sitúa en el punto medio de las dos
posturas anteriores, pues comparte con Whitman su solidaridad solar
y con Emily Dickinson la interioridad lunar.
Es
importante anotar que en Tres
poeta norteamericanos se puede vislumbrar un proceso de enorme
relevancia, como es el ver cómo se fragua la identidad de una poesía,
así como su peso y su importancia.
Ha
sido especialmente difícil el camino para William Carlos Williams,
si tenemos en cuenta que dos de los más grandes poetas de la lírica
moderna, Eliot y Pound, opacaron su producción, pero la historia de
la literatura es vengativa e inteligente. Desde hace unos treinta años
su poesía se ha venido revaluando y su especial entonación ha sido
copiada una y otra vez por el sencillo hecho de que W. C. Williams
pudo hablar en sus poemas sin la grandilocuencia reservada a la
“gran literatura” y sin la engañosa facilidad del
coloquialismo. Todo gran poeta es imitado, y
quizá
esta actitud sea un signo de su reconocimiento.
Anota
José Manuel Arango, al final de su presentación de W. C. Williams,
la afición indeclinable de éste a la pintura y nombra a Brueghel,
a quien le dedicara un puñado de inolvidables poemas. Pero no
olvidemos que nuestro poeta estuvo muy atento a lo que sucedía en
el medio artístico y escribió sobre Charles Sheeler, Charles
Demuth, admiró las fotografías de Alfred Stieglitz, el trabajo de
Duchamp y se sintió atraído por las actividades del grupo dadá. Wílliams
formaba parte de una “naciente vanguardia que pretendió
—como
anota Kevin Power—, en las dos primeras décadas del siglo,
convertir la literatura y la pintura en un vehículo que expresara
la experiencia americana y que, por lo tanto, no fuera una mera
imitación de sus colegas europeos”. La anterior observación se
puede aplicar a los otros dos poetas del libro, quienes a su modo se
revelaron, por el sentimiento cósmico el primero y por la
interioridad intocable la segunda, al peso de una tradición que
estaba destinada a ser trastocada.
RAMÓN
COTE BARAIBAR
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