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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
La
“ideología de la paz” sistematizada
Al
filo del caos. Crisis política en la Colombia
de
los años 8O.
Francisco
Leal Buitrago y Leon Zamosc (comps.)
Tercer
Mundo—Universidad Nacional,
Bogotá, 1990, 514 págs.
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Bajo
este título, Francisco Leal y Leon Zamosc publican, como
compiladores, 13 trabajos sobre el candente tema. El libro, cuyo
tremendo interés polémico es incuestionable, es el resultado de
una conferencia realizada a fines de 1989cm San Diego, en la
Universidad de California, auspiciada por institutos de investigación
de esta universidad y la Universidad
Nacional
de Colombia. Sistematiza lo que bien podría llamarse la “ideología
de la paz” como concepción de conjunto sobre el turbulento
proceso que viene padeciendo el país en los últimos tiempos. Entre
los autores se destacan, además de los propios compiladores, los
colombianos Eduardo Pizarro, Ana María Bejarano, Jorge Orlando
Melo, Salomón Kalmanovitz, Rocío Londoño y los estadounidenses
Gary Hoskin y Francisco E. Thoumi. Tras una parte general que ensaya
una explicación global de la crisis colombiana, se examina el
comportamiento de las distintas fuerzas del país agrupadas como
“actores institucionales” (partidos, militares, Iglesia,
gremios, sindicatos) y “actores sociales” (campesinado, grupos
armados, narcotráfico, etc.). La lectura del texto revela que una
común concepción sobre el desenvolvimiento político y social de
la Colombia reciente atraviesa los estudios recopilados; acaso ello
exima de reseñar cada uno de los trabajos en detalle y aconseje más
bien relevar los contornos de la aludida visión general.
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Salta
a la vista, en cuanto a la causa de la violencia en el periodo del
Frente Nacional, el criterio de que todo procede de una “crisis de
legitimidad” del régimen. La que, vagamente definida, consistiría
en la falta de credibilidad y confianza de la “sociedad civil”
—el país— hacia el gobierno y más laxamente respecto de las
instituciones imperantes. Fenómeno que se describe como
“deslegitimación” y cuyo origen estaría en las graves
restricciones a la participación política impuestas por el
monopolio bipartidista tradicional del poder, razón por la cual
amplias demandas sociales habrían sido represadas sin alcanzar una
expresión institucional normal. La violencia guerrillera habría
surgido así como el efecto más protuberante y desestabilizador del
orden frente nacionalista. Cualquier colombiano de las generaciones
de posguerra puede dar fe de los recortes que conllevó para la
democracia la instauración del Frente Nacional. Lo que puede
resultar fuertemente cuestionado es la premisa deque la violencia de
los grupos armados conformó precisamente la expresión de las
luchas sociales obstruidas institucionalmente. Asunto de importancia
crucial, puesto que ello implicaría, sise acepta la premisa en
cuestión, una especie de justificación-por-la-vía-de-la-explicación,
una “legitimación” de la violencia guerrillera a posteriori,
que es la impresión que dejan algunos pasajes de los artículos
centrales del libro. O, por el contrario, si se rechaza, tal
justificación no sólo se descartaría sino que la eficacia de la
acción violenta como pretendida expresión de las luchas
sociales, en las condiciones de la Colombia actual, quedaría
reducida al catálogo trágico de las aventuras extremistas.
Otra
tesis sostenida en el libro, cuya demostración en rigor no ofrece
ninguno de los estudios que trae, es la dc que, dándose una
“incapacidad mutua para derrotarse” entre el Estado y las
guerrillas, lo que sigue necesariamente, como única salida a la
confrontación, es la negociación. Negociación que, según afirma
uno de los autores, no debe circunscribirse a las razonables garantías
para que los integrantes de las agrupaciones armadas desmovilizadas
ejerzan sus derechos políticos y civiles en igualdad de condiciones
al resto de ciudadanos. Contrariamente, se sostiene, la negociación
tiene que ligarse indisolublemente a la reforma política del Estado
y a las reformas económico-sociales. Ligazón problemática, según
se ha visto. Ha entrañado para las organizaciones negociadoras no
simplemente el normal y deseable acceso a la lucha política legal
sino muy claros privilegios políticos, lo cual no viene a ser
precisamente una ejemplar reforma del régimen de “democracia
restringida” que se dice querer superar. Sin mencionar que, de
hecho, implica otorgarles a las agrupaciones armadas negociadoras
una representación de intereses vitales concerniente al conjunto de
la población que, ciertamente, ésta no les ha confiado. Y otro
problema, de no menor significación práctica, es que, si se
condicionan los cardinales asuntos del desarme y la desmovilización
a la realización da las reformas económico-sociales, la negociación
puede tornarse indefinida, habida cuenta que, en general, tales
cambios conllevan un periodo considerablemente largo.
Otro
supuesto básico del estudio se agrupa en un “paquete” de
afirmaciones muy relacionadas. Una de las más reiteradas se refiere
a la “teoría de la seguridad nacional”, como inspiradora del
enfoque militar oficial sobre el conflicto armado, que atribuye éste
exclusivamente a la acción de la “subversión internacional”
negando toda causalidad a los factores económico-sociales de carácter
nacional. Otra atribuye al acento fuertemente represivo del gobierno
da Turbay Ayala el resurgimiento de las guerrillas al finalizar la década
de los años setenta, cuando estas habían llegado a una etapa de
“crisis y des. agregación”. La primacía de las fuerzas armadas
en el manejo del orden público, así como el papel de los partidos
tradicionales, del Congreso, los gremios económicos y los grupos
paramilitares, se señalan como los principales obstáculos a la
meta pacificadora de la negociación política oficial con las
agrupaciones armadas. Fueron los gobiernos de Belisario Betancur y
de Barco los que posibilitaron, se remata, el inicio y los primeros
logros en tales negociaciones al cambiar la concepción oficial
sobre la violencia en el país.
Tales,
muy escuetamente expuestas, las más sobresalientes apreciaciones de
los autores de Al filo del
caos sobre la convulsionada época colombiana de los años
ochenta. Sobre la primera podría observarse que la “teoría deis
seguridad nacional”, elaborada pus Estados Unidos en los comienzos
de la “guerra fría” y obviamente “inscrita en el conflicto
este-oeste”, efectivamente reduce el asunto a un anticomunismo
hirsuto. Pero ningún examen pasablemente serio del escenario
internacional de posguerra puede omitir el papel determinante
desempeñado por el agresivo expansionismo soviético en el curso de
los acontecimientos mundiales, por lo menos hasta mediados de los
ochenta, particularmente en o a través de Cuba, Vietnam, Angola,
Etiopía, Yemen del Sur, Afganistán, Nicaragua, Granada, etc.
Colombia no fue ajena a estas realidades; episodios como la ayuda
cubana en el desembarco del río Mira, las armas nicaragüenses
halladas en los escombros del Palacio de Justicia y el incidente
diplomático con Nicaragua a raíz de su reclamación sobre San Andrés
y Providencia dan fe de ello.
Curiosamente,
este aspecto no ocupa más allá de un par de renglones del sesudo
estudio de los analistas. Sobre el "auge” guerrillero que se
atribuye, entre otros factores, a la represión en el gobierno de
Turbay, puede acotarse que —como lo registra uno de los estudios
del libro— al finalizar ese período presidencial “el M-19 se
encuentra al borde de la derrota militar”. Si algo se inició, fue
con la llegada de Betancur a la Casa de Nariño. Quien dejó claro,
con la remoción del ministro de Defensa, que la presunta “autonomía
militar”, si la hubo, ahora era poco menos que una fábula. Es
cierto que sectores del liberalismo y el conservatismo hicieron
reparos a la política de pacificación dialogada del gobierno de
Betancur pero fueron muy minoritarios; el grueso de ambos partidos
votó en el Congreso a favor de las iniciativas presidenciales de la
amnistía y el indulto. Y la misma “clase política” aprobó un
nuevo “perdón y olvido”para el M-19 ya en el gobierno de Barco.
En cambio, los gremios económicos opusieron en su mayoría una
resistencia —ora abierta, ora velada— al tipo de negociaciones
adelantadas con los grupos armados y, tal como se reseña en el
estudio, contra “el proyecto neoliberal” en materia económica
de los gobiernos de López Michelsen y de Turbay Ayala, que se renovó
“acerbamente” al final del gobierno de
Barco.
Nada de lo cual abona, ciertamente, la tesis de uno de los trabajos
del estudio, que, siguiendo la de Daniel Pécaut, ve en los gremios
el “anclaje principal” del régimen. En cuanto a los denominados
grupos paramilitares, se enfatiza en que terminaron por caer bajo la
influencia del narcotráfico luego de iniciarse con apoyo de mandos
militares regionales y de ganaderos. Y enseguida se observa
agudamente que las auto-defensas del Magdalena medio se organizaron
como respuesta a la práctica de la extorsión y los secuestros
llevados a extremos insufribles contra amplios sectores de la
población por uno de los frentes guerrilleros. En la misma línea
cabe hacer resaltar un vaticinio consignado por otro de los autores,
que los hechos vienen confirmando ampliamente: la continuación de
las acciones violentas de los grupos armados sólo acentuará más rápidamente
el reflujo y la pérdida de influencia de los mismos entre la
población civil.
Sin
duda que Al filo del caos será
un texto de principal interés, no sólo entre los académicos y
estudiosos de las ciencias sociales, sino también para los políticos
profesionales. Un texto utilísimo para esclarecer la naturaleza de
la llamada “repolitización” de la sociedad colombiana. No en
vano las tesis y nociones que expone han sido una suerte de doctrina
oficial desde el gobierno de Betancur hasta nuestros días.
PEDRO
YUDES
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