Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

The amazonan factor:
la Amazonia termina devorando a sus devoradores


La economía extractiva en la Amazonia  
colombiana, 1350-1930.

Camilo Domínguez y Augusto Gómez
Corporación Colombiana para la Amazonia
Araracuara, Bogotá, 1990, 279 págs.

La Amazonia colombiana, a pesar de cubrir una superficie inmensa del territorio nacional, tradicionalmente ha sufrido la falta de estudios históricos y económicos. Para la región de los Llanos empiezan a multiplicarse los títulos, pero para la Amazonia los estudios de nivel profesional siguen escaseando, con las excepciones significativas de los campos científicos y antropológicos. 

La publicación de La economía extractiva en la Amazonia colombiana significa avanzar un poco más en la larga y dispendiosa tarea de crear una mínima bibliografía de historia económica.

“La economía extractiva es una forma de saqueo”, y según ese enfoque los autores elaboran su monografía. Constantemente los autores se ven obligados a demoler las visiones idílicas de la Amazonia: “Aunque resulte duro para las idealizaciones románticas, hay que reconocer que, directa o indirectamente, los grandes viajeros científicos del siglo XIX y principios del XX estuvieron al servicio de la expansión de los imperios económicos. Detrás de ellos llegaban los ejércitos coloniales, las compañías de comercio y, en el mejor de los casos, los diplomáticos”. Mediante una argumentación irrefutable, el libro muestra cómo la actividad económica en la Amazonia colombiana ha sido dirigida a sacar, lo más rápidamente y al menor costo posible, cualquier producto con demanda en el exterior. Los lectores que confíen en encontrar la bastante divulgada dicotomía entre los extranjeros como malos y los nacionales como buenos quedarán decepcionados, pues, a través de abrumadora documentación, los autores muestran cómo los empresarios colombianos ejercieron el mismo patrón de comportamiento rapaz. Para los colombianos del interior como para los ciudadanos de otros países, la Amazonia colombiana ha sido tierra de nadie, abierta tanto al saqueo como a la destrucción de sus recursos naturales.

El libro está dividido en tres partes. La primera, de 57 páginas, cubre el auge quinero de 1850-1883. La segunda, de 150 páginas, detalla los cauchos y otras gomas elásticas. La tercera, la más breve, de apenas 25 páginas, trata sobre el oro, la sarrapia, la zarzaparrilla y la tagua. Paradójicamente, esta tercera parte del libro es la mejor de las tres, pues en ella los autores logran presentar una síntesis lógica y ordenada de la información existente. En el capítulo sobre el oro hacen la más clara y efectiva utilización de documentos inéditos en el libro. Cualquiera de estos capítulos de la tercera parte se puede recomendar para estudiantes y antologías.

La primera parte del libro, sobre las quinas, arranca muy bien con una presentación directa sobre su botánica, y el capítulo segundo continúa con una discusión excelente sobre el papel de las quinas dentro del sistema económico mundial. Los autores han sabido aprovechar la visión de José Antonio Ocampo en su Colombia y la economía mundial, trabajo enciclopédico que permite situar en su verdadero contexto cada una de las exportaciones colombianas del siglo XIX. Los otros capítulos (III a VI) narran las actividades quineras en el territorio colombiano, no de la manera ágil y sintética de la tercera parte, sino dentro de una creciente profusión de citas y largos extractos de textos, en su mayoría publicados anteriormente. El capítulo IV, sobre la Compañía de Colombia, detalla una compleja narrativa legal extractada del Diario Oficial, para culminar con un informe supuestamente inédito pero previamente divulgado en mi trabajo Los Llanos: Colonización y economía. Entre los largos extractos de publicaciones, se destacan aquellos de Las memorias de Rafael Reyes; como estas memorias se encuentran fácilmente disponibles en reciente edición del Fondo Cultural Cafetero, no se entiende la necesidad de tantas y tan extensas reproducciones. ¿Acaso no es la función del escritor la de presentar en sus propias palabras un texto coherente que sintetice los más diversos testimonios? No obstante, con un poco de esfuerzo el lector dedicado puede seguir la pista, y finalmente desentrañar la visión implícita en el texto sobre la experiencia quinera en Colombia.

En la segunda parte, sobre el caucho, en cambio, por paciente que sea el lector no logrará aclarar si pretende ser una compilación o una narrativa. En un libro dedicado principalmente a los recursos forestales, sorprende ver que en la parte sobre los cauchos no se puede vislumbrar el bosque por el exceso de árboles. Las 150 páginas sobre el caucho consisten primordialmente en extensos extractos de otros libros, copias de decretos del Diario Oficial y tres largos documentos inéditos. La publicación de los tres documentos inéditos es un aporte indiscutible, en particular “El Informe de la Comisión de Límites con Venezuela” (págs. 127-139), uno de cuyos autores es José Eustasio Rivera. Este último documento será de consulta obligatoria para los estudiosos de la vida y obra del ilustre escritor de La vorágine. Pero tanto éste como el largo testimonio del cauchero Aquileo Tobar (págs. 201-226) aparecen de repente en el texto, interrumpiendo la marcha de la ya muy difícil narrativa. El verdadero lugar de estos documentos habría sido un valioso apéndice al final del libro. Acumular citas, referencias, extractos y documentos no hace una historia, ni mucho menos una narrativa organizada. La segunda parte, sobre el caucho, es de difícil lectura para el lector común, limitando seriamente su valor de divulgación, mientras que el investigador, por muy principiante que sea, querrá ver los libros y documentos completos y no solamente los extractos seleccionados.

En un punto los autores presentan una novedosa interpretación sobre la economía del caucho, basándose en la clasificación botánica, “que nos llevó por caminos insospechados, los cuales nos abrieron un paisaje científico apasionante”. Los testimonios siempre han hecho resaltar la práctica de derribar los árboles en Colombia para extraer el látex, en contraste con la que se da en Brasil, de hacer incisiones en la corteza para sangrar los árboles periódicamente, asegurando así la producción durante 20 años por lo menos. Los autores muestran que el método de incisiones es el indicado para los jebes finos propios de las tierras inundables de la Amazonia brasileña. En la Amazonia colombiana, con excepción de la zona cercana a Leticia, las variedades existentes no tienen las mismas características de los jebes finos, y en particular el caucho negro generalmente muere si se le hacen incisiones; por lo tanto, la única manera de extraer cantidades suficientes de látex es derribar los árboles.

Este muy interesante hallazgo botánico, sin embargo, no arroja tanta luz, como creen los autores, sobre la práctica de tierra arrasada seguida en la Amazonia colombiana. Primero, la clasificación de las distintas variedades del caucho vino a concretarse solamente en la década de 1960, después de 200 años de observación científica. No es obvio que los caucheros hubieran tenido claridad absoluta sobre las variedades botánicas a finales del siglo XIX o comienzos del siglo XX. Además, eran tan apremiantes las presiones económicas y sociales sobre los caucheros, yen particular sobre la mano de obra indígena, que la política de tierra arrasada se imponía para sacar la mayor producción en el menor tiempo posible. En todo caso, de ser cierta la interpretación de los autores, viene a debilitar en cierto modo su tesis central sobre el saqueo de la Amazonia.

Para entender la intensidad y ferocidad con que los forasteros, tanto extranjeros como colombianos, han atacado los recursos naturales de la región, hay un concepto llamado “The Amazon Factor”; esencialmente que la Amazonia termina devorando a sus devoradores o, en términos económicos, que las inversiones hechas, a pesar de producir ganancias iniciales, terminan esfumándose. Habría sido muy interesante que los autores hubieran utilizado este concepto para tratar de descubrir el destino final de aquellas fortunas extraídas del saqueo amazónico. En el caso muy diciente de la Casa Arana, responsable de la muerte de miles de indígenas en la Amazonia colombiana, brevemente indican que terminl en liquidación en 1911,y nunca pude cancelar su cuantiosa deuda (pág. 199). Son muchos los ejemplos en la Amazonia brasileña; quizá entre los más notorios en épocas recientes se destaca la aventura de Daniel Ludwig, quien sufrió pérdidas multimillonarias. Ampliamente los autores documentan que los saqueos económicos de la Amazonia colombiana no han dejado resultados positivos o constructivos en la región. Si hubieras comprobado para un mayor número de casos que las ganancias eran efímeras y a la largase convertían en pérdidas para las compañías extractoras, mayor hubiera sido la contribución del libro a desmitificar ante el mundo las ilusorias riquezas de esa región.

Finalmente, aunque no era el propósito de este libro proponer o defender nuevas políticas para la Amazonia colombiana, se destaca en sus páginas la presencia permanente del “pequeño extractor de subsistencia” quien ha sabido adaptarse a esa región, y quien, para complementar sus ingresos, participa en la extracción del oro, la tagua y la zarzaparrilla. Diversos gobiernos presidencia. les han tratado de formular directrices adecuadas para la Amazonia colombiana, pero cada uno arranca sin previos conocimientos de la larga y compleja historia de esta región. Ahora, gracias a la recopilación útil de Camilo Domínguez y Augusto Gómez, se empiezan a vislumbrar ciertos patrones y ciclos en la actividad económica, los cuales deben ser profundizados y aclarados en futuros estudios sobre los años 1850-1930, como también sobre el período siguiente. Es muy loable el apoyo que dieron Tropenbos Colombia y la Corporación Colombiana para la Amazonia Araracuara para llevar a cabo este difícil proyecto desde sus etapas iniciales de investigación hasta su publicación. Ojalá que distintas entidades culturales y estatales continúen respaldando la compleja tarea de reconstruir los procesos históricos en la Amazonia colombiana.

RENÉ DE LA PEDRAJA