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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
El
libro sagrado de los catíos
Relatos
tradicionales de la cultura catía
Luis
Fernando Vélez Vélez
Universidad
de Antioquia, Medellín, 1990, 142 págs.
Lo
que se suele llamar “literatura oral” de los pueblos es una de
las fuentes primarias de la antropología y un verdadero problema
para la historia y la crítica literarias. En nuestros manuales e
historias de literatura colombiana encontramos la manifestación de
ese problema: cuando no ha sido excluida, la “literatura indígena”,
o bien la literatura de una época precolombina —cuando se le
quiere dar status histórico—,
aparece como un exótico conjunto de piezas que se consideran
acabadas, cerradas en sí mismas, poemas misteriosos pero bellos
—y entonces se aplica el concepto ‘poema’—, relatos de un
encanto seguramente comparable con la mejor —y contemporánea—
literatura infantil. Esa consideración genérica esquiva el hecho
lingüístico
—inherente
al literario—y, sobre todo, el hecho cultural, que no
necesariamente es patrimonio exclusivo del estudio antropológico.
Este
libro de “relatos tradicionales”, con antecedentes inmemoriales
en toda la historia de Occidente, propone, desde la certeza del
documento antropológico, otro tipo de lectura de la tradición
oral, una lectura que, no hay que dudarlo, permite el estudio
literario. Esa propuesta, que se ofrece bajo la forma de recopilación
de leyendas, es la de entender esas tradiciones como verbalizaciones
del mito, arquetípico y universal, pero verbalizaciones que deben
ser contextualizadas en el círculo de una cultura. De ahí el valor
de la recopilación, que procura unificar tres factores del hecho
cultural: el geográfico, definido en el trabajo antropológico
propiamente dicho, el lingüístico y el que podríamos llamar
literario y que incluye la labor de selección y de unificación
narrativa, semejante a la de ciertos copistas y antólogos
medievales que nos han hecho llegar cantares de gesta, cantos mitológicos
y épicos y tradiciones de los pueblos llamados bárbaros —en
algunos casos auténticos aborígenes— que convivieron con el
imperio romano y sobrevivieron a éste. Hoy sabemos que ese
trabajo ha sido fundamental para la reconstrucción de una historia
y sobre todo de unas culturas en buena parte fundadoras del mundo
moderno. El libro de Luis Fernando Vélez rescata del mismo modo a
la comunidad catía, de notables representación y presencia en
nuestro país, y la torna un personaje vivo de nuestra historia y
nuestra literatura.
El
“autor”, pues, de estos relatos es una cultura, vocablo que aquí
deja de ser una abstracción y se convierte en documento literario.
Ello no es más que la conclusión de un trabajo de campo y de
investigación que posibilita al antropólogo la creación del
contexto, digamos la atmósfera y el clima ético, de los relatos,
que entonces se cargan de una simbología original y de una visión
del mundo que son su riqueza literaria. Vélez precisa de esta
manera su concepto de cultura catía: “,Y qué es lo que nos hace
llamar ‘cultura catía’ a una heterogeneidad de grupos humanos
tan dispersos geográficamente? En primer lugar, el aspecto lingüístico
que revela una comunidad de caracteres, de fonemas, de estructuras y
de vocablos. En segundo lugar, muchas entidades y semejanzas en
otras manifestaciones culturales, entre ellas en la tradición oral,
tal como se verá en la recopilación”.
La
especificidad catía, como cultura, queda comprobada en la
identificación del mito, concretamente de unos símbolos originales
que permiten la clasificación, por la disciplina de la literatura
comparada, de estos relatos: la épica, entre el mito y la historia,
es el género, mal que bien literario, al que pertenecen, con la
magnitud del libro sagrado, como el Génesis
para la tradición judaica, los Vedas
para los hindúes, el Volluspa
para los germanos del norte, Popol
Vuh para los mayas, etc. ¿Cuáles son esos símbolos
originales, esas constantes del pensamiento mítico universal que
los catíos, como pueblo con memoria e imaginación defini
das,
han desarrollado desde su peculiaridad geográfica, lingüística e
histórica? Veamos algunos ejemplos.
La
creación del mundo (o cosmogonía): “Tatzitzetze o Dachisese, el
dios preexistente, que hizo brotar a Caragabí de su saliva, creó
ocho mundos: cuatro superiores y cuatro inferiores.!! Nuestro mundo,
que es el mundo del dios Caragabí, es el más bajo de los cuatro
mundos superiores y encima de él está el firmamento, cóncavo como
un plato, arreglado por Caragabí con el sol, la luna y las
estrellas. Sobre el firmamento está Ntré, el cielo de Caragabí,
que ahora lo vemos muy alto. Después, hacia arriba, siguen los
otros tres mundos superiores”.
El
diluvio, del cual hay varias versiones, como el agua que guardaba en
la piedra Gentzerá, o la que brotó del árbol jenené, o como la
inundación del río que tenía la cabecera en el mar. Como siempre,
el diluvio implica castigo o necesidad de purificación, y sus móviles
son la ausencia de vida o el mundo al revés.
El
infierno, con su respectivo demonio, que en este caso está
representado por Antomiá: “Caragabí lo sorprendió un día
haciendo más demonios y le preguntó qué hacía. Antomiá no se
dignó contestarle. Caragabí le preguntó nuevamente y esta vez
Antomiá respondió enfadado: ‘estoy haciendo usá, perros’. A
lo cual replicó Caragabí: ‘pues que sean usá’. Y las
criaturas de Antoniá, convertidas en perros, fueron vencidas por
Caragabí y arrojadas con su amo a los infiernos, al Edaa, que está
en las entrañas de la tierra”.
El
paraíso: “En una época remota los catíos iban al cielo como a
su propia casa. Podían subir a conversar con Caragabí cada vez que
querían, y desde la tierra velan todo lo que ocurría en esa morada
de su dios, y escuchaban los cánticos y la música que se entonaba
en la alturas, en Ntré”.
El
árbol sagrado, como el mismo jenené proveedor de agua o el que
servía de camino al cielo en el mito anterior.
El
hijo sin padre: “¿Quién eres tú?, preguntó Caragabí. Yo soy
Tutruicá, el dios de abajo, contestó el yábea.
¿Eres
nacido?, preguntó Caragabí. No, resulté solo, nadie me hizo. ¿Y
tú, cómo naciste? Yo, repuso Caragabí, nací de un salivazo de
Tatzitzetze, primer padre o padre de todos, quien no tuvo
principio y se creó a sí mismo, por eso me honro de tener
antepasados. Tutruicá dijo con orgullo: pues yo no tengo ningún
antepasado, yo me creé a mí mismo.
Y
otros símbolos originales, como el de la tierra prometida, el
tesoro o el héroe animal que, como tales, plantean la relación del
hombre con las fuerzas desconocidas, benéficas y maléficas, con lo
misterioso.
Un
hermoso libro, justa segunda edición de la publicada por el
Departamento de Asuntos Indígenas de Antioquia en 1982, cinco años
antes que su autor, antropólogo y defensor de los derechos humanos,
fuera asesinado por atreverse a descubrir las voces ocultas y
silenciadas de Colombia.
OSCAR
TORRES DUQUE
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