Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

El templo doctrinero de Tópaga


83.jpg (7870 bytes)

Durante la colonia, la evangelización de los naturales se realizó mediante el sistema de doctrinas. Por orden del rey, todos los encomenderos debían tener un clérigo o persona capaz para enseñar la religión cristiana a los indios, y debían pagarle estipendios, los cuales ascendían en 1556 a $ 200 anuales, por decisión del Sínodo de Santafé. El nombramiento de doctrineros creó no pocas veces problemas de poder. Las doctrinas más alejadas de los centros urbanos ofrecían peligro para la moral de los miembros de la orden que las atendía, y en ocasiones algunas fueron rechazadas, pues en aquellas lejanías la tentación de pasar por alto los votos de pobreza y castidad era mucha. No en vano, en 1564, el presidente Venero de Leyva prefería a los religiosos viejos y virtuosos, "aprobados en cristiandad y religión porque están expuestos a las mayores tentaciones del mundo" 1 .

Según las ordenanzas de Tunja de 1575, las doctrinas fueron repartidas entre dominicos, franciscanos y clérigos. Cinco años más tarde, una real cédula dispuso darle prelación al nombramiento de curas que conocieran la lengua nativa.

Distintas órdenes religiosas llegaron a conquistar almas al nuevo mundo. El Consejo de Indias poco a poco reservó la labor a los dominicos, franciscanos, agustinos y mercedarios. Estos últimos fueron luego descartados porque la acumulación de riquezas y la gran expansión que lograron los llevaron a relajar la disciplina 2 .

Las ordenanzas prohibieron a los doctrineros tener indias a su servicio, negociar con indios y cobrar por la administración de los sacramentos. Debían obligatoriamente enseñar a leer y a escribir a los niños e impartir la instrucción del catecismo, los artículos de la fe, los diez mandamientos, los siete pecados capitales, las obras de misericordia, las virtudes teologales y cardinales y las principales oraciones, además de vigilar minuciosamente la supresión de la idolatría. Todos estos puntos eran materia de las explicaciones dominicales, a las que la población era "invitada" por dos indios armados de convincentes varas 3 .

Los templos doctrineros comenzaron a levantarse en los lugares más poblados por indígenas, quienes vieron con reticencia la sustitución de los santuarios naturales abiertos (lagunas, cerros, bosques) por construcciones cerradas. La arquitectura de los templos rápidamente buscó adaptarse a esa aversión a los espacios cenados, y aprovechar el gusto por las reuniones y jolgorios colectivos. Fue así como nació, al igual que en otros lugares de América, un tipo particular de iglesias con facilidades para atraer a los paganos, tomando elementos de su psicología y su cultura 4 .

Carlos Arbeláez Camacho fue el primero en estudiar en nuestro medio la peculiar organización de los espacios religiosos en los centros de evangelización. Estableció la existencia en ellos de los siguientes elementos comunes: el monasterio o casa cural, la capilla abierta de una nave, la plaza o atrio, la cruz atrial y las capillas posas. La capilla es llamada abierta porque los fieles permanecían al aire libre en la plaza y el sacerdote bajo techo en la antecapilla, lograda mediante el desplazamiento hacia el interior del muro de la fachada. Aparte de los fines doctrinales, se usaba a veces para actividades profanas, como fiestas o representaciones teatrales dirigidas por los eclesiásticos. La plaza y las capillas posas fueron el escenario para las festivas y concurridas procesiones, en las que el ceremonial litúrgico dio espacio a los coloridos trajes locales, a los cantos y a las danzas. La cruz atrial fue el símbolo del nuevo credo, instalada en pleno atrio o plaza 5.

Los jesuitas enviaron desde España una expedición para fundar su orden en el Nuevo Reino en 1604. Establecieron un colegio en Cartagena y otro en Santafé. Para 1610 ya se encontraban en Tunja en labores de predicación y en 1613 iniciaron clases en un colegio, año en que trasladaron a la ciudad el seminario de Santafé.

La primera doctrina que recibieron los jesuitas fue la de Cajicá, en la que tuvieron mucho éxito, pues lograron controlar y transformar las costumbres alcohólicas y poligámicas de los nativos. Ello les abrió las puertas para recibir otras doctrinas. En 1624 se les confiaron las de los llanos del Casanare y en 1636 cambiaron la de Duitama por la de Tópaga, situada en la encomienda del benefactor del convento jesuita, don Pedro Bravo y Becerra, en pleno corazón de la extinta cultura chibcha. Al padre general de la Compañía le extrañó el cambio, pues se abandonaba una próspera doctrina con dos mil indios dependiente del rey, por otra de apenas 190 indios que estaban bajo encomienda.

Los padres Domingo Molinello y Pedro Varaiz fueron encargados de organizar la doctrina 6 .

Grande fue la sorpresa que se llevaron los jesuitas al llegar a Tópaga, después de atravesar a caballo las trochas de Morcá y Matayeguas. Era un día de mercado y, según el padre Rivero, encontraron que

en tiendas abiertas se venden allí alpargatas de cabuya, saleros de palo, platillos de barro, jáquimas y cabestros, fuelles, yerbas para purgas y antídotos para culebras. Aquellos tenderos saben curtir el cuero necesario para fabricar modestas quimbas y han adelantado la industria de los cordajes y la de hamacas para atar carneros. Allí hay jilones [sacos de cuero], paraguas, quesos, en torno a los que revuelan golosos moscones, y hasta guitarras y tiples para multiplicar la alegría de las gentes buenas 7 .

Había también un templo, comenzado a construir veinte años atrás, sin terminar y completamente en ruinas, al punto que la misa se celebraba preferiblemente al aire libre en la plaza. Bajo el impulso del padre Francisco Ellauri (1602—1665) se dieron a la tarea de edificar un nuevo templo sobre las ruinas del antiguo, logrando levantar uno de los más amplios de la región, según lo describió el padre Melgar:

Tiene una iglesia hoy de las mayores y mejores que hay en todo el reino en repartimientos de indios, toda cubierta de teja, con división de capilla mayor por el arco toral que la reparte. A este arco adornan bermejos bultos de querubines, de grande estatura, y de media tolla, que incluye aquí el sagrario. Es éste alma de un tabernáculo muy hermoso, y que guarnece la frente toda del altar mayor. Adornan el retablo muy especiosas imágenes en los nichos y en especial una bellísima de la Virgen María, señora nuestra, con advocación de su pureza en su concepción inmaculada en el superior nicho, dando nombre a este pueblo, y mereciendo por su hermosura muy devotos recursos de sus alumnos. Tiene un bulto esta iglesia del príncipe de los apóstoles, san Pedro, con retablo particular. La sacristía, que es bastante capazo para la iglesia, tiene de todos los colores eclesiásticos doblados y ricos ornamentos, con abundante y aseada ropa blanca para muchos años 8

La iglesia doctrinera fue consagrada i Nuestra Señora en marzo de 1642, mando también llegó a Tópaga la imagen que menciona el padre Melgar. Se dieron cita en el pueblo, para las solemnísimas festividades, veinticuatro sacerdotes de los pueblos cerzanos, más de dos centenares de españoles e innumerables indios. Más de cien cirios de cera blanca ardían en el altar, y un conjunto de bailarines y músicos indígenas bailaron y cantaron frente a la imagen. Por siete días se prolongaron las festividades en las que se mezclaron las misas y los sermones, amén de un certamen filosófico tiantenido por los pupilos ignacianos, con la pólvora, el teatro, corridas de oros y danzas 9 .

Materia de muchas habladurías y razón para conversos fue el episodio que protagonizó en 1654 el sacerdote Vasco Pérez de Figueroa, quien por entonces era doctrinero en Tópaga. Su pésima conducta le había ganado el apodo popular de "Roberto el diablo". Luego de unos ejercicios espirituales siguiendo a san Ignacio, quedó convertido en otro y se convirtió a la Compañía de Jesús. No fue el único caso, pues en Tunja también se tienen noticias de drásticos cambios en la vida de los licenciosos. 10

82.jpg (5334 bytes)

Después de sus exitosas tareas evangelizadoras y de difusión de la civilización occidental, los jesuitas permutaron a Tópaga en 1661 por la doctrina de Pauto, en el Casanare, con miras a realizar allí labores misionales. Sólo un siglo después volvemos a tener noticias de la población. Basilio Vicente de Oviedo describió en 1763 su clima como "muy frígido y sumamente airoso", y calificó la iglesia como muy buena y bien ornamentada. Los habitantes sumaban 150 indios e igual número de blancos. La tierra rendía trigo, papas, maíz y alimentaba ganados y ovejas. San Judas Tadeo era el patrono, "muy milagroso y muy devoto" 11

Por su parte, el geógrafo Giando— menico Coleti escribió en su Dizionario en 1771:

Aldea muy grande del Nuevo Reyno de Granada en la provincia de Sogamoso, a poca distancia de la ciudad de Tunja. Está circundada de selva y montes; en la actualidad ha decaído mucho y es muy pobre 12

En efecto, el auge de la doctrina de Tópaga había concluido. Pero quedaba el templo como mudo testigo del esplendor del pasado evangelizador. Su planta es de 8 metros por 48. Tiene una sencilla techumbre en par y nudillo, y los tirantes son toscos maderos. La fachada original fue modificada en el transcurso del tiempo, suprimiéndose la antecapilla, y se le agregó una torre. El atrio y el cerco de piedra fueron demolidos, así como tres de las cuatro capillas posas que tenía. El piso de ladrillo fue reemplazado por uno de baldosín verde de cemento 13

En contraposición a la sencillez y humildad arquitectónica, los constructores quisieron dotar ricamente el interior del templo, haciéndolo atractivo a los catecúmenos. Se encuentran allí, como lo describió en su momento el padre Melgar antes citado, bellos retablos de talla dorada, ejemplo de ornamentación barroca, trabajados al parecer por Tomás Roldán. Pinturas, imágenes de bulto, ricas colgaduras con ciriales e incensarios. Lámparas e incensarios de plata hermosearon el templo; un órgano y otros instrumentos musicales prestaron sus servicios en la propagación del nuevo credo 14.

Entre los retablos se destaca, por su elaborado trabajo y profusión decorativa, el llamado "altar de los espejos", adosado a uno de los muros laterales y dedicado a la Virgen. Fue tallado antes de 1633 y costó 38 pesos y tres reales, costeados por los caciques Francisco Tópaga y Antonio Pangutá y por el comendador Sancho Ramírez 15.

Se trata de "un ordenado despliegue de espejitos y grabados europeos enmarcados en tallas doradas que forma sobre el muro las alas de un pequeño retablo montado sobre la mesa del altar; ésta tiene un frontal con decoración en rombos con florones geometrizados en el interior de cada uno" 16

De gran seducción para el indígena eran los espejos, y se dice que los apreciaba más que el oro, con el que competían en brillo en el retablo, buscando atraer la atención hacia las imágenes intercaladas de los santos jesuitas san Ignacio, san Javier, san Estanislao de Kostka, pero en especial la mirada recae sobre la imagen de la Virgen Inmaculada. No faltan columnas doradas que recuerdan los troncos de palmas indias ni los follajes y vegetaciones locales. Todo ello convierte al retablo en uno de los más mestizos ejemplos que se conservan del arte colonial 17 .

El arco toral conserva los elementos ornamentales que describiera el padre Melgar. En su arranque muestra un ángel policromado que porta un cuerno de la abundancia con frutos locales y pide silencio. En contrapunto a los mensajeros divinos se encuentra el dragón, tallado en madera y dorado, símbolo del demonio 18.

Este templo, uno de los pocos doctrineros que han permanecido hasta nuestros días, se erige, pues, en el símbolo de las estrategias para la conquista de las almas aborígenes y en ejemplo inolvidable de la fusión entre las prácticas religiosas y los gustos y necesidades decorativas de dos culturas.

SANTIAGO LONDOÑO V.

 

1 Juan Manuel Pacheco, Historia eclesióstica, vol. XIII, t. 1 de la Historia extensa de Colombia Bogotá, 1971, págs. 463, 473, 478y 481. La cita de Venero de Leyva se encuentra en ibíd, pág. 479. (regresar1)

2 Ħbid., pág. 81. (regresar2)

3 Ibid., págs. 478, 480, 449. (regresar3)

4 Carlos Arbeláez y Santiago Sebastián, Las artes en Colombia, vol. XX, t. IV de la Historia o.tensa de Colombia, Bogotá, pág. 236. (regresar4)

5 Arbeláez y Sebastián, op. cit., págs. 236 y 237; Carlos Arbeláez, "Templos doctrineros y capillas posas en la Nueva Granada", cm Proa, núm. 167, Bogotá, 1964. Vease también Cornelis Ch. Goslinga, Templos doctrineros neogranadinos, Cali, s.f. (regresar5)

6 Pacheco, op. cit., págs. 495—500, 614, 616 y 646; Juan Manuel Pacheco, Las jesuitas a. Colombia, t. 1, Bogotá, 1959, pág. 328. (regresar6)

7 Citado por Eduardo Mendoza Varela, "Vestigios del esplendor colonial. La iglesia de Tópaga, Colombia", en Repertorio Boyacense, Tunja, año 11, núm. 240-241, pág. 2236. (regresar7)

8 Citado por Pachecho, Los jesuitas en Colombia..., pág. 329. (regresar8)

9 Ibid., págs. 329—330. (regresar9)

10 Pacheco, Historia eclesiástica t. II, pág. 555. (regresar10)

11 Basilio Vicente de Oviedo, Cualidades y riquezas del Nueva Reino de Granada (1763), Bogotá, 1930, pág. 138. (regresar11)

12 Giandomenico Coleti, Dizionario storicogeografíco dell’America meridionale (Venecia, 1771). Traducido y publicado por el Banco de la República, Bogotá, 1975, pág. 375. (regresar12)

13 Arbeláez, op. cit. (regresar13)

14 Mendoza Varela, op. cit., págs. 2236 y 2237. (regresar14)

15 Ibid., pág. 2238. (regresar15)

16 Francisco Gil Tovas, "El arte mestizo", en Historia del arte colombiano, t. V, Barcelona, Salvat, 1977, págs. 1169—1170. (regresar16)

17 Mendoza Varela, op. cit., pág. 2238. (regresar17)

18 Ħbid., Francisco Gil Tovas, "La imaginería de los siglos XVII y XVIII", en Historia del arte colombiano, t. IV, Barcelona, Salvat, 1977, pág. 979; Francisco Gil Tovar, "Manierismo y amaneramiento", en ibid., t. y, pág. 1107. (regresar18)