Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

Winnesburg, Medellín


La vieja casa de la calle Maracaibo
María Cristina Resrepo
Editorial El Propio Bolsillo Medellín, 1989.

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Este libro constituye una buena realización literaria y una iniciación recomendable para quien proyecte intentar, en libros más ambiciosos, un sólido trabajo narrativo. Si se aspira a escribir buenos relatos y, sobre todo, buenas novelas, debería empezarse con textos como los recogidos en este volumen, veraces por su fuerte raigambre autobiográfica, y no con lo que es más común de lo que puede pensarme: invenciones artificiosas —toda ficción, por supuesto, ea artificio, sólo que éste hace olvidar su naturaleza de tal cuando ea convincente, cuando en la lectura su mentira se impone como verdad—, erosionadas ya antes de escribirme por proponerse entrar en cotos temáticos sobre los que el autor tiene sólo ideas vagas o esquemáticas y no una apropiación profunda. No es común iniciar un camino en la literatura con una actitud que sacrifica la ambición al manejo seguro del material narrativo. La pretensión opuesta no puede más que derivar en primeras novelas falsas, a menudo abstractas, sostenidas en historias sin carisma, argumentalmente endebles, fofas, plagadas de personajes irrelevantes y prescindibles.

Sin aspiraciones totalizantes, es también un libro de aparición tardía en la vida de su autora. En compensación, se impone como una elaboración sólida y madura. Las torpezas inevitables en todo aprendizaje, se le han ahorrado a los lectores. No hablamos de maestría sino de madurez, de una escritura exenta de ingenuidades, de errores de construcción o de detalle que empañen el encanto de los retratos que componen el libro. Libro inicial y augurador de mejores cosas, sí, mas también valioso logro, firme comienzo.

Miradas las cosas así podría pensar— se que se trata sólo de una búsqueda formal sin compromiso con la vida. Pero hasta el lector más desprevenido sabrá —con ese saber intuitivo que da el arte— que la atractiva sinceridad de todos los textos no puede tener un fundamento extraño a la vida de la autora, a marcas hondas de su infancia y juventud. Se sabe que la referencia autobiográfica, sin embargo, no basta para escribir un buen libro, pues tal cosa depende, ante todo, de un eficaz tratamiento del material (sólo que la sinceridad de la experiencia muy vivenciada tiene, en potencia, una gran capacidad de persuasión), sobre todo cuando del recuerdo se quiere hacer literatura, porque en tal caso los datos de la realidad habrán de ser tocados, trocados y transmutados aquí y allá por la imaginación creadora, por la fuerza del deseo, para las que la simple veracidad es una claudicación: su tarea no es recrear Ħa realidad, es construir una realidad irradiante.

La infancia no es abordada en la forma usual en los libros de memorias o en las novelas lineales: como una totalidad que se pretende cubrir con el paso de los años del protagonista. En lugar de querer recorrer todo el espléndido y laberíntico (e inagotable) bosque, la narradora prefirió detenerse en unos cuantos árboles, en aquellos que propiciaron las mejores iluminaciones de su niñez. Alguien podría decir que seis personajes son muy pocos para una infancia, pero la resultante sugiere la maravilla total de esos años porque los ecos desatados por esas evocaciones parecen despertar a su paso toda la floresta de la infancia, suscitar mucho más que la recuperación de las presencias llamadas, hacer que de cierta manera también cante todo lo que no fue solicitado con nombre propio.

Las semblanzas de Carola, la "lava— pisos", brillante cuentera, por cuya mediación la rememora fue encantada en la magia de la palabra durante esas horas en las que alternaba sus duras labores domésticas con el relato de algún episodio legenderio en la crónica de la familia de la niña o con la lectura de una leyenda de la antigua Grecia; de Celia, la vendedora de frutas y velitas de dulce, quien tenía su puesto al pie de la ventana de la casa de la niña, desde donde ésta la miraba mañanas y tardes enteras, mirador desde el que se deleitó con la maravilla de colores, olores y sabores de nuestras frutas y con la sabrosura de la parla de las criadas que constituían la principal clientela; de Sigritedo, el mayordomo de la finca del abuelo, por medio del cual entra en contacto con el mundo de los campesinos y su rica cotidianidad de hogar y trabajo; de Totoi, el abuelo, un humanista que enriqueció con la cultura sus asombros infantiles ante la naturaleza, los libros, la Navidad, la vida en familia, en suma, por igual ante las cosas grandes y las "pequeñas" del hombre; de Mimí, la tía excéntrica, en cuya casa y en un solo día vive distintas formas del pánico; de Carmen, la criada, al lado de la cual penetra, como en un carrusel de sobresaltos sin pausa, en ciertos ámbitos de la vida de la calle, en la sensiblería de las radionovelas y de los consultorios sentimentales por la radio y, finalmente, la semblanza de la narradora misma —sí, ya que si bien no traza su autorretrato en un capítulo independiente, al ir diciendo a sus personajes inolvidables se va diciendo a sí misma, precisa sus rasgos y su aventura de un lago encantado a otro de los seis adonde regresa por su infancia perdida—, conforman un conjunto que, desde su abierta fragmentariedad, se levanta como la imagen completa de una niñez, como su radiante mitología.

La técnica de escritura es una combinación de la voz narradora y la de los seres invocados que, a trechos, toman la palabra. Un recurso, pues, común en la narración ficticia y que en este caso logra lo pretendido: tocar con la vivacidad de la literatura imaginativa el dato, supuestamente histórico, de la memoria autobiográfica. Así, los personajes no se congelan en una mirada única, se hacen complejos y sugerentes, en una palabra, viven. Por eso no es forzar el libro decir que se puede leer como una novela o como un libro de cuentos. En uno y otro caso, claro, no muy ortodoxos. No pocas novelas contemporáneas son lo que La vieja casa de la calle Maracaibo: una reunión de imágenes no conectadas entre sí por el eje de un argumento central sino, a lo sumo, por la voz o voces narradoras; de esta manera se evita imponerle al material proporcionado por la vida unos órdenes que ella no tiene, con lo que se gana en poder persuasivo. Y si bien la autonomía de cada capítulo y el movimiento narrativo de todos ellos fundamenta el leerlos como cuentos, lo cierto es que para ser reconocidos como tales se les podría objetar no sólo que no cumplen con los cánones más tradicionales, como derivar hacia un explosivo acontecimiento central y tener un desenlace sorprendente, sino que hacen de la digresión —esa peste para el cuento, según Ouiroga—una de sus mejores armas. Mas también puede leerse, simplemente, sin imponerle la rejilla de este o aquel género literario. Por supuesto, esta lectura es la más sana, la que otorga el goce pleno del libro. Revivirlo así, sin saltos que busquen "los puntos quemantes de la anécdota" (en rigor, tales puntos no existen en estas páginas), es no perder su mejor brillo: aquel que nos sorprende en un trazo descriptivo, en una frase de un diálogo o en una acotación reflexiva, acontecimientos que esa lectura a saltos juzgaría accesorios. Nos enfrentamos, en últimas, con una escritura que obliga a respetar la integridad del texto desplegado. El cuerpo de cada retrato —relato— evocación es un tejido donde ningún detalle es ornamento sino necesidad esencial.

"Ser żO Hacer? es una auténtica coda. Este agudo cierre puede dar la impresión, a una lectura desatenta, de cuerpo extraño, tocarse de cierta marginalidad al mundo y a la perspectiva de tratamiento elaborados hasta ese momento. Y es verdad que hay desplazamientos. Más que la voluntad de recrear episodios creíbles para una lente verista, lo que se impone es la tensión articuladora de la transición entre la niñez y la "edad de las definiciones" vivida por la protagonista y narradora de las historias. Por eso el lenguaje se matiza aquí y allá del espíritu de síntesis de la imagen, la alegoría y el poema. De manera más alta que en las seis semblanzas, en este capítulo final la palabra se entrega a la sugestión, se desprende de las sujeciones de la crónica para ganar en condición abarcadora de lo múltiple y penetradora de sentidos.

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También los papeles se trastocan. De ese discreto segundo plano que ocupaba en la acción quien la había contado, salta en la coda a ser el centro de su propia atención y de la de las voces anónimas o individualizadas que la acosan. Es un proceso en el que el sentimiento del mundo como una prolongación del yo se ve progresivamente quebrado por la duda y donde la deliciosa libertad de la infancia es corroída día a día por la inminencia de un insoslayable compromiso adulto. El lago encantado de los antiguos días se seca y en su fondo empieza a contemplarme el residuo definitivo y opaco de un espejo roto. Esa redondez de la visión desde la cual pudieron construirse personajes tan matizados y diferentes, y por eso tan "reales", tan inolvidables, es ahora fortificación que, en medio de los proyectiles y la polvareda del asedio de la madurez, defiende con dignidad los lugares fundadores de esa celebración: el ensueño, la imaginación, el asombro, el ocio —y es esto lo que constituye la conexión profunda del apartado final con el resto del libro, la cifra de su organicidad, de su no extrañeza fundamental: ya que al parecer es necesario "elegir", se tantea un horizonte nuevo que no implique traición a las mejores esencias de esa infancia—. No otra es la naturaleza del conflicto desplegado en "Ser. żO Hacer?". De ahí que en un principio la respuesta no pueda ser otra que una lectura voraz de muy buena literatura, en franca y terca disidencia con los preceptos y presiones de un medio social y familiar donde ante todo cuenta el ejercicio de profesiones monetariamente lucrativas y que, a manera de coronación, den prestigio social. En principio, porque como es a veces inevitable en quienes habitan la certeza de que ninguna plenitud de la realidad social es equiparable a la ofrecida por las buenas narraciones ficticias, La vieja casa de la calle Maracaibo —y aquí asimilamos sin vacilaciones el narrador al autor— es la asunción más radical posible dentro del destino elegido (o aceptado): la propia fabulación. Destino cuyo primer paso tiene el sello de la eficacia. De una eficacia preñada de mayores posibilidades futuras.

 

JAIRO MORALES HENAO