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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Los
devoró la anáfora
La
otra selv
a
Boris Salazar
Tercer Mundo, Bogotá, 1991.
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Como
su vida, la muerte de José Eustasio Rivera era novelable. Pero
también, sin duda, como la vida y la muerte de muchos otros. Si
Boris Salazar eligió novelar la muerte de Rivera en Nueva York fue,
digamos, por afinidad, porque también él es escritor, porque vive
en Nueva York y, además, porque hay ciertos misterios en los últimos
días de Rivera que su biógrafo más minucioso dejó sin resolver
(1)
,
Así
por ejemplo: ¿murió Rivera envenenado?, ¿se entregaba en Nueva
York a ciertos desórdenes sexuales que le produjeron la muerte?, ¿qué
sucedió entre Rivera y “Miss Weingest”, aquella dama otoñal
que le enseñaba inglés?, ¿en qué fundaba la convicción de que
lo espiaban y de que alguien metía mano a su correspondencia?, ¿comprometía
su novela La mancha negra los
intereses de algunas compañías petroleras estadounidenses y de sus
serviciales políticos colombianos?, ¿quién aprovechó un descuido
del escritor para revolver sus libros y documentos?, ¿por qué razón
los manuscritos de La mancha negra no figuran en el inventario de sus pertenencias que
el consulado colombiano realizó después de su fallecimiento?
Ante
la incapacidad de la crónica histórica para responder a estas
preguntas de manera definitiva, Salazar ha decidido alimentar con
ellas su propia imaginación. No ha sido fácil, no siempre lo
novelable termina en buena novela y mucho menos cuando los
protagonistas son personajes históricos demasiado conocidos. La
historia y la literatura son hermanas hipócritas, se sientan a la
misma mesa pero no comparten lo mejor de su pan entre ellas. Por ese
motivo, lo más valioso en la obra de Salazar es la independencia
que la imaginación del autor ha querido mantener con respecto a la
historia, la libertad que su novela se toma a veces con relación a
sus fuentes, la diferencia que hay en ocasiones entre el estilo
fresco y desenvuelto de Salazar y la solemnidad y el tono condolido
que gobiernan las biografías del escritor.
Dos
personajes, dos voces principales, se disputan el relato. En primer
lugar, la voz nostálgica de Clara Weingest, una delicada cuaretona
que Rivera enamoró y que ahora, en la vejez y a orillas del Hudson,
redacta con melancolía sus recuerdos del escritor al tiempo que
intenta comprender las circunstancias que la separaron de él: el
dominio que la vocación literaria ejercía sobre Rivera, las voces
femeninas que ella escuchó venir de su apartamento y que la
disuadieron de llamar a su puerta, el retraso con que llegó a
Rockaway, cuando el escritor ya había salido del Park Inn Hotel y
marchaba hacia Nueva York y hacia la muerte. En segundo lugar, la
voz paródica y tragicómica de un escritor espía que después de
tantos años escribe su arrepentimiento y refiere cómo vigiló a
Rivera, cómo se hizo su amigo, cómo lo siguió por las calles de
Nueva York, escondiéndose tras de los árboles, caminando en puntas
y corriendo en zigzag. A toda costa, el espía busca la comprensión
y el perdón del lector. Explica que la debilidad de su carácter,
la precariedad de su situación económica y su condición de
escritor fracasado, lo obligaron a aceptar el dinero que le ofrecía
Manuel Lesmes para que vigilara a Rivera, el mismo Lesmes quizá que
aparece en la última parte de
La
vorágine
y
que Salazar ha puesto ahora como cronista social de La Prensa y
lacayo de las compañías petroleras estadounidenses
(2)
.
Además
de Miss Weingest y del escritor-espía, hay otras voces en la
novela, otros episodios que Salazar atribuye a la misma imaginación
de Rivera o a su pluma: las ultimas páginas de La vorágine
escritas esta vez por Alicia y dos supuestos capítulos de La
mancha negra en los que se refieren las disparatadas ínfulas de
seductor de Carlos Adolfo Arrieta,el caricaturesco y servil
exministro de Minas y Petróleos de Colombia. Estos son, tal vez,
los episodios más débiles de la obra, y no tanto porque estén
escritos sin un estudio previo del estilo de Rivera (el escritor-espía
desdeña rutinariamente el ejercicio de la crítica literaria) o
porque desarrollen más o menos un argumento previsible (Arrieta,
borracho, despedido de la fiesta en que intenta seducira la rubia
esposa de su anfitrión), sino porque Salazar ofrece al lector estos
episodios como una suerte de “evidencia”, como una demostración
de que Alicia fue la única mujer capaz de comprender a Cova/ Rivera
o de que, en caso de haber existido, las denuncias de La
mancha negra representaban en efecto una amenaza para los políticos
colombianos.
La
narración desenfadada de La
otra selva se debilita siempre que el autor sustituye el tono
paródico por el de la convicción, cuando abandona el propósito de
conservar en vilo los misterios que la crónica histórica no
resuelve, y prefiere ceder a la tentación de conmover al lector, de
ganarse su afecto y parecerle de algún modo convincente. En estas
ocasiones el recurso favorito de Salazar es la anáfora (la
disposición en columnas es mía):
¿Por
qué en lugar de seguir los pormenores de la vida del poeta Rivera,
no me lancé por el otro camino, el de saber quiénes eran mis
patrones, qué fines perseguías, cuáles eran sus debilidades?
¿Por
qué —pienso ahora mientras escribo— me dejé llevar por mi
interés en la vida de los demás por esa idea de creer que unas
cuantas desgracias, que una cierta cuota de soledad nos hacen
hermanos de la misma causa?
¿Por
qué no escogí la vía de descubrir la verdadera identidad de mis
patrones? [El escritor-espía, pág. 104].
Pero
en mi corazón no hay optimismo ni alegría: algo me dice que las
armas y la rabia sólo nos darán unos días de más, que seguimos
atrapados en esta selva llena de apestados de moribundos, de
asesinos. Quizás esté siendo pesimista,
quizás
el parto me haga sentir mis sensible, más débil, menos dispuestas
continuar
la
lucha por nuestro hijo por mi hijo.
Quizás
Arturo tenga razón en mantener su optimismo, en soñar con un mundo
menos cruel para nuestro hijo, en ver en los apestados un accidente
más del paisaje, no una premonición de nuestro futuro. [Alicia, pág.
108].
El,
que
a veces parecía tan sencillo, tan cercano, tan elemental, y
que otras, se transformaba en un ser lejano, difícil, denso, al que
tú debías tratar de entender.
Tú
que sabias tan poco dc la vida; Tú que derivabas casi todo el
conocimiento
que
creías poseer del ejemplo de tu abuela, de su lucha, de sus huidas,
de sus encierros, de sus sueños, de sus problemas.
Tú,claro,
te sentías incapaz de estar a la altura del desafio que te había,
llegado un domingo por la tarde, al leer el “Times”.
[Miss
Weingest, pág. 121].
Casi
todo acaba por rendirse en esta novela a las monótonas seducciones
de la anáfora yen muchas ocasiones lo que parece más apartado de
ella —el ejercicio de la parodia, el cuestionamiento de las
verdades que ofrece la crónica histórica, la idea de que las
palabras no comunican nunca la verdad de los hechos— termina por
diluirse también en su “vehemente discurso de verdades”. Dice
el escritor-espía, siempre en estilo anafórico:
Pero
no se trata de ser fieles
a los hechos, no se trata
de describir minuciosamente lo ocurrido en esos meses de 1928: no sólo
porque es una empresa imposible, sino porque un relato está hecho de
palabras, de voces, de juegos verbales, no de hechos puros y simples que llegarían a
este mundo con la forma de ser contados bajo el brazo. [pág. 30].
Las
mejores páginas de La otra
selva son aquellas que la anáfora no devora, los lugares donde
la narración se ocupa menos con las convicciones de los personajes
con que la obsesión tragicómica del escritor-espía por las
palabras, las voces, los juegos verbales, todos esos minuciosos
problemas de la composición narrativa que debe resolver a cada
instante, lo mismo cuando imagina ser el valiente detective escapado
de una novela negra (pág. 33), que cuando discurre acerca de la
conveniencia o inconveniencia literaria de desayunar huevos solos o
con tocino (pág. 30). Es el mismo humor inspirado en “los gajes
de escribir” que el lector puede encontrar en novelas colombianas
como Juegos de mentes (1980)
de Carlos Perozzo, Sin remedio
(1984) de Antonio Caballero y Las
puertas del infierno (1985) de José Luis Díaz Granados. Todas
estas novelas abundan en reflexiones literarias, parodias de otros
textos, burlas al destino de los protagonistas y a las palabras que
llenan y rellenan las mismas páginas que estamos leyendo: “Pero
ahora mismo no sé cómo continuar; no encuentro la fórmula precisa
para volver a mi historia” (pág. 28).
A
diferencia de los comentarios de autor que abundan en las novelas
tradicionales (las de Carrasquiha o las de Galdós, por ejemplo),
los comentarios que aparecen en estas novelas contemporáneas no
pretenden corregir la opinión moral del lector o informarlo acerca
de algunos detalles antropológicos, sino más bien poner delante de
sus ojos el espesor del lenguaje, la materia misma de las palabras.
Son comentarios cuyo principal objetivo es trastornar el argumento,
proponer otras alternativas al destino de los personajes, ilustrar
el envés de la historia (el envez
de la historia) presentando los hechos del pasado menos en su
condición irrevocable que en la infinita posibilidad de lo que
hubiera podido suceder, como ejercicio de un arte combinatoria.
Dos
voces se disputan el relato de los últimos días de Rivera en Nueva
York: la voz nostálgica de Clara Weingest y. la voz tragicómica de
un escritor-espía. De igual forma, dos doctrinas contradictorias
del lenguaje parecen competir en la novela: la fe en la verdd que
inspira la monótona vehemencia de las anáforas y el
cuestionamiento de lo verdadero que se encuentra en la desenvoltura
humorística de la parodia. Al final, podemos suponer la manera en
que se decide esa disputa: es como si el tono humorístico y tragicómico
que caracteriza las páginas del escritor-espía acabara vencido por
el tono nostálgico de Miss Weingest, como si el escritor que una
vez se propuso parodiar el género de la novela negra a propósito
de los misteriosos días de Rivera en Nueva York terminara seducido
por el mismo pensamiento literario de Rivera, por la convicción de
que la literatura tiene un compromiso de hierro con la verdad (“Mi
querido amigo —le dice Rivera al espía— hay gente que le teme a
la literatura cuando ésta se atreve a decir la verdad” [pág.
90]. Sin proponérselo, La otra selva ilustra la añoranza por los tiempos en que la
literatura
ocupaba un lugar central en el marco más amplio de nuestra cultura.
J.
E. JARAMILLO ZULUAGA
1
Eduardo Neale-Silva, Horizonte
humano:
vida
de José Eujtasio Rivera,
Madison,
The University of Wisconsin Press, 1960, especialmente el capitulo
titulado “Tras el dios becerro”.
(regresar 1)
2
Hacia el final de la novela, Arturo Coya tropieza en el
campamento de Zoraida Ayram con el despreciable Petardo
Lesmes, «un individuo que usaba abrigo impermeable y volteaba
en los dedos un latiguillo de balatá” (en la novela de Salazar el
latiguillo se ha transformado en un inquietante paraguas negro).
Coya denuncia la cobardía de Lesmes con las mujeres y el desfalco
que perpetró en la Caja de la Junta de Crédito Distrital, y
agrega, remedando la voz de Lesmes: “Vine por aquí mientras
olvidan aquel desfalco. Tornaré presto, diciendo
que andaba por Nueva York, y llegare vestido a la moda, con
abrigo de pieles y zapatos de calla blanca, a frecuentar mis
relaciones, mis amistades y a obtener otro empleo fructuoso” (el
subrayado es mio).( regresar 2)
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