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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Un
fantasma en los valles
del poema
Pavana
con el diablo
Juan
Manuel Roca
Editorial
El Propio Bolsillo, Medellín, 1990.
Un
libro de Juan Manuel Roca que en su título mencione al diablo
despierta en los lectores colombianos de; nuestro momento una
considerable expectativa. En efecto, lo demoniaco
y sus alrededores han ocupado en la obra de este talentoso
poeta un lugar muy importante. Aunque, hay que decirlo, su signo
siempre ha sido ambiguo.
Indudablemente,
lo diabólico como paraje significativo ha sido una de las piedras
fundacionales en la construcción de esa voz tan definida que hoy
conocemos como lo de Roca. Le ha permitido apuntalar ese tono sombrío
con el que se ha propuesto describir los dolores de su circunstancia
histórica, de su país, para emplear una expresión que en él es
recurrente. Y al mismo tiempo, este resorte le ha hecho posible
aludir a la rebeldía contra esta realidad ominosa, rebeldía que la
misma representación convencional confina en el reino de la
proscripción y de lo diabólico. Así, en su andamiaje verbal,
infernales son los tiranos sangrientos que oprimen sin piedad a su
“país” y, simultáneamente, diablos son los disidentes que se
erigen en resistencia frente a esta condena. Privilegio de la
palabra poética de apuntar en distintas direcciones y con la misma
eficacia. Pero cuando hablo de ambigüedad, no me refiero a esta
tensión que de hecho es un logro del poder polisémico de su obra.
A lo que aludo es a la circunstancia de que si este elemento ha sido
uno de los motores creativos en la obra de Roca, también ha sido
una de sus amenazas.
En
efecto, lo gótico, lo aceptable, lo avérnico, como retórica, es
un enemigo temible, Y no sólo por el largo trayecto que ha corrido
ya en los cauces de la literatura (y una de las realidades más
tercas e incómodas para los escritores es el hecho de que las
palabras se gastan y su agudeza significativa se embota), sino
porque los giros históricos han terminado por descomponer su
sentido:
pervertido,
ya apenas sobrevive en los estratos bajos de la infracultura o, a lo
sumo, lo frecuente es que sólo ofrezca soporte para el guiño semántico,
para el flirt significativo (la noche del vampiro es hoy la oscuridad del
cinematógrafo). Estas consideraciones realzan la competencia de
Roca como poeta: es su poder excepcional sobre la lengua lo que le
ha permitido extraer de ese material tan espinoso sentidos
trascendentes, sólidos, evocadores, de los que está poblada
su poesía.
Pero,
pese a su título, el libro Pavana
con el diablo reserva sorpresas al lector. En una primera sección
que tiene el mismo título del volumen (y de uno de los poemas),
efectivamente acuden estos personajes penumbrosos: los vampiros, las
hechiceras y, por supuesto, el mismo diablo. Pero, contra toda
expectativa, en Roca, en quienes, aunque no lo parezca, siempre ha
habido una voluntad de coherencia (de coherencia poética, se
entiende), aquí estos caracteres tienen un engarce significativo
muy heteróclito. Sus alturas son muy distintas; sus temperaturas
afectivas, absolutamente dispares. Sí, hay hechiceras que se
consumen en una fiebre metarreal, pero también vampiros que
simplemente son mediocres críticos de arte. El mismo diablo es el
menos tenebroso de esta familia, y más bien pícaro y juguetón.
Todo parece indicar que la malignidad como punto de convergencia de
estos personajes es un lazo bastante externo, casi un pretexto, y
que debe existir un nexo que los acerque realmente, más soterrado,
más sólido.
Yo
creo que este lazo ya existe. La clave la veo en el poema que da
nombre a la sección y al libro. Se ocupa nada menos que del
consabido tópico del pacto con el diablo. Pero este es un diablo
que, más que malvado y aterrador, simplemente es un fullero, un
tramposo taimado: al poeta que le entrega su alma sólo le da a
cambio “el poema”. El demonio se ríe de la ingenuidad de su
contraparte, que recibe algo que es una ilusión y que es, a la vez,
un tormento.
El
libro, entonces, no trata del diablo como espíritu del mal ni,
centralmente, de las otras significaciones de distinto tono que
normalmente se le han adscrito. En este caso se habla de la
literatura, de la poesía. Y de una concepción de ella. El demonio
es el
poema.
Los dos son oscuros, indisciplinados, incomprensibles, ilusorios,
son un tormento, una condena. Con ellos Roca, el poeta, tiene una
relación contradictoria: se queja de ellos, los precisa; a veces lo
asustan realmente, normalmente conviven en una casi - camaradería.
Es lo que dice realmente Roca y lo que dice el libro.
Esta
forma de abordar el tema torna comprensibles algunas cosas, además
del encadenamiento de estos poemas iniciales tan disparmente
demoniacos: una de ellas, la presencia de la segunda sección del
libro, que se titula “Espía del verbo”. Como lo sugiere su
nombre, ella gira de manera explícita alrededor de esas conexiones,
siempre difíciles, entre literatura y realidad, poesía e imaginación,
palabra y sueño. Vista así, no se refiere a asuntos diferentes de
los de la primera sección, aunque aquí no haya olor a azufre.
Y
hace entendible que el libro se abra con un poema, que está
incluido en la sección demoniaca (aunque en él no haya ningún
trazo de retórica), que es una de las reflexiones más bellas de
Roca sobre la poesía: según él, ella nació cuando el pastor
primitivo, en vez de usar el lenguaje para referirse a la realidad
objetiva, mintió: el lobo no venía, pero venía la ficción, la
capacidad de fabular. No venía nadie, pero, en palabras de Roca,
“desde entonces, nadie es un eterno personaje, un fantasma en los
valles del poema”.
SAMUEL
JARAMILLO
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