Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

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Portada de la Revista Gris que empieza a publicarse en 1892.


Tres revistas colombianas de fin de siglo

RAFAEL GUTIÉRREZ GIRARDOT

Trabajo folográfico: Leonor Pinzón Posada

"A COMIENZOS DEL SIGLO XX -asegura, J. E. Fagg en su LatínAmerica: a general history, MacMillan, 1963, pág. 828— a Colombia le era extraño todavía el nuevo mundo de la maquinaria y de la cultura de clase media. Solamente su intelligentsia y los exportadores de café tenían contacto con el mundo exterior". Aunque remota, dice Fagg de Bogotá, tenía una vibrante vida intelectual y mostraba familiaridad con la cultura europea. Cita, como testimonio inevitable, a José Asunción Silva. Menos que familiaridad con la cultura europea, la vida intelectual de la remota metrópoli trataba de adquirirla. Y no podía ser de otra manera. Aunque la europeización y sus consecuencias, esto es, el cambio de estilos de vida, la irrupción casi imperceptible y lenta de la racionalidad, una tímida modernización de la educación y el reconocimiento casi clandestino del valor de las ciencias naturales, pudieron haber sido incitación y presupuesto de esa familiaridad, lo cierto es que se carecía del aparato necesario: bibliotecas al día, hábitos de lectura, revistas profesionales y concepción de la universidad como fomento del avance y progreso de las ciencias. Figuras como Miguel Antonio Caro, que en el campo de su afición, la literatura latina, y en especial Virgilio, estaban casi al día en lo que se producía en Europa, son una excepción. Y aun siéndolo, para convertir ese estar al día en familiaridad le faltaban los estímulos de la exigencia de un público adecuado y la competencia de otros filólogos latinistas. La remota Bogotá seguía siendo como esa remota España que, en el cuento de Borges La busca de Averroes, divisa el filósofo desde su balcón: "en donde hay pocas pocas, pero donde cada una parece estar de modo substantivo y eterno". No era remota sólo por geografía, sino por historia. Por la misma causa, en la remota Bogotá ocurría lo que ocurría en la remota España: sus personalidades intelectuales no fueron producto de las instituciones, sino del esfuerzo individual.

Cuando después de las guerras de independencia las nuevas repúblicas iniciaron su esfuerzo de organización, la primera exigencia que planteó la vida independiente fue la de la educación del pueblo en general y de la sociedad semiculta en particular. Pero educación no sólo como alfabetización, sino como ilustración en el más amplio sentido de la palabra, es decir, como fundamento para la formación de una opinión pública, que en términos de sociología de la literatura equivale a la formación de un público lector. Para facilitar el aprendizaje de la lengua y el rápido acceso a la lectura, Bello propuso, ya antes de regresar a Hispanoamérica, una reforma de la ortografía. Sarmiento y González Prada hicieron cosa semejante. Pero estas propuestas de reforma de la ortografía, especialmente las de Bello y Sarmiento, van acompañadas de empresas publicitarias que tienen el mismo fin: crear un amplio público lector.

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Portada del núm. 1 de la Revista Contemporánea publicada desde octubre de 1904. Portada del núm. 1 de la revista La Gruta, 1903.

En la historia de la organización de la vida literaria en la época independiente son significativos los nombres de José Joaquín Fernández de Lizardi y Andrés Bello. El primero, con su periódico El Pensador Mexicano; Bello, con su revista Biblioteca Americana, fundados antes de la culminación de la independencia y con el propósito, especialmente de Bello, de llenar el vacío intelectual que había dejado la colonia. La Biblioteca Americana (1823) y el Repertorio Americano (1826—1827), que Bello fundó con el bolivariano colombiano Juan García del Río, fracasaron por la falta de hábitos de lectura. Pero abrieron el camino a buen número de revistas hispanoamericanas, por lo menos a partir de los años 40 del siglo pasado. Las enumera Pedro Henríquez Ureña en su Historia de la cultura en la América hispánica (cap. y), pero, como tantas incitaciones ésta del Maestro de América cayó en el vacío.

La historiografía literaria de lengua española, sobre todo la que invoca el leninismo redentor, la del "materialismo histórico", pone su acento en el estudio elogioso o sectariamente crítico de los productos, no en el de las diversas condiciones materiales y económicas de su devenir, esto es, de su historia. Una de ellas, quizá la más importante, es la que delatan las revistas. En su libro sobre Rubén Darío y el modernismo (1970), Ángel Rama dedica un capítulo a "Los poetas modernistas en el mercado económico". Con textos de Darío —menos radicales que la frase de Larra: "Escribir en España es llorar"—, apunta al problema de la carencia de un público lector. Pero deja de lado el examen de esa carencia y no atiende la raíz del ingreso de los poetas modernistas en el mercado económico. La clave no se hallaba en el carácter de pulpo del capitalismo. La clave se halla en el escritor mismo que quiere venderse u obsequiarse, gozar de las ventajas de cualquier profesional. En una época nada capitalista, plenamente feudal como el siglo XVII español, y pese a los "mecenas", Quevedo animaba al lector a que comprara sus libros; y qué es el "mecenazgo" solicitado sino una manera de venderse, de entrar al mercado económico, siempre y cuando que por tal se entienda lo que entonces se entendió por economía, no lo que el materialismo histórico (? sic) ahistóricamente asegura. Lo que fueron los mecenas, esto es, garantía de publicación y de público, lo fueron las revistas: garantía de publicación y público. La diferencia entre la época del mecenazgo y la de sus sustitutos, como las revistas, consiste en que el escritor favorecido por el mecenazgo, aunque además se vendiera, era mercancía política, ornamento del poder, en tanto que el del capitalismo tenía que acogerse a las leyes del mercado, y, en los países hispánicos principalmente, ser su propio mecenas o crear una "empresa" como la revista. Tal fue el caso, por ejemplo, de Fernández de Lizardi.

El esquema "marxista—leninista" o "neomarxista" pasó por alto esta circunstancia, es decir: el carácter mercantil de la literatura, y no puso su atención en las transformaciones que sufrió esa condición con el advenimiento del capitalismo y de su consecuente reestructuración de la sociedad. Esta omisión impidió la elaboración de un marco de análisis de uno de los elementos más informativos y esenciales de la vida literaria o, como también la llama la sociología empírica, de la institución literatura, es decir, las revistas. A diferencia de la mayoría de las revistas literarias europeas del siglo pasado, las hispanoamericanas no estaban financiadas por una editorial que garantizaba la continuidad de la revista y la independencia del grupo fundador. Ello implica plantear preguntas muy diferentes de las que se plantean en el análisis de esas revistas; por ejemplo, la dc la homogeneidad de la orientación, la de los propósitos artísticos de la presentación tipográfica, la de la relación con la editorial, la de la administración de la revista, etc. Los archivos de las editoriales contienen esos datos y cl epistolario de los autores con el director que permiten conocer con el necesario detalle el papel que tuvieron esas revistas en el desarrollo literario, en la imposición de determinada corriente estética, etc.

Ante la carencia de tal multitud de datos, el análisis de la gran mayoría de las revistas hispanoamericanas tiene que reducirse al análisis empírico de la revista misma, es decir: no operar con un método elaborado para la época del surgimiento de la comunicación de masas como el "análisis de contenido", sino obtener de la revista misma las preguntas, que, junto con las que plantea un grupo dc revistas contemporáneas, sc condensen en uno o varios tipos y contribuyan a establecer una lista de la documentación que ha de buscarse en otros archivos posibles.

Una lectura dc la Revista Gris (1892—1895) permite suponer que ella refleja los intereses y las curiosidades de un grupo de la juventud bogotana. Su propósito es, como dicen los fundadores en la primera entrega, no el "de conquistar un nombre en el mundo literario", sino el de que "los jóvenes colombianos, dejando por momentos las ardientes luchas de la política, dediquen, siquiera sea pequeña, una parte de sus horas de solaz al noble cultivo de las ciencias y el arte". La trivialidad de la primera comprobación —esto es, que la revista refleja el interés por la ciencia y el arte de un grupo de la juventud bogotana— adquiere otro sentido si se recuerda que en 1888 Manuel González Prada había dicho en su famoso "Discurso en el Politeama": "...los troncos añosos y carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo y sus frutas de sabor amargo. ĦQue vengan árboles nuevos a dar flores nuevas y frutas nuevas! ĦLos viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!". José Enrique Rodó había dedicado su Ariel (1900) a la juventud. Pero no solamente en Hispanoamérica se presentaba el tema de la juventud "estudiosa" con un carácter específico. En Europa lo pusieron de presente Ramón Pérez de Ayala con su novela A.MD.G. La vida en un colegio de jesuitas (1910) y Robert Musil con su libro Las confusiones del pupilo lA5rless (1906), por sólo citar dos ejemplos, entre muchos más, de una toma dc conciencia del papel de la juventud, que Walter Bcnjamin formuló en 1914 en su ensayo "La vida dcl estudiante" con estas frases: "La actual significación histórica de los estudiantes y de la universidad, la fonna de su existencia en el presente merece sólo la alegoría, ser descrita como reflejo de un estado supremo, metafísico de la historia". Benjamin tenía presente los diversos movimientos juveniles de su tiempo, como la Jugendbewegung que había elaborado una ética precisa; no, pues, una ética del deporte y la gimnasia ("mens sana in corpore sano"), sino política y social. Pese a la referencia concreta, las frases de Benjamin son signo de esa toma de conciencia de la juventud, que mucho más tarde Julián Marías llamó "juvenilismo" en su Introducción a la filosofía (1947); nombre que ya no designa una problemática, sino una situación determinada por otros factores económicos y laborales (impulso de la fuerza de trabajo, innovación, flexibilidad, jornales, etc.).

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