|
Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Ser mujer no
es suficiente
Voces
en escena, antologías de dramaturgas
latinoamericanas
Nora Eidelberg y Maria
Mercedes Jaramillo
(antologislas)
Universidad
de Antioquia, Medellín, 1991,
506 págs, 8 láminas.
Esta
antología de ocho autoras hispanoamericanas de teatro contemporáneo
(qué extraña parece todavía la palabra dramaturga!)
viene precedida por una corta introducción, escrita por las
antologistas Nora Eidelberg y María Mercedes Jaramillo —así como
una breve nota biográfica precede la pieza teatral de cada autora
antologada, lo cual es muy necesario en el caso de personalidades aún
poco conocidas—, y culmina con una útil bibliografía al final
del libro, tanto sobre la producción dramática realizada por
mujeres de toda América —país por país— como sobre temas
femeninos referidos al teatro.
Como
acertadamente advierten las antologistas, los motivos para la
realización de este volumen están más que justificados: el acceso
a obras teatrales de cualquier tipo ha sido de por sí muy difícil
en nuestro medio, tanto más cuando éstas han sido escritas por
mujeres. Recordemos solamente, en el siglo pasado, en Colombia, el
caso de Soledad Acosta de Samper (1833-1913), dramaturga también,
además de cuentista y novelista, raramente recordada, cuyas
obras
dramáticas parecen haberse hecho polvo en el fondo de un baúl.
En
efecto, hasta hace poco, muchas mujeres, muchas más sin duda de las
que tenemos aunque sea noticias, se habían visto obligadas a
ejercer sus talentos “no femeninos”casi a escondidas, carcomidas
por el sentimiento del “qué dirán”. Es muy cierto que el
hombre, en una sociedad ampliamente dominada por intereses y valores
“masculinos”, a menudo vio como a una intrusa a una mujer que
realizara tareas reservadas, según pensaba, sólo a él. En el
mejor de los casos la trató como una desadaptada, con algo de
compasión tal vez, en todo caso como a una pobre persona que no sabía,
por “instinto” aunque fuera, el lugar que le correspondía en la
sociedad pública; es decir, esa mujer de todas maneras era, por
decir lo menos, torpe, imprudente. Y es verdad también que, todavía,
la mujer inteligente y culta sigue siendo algo incómoda para los
hombres de ciertos grupos sociales.
En
el caso del teatro, que las anotologistas mencionan casi de paso,
el asunto había sido por muchos siglos aún más grave. En
Occidente y en Oriente, en efecto, el teatro se inició en rituales
religiosos que prohibían expresamente la participación de la mujer
(los sacerdotes siguen siendo siempre hombres, aún en nuestros días).
Esta tradición pervivió en el teatro occidental hasta los tiempos
de Shakespeare por lo menos, y en Oriente sobrevive en el Japón,
donde hallamos varones especializados en papeles femeninos, sin que
ello menoscabe en absoluto su masculinidad. Las autoras pasan de
largo, sin
embargo,
ante un hecho significativo entre nosotros: en América la cosa
parece haber sido bien diferente hasta que comenzaron los tiempos
colonia. les, pues todavía hoy podemos vera mujeres danzando al
lado de los hombres en rituales indígenas que siguen representándose
en territorios aislados de lo que llamamos “civilización”. Ello
quiere decir que Amé. rica, al fin y al cabo, no ha sido siempre
tan hostil a la mujer en el campo del teatro, particularmente en la
época precolombina. El Ollantay
peruano, quizá la más lograda de las obras prehispánicas que
han sobrevivido, tiene relevantes papeles femeninos que pudieron
presumiblemente ser representados por mujeres: la adorable Cusy
Coyllur, la comprensiva Mama Roca...; y tratándose en todos los
casos de obras anónimas, ¿por qué no pensar que sus autores hayan
podido ser “dramaturgas”?
En
todo caso, para bien o para mal, las cosas cambiaron radical. mente
en América con el advenimiento de la cultura occidental. Aquí el
teatro, desde ese momento, se asimilo a esa tradición en gran
medida. Las obras coloniales que los sacerdotes católicos hicieron
representar en México o en el Perú para la conversión o edificación
de las almas indígenas, negras, mestizas y blancas, fueron
concebidas por ellos, de lo cual podemos deducir que seguramente
fueron representadas exclusivamente por hombres, como era de rigor.
Con el transcurso del tiempo al menos quedó un prejuicio muy
arraigado: la mujer siguió siendo mal
vista en el teatro, ya fuera como actriz o como autora, o como
cualquier otra cosa, incluso como público, como lo testimonia en
alguna ocasión el dramaturgo colombiano Antonio Alvarez Lleras, si
no me equivoco.
Pero
lo más grave del asunto es que la propia mujer estaba convencida
del juego, con la notable excepción, que parece confirmar la regla,
de sor Juana Inés de la Cruz en México. Lo más grave sigue siendo
que muchas mujeres se consideran aún incapaces de ejercer ciertos
oficios o profesiones que les parecen “naturalmente” masculinos.
Lo peor para la mujer ha sido, no tanto la unsura externa de los
hombres, como a interna de las propias mujeres. Muchas se niegan,
incluso en forma inconsciente, a asumir ciertas responsabilidades
sociales y públicas, refiriendo sin duda una posición subalterna
que les parece más cómoda; acuden a su “feminidad” como un
argumento sólido para disculpar cualquier flaqueza o justificar la
ignorancia, y a ciertos hombres, claro está, les seduce esta
actitud “tan femenina”. No valdrán las leyes mejor
intencionadas de las sociedades que se dicen más avanzadas, por lo
tanto, mientras la mujer no esté sinceramente dispuesta a asumir
sus derechos y deberes públicos con naturalidad y eficacia. Aceptar
a estas mujeres como a seres humanos normales dentro del núcleo
social sólo puede venir después, como un resultado lógico, y la
historia ha sabido demostrarlo.
|
|
|
|
|
|
En
efecto, recordemos sólo algunos nombres de mujeres que se han
destacado a pesar de su
sexo, porque ya no se tiene en cuenta frente a sus realizaciones, en
campos que parecen “naturalmente” masculinos: Juana de Arco,
Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta, como valientes luchadoras;
la reina Isabel la Católica o Isabel I de Inglaterra como decididas
gobernantes; en fin, en el ramo literario, las imprescindibles santa
Teresa de Avila, sor Juana Inés de la Cruz, la madre Castillo o
Gabriela Mistral.
Ser
mujer no es, pues, ni mérito ni culpa. Tener talento, valentía,
inteligencia, no tiene que ver con el sexo. Con estas verdades en la
mano, esperábamos justificadamente, entonces, que esta antología
nos representara revelaciones, sobre todo descubrimientos de autoras
ignoradas injustamente por el hecho de ser mujeres. Aun antes de
poder considerar la calidad individual de las obras aquí
antologadas, nos felicitábamos ya por esta edición femenina, única
hasta ahora. Hoy en día, cuando las sociedades más avanzadas
muestran con orgullo sus “gerentas”, “presidentas”,
“juezas’, “capitanas”, “agentas” o “bomberas”, todas
ellas de indudable personalidad y carácter, parecía oportuno, en
efecto, que nos mostraran también con orgullo sus
“dramaturgas”.
Sin
embargo, cierto complejo “feminista” puede ocultarse en el
trasfondo de esta antología. En el terreno de la dramaturgia,
masculina o femenina, la genialidad sigue siendo, como en todo, cosa
rara. Ser mujer que escribe para el teatro no es suficiente mérito
para figurar, sólo por ello, en una antología de alcance
hispanoamericano; se necesita ante todo calidad; y después de leer
las obras se tiene la vaga impresión de que, al haber publicado
ocho, el proyecto pudo haber querido, exagerar los talentos
femeninos en el estado actual de esta dramaturgia. Mejor hubiera
sido, tal vez, limitarse modestamente a publicar cuatro o cinco de
las obras aquí aparecidas, con tal de demostrar, más con calidad
que con cantidad, que la mujer ocupa un puesto imprescindible en la
dramaturgia contemporánea de nuestro continente.
Comencemos,
pues, con la obra que deja el recuerdo más perdurable y el vivo
deseo de verla: en la pieza Ya
otra cosa, mariposa, de la Argentina Susana Torres Molina,
impresiona, en efecto, un auténtico conocimiento de lo que es el
teatro y una indudable capacidad para expresarlo. La autora se sirve
de elementos auténticamente teatrales, sin mayores aspavientos ni
espectacularidades, para comunicar un sentimiento claro y preciso,
en este caso del disfraz femenino (mujeres vestidas de hombre), para
condensar toda una lección sobre el machismo de Buenos Aires, que
trasciende valientemente al ser realmente latino. Destaca así la
autora, por medio de esta caricatura del “hombre”, la ridiculez
de la tradicional actitud del “macho”, con sólo cuatro
personajes
estupendamente bien logrados, a veces inolvidables, tan
“masculinos” que nos hacen olvidar por completo su tapada
feminidad. La pieza, estrenada en 1981, seguramente hizo las
delicias de un público que debió de ver las viñetas o cuadros en
que se divide la obra llena de gran movimiento, ligados todos ellos
por el desarrollo cronológico de los personajes, lo que constituye
sin más el argumento. El diálogo veraz, vivaz, con mucho carácter
y profundo humor, llega a momentos verdaderamente cómicos pero
también a trozos melancólicos de profunda humanidad, de donde
surge, por instantes, una auténtica poesía. En fin, se trata aquí
de una obra donde, verdaderamente, el sexo de la autora no tiene la
menor importancia, porque su verdadero mérito está en la pericia
con que maneja su arte.
Otra
de las piezas que deja recuerdo imborrable, pero precisamente por
ser lo más opuesto a la anterior, en todos los sentidos, es, a mi
modo de ver, La balada de
Anastasio Aquino, de la salvadoreña Matilde Helena López. Si
quienes no lo han sufrido quieren tener una idea de lo que era el
mal llamado “teatro político” de los años setenta, ésta
parece ser la mejor muestra: la obra está saturada de todos los
convencionalismos más facilista de ese género de teatro, del que
no escapó tampoco el colombiano, pues no tiene en ello ni siquiera
originalidad. La técnica llamada “brechtiana” se presté por
mucho tiempo a este drama expositivo, que a falta de conflictos
acude al discurso de la plaza, propagandístico, panfletario, sin el
menor asomo de caracterización humana o de consideración por la
paciencia del espectador: “teatro gritado”, en fin, es una mejor
definición del género. En lugar de obtener lo que persigue tan
abiertamente —la apoteósis heroica del mártir Anastasio Aquino,
líder de los indígenas salvadoreños en el siglo XIX—, la obra
logra exactamente lo contrario.
En
un punto intermedio entre estos dos extremos teatrales se halla El
viento y la ceniza de la colombiana Patricia Ariza. Su mensaje
político está mucho más suavizado, aunque es bastante evidente:
nos presenta al
conquistador
español no en toda su gloria y apogeo, como lo han mostrado los
manuales de nuestra historia convencional, sino en su mayor miseria
y decadencia. Claro que es valiente y necesaria esta desmitificación
de los valientes conquistadores, pero bien habría valido la pena
profundizar un poco más en el concepto con una más justa
caracterización y con un argumento real, es decir, histórico, que
habría convenido mucho más a esta obra. La autora, en efecto,
imagina en gran medida lo ocurrido a este hombre y a todos estos
personajes grotescos y sórdidos que nos presenta acercándonos más
a la caricatura que a la realidad. No hay duda de que una lectura más
profunda de las crónicas les hubiera dado mejor la razón —tanto
a la autora como a la obra— con hechos más verídicos y
documentados.
Una
obra que habría podido sobresalir en la antología es Siete
lunas y un espejo de Albalucía Angel, también colombiana,
nacida en Pereira, ganadora del premio Vivencias. Su pieza, de
factura limpia y diáfana y de interés social, se prolonga
demasiado para un escenario fantástico y simbólico (todo se
desarrolla en un idílico bosque), donde la acción es muy escasa.
La obra nos presenta, en un encuentro insólito, a mujeres muy
conocidas por el público, como Juana de Arco, George Sand, Virginia
Woolf, Julieta la de Shakespeare, Alicia la del país de las
maravillas, María Antonieta la del rey Luis XVI. Pero con estos
personajes, simpáticos en un comienzo, la autora construye una obra
dramática que apenas lo viene a ser, ya que el conflicto no se
desarrolla y no existe una sola acción que permita ligar el
comienzo con el final; la obra, así, “patina” en disertaciones
eruditas e intelectuales sin interés verdaderamente dramático.
Caso
semejante es el de Miren el
paisaje de la mexicana Teresa Valenzuela. Esta pieza, en la cual
una serie de personajes que no tienen nombre propio sino números
(recurso que nos hizo recordar las técnicas del teatro radial
colombiano de los años cincuenta), realiza sus diálogos y pocas
acciones en un lugar igualmente indefinido (parece ser un tren
o
un bus, pues allí aparecen de vez en cuando limosneros o
saltimbaquis). Emparentada con las obras del irlandés Samuel
Beckett, en particular con Esperando
a Godot, no logra, sin embargo, ni por los personajes escogidos,
ni por lo que no sucede, un efecto dramático total. La obra termina dejándonos
la desagradable sensación de que no termina; su estructura es
excesivamente abierta, despersonalizada, expositiva, como la de
tantas obras de esta antología.
|
|
|
|
|
Las
tres obras que nos restan por comentar, aunque sea brevemente,
parecen todas compartir el estilo común del realismo, quizás hasta
del naturalismo. La condición,
de la chicana Margarita Tavera Rivera, pieza imposible de
entender completamente si no se sabe inglés, debido a que los
personajes intercambian los idiomas, es una obra breve, con diálogo
correcto, que comunica un adecuado conocimiento del arte teatral,
pero que no logra la altura “hispanoamericana”. Ello, a pesar de
que su tema, el del conflicto generacional entre jóvenes criados en
ambiente estadounidense y padres con ideas aún tradicionales, bien
habría podido ser representativo de muchas de nuestras sociedades
nacionales. Pero el problema se presenta casi como un tema folclórico,
muy regional. Su público, a causa también del muro del idioma,
parece excesivamente confinado a un grupo humano muy específico.
El
riesgo de vivir
corresponde
a la peruana Lucía Fox, que parece seguir las pautas del
teatro-documento, aunque en la obra también aparecen ciertos
elementos que podrían considerarse como del absurdo, o aun del
“realismo
mágico”, si se quiere. La terrible situación de violencia y de
contrastes e incomprensión social que caracterizan al Perú de hoy
—ya tantos otros países hispanoamericanos— constituyen los
motivos de esta obra valiente y valiosa, sin con vencionalismos políticos
evidentes, aunque sus escenas, en ocasiones, no parecen ligarse en
forma perfectamente coherente.
Finalmente,
pero no en último lugar, hallamos en Una
guerra que no se pelea, de la también peruana Sara Joffré, una
gran imaginación y capacidad técnica para elaborar una denuncia
documental del problema del aborto. Esta obra, concebida! como un
gran espectáculo, podría combinar medios tales como las día.
positivas, la declamación poética! (García Lorca, en este caso),
incluso seguramente el video, para lograr conmover a un vasto público
e impresionarlo con la monumentalidad y la diversidad de los
recursos; pero, debido precisamente a ello, podría predominar, en
fin de cuentas, la misma despersonalización de los conflictos y la
falta de unidad. En efecto, tampoco los personajes de esta obra,
como los de Miren el paisaje, tienen
nombre propio; la autora, al querer seguramente conmovernos con la
deshumanización del mundo moderno, con la indiferencia antelo pequeña
vida que apenas comienna, puede haber caído en su propia trampa:
terminar también presentán. domos un teatro deshumanizado sobre lo
más humano que pueda haber.
En
fin Voces en escena es una antología que tiene valores y es sin duda útil
no sólo por las obras allí recopiladas, ahora accesibles, sino por
sus excelentes y completas bibliografías. Tiene interés
suplementario, además, porque nos da la perspectiva de la
dramaturgia femenina en Hispano. america (ya que no en Latinoamérica,
porque no hay allí ninguna brasileña, ni ninguna haitiana). Pero
habría sido necesario, a mi modo de ver, ser más severo en la
escogencia de lo más representativo y más sobresaliente, de lo
verdaderamente continental, sin dejarse seducir, como parece haber
sido a veces el caso, por el manido argumento de la “feminidad”
para
perdonar las fallas. Las antologistas, sin duda entusiasmadas por
divulgar, al fin, obras de teatro escritas por mujeres, descuidaron
tal vez sus más estrictos criterios. Repetimos una vez más nuestra
firme convicción: en cualquiera de las profesiones a las que la
mujer tiene ahora abiertas las puertas, ser mujer no es suficiente.
FERNANDO
GONZÁLEZ CAJIAO
|