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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
El
sol nace en los llanos
Cantan
los alcaravanes
Asociación
Cravo Norte (comp.)
Impresos
Panamericana, Bogotá, 1990.
Bajo
el título anotado yen edición de lujo, bien ilustrada y que acompañan
un video y un disco, se agrupan varios trabajos: “La historia
contada por doña Laura”, de María Eugenia Romero Moreno;
“Llanura, soga y corrío”, de Carlos Rojas Hernández; la
“Poesía popular”, de Germán Pinto Saavedra, y un documento
sobre el
Primer
Encuentro de Folcloristas del Llano, que lleva el mismo título del
libro. Cada sección está soberbia. mente ilustrada con fotografías
de varios profesionales, portadas del primer concurso de pintura
infantil de los llanos orientales, mapas, ilustraciones y viñetas
muy atractivas y muy bien impresas. Me parece exagerado citar todos
los créditos injusto sólo los de algunos, pero los trabajos fotográficos
de Cristina Galindo merecen mención, por la atmósfera poética que
atrapan; lo mismo los mapas de María Clara Mantilla, que nos
recuerdan las cartografías y dibujos del medievo y de la época del
descubrimiento. La introducción de María Eugenia Romero M. y David
Puerta Z., cumple bien su función y nos sumerge en la atmósfera
del llano mismo, permitiendo. nos preludiar el encanto y poder
ilustrativo del libro acerca de una de las regiones más extensas y
menos conocidas de Colombia. El esfuerzo que supone la ejecución de
una obra tal se ve compensado por la satisfacción del lector y por
el goce de mirar esas ventanas policromas llamadas fotos,
Razón
tenía el jesuita Juan Rivero, cuando en 1728 escribía: “La
esplen. didez y magnificencia de los llanos, no puede comprenderse
sino viéndo. los. La pluma es impotente, las palabras y las frases
son inadecuadas y todas las descripciones demasiado pálidas...”
(pág. 25). Las regiones
de Casanare, Caquetá y San Martin fueron habitadas por tribus de
origen (mestizaje) caribe, pues estos, eminentemente guerreros y
diestros navegantes, remontaban ríos y caños y asolaban a otras
tribus, sacrificando a los hombres y apoderándose de las mujeres,
con las que engendraron descendencia, y que según Enrique Ortega
Ricaurte, en su monografía “Villavicencio 1842-1942”, dieron
origen a los “papiocos del Guaviare; los achaguas y los enaguas
del Casanare” (op. cit.). Señala
el autor que fueron éstos los que desviaron al conquistador
Alfinger con su fiera lucha y que en últimas dieron origen a
diversos mestizajes por todas las regiones que asolaron.
Tales
mestizajes indígenas vertieron un espíritu agresivo, conquistador
y aventurero
a
las nuevas mezclas, dando como resultado que “las caballerías
organizadas en el Casanare prestaron tan heroicos y eficaces
servicios a la causa de la independencia que al día siguiente de la
memorable batalla de Boyacá el nombre de aquellas era el terror de
los realistas, en términos que Morillo, al disculparse con el rey
de España e Indias por sus desastres en América, le decía: dadme,
señor, diez mil llaneros y os hago dueño de Europa, pues, en
efecto, diez jinetes de éstos eran de ordinario bastantes para
batirse con un escuadrón enemigo, llevando siempre la mejor parte
en la lid” (Diccionario
geográfico de los Estados Unidos de Colombia por Joaquín
Esguerra; J. B. Gaitán, editor, 1879, Bogotá). Este tema es
estudiado por Jane M. Rausch bajo el título “El llano y la
independencia en el bello libro Llanos
de Colombia (Litografia Arco, Bogotá, 1986) y que resultando de
obligatoria consulta nos hace pensar que las piedras hieroglifas del
río Guayabero merecen un lugar dentro del libro que reseñamos y un
profundo estudio por parte de los investigadores. Melecio Montaña
en su libro Entre el cielo y
el llano, (Ed. Cervantes, Villavicencio, 1987), dice que “el
aborigen precolombino [...]
está
ligado al árbol genealógico de Arawak, a su vez descendientes de
lejanos polinesios Este, como la mayoría de los textos sobre el
llano, posee un glosario, que permite la comprensión de lenguaje
tan particular como el del llanero, habitante de un microuniverso
donde objetos y seres reciben muy particulares denominaciones,
ajenas al habitante de otras latitudes.
“La
historia contada por doña Laura” es amena, pintoresca y
medianamente ilustrativa, pero carece de acotaciones, notas históricas
o visiones paralelas que permitieran al lector ilustrarse mejor o
incluso tener un criterio de certeza acerca de la veracidad de la
narración, cuyo mérito, de cualquier modo, es innegable. Doña
Laura nos llena la imaginación y los ojos con sus evocaciones de
otros tiempos. Su sensibilidad frente a la naturaleza nos hace
pellizcarnos. Es ilustrativa de tal sensibilidad la historia del
garzón soldado
que,
habiendo llegado herido, ella curó y se quedó viviendo allí. Se
pregunta uno cómo sería este mundo si tuviéramos algo siquiera de
ese espíritu ecológico, esa conciencia en armonía con la
naturaleza, espontaneísmo nacido del amor por el entorno,
naturalidad proveniente de percibir el universo como parte de
nuestro ser.
A
través de toda la geografía colombiana, se maravilla uno de la
diversidad del paisaje, que, siempre sorpresivo, encierra, como una
singular caja de Pandora, muy diversas etnias, cada una de las
cuales posee su propio dios Orfeo... Las lavanderas chocoanas
entonan con hermosas voces y por encima del rumor de su acuático país
irreconocibles canciones, no por ello inolvidables; los grupos étnicos
andinos alquimizan nuestros oídos con flautas, quenas, charangos y
percusión, alegrando esa parcela de sangre indígena y melancólica
que hay en nosotros. No es necesario hablar de la costa norte y de
sus vibrantes ritmos, o de la música de cuerdas que acompaña el
canto paisa, o reiterar sobre los producidos musicales de otras
regiones. Dentro del contexto de “los países que son Colombia”,
es el llanero tal vez el que más integra a su vida diaria la música,
el canto es inseparable del trabajo y desde muy niño el llanero se
convierte en ejecutante de algún instrumento.
Como
si fuera un conjuro mágico, el canto del cabrestero hace que la
manada lo siga (el cuento del flautista de Hamelín es de obligada
asociación). Ante la presencia de tantos copleros, siente uno cómo
allí, en los
llanos,
el espíritu poético se ha adueñado de todo. ¿Qué, de menos,
podría esperarse de un grupo humano que habita tal entorno? Dentro
de la enumeración de los instrumentos que el llanero ejecuta, en ¡aparte
de “Llanura, soga y corno” hace falta la sirrampla o verada, muy
singular instrumento de cuerda, cuya caja de resonancia es la boca
del ejecutante. Lo registra el libro que hemos citado, Llanos
de Colombia, y al mirar su representación gráfica, lo
ndentafica uno con el “cazador de espíritus” que don Juan Matus
emplea durante una de las mágicas jornadas en que entrena a Carlos
Castaneda sobre esa “realidad aparte” del mundo brujeril. Habría
que añadir, como merecido reconocimiento, que “Llanura, soga y
corrío” está muy bien documentado sobre usos, fiestas y
costumbres, tanto en la parte histórica como en lo tocante a la
actualidad, y su lectura nos ilustra bastante bien acerca del fenómeno
cultural “amestizado” de los habitantes de nuestro mar verde.
“La
poesía popular”, trabajo bastante exhaustivo que hace un
recorrido de esa maravillosa manifestación de la cultura bajo un
buen orden temático que incluye, a modo de introducción, “el
paisaje y su historia”, donde se analiza la influencia del entorno
en la producción de copias, glosas, décimas, romances, con una
conciencia de la dinámica intrínseca en ello. No existe parcela de
la naturaleza que el llanero no utilice como fuente de inspiración.
“Un peculiar sentimiento de la naturaleza”, donde, partiendo de
esa filosofía vital que asiste al alma del habitante de estas
tierras, se nos hace percibir cómo ello incide en la citada
producción pero dejando en claro la diferencia que existe con la
mirada de la poesía romántica a la naturaleza. “Los elementos
del paisaje están allí, para su uso en el relato o en la copla
jocosa [...] El paisaje permanece allí [...] siempre presente [...]
sin hacer ruido, sirviendo de trasfondo natural al discurrir de la
vida” (pág. 169) [...]
en
realidad, en el llano, las tres franjas que conforman el paisaje,
tierra, agua, cielo, poseen toda igual magnificencia y poder (pág.
171). En “la cultura ecuestre de los llanos” se siente el sabor
que la intelectualidad deja en todo lo que toca y, a pesar de las
citas, sentimos con el mencionado padre Fabo que “el alma del
llanero recibe pocas impresiones de la culta civilización moderna;
conserva en la soledad de aquellos parajes llenos de vida, de aromas
y de luz, el molde del romance que los antepasados le dieron, y con
él canta, llora y ríe, con él expresa sus sentimientos, que son
como brotes de un árbol silvestre de los trópicos” (pág. 193).
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En
“Una poesía caballeresca” se hace hincapié en la calidad centáurica
del llanero, para quien su corcel posee una significación a veces más
importante que todo lo demás que lo rodea, incluida la amada: “Mi
mujer y mi caballo! Se me murieron a un tiempo;¡Qué mujer ni qué
demonio,! Mi caballo es lo que siento” (pág. 198); copla
sumamente conocida en sus diversas variantes, según el citado
Daniel Mendoza, quien más adelante dice (cita): “De sus amores,
de sus guerras, de sus lances de caza o vaquería extrae el llanero
los más hermosos poemas” (pág. cit.). Entre los grandes temas de
la poesía llanera se incluyen: la lírica amorosa, los cantares de
la vaquería (el ojeo y el rodeo, los toreos, el coleo, el arreo de
ganado, el ordeño), la tradición misma.
En
“el eje de la tradición”, que es tratado como “un tema
fundamental”, se enfocan: a) El papel de la creencia, que hace un
recorrido por el arraigo, nacido de la tradición española, de la
fe, la religión, las creencias mismas. b) Analfabetismo y filosofía,
que trata de la tradición, base de “nociones y creencias, tan
escasas como profundamente insertas en el alma
[...]
tal
tradición se condensa en formas apretadas y concisas: su lírica,
la copla, el romance breve; su ideario, los refranes las sentencias;
su épica, los cuentecillos y los apólogos” (pág. 231).
El
autor cita, y no de modo exhaustivo, parte del refranero popular, en
el que encontramos profundas coincidencias, incluso textuales, con
el refranero paisa. c) Un romance viejo en Arauca, hace alusión
comparativa entre el viejo romance castellano del conde Olmos y su
versión metamorfoseada: Condelirio. d) Una
musa
jocosa hiperbólica, hace hincapié en el humor que se campea por
buena parte de las composiciones de cotidiano uso en el llano, e)
Espantos y duendes llaneros. Aunque sólo se hace una referencia
dentro de esta parte, es de anotar cómo tales entidades coinciden
con las tradiciones más conocidas en- otras -regiones de Colombia.
La bola de fuego, para citar sólo una, es citada con ese y otros
nombres no solamente en nuestro país sino en buena parte de América
y en la vieja tradición europea, y corresponde a la forma de
aparecerse las brujas y brujos. 1) Rezos y ensalmos. Es innegable,
muchos testimonios lo confirman, que aunque ni los protagonistas ni
los testigos puedan dar una explicación, es evidente la eficacia
que, para la curación de ciertos males, ciertos conjuros poseen.
Nos llama la atención la cita que muy a propósito trae el texto y
que pertenece a Schopenhauer: “Para burlarse [...]
de
toda acción mágica hay que creer que el mundo se comprende bien,
muy bien. Pero esto sólo es posible si se echa sobre el mundo esa
mirada completamente superficial, que no deja presentir que nos
hallamos sumergidos en un mar de enigmas y de cosas incomprensibles
y que en el fondo no conocemos ni comprendemos directamente ni las
cosas de nosotros mismos...”. No reproducimos toda la cita pero añadiremos
sotto voce para los escépticos:
Dense una asomadita al mundo de la mecánica cuántica, de la nueva
física... “sorpresas te dala vida, la vida te da sorpresas”,
como dice la canción.
En
“Bajo el signo del progreso”, se analiza el llano hoy en día y
se cuestiona la supervivencia de las formas populares de la poesía,
bajo la presión uniformante de los medios de comunicación masivos.
En
“Cantan los alcaravanes” se reproduce con acotaciones el Primer
Encuentro de Folcloristas de los Llanos Orientales. Se incluyen
textos y canciones, letra y música de “Tonadas de vaquería”,
“Golpes” y “Pasajes chipoliados”. Su valor se da por
descontado, pues encierra las apreciaciones, inquietudes y sentido
artístico de los más descollantes compositores y músicos del
folclor llanero.
La
parte final del libro incluye un Glosario, Fiestas y Festivales en
los Llanos Orientales, Indice de Pinturas e Indice de Fotografías,
al igual que uno de Mapas y otro de Ilustraciones.
RAFAEL
PATIÑO GÓEZ
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