Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

La literatura   en el exilio


Cantata para dilinquir
Alvaro Gómez Monedero
Plaza y Janés, Bogotá, 1991, 197 págs.

żExiste una literatura colombiana en el exilio? El número de obras publicadas por escritores colombianos en el exilio constituye ya un corpus voluminoso y creciente. Sin embargo, la sola existencia de las obras no asegura la existencia de una literatura. Se necesita además registrar una respuesta de los lectores, un marco de conceptualización; establecer un juego de tendencias, unas relaciones temáticas, una historia y una crítica. Si las literaturas chicana y puertorriqueña en los Estados Unidos han sido bien estudiadas y cuentan con un apoyo cada vez más sólido, la colombiana, por el contrario, ha estado clamorosamente desamparada.

Con frecuencia sucede con las obras lo mismo que con los exiliados: no son estadounidenses (o venezolanos o franceses) porque aún no han sido aceptados plenamente por la cultura receptora. Tampoco se consideran colombianos, porque ya no están en el país. Sus obras apuntan hacia una sensibilidad y unos temas o entrañan un lenguaje que ya no son típicamente colombianos, y por tanto se dejan en el limbo.

Por fortuna, dos especialistas se han propuesto recientemente investigar este campo en lo que respecta a los Estados Unidos. Alfredo Arango Franco, en una monografía aún no publicada, “Literatura Colombiana en Nueva York, de la sombra a la marginahidad” y Jonathan Tittler, de la Universidad de Cornell, en varios artículos (1)

Tittler propone la expresión aglutinante “literatura neocolombiana” y define cuatro vías de acercamiento, de acuerdo con eh grado de utilización del idioma extranjero dentro del texto: “español puro”, “español dominante con inglés”, “inglés dominante con español” e “inglés puro”. Un cuento de Alvaro Cepeda Samudio, los poemas de Olga Helena Mattei y Armando Romero, y novelas como Oro colombiano de Jaime Manrique, La muerte de Alec de Darío Jaramillo, Trasplante a Nueva York de Pineda-Botero, La otra selva de Boris Salazar y El círculo del alacrán de Luis Zalamea serían algunas piezas de este corpus creciente, al que acaba de sumársele ahora Cantata para delinquir.

Alvaro Gómez Monedero (melómano, campeón nacional de golf, administrador de empresas, poeta) había publicado El pequeño concierto (narrativa), Vuelta a una tarde en 80 cuadros (novela) y dos poemarios, En uno de sus versos dice: “La vida no es sino un inmenso juego de palabras”. Tal parecería ser el motivo central de Cantata para delinquir: un discurso ininterrumpido de casi doscientas páginas, de un jalón, sin divisiones de capítulos ni puntos aparte; expresión de una conciencia que en su soledad extrema, durante el exilio en Miami, se trata de explicar a si misma las circunstancias que motivaron la expatriación. La anécdota, que sólo se descubre al final del libro, bien podría haber sido inspirada en cualquiera de los miles de casos que diariamente suceden en Colombia: secuestro, extorsión, muerte trágica.,. Dos amigos, Reynaldo y Raúl; Mariaé, esposa de Raúl. Raúl, víctima de un secuestro; Víctor jefe de los plagiarios. Reynaldo, llevado por las circunstancias a desempeñar el papel de negociador, no sólo fracasa en sus gestiones sino que acaba enamorándose de la esposa de su amigo y quedándose con el dinero. El episodio termina en huida y exilio y en la búsqueda de un paraíso ilusorio:

Miami, falacia que pronto se derrumba. Y comienza el infierno, porque para el protagonista ya no hay regreso. Esta anécdota, así, tan escuetamente contada, adquiere especial dimensión literaria por las estrategias escriturales que desarrolla el autor. El yo narrador, a lo largo de casi toda la novela, apoya su discurso en elementos circunstanciales liricamente contados y cuya importancia sólo se revela al final: un apartamento lujoso desde el cual se divisa un trozo de mar, una piscina bajo el sol, botes con motor fuera de borda por los canales, playas, supermercados, supercarreteras. Y, sobre todo, la presencia permanente y obsesiva de la música de Bach. Las frases se suceden como significantes juguetones sin vocación verdadera de significar, como si más que revelar buscaran ocultar una verdad dolorosa. Es la lucha de una conciencia por acallar una confesión, por evitar volcarse sobre sí para describir-analizar-justificar las relaciones de ese triángulo fatídico compuesto por Reynaldo (quien habla)-Raúl-Mariaé. Las cantatas de Bach, tocadas por horas y horas, son la única droga eficaz contra el desespero y el remordimiento.

Otras formas del acallamiento son la enumeración de adjetivos y sustantivos y la repetición de temas como el odio al mar yen general a los paisajes de la Florida, el ocultamiento de la nostalgia, la tentación del suicidio,’ el odio a la madre, la sensación de haber encontrado un Aleph borgiano en el techo, la idea elusiva de Dios. En resumen, alienación; poca estima de sí, introspección dolorosa y la soledad desesperada del exiliado. Cuando la conciencia que narra logra orientar el discurso por el terreno firme de la confesión, el lector puede ordenarlas piezas del rompecabezas. Pero no hay clima salvador. Mariaé ya no regresará, no hay justificación posible a la traición. La niñez —el verdadero paraíso— ya no retornará, y Bogotá es inalcanzable.

Al estar escrita desde una perspectiva homodiegética-intradiegética (el narrador no sólo participa en los hechos narrados sino que penetra en la conciencia de otros personajes con el uso de diálogos imaginados principalmente en relación con Mariaé), las sensaciones de introspección, autoconciencia, intimidad, son máximas. Es decir, en esta obra no se trata de hacer apreciaciones sobre la realidad colombiana o estadounidense sino ahondar en los móviles y en el cuadro psicológico del exiliado. La huida hacia el extranjero más bien parecería una huida hacia el corazón del protagonista. Pero el juego de palabras, el esfuerzo mismo de la confesión, nada positivo le han aportado al exiliado. Sólo quedaría prolongar un poco más el juego, dándole vuelta al disco para escuchar otra cantata.

ALVARO PINEDA-BOTERO

1 Jonathan Tittler, “Pacific Ethnics: The Neo-Colombian Stories of Andrés Berger and Silvio Martínez Palau”, ponencia presentada en el Congreso Hispánico de la Costa Pacífica de las Américas, Universidad Estatal de California, Long Beach, 27 de abril de 1990) (regresar 1)