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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
El impulso, el recogimiento, el
antídoto
Whitman,
Dickinson, Williams.
Tres
poetas
norteamericanos / A propósito de Whitman,
Dickinson, Williams y su
obra
Traducción y selección de J. M. Arango
Editorial Norma, Colección Cara y Cruz,
Bogotá,
1991.
La
colección Cara y Cruz de la Edito. rial Norma nos facilita, con este volumen de poetas
estadounidenses, doble entrada a las obras de un trío central de la tradición poética
en lengua inglesa (¿o mejor dicho en la herencia del grano americano, como el
título homónimo del libro de W. C. W. de 1925: In
the American
Grain?). Dos libros distintos y complementarios (anuncia la
editorial en la nota de presentación) se dan cita en uno solo: por un lado, los poemas;
por el otro, ensayos sobre los autores. Y no es casual que sea J. M. Arango quien se haya
encargado de esta empresa. Conocido es su fervor, tan saludable y fértil, por el arte de
la traducción: otro tipo de exactitud, digamos.
En la zona de Cruz hallamos el artículo ya
clásico de José Martí sobre el poeta de Camden (publicado en 1887); es imagen fundadora
de la que se repartirán luego, como el maná, todas las figuras míticas del autor de Hojas de hierba en Hispanoamérica. Los modernista,
los vanguardistas, los poetas puros y también los sociales, los poetas
de ayer y de hoy, todos tuvieron o tienen su propio Whitman.
De
la señorita de Amherst se encarga Santiago Mutis, quien se manda
un ensayo intrigante
(es decir, que promete y no siempre cumple), pero pensado tal vez para un lector que
supuestamente tendría más interés en él que en ella: No quiero, pues, hacer un
juego de palabras, pero es necesario contradecirme para poder expresar claramente lo que
siento por Emihe [sic] (pág.
44). Para hablar de la poesía de Emily Dickinson, el escritor colombiano da más vueltas
que un pollo a la brasa. Y no es, repito, que su ensayo (poético) carezca de algún
atractivo; por ejemplo, el recurrir a Bachelard para revisar el concepto de
casa es una vía muy conveniente. Lo que sucede es que su prosa deviene
antojadiza como la masa de un buñuelo sumergida en la paila de aceite. Al final, el autor
se sale con la suya. Tenemos que soplarnos algunas confesiones no solicitadas: Nos
exigen toda una vida para escribir un verso... (pág. 38) y ...dice en Libertad y locura, mi amigo Luis Carlos
Restrepo (pág. 39).
Arango Escribe sobre el doctor Williams y lo
hace sin pretensiones(1). En alguna ocasión se le traban los conceptos o más bien las
palabras que emplea para destacar lo que él considera, y con razón, el dato importante
de la obra de Williams: la proposición de una poética. Respecto del poema sobre la
carretilla roja (flor de objetivismo), explica:
Cómo .sintetiza su visión, que es actitud, que es
sentimiento. Un sentimiento sin sen timentalismo, de intensa sobriedad. [pág.60].
Más que interesante resulta la comparación de
W. C. Williams con el doctor Benn, también poeta (2). Esto lo lleva al expresionismo
alemán para de inmediato lanzar una observación notable:
Qué
deferente William Carlos Williams.
En él todo es alegría. No hay cadáveres en sus
poemas, en todo caso no el cadáver de la morgue o de la cama de hospital. Hay, en cambio,
partos. [pág. 55].
La Tabla Cronológica del libro (págs. 78-116)
es, como todas las de su tipo, muy útil y también arbitraria. En una oportunidad aprieta
el zapato. En el casillero de la fecha 1866 aparece Rimbaud: iluminaciones. En ese tiempo Arturo era más
bien Arturito, pues tenía 12 años. Los textos en prosa que conformarían las iluminaciones, editados por Verlaine en 1886,
fueron escritos, según parece, entre 1872 y 1873 (o, de acuerdo con el propio Verlaine,
entre el 73 y el 75). Está bien, pues, que Rimbaud haya sido un poeta precoz, pero no es
para tanto.
Detengámonos
un momento
ahora la zona es Cara en la trayectoria que va de Whitman al
doctor Williams. El bardo de Nueva Jersey (y recordemos que W. C. W. elegirá
precisamente un pueblo en esa zona Paterson para contar la
historia de un hombre que es una ciudad, y viceversa) dialoga con las fuerzas naturales,
humanas, sociales. Su prédica la Voz, como
la entenderían los modernistas ocupa el centro de una lengua en ascenso. Es decir,
el interlocutor es la Utopía entendida como encuentro del Verbo poético y la
Constitución política del nordeste del país (posguerra de Secesión). Más que la
lengua de Whitman, lo que atrajo a los modernistas hispanoamericanos fue esa noción de centro. Arango lo explica bien: La línea
whitmaniana parecía más afín al versículo bíblico que al verso tradicional y Emerson
oye en ella un eco del periodismo de la época cuando sitúa su lenguaje entre el Bagavad Gita y el New York Herald
Tribune (pág. 13). Así, el ansia por convertir una obra en la expresión de un
sistema (la Democracia, cuando podía, en cierta medida, ser apreciada como un llamado a
la solidaridad humana) empató con el apetito cosmopolita de otros vates de otras lenguas.
En
el caso de Emily Dickinson, el punto de apoyo es ella misma. Más que monólogo interior,
se trata de una inmersión individual en el libro de oraciones, los himnos religiosos, la
Biblia (protestante). Una voluntad de conocimiento en distintas direcciones, desde la
cruda inocencia a la incorporación de un horizonte menos marginal: Aprendemos el
agua de la sed! y de la travesía de los mares la tierra,! el arrebato de la angustia/ y
la paz del recuento de batallas,! el amor de su hueco memorioso,/ de la nieve los
pájaros (135,/págs. 72-73); No lo sabía, pero el próximo/ trecho sería el
último.! Ello medio esta forma de ir, precaria,! que algunos llaman experiencia
(875, pág. 88). No será infrecuente, por ello, otro tipo de contrapunteo: La
convicción científica/ de que nada se pierde! a mi rota confianza! da validez en el
desastre... (954,! pág. 89); Qué diferencias hay en la sustancial que lo que
es suma para mí! es juzgado por otros financistas! sólo pobreza?
(1189, pág. 95).
Salvando las distancias de todo tipo, se podría afirmar que una indagación análoga
prevalecerá en un poeta contemporáneo como Roberto Juarroz y su teoría de la
verticalidad
(3).
Finalmente, el doctor Williams. Su diálogo es
con una especie de cuadro clínico en el que los personajes están tendidos en
la página como si fueran pacientes. Las reflexiones del poema son llamadas de alerta a
una lengua que sería la tradición de una diferencia (fractura de la oralidad), a la
manera del susurro de médico de cabecera. Esa voz se convierte en mirada y de allí el
apego a la pintura como espacio, por antonomasia, del arte de la composición. El poema se vuelve escozor y alivio:
Que la
víbora aceche bajo! la maleza! y sea la escritura! de palabras lentas y vivas, agudas!
para herir, silenciosas para esperar,! insomnes.!
¡
reconciliar
por la metáfora! hombres y piedras.! Compón. (Nada de ideas! sino en las cosas).
¡Inventa!! Saxigrafa es mi flor que hiende! las rocas (Una especie de canto, pág. 139). A veces también
se torna receta (en sentido médico, no retórico), prescripción verbal. En El gorrión
poema tan arte
poética como El ruiseñor de Keats
el lenguaje, además de servir como un intermediario al observador/lector, se propone
ocupar el lugar del pájaro en la página y morir (o acontecer):
Práctico
hasta el final
es el poema
de su existencia
que triunfó
al cabo;
un manojo de plumas
aplastado contra el pavimento.
las alas simétricamente
desplegadas como en vuelo,
descabezado,
el negro escudo del pecho
indescifrable,
la efigie de un gorrión
plana y seca.
dejada ahí para decir
y dice
sin ofensa alguna
bellamente;
Esto fui yo,
un gorrión.
[pág. 157].
Uno
podría revivir estas líneas en la poesía estadounidense con nombres más
cercanos a un presente en el que la ascendencia de emily Dickinson se percibiría en
Elizabeth Bishop, así como Whitman habla en el Supermercado del poema de Allen Ginsberg y
el coloquialismo del doctor Williams es afinado por Robert Lowell en sus Life Studies de fines de los años cincuenta. Estos
nombres, por cierto, están sujetos al cambio de opinión y de gusto. Lo que sí ha
preservado la trilogía inicial es una solidez inconfundible: el azoramiento del origen.
EDGAR
OHARA
1
Aunque ignoro por qué J. M. Arango
escribe
Elliot (págs. 51, 53, 58) cuando el apellido del autor de The Waste Land es Eliot.
2
Al respecto la nota de Eduardo Cote Lamus:
El extraño mundo de Gottfried
Benn (Gaceta 7 de Colcultura, págs. 27-29).
3
Ver, por ejemplo, el prólogo de Roger
Munier a Poesía
vertical: antología mayor, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1978.
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