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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
La
letra con sangre sale
Pedagogía
y verdad (ensayos eplstemológicos)
Rafael
Flórez O.
Colección
Didáctica, Secretaría de Educación
y Cultura, Medellín, 1989.
Tres
serían los temas centrales alrededor de los cuales gira la serie de
artículos publicados en este libro por el profesor Flórez, de la
Universidad de Antioquia: 1) las relaciones entre pedagogía y
ciencia, 2) el papel del docente como profesional de la pedagogía y
3) la complementariedad entre ciencia y cultura en el quehacer pedagógico.
Las
relaciones entre pedagogía y ciencia son trabajadas desde dos
perspectivas complementarias pero diferentes que vale la pena tener
en cuenta durante la lectura. La primera de ellas tiene que ver con
el carácter científico de la pedagogía: desde este punto de
vista, se analiza tanto la delimitación de su objeto como su manera
específica de construir el saber; se definen así sus
peculiaridades, se analiza su desarrollo reciente como ciencia, su
consistencia como “ciencia de la educación” frente a las
“ciencias” de la educación.
La
segunda perspectiva tiene que ver con el contenido mismo de la
reflexión pedagógica. La pedagogía es, antes que nada, una
reflexión sobre la producción y reproducción de los saberes, que
tiene lugar en el acto educativo y, más específicamente, en el
acto docente. Pero la producción y reconstrucción de estos
saberes, socialmente consolidados y estructurados, es lo mismo que
la producción social del saber científico. La pedagogía, por lo
tanto, es una reflexión sobre la producción del saber científico;
es, en este sentido, además de una ciencia —en el sentido
definido en el primer aspecto—, una metaciencia (ciencia sobre el
hacer ciencia) o un metasaber (saber sobre el saber).
Esta
segunda perspectiva es la más novedosa, y tiene una serie de
consecuencias interesantes que va enhebrando Flórez a lo largo del
libro. En primer lugar, la aparición histórica de la pedagogía
como ciencia corre paralela al divorcio progresivo entre los que
producen el saber (o el saber hacer) y los que lo transmiten (los
educadores o pedagogos), rompiéndose así la imagen romántica del
artesano medieval, quien al mismo tiempo producía saber (o
saber-cultura, o saber hacer) y lo circulaba entre el grupo
restringido de sus aprendices. Esta ruptura epistemológica?) puede
convertir a la pedagogía, ya desde su nacimiento, en una ciencia
puramente formal, carente de contenido.
Flórez
ve una salida posible a este vaciamiento pedagógico, no desde la
pedagogía misma, de su análisis como ciencia o exclusivamente como
fenómeno histórico (y esto en contrapunteo con muchos de los
representantes del llamado movimiento pedagógico), sino desde la
ciencia específica, desde el análisis del proceso de producción
científica: en este proceso existe ya un elemento pedagógico (o al
menos “pedagogizable”), pues la ciencia es una estructura de
saberes en construcción (y contradicción permanente) y no un catálogo
de verdades; la ciencia tiene intrínseco un elemento de
comunicabilidad, de transparencia para los otros, tanto en su
momento de estructuración y consolidación, como en su proceso de
producción; y es este elemento de transparencia y de
comunicabilidad lo que hace que la ciencia tenga que ser
esencialmente pedagógica.
La
segunda consecuencia se desprende de la anterior: superada la
contradicción entre pedagogía y ciencia, entre contenido y forma,
no se puede seguir hablando de una pedagogía general, que dicte
leyes de construcción .y consolidación de conocimiento (científico)
para todos los campos del saber; unas reglas básicas de construcción
del conocimiento, comunes para todos los campos del saber, se van
especializando y particularizando con la evolución misma de los
saberes. Cada comunidad científica, en última instancia, es la que
va imponiendo sus rituales de producción, consolidación y
legitimación de los saberes de su campo. No se puede seguir
haciendo pedagogía, por tanto, desde un punto de vista puramente
formal, carente de contenidos, y con la pretensión cíe colocarla
como elemento marco para todos los demás saberes: si la pedagogía
es una reflexión sobre la producción de los saberes, el pedagogo
no puede, por tanto, estar ajeno al contenido mismo de esos saberes.
De
esa manera se recupera (y paso al segundo tema central de los
mencionados antes) el papel del docente, como profesional
especializado en la construcción de saberes específicos, como
mediatizador entre el mundo de la ciencia y el mundo del
aprendizaje. En nuestro medio existe la tendencia a esperar
ilusamente del aparato educativo la solución de todos los problemas
que nos aquejan: integración comunitaria, empleo, cuidado del
ecosistema, promoción de ciudadanos aptos para la vida democrática,
para la paz, para el desarrollo sexual, etc. Esto trae consigo una
doble consecuencia: el recargo excesivo de los currículos por una
parte, donde a cada asunto corresponde una materia adicional que el
maestro debe enseñar; y, por la otra, un perfil tan complejo del
maestro, responsable del manejo de todos estos asuntos, que lo
convierte casi en un superhombre.
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Flórez
no niega la responsabilidad del maestro en la formación de los
buenos ciudadanos; pero, añade, es una responsabilidad compartida
por todos los estamentos sociales: es responsabilidad también del médico,
del cura, del policía, del empresario y del político. Por el
contrario, lo específico del docente, lo que constituye su profesión,
es que es un especialista en los procesos de construcción y
circulación de áreas concretas (tampoco de todas) del saber.
Recuperar esa especificidad es recuperar la profesionalización de
los docentes, diluida en medio de ese conjunto de ilusiones
educativas que agrupamos comúnmente bajo el nombre de “educación
integral”.
Al
centrarse la especificidad de la docencia en los procesos de
construcción de un campo determinado del saber (y no simplemente en
el saber a secas), tocamos el tema tercero: la relación entre
ciencia y cultura, que toca necesariamente el quehacer pedagógico.
Al ser la ciencia un proceso de construcción, se relaciona
necesariamente con el contexto cultural en que se construye. Ni los
procesos de
revolución
científica, ni los de lenta maduración y consolidación de un
campo determinado del saber social (científico) son culturalmente
neutrales (esa pretendida neutralidad de las ciencias es ya un hecho
cultural, que corresponde a determinada visión del mundo,
transmitida socialmente). A su vez, y ello también es interesante,
el mundo de la producción cultural no es un mundo científicamente
neutro.
La
lectura del libro es un recorrido bastante ilustrativo por los
caminos de lo que podría llamarse una epistemología de la pedagogía,
sin caer en esas lucubraciones áridas, distantes y poco “pedagógicas”,
a las que nos tienen acostumbrados muchos epistemólogos y teóricos
de la pedagogía. El tratamiento de los diversos capítulos varía
en densidad y profundidad, debido probablemente a que se trata de
artículos escritos originalmente en ocasiones diferentes. El
conjunto, sin embargo, se comporta como un todo con coherencia entre
sus partes, que es reforzada por una presentación que esclarece el
sentido de cada una y el nexo entre unas y otras.
RICARDO
LUCIO A.
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