Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Juan Chacón, Sastre. Atribuido a Juan Francisco Ochoa. Oleo sobre tela, siglo XVII. (Iglesia de las Nieves). Fotografía de Alberto Sierra Restrepo.

Sastres y modistas
Notas alrededor de la historia del traje en Colombia

AIDA MARTÍNEZ CARREÑO

EL TRAJE, UN AS UNTO SERIO

DEL TELAR PRECOLOMBINO SALÍAN, totalmente terminadas, las mantas o piezas textiles que vestían al indígena, cuya indumentaria no requería de costuras. Con la introducción del vestido español, ceñido a las líneas del cuerpo mediante el corte y costura de la tela, fue imprescindible la intervención de un nuevo artífice: el sastre.

En España la producción del vestuario de categorías en tiempos de la Conquista era compleja y requería diferentes especialistas: sastre, jubonero, zapatero, ropero tejedor, pellejero, tundidor, curtidor, pasamanero, orillero, gorrero, sedero tintorero, bordador y muchos más, cada uno con tarea diferente pero todos en género masculino, porque eran oficios prohibidos a las mujeres.

La esencia de cambio y variación que es propia de la moda debió resultar contagiosa para quienes se desempeñaban en el medio, y aunque lenta, su movilidad fue continua. Gracias a su habilidad, arte o artimañas, algunos sastres colocados cerca de quienes ejercían el poder fueron aficionándose a él hasta tal punto que en nuestra propia historia los encontramos en varias oportunidades participando activamente en política; a las mujeres las veremos ejerciendo, casi con exclusividad, en el campo que les había sido vedado: la costura y la moda.

Hubo, indudablemente, “mucha tela cortada” para que esto sucediera y aún más para la transformación del artesano en el modista, artista y dictador de la moda del siglo XIX. Quizá todo comienza con la creciente importancia del vestido en las cortes europeas desde finales de la Edad Media y se establece con el surgimiento de la moda durante el Renacimiento. Los sastres, que anteriormente se ocupaban únicamente de coser, comenzaron a desarrollar una práctica y un arte en el corte, imprescindibles para lograr los cambios de indumentaria deseados.

Su oficio, que se había tenido en poca estima, comenzó a ganar prestigio e importancia, y, poco a poco, dejaron de consultar los deseos de los poderosos para comenzar ellos mismos a decidir e imponer modas y estilos.

Los gremios de sastres figuran desde el siglo XIII, regulados por sus propias ordenanzas; esa organización vino con ellos a América. Su presencia, que se incorporó con la colonia española, perdura con un mismo propósito y diferentes métodos. Desde los talleres de sastres y modistas, podemos asomarnos a una parte de la historia nacional.

Vestuario (antigua Colombia), grabado en metal. (Tomado de: L’Univers: Colombie et Guyanes, Didot Freres, París, 1837).

LOS SASTRES ESPAÑOLES

En la España de Carlos V los sastres tuvieron el mismo nivel que los obreros y labradores. Como ellos, no tenían derecho, fueran ricos o pobres, a vestir igual que las clases superiores; su desempeño se controlaba rigurosamente, hasta el punto de que se tasaba la cantidad de tela requerida para cada pieza y, en caso de que el cliente no quedara satisfecho, podía exigir una indemnización. En la medida que el traje se hizo más rico y complejo, su confección fue más delicada y mejor remunerada, con lo cual el sastre adquirió una mejor posición, En 1554 los procuradores acusaban a los sastres de “haber inventado muchas maneras de guarniciones que costaban más las hechuras que las sedas”.

A finales del siglo XVI, se publicó en España el primer libro de sastrería, obra de Juan de Alcega; en el siglo siguiente -1618 y 1640- se registran dos nuevas obras españolas sobre el tema, y otra en 1720. Los maestros de sastrería ofrecían a sus colegas el secreto de su ciencia, para cuyo desempeño se requerían, además del dominio de la confección, conocimientos de geometría y manejo del compás, aritmética y esencialmente manejo de los números quebrados. Pese al reconocimiento que tenían los grandes maestros de la sastrería, su oficio de carácter manual los mantenía sometidos a las mismas limitaciones de los artesanos. En 1686, la “Pragmática contra el abuso de trajes y otros gastos superfluos”, les reitera las prohibiciones de usar vestidos de seda, asignándoles los de paño, jerguilla, raja o bayeta, sin ninguna mezcla de seda, y permitiendoles, como único adorno, llevar mangas de terciopelo o raso y sombreros forrados en tafetán.

Durante el reinado de Felipe IV, cuando se hicieron más rígidas las normas tendientes a frenar el lujo en el vestido, se acusaba a los sastres de inducir a sus clientes a la ostentación y derroche, no sólo en las telas sino en los detalles de la confección. Al sastre que cortara, hiciera o mandara hacer alguna de las prendas prohibidas se le podían confiscar, además de multarlo y desterrarlo hasta por dos años; en caso de reincidencia, podía ser condenado a cuatro años de prisión.

Hilandesas: La India Chibcha (dibujo de Alberto Urdaneta, publicado en el Papel Periódico Ilustrado, núm. 42, mayo de 1883) y Llaragata (dibujo y grabado de Juan de la Cruz. en: Colección de trajes de Es­paña, 1777).

SASTRERIAS EN LA NUEVA GRANADA

En las listas de mercaderías introducidas por el puerto de Cartagena en el siglo XVI figuran telas de toda calidad, agujas, hilos y botones que anuncian la presencia y actividad de los sastres. También se traían grandes cantidades de ropa confeccionada, como jubones de telas diversas (entre ellas las archi-prohibidas telillas de oro), sayas, camisas para hombres y mujeres, cuellos de camisa, gorgueras, en fin, todo lo necesario para lucir aquí corno en las plazas sevillanas.

La sastrería fue uno de los oficios reservados a blancos o mestizos, y de su práctica quedaban formalmente excluidos negros, mulatos y zambos. Su posición dentro de las jerarquías existentes debió de ser alta, si se considera el hecho de que un sastre, Mateo Gómez de Abreu, entabló demanda a comienzos del siglo XVIII contra el presidente Gil Cabrera de Dávalos, por la suma de trescientos pesos, valor de las hechuras de ropa y géneros para el presidente y su familia (1) . El oficio frecuentemente se traspasaba de padres a hijos, sin que ello excluyera de cumplir con los requisitos establecidos para ser admitidos en el gremio.

(continuar)

1 José Manuel Groot, Historia Asi á stica y civil de Nueva Granado, segunda edición, Bogotá, Casa Editorial de M. Rivas & Cía., 1889, pág. 465.