Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

 

Buen relato, flojo análisis 


Relaciones colombo-británicas de 1823 a 1825:
según lo
s documento s del Foreign Office.
Antonio Vittorino
Ediciones Uninorte, Barranquilla, 1990, 120 págs.

El objetivo primordial del profesor Vittorino es la identificación, muestra e interpretación de aquellos hechos preliminares que influyeron en la tan esperada decisión del gobierno británico de establecer relaciones diplomáticas con nuestro país, reconociéndolo como estado, “con todos los derechos y obligaciones que tal concepto encierra: entidad política soberana, autónoma, con territorio y población definidos, autodefensable y responsable de sus actos y el de sus ciudadanos” (pág. 1).

Puede decirse, sin incurrir en equívocos, que la investigación realizada fue extensa y exhaustiva, por lo menos en cuanto a las fuentes primarias inglesas, pese a la poca bibliografía que trata el tema, pues éste en ocasiones ha sido integrado “como parte de un esquema muy amplio —relaciones intercontinentales o historias políticas o económicas del siglo XIX— o lo tratan tangencialmente y como incidente acontecido alrededor de una persona u otro tema —bio­grafía o historia de un período—” (pág. 1).

El autor extrajo del Public Record Office (Archivo Nacional inglés) aquellos documentos que se guardan en la sección destinada al Foreign Office (Secretaría de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña), y hace con ellos una labor de filigrana y amalgama, llevándonos de la mano hasta el despacho de los ministros de relaciones exteriores ingleses Castlereagh y Canning. También nos sitúa ante aquellas cartas que escribieron algunos colombianos, ante la preocupación de los comerciantes ingleses y la inestabilidad del apoyo del gobierno nacional a los empréstitos negociados por Francisco Antonio Zea y López Méndez; las enviadas al Foreign Office y al almirantazgo inglés motivadas por los conflictos navales entre los dos países, etc. El libro, pues, es un valioso aporte a nuestra historiografía diplomática y una oportunidad que se le brinda al lector para consultar de manera indirecta uno de los archivos más importantes y mejor organizados del mundo.

El hecho de que la mayoría de los documentos utilizados por el profesor Vittorino en la investigación fueron transcritos y traducidos, les brinda a los investigadores la posibilidad de utilizarlos en otras obras, e inclusive pedir copia de ellos a Londres, gracias a la excelente información que proporcionan las citas. Sin embargo, la obra no es una mera exposición documental: “Tratando de lograr la mayor objetividad posible, en el presente trabajo se [...] deja hablar al documento y luego se le interpreta” (pág. 1). La investigación se limita a los años comprendidos entre 1823 y 1825, los cuales enmarcan la actividad diplomática colombiana, ejercida por agentes y ministros plenipotenciarios que viajaron a Europa con cierta regularidad.

Como es fácil de suponer, el naciente gobierno colombiano tenía gran interés en que se produjera este reconocimiento, no sólo en Inglaterra, sino en las demás potencias europeas. Para lograrlo expone toda clase de razones, sin olvidar el empeño —recíproco por cierto—de acrecentar, regular y reglamentar las relaciones comerciales entre Gran Bretaña y nuestros puertos del Caribe. En 1825 se logra por fin este objetivo, consagrado oficialmente por un tratado de comercio, amistad y navegación.

Anteceden a la obra un prólogo, escrito por Gustavo Bell Lemus, y la introducción, donde el autor expone la tesis central, la metodología utilizada, el marco histórico donde se desarrollaron los acontecimientos y el interés y aporte que pretende al publicar la obra. Hay una cronología básica que empieza en 1582 con la reseña de las rebeliones suscitadas contra el imperio español en el territorio de la Nueva Granada y termina con los sucesos de Londres respecto de las misiones colombianas encargadas de lograr cl reconocimiento.

El libro consta de nueve capítulos. Por medio de ellos, el autor nos cuenta la opinión que les merece a los colombianos el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Gran Bretaña: en la Memoria de la Secretaría de Estado y Relaciones Exteriores de Colombia, Pedro Gual argumenta, entre otras cosas, que “siendo el comercio de la Gran Bretaña el que tiene más relaciones con nosotros, habría sido fácil entendernos una y otra parte [...]. Pero nada de cuanto hemos hecho hasta el día, ha podido inducir al gobierno de S.M. Británica a entrar en relaciones directas con este país” (pág. 9). Así mismo se analizan las relaciones informales que han existido entre Colombia y la Gran Bretaña desde las primeras épocas de la colonia. Estas eran “esporádicas, sin definición de metas comunes [...]. En su mayor parte son dependientes del contrabando buscando la conquista directa de mercados” (pág. 13).

Se describen las actividades diplomáticas realizadas por los enviados de Colombia a Europa, y el logro de haber alistado británicos e irlandeses para colaborar en las campañas libertadoras; el nombramiento de Francisco Antonio Zea como agente diplomático en Europa, “con la doble misión de obtener el reconocimiento de la república y de encontrar un empréstito” (pág. 21); la correspondencia con el Foreign Office relativa al empréstito de dos millones de libras esterlinas suscrito en 1822 entre Zea y la firma británica Herring, Graham and Powles.

La actitud de Zea frente al reconocimiento de Colombia es calificado de “atrevimiento” por el autor; nuestro agente escribe una carta el 8 de abril de aquel mismo año desde París al ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña, Castlereagh, exponiendo, “primero los fundamentos jurídicos, sociales y económicos del reconocimiento de Colombia, y segundo, la postura de ésta, en forma arrogante, con una amenaza para el caso deque no la reconociesen dentro de un plazo razonable: si nos reconocen abrimos puertos y territorios; si no, los cerraremos” (pág. 28).

Nos habla de la actitud del sucesor de Castlereagh, George Canning, frente a las recién liberadas colonias americanas; la aparición de Revenga en reemplazo de Zea; los problemas con los acreedores de los empréstitos colombianos; los informes que va recibiendo el almirantazgo inglés y el Foreign Office sobre la situación política colombiana y sobre algunos percances navales en puertos colombianos; la formación de una comisión inglesa para estudiar la situación colombiana con miras al reconocimiento; el nombramiento de James Henderson como cónsul general, y otros cónsules para La Guaira, Mara. caibo, Cartagena y Guayaquil; los corsarios ingleses en las costas colombianas, los prestamistas y la mala prensa que se le daba en Colombia a. las negociaciones con Inglaterra.

Se menciona el temor de la Gran Bretaña de que Francia, “una vez dominase a España [...], pretendiese apoderarse de una parte de las colonias americanas” (pág. 73); la oposición al reconocimiento de Colombia en cl parlamento inglés; el crédito colombiano en el exterior, menguado por “la serie de autorizaciones y desautorizaciones de Bolívar y Santander respectivamente” (pág. 90); los informes de los comisionados y los cónsules y, finalmente, el reconocimiento de Colombia como país independiente y autónomo.

Como se puede apreciar, el cubrimiento del tema es bastante completo en cuanto a los hechos, pero en algunos puntos falta profundidad en el análisis, específicamente en las páginas que tratan sobre la posición de los intereses políticos y económicos de Inglaterra, Francia y España ante las colonias americanas. Podría decirse que para tener una comprensión global habría que consultar otras obras que complementen los elementos de la historia del siglo XIX, particularmente aquellos que analizan el papel que desempeñó la Santa Alianza.

Para terminar, la obra trae un indice analítico de materias, un índice de nombres de personas y otro toponímico que facilitan su consulta.

ANGELINA ARAÚJO.