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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
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Autorretrato,
s.f. acuarela
sobre papel
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Ramón
Torres Méndez y la pintura
de tipos y costumbres
EFRAÍN
SÁNCHEZ
En
1940, AL ANUNCIAR la publicación de 37 “escenas de costumbres”
de Ramón Torres Méndez, la revista Cromos lo presentó como “el
pintor más famoso de Colombia”
(1)
. A juzgar por casi un siglo de
testimonios, Cromos no exageraba. Hasta mediados del siglo XX las
“escenas de costumbres” de Torres Méndez fueron uno de los
recursos más frecuentemente utilizados en los periódicos y
revistas locales para la ilustración de relatos de viajes,
descripciones de tradiciones y costumbres bogotanas y aun para la
publicidad de industrias y casas comerciales. Hasta mediados del
presente siglo, los escasos críticos y comentaristas del arte
nacional fueron unánimes en situar a Torres Méndez como el pintor
más notable de la Nueva Granada en el siglo XIX. En 1916 Gustavo
Santos escribió que, después de Gregorio Vázquez, no veía
“nombre alguno digno de ser recordado de manera especial” hasta
mediados del siglo pasado; “Torres Méndez es entonces el primer
nombre que merece ser anotado”
(2)
En 1946, Gabriel Giraldo
Jaramillo escribió que “a Ramón Torres Méndez corresponde de
manera exclusiva el mérito de haber dado el último paso de nuestra
emancipación pictórica [...] creando, tal vez sin quererlo, las
bases de un arte auténticamente nacional”
(3)
.
Giraldo
Jaramillo nunca explicó el significado de los conceptos
“emancipación pictórica” y “arte auténticamente
nacional”. Naturalmente, las dos expresiones dejan un amplio
margen para la discusión. El observador de la pintura colombiana
del siglo XIX puede, en primer lugar, preguntarse si realmente hubo
algo a lo cual pudieran aplicarse las palabras del historiador. Es
claro que si se estudia la pintura neogranadina de escenas de
costumbres dentro del contexto de la pintura internacional, difícilmente
puede reclamarse para ella el calificativo de “arte auténticamente
nacional”. Por otra parte, en el arte local del siglo XIX no es
posible encontrar muchos indicios de “emancipación pictórica”,
si como tal se entiende el rompimiento con el pasado colonial y la
creación de nuevas tendencias propias, tanto desde el punto de
vista de los estilos y de las técnicas como de los valores
expresivos. Los auténticos valores del arte de la Nueva Granada no
pueden disociarse de las circunstancias materiales en las cuales se
desarrolló. Y entre dichas circunstancias debe mencionarse la
inexistencia de escuelas, el aislamiento de los artistas, la escasez
de medios técnicos y la relativa pobreza de la demanda del arte. Y
no hubo nadie más consciente de esas limitaciones que los propios
artistas.
Es
innegable que las “escenas de costumbres” despiertan un
entusiasmo que no parece ser menor hoy que a mediados del siglo XIX.
La finura y la buena dosis
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Retrato
de señora (acuarela sobre marfil, Bogotá, 1834. (Tomado
de: Ramón Torres Méndez, Efraín Sánchez Cobo, pintor de
la Nueva Granada, (1809-1885).
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Escena
en el año dos mil tres (Los matachines ilustrados, Bogotá,
1855).
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de
malicia de la interpretación hecha por Torres Méndez de los tipos
y costumbres jamás han perdido su atractivo. Superando la simple
descripción documental, gran parte de las representaciones
conservan cierta intemporalidad que las hace mantener su vigencia
por encima de los cambios de los gustos. Además, no parece
impertinente afirmar que existe un hilo conductor, más que sutil,
entre la obra “costumbrista” de Torres Méndez y buena parte de
la obra de quien sin duda puede reivindicar en la actualidad el
título de “el pintor más famoso de Colombia”, Fernando Botero.
Pero
la contribución de Torres Méndez no se limita a las escenas de
“costumbres neogranadinas”. Quizá más importante desde el
punto de vista histórico, es el valor del pintor santafereño como
síntesis de su época. Torres es, sin duda, el pintor más
representativo de la Nueva Granada en el siglo XIX. Personaliza, en
grado superlativo, las cualidades y defectos de aquella, habiendo
explorado todas sus posibilidades y hecho uso de todos los medios
entonces disponibles. Como sus contemporáneos, fue autodidacto,
pero estuvo lejos de ser un simple amateur.
Hay testimonios sobre sus esfuerzos por dominar los preceptos y
las técnicas de la pintura europea, que quizá sólo conoció por
los oscuros lienzos de las iglesias, por referencias escritas y por
grabados europeos, de los cuales mantuvo su propia colección. Con
una laboriosidad proverbial, superó a sus contemporáneos en
cantidad y calidad en los géneros dominantes. Es hasta hoy el
retratista más prolífico de la pintura colombiana, y garantizaba
“la más perfecta semejanza”; José Belver
(4)
afirma que
compuso “más de 600 retratos al óleo” y, para Gabriel Giraldo
Jaramillo, sus miniaturas sobre marfil alcanzan a un centenar. En
los avisos con los que promocionaba su trabajo, curiosamente, Torres
Méndez insistía en la sutil diferencia entre “retratista” y
“pintor”, aclarando que ejecutaba “cuadros de todo género”
y también “retratos al óleo”. Entre los “cuadros de todo
género” se cuentan “más de 200 entre cuadros místicos y
otros”; es decir, pinturas religiosas, alegorías, monumentos
sacros y decoraciones para teatro. Como escribió Jorge Moreno
Clavijo, “su firma era lo cotizado en el reducido ámbito local”
(5)
. También fue caricaturista político clandestino, tan
clandestino que sus caricaturas publicadas en 1855 en el efímero
periódico Los Matachines Ilustrados, sólo vinieron a redescubrirse
en 1985.
Pero la fama más
duradera la logró como pintor de “escenas de costumbres
neogranadinas”, de las cuales,
según
Belver, dejó más de 300 “en diseño e inéditas”, superando en
cantidad a la colección de la Comisión Corográfica y a la obra
“costumbrista” de cualquier otro pintor individual de la Nueva
Granada. Como pintor de escenas de costumbres, Torres fue
considerado en 1882 por el periódico El Conservador como “casi
exclusivo entre nosotros desde hace mucho tiempo”
(6)
. Y don
Tomás Rueda Vargas, con toda su autoridad en cuanto se refiere a la
sabana de Bogotá, escribió que Torres “en la observación de los
tipos sabaneros, llegó [...] a un grado de perfección no superado
hasta hoy”
(7)
.
Torres
Méndez nació en Bogotá el 29 de agosto de 1809. Su padre, Eugenio
Torres, fue un artesano santafereño a quien don Pablo Morillo, el
militar español enviado por la corona española para enfrentar a
los revolucionarios, a su entrada en Bogotá en 1816 encargó la
fabricación de “400 cajas de guerra y otros tantos pitos para
mandar a las provincias”
(8)
.
El taller del artesano debía, entonces, poseer el tamaño y
la fuerza laboral necesarios para hacerse cargo de demandas de
cierta consideración, si bien no parece haber estado orientado
hacia una especialidad particular. José Belver, uno de los primeros
biógrafos del pintor, dejó testimonio del apoyo que Ramón Torres
encontró en su padre. Según su relato, cuando Torres se inició
como miniaturista, don Eugenio hizo frente a la escasez de marfil en
la ciudad aserrando bolas de billar, para que su hijo pudiera contar
con las láminas necesarias.
Habiendo
abandonado prematuramente la escuela de primeras letras, Torres
comenzó a tomar lecciones hacia 1819 con “la única persona que
por aquellos tiempos profesaba y entendía el arte”
(9)
al parecer el pintor santafereño Pedro José Figueroa. No
tardó, sin embargo, en abandonar a su maestro, para no regresar al
aprendizaje formal hasta 1837, cuando fue admitido para tomar
lecciones de diseño y de grabado en la escuela gratuita de la Casa
de Moneda. En 1824 encontró ocupación como aprendiz en un
establecimiento de propiedad de Jayme Cowie, uno de los ingleses que
entonces monopolizaban la industria de la imprenta en la ciudad. La
imprenta de Cowie comenzó a publicar el 27 de mayo de ese año el
periódico El Constitucional, el primer órgano en inglés en
Bogotá. Este se suspendió a fines de 1825, y Torres pasó a
órdenes de su antiguo compañero de trabajo S. Fox, quien abrió
imprenta propia en la plazuela
de
San Francisco e inició, en julio de 1826, la publicación de un
nuevo periódico, La Bandera Tricolor. Torres continuó vinculado a
la imprenta hasta 1828, cuando, según sus primeros biógrafos,
“una voz secreta del destino que le estaba señalado” puso al
descubierto su verdadera vocación. La voz secreta del destino fue
un retrato de Fox en miniatura hecho por Francisco Antonio Mancera,
antiguo dibujante de la flora de la Expedición Botánica. “Desde
aquel momento concretó sus facultades a una sola aspiración.
Tímidamente desconfiado, pero resuelto, aceptó la vocación y
empezó a retratar a cuantas personas querían servirle de modelo”
(10)
.
(continuar)
1
Cromos, Bogotá, vol. XLV, núm. 1.206, 20 de enero de 1940.
(regresar 1)
2
Gustavo Santos, “De la pintura en
Colombia”, en Cultura, Bogotá, vol. II, núm. XII, febrero de
1916.
(regresar 2)
3
Gabriel Giraldo Jaramillo, La
miniatura, la pintura y el grabado en Colombia,
Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1980, págs. 42 y
168-169.
(regresar
3)
4
José Belver, “Ramón Torres Méndez", en Papel
Periódico Ilustrado, Bogotá, año V, núm. 112, 15 de marzo de
1887, págs. 246-247.
(regresar 4)
5
Jorge
Moreno Clavijo, ‘Los cuadros de costumbres de Torres Méndez”,
en Boletín Cultural y Bibliográfico, Bogotá, Biblioteca
Luis-Angel Arango, vol. VIII, núm. 12, 1965, pág. 1.853.
(regresar 5)
6
P.P.C., “Bolívar y el artista Torres”, en El
Conservador, Bogotá, núm. 101, 2 de mayo de 1882, pág.
403.
(regresar
6)
7
Tomás
Rueda Vargas, Escritos, t. II, Bogotá, 1963, págs.
45-46.
(regresar
7)
8
P.P..C.,
op. cit
.
(regresar
8)
9
José
Belver, op. cit.
(regresar
9)
10
P.P.C.,
op. cit.
(regresar
10)
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