Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

Un pionero


Génesis de una flora
Santiago Díaz Piedrahita, Alicia Lourteig
Academia Colombiana de Ciencias Exactas,
Físicas y Naturales, Colección Enrique Pérez
Arbeláez. núm. 2, Bogotá, 1989, 360 págs.

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El retomo de un desconocido: don José Jerónimo Triana es un personaje que atrae tan pronto se le conoce. Cruza su vida una corriente simpática con la época y el espíritu práctico del siglo XIX, que la frustración burguesa tiene en él a un hijo legítimo. Nacido en Bogotá el 22 de mayo de 1828 en el seno de la familia de Josefa Paula Silva y José Maria Triana, se forma en un ambiente austero de laboriosidad y cultura. Su padre se acredita como el introductor al país de los métodos pedagógicos de Pestalozzi, a más de ser autor de numerosos textos escolares y manuales de enseñanza, como también los concibiera más tarde don José Jerónimo. Se sabe que estudió en el Colegio del Espíritu Santo, desde el cual su fundador, don Lorenzo María Heras, divulgaba los ideales del liberalismo radical. Posteriormente estudia en el Colegio Médico de Bogotá, donde se gradúa en 1852. Aunque sólo esporádicamente ejerce la profesión, a lo largo de sus estudios botánicos incursionó en las propiedades terapéuticas de algunas plantas nativas.

Su aprendizaje botánico le vino del "mejor dibujante de plantas del mundo", en la opinión de Humboldt: el venerable anciano Francisco Javier Matiz, quien trabajara con Mutis en la Expedición Botánica, y a quien Triana frecuentaba en compañía de Francisco Bayón en la calle del Molino del Cubo, del barrio de la Candelaria.

Fiel a la divisa "planta útil—progreso económico y desarrollo de recursos", que ya encontramos en la Botánica de Mutis, Triana elabora varios productos farmacéuticos, entre los que alcanzaron alguna popularidad el Jarabe Tríana (antitusivo), el Parche Triana o Emplasto Andino (para curar heridas y combatir callosidades) y los polvos dentífricos. Fruto de su ingenio era el vino quinado", empleado como reconstituyente. También trató de promover el uso de la coca como anestésico y contribuyó al descubrimiento de nuevos alcaloides, como la cinchonamina y la cocaína. Además de que fomentó la utilización industrial de un pigmento conocido como "verde Tniana", el que era empleado por indígenas y campesinos del país en la tintura de telas. En este espíritu práctico, Triana empieza a publicar artículos periodísticos sobre la utilidad de las plantas, primero en El Día, a partir de 1850, y en El Neogranadino desde 1852, los que reunirá después en el libro Nuevos géneros y especies de plantas para la flora neogranadina, aparecido en Bogotá en 1854. Ya para ese entonces se encuentra vinculado a la empresa científica y cultural más importante del siglo XIX colombiano, la llamada Comisión Corográfica, dirigida por el ingeniero y coronel ítalo—venezolano Agustín Codazzi. Por recomendación del pintor venezolano Carmelo Fernández, vinculado también a la Comisión en un primer momento, Triana se entrevista con Codazzi y Ancizar, quienes, encontrándolo apto, le encomiendan la parte botánica de la misión científica. Desde 1851 despliega una ardua y vasta labor a riesgo incluso de su propia salud, estableciendo en el desarrollo de sus tareas los importantes vínculos profesionales que le abrirán más adelante las puertas de las sociedades naturalistas de Europa. Así, en 1851 trabaja al lado de Schlim en Ocaña, quien colectaba, junto con Funck, plantas vivas y material de herbario para el botánico belga Jean—Jules Linde, con destino a la publicación de una Flora de Colombia. Así mismo, en 1854 trabaja con el naturalista alemán Hermann Karsten en los alrededores de Bogotá, al sudoeste de Cundinamarca, las llanuras del Tolima y el paso del Quindio hasta llegar a Cartago. Al año siguiente excursionan juntos por las provincias del Guavio y Casanare.

Como fruto de su consagración, reúne un rico herbario compuesto por cerca de 60.000 muestras correspondientes a unos 8.000 números de clasificación. Su proporción es enorme, si consideramos que Triana es el primer botánico en visitar muchas de las regiones del territorio colombiano, tanto en la zona andina como en valles y llanuras y particularmente en la costa del Pacífico y el Chocó. Triana organizó sus materiales de acuerdo con el Sistema vigente de Stephano Endhlicher. El herbario producto de su trabajo, junto con el catálogo respectivo, fue entregado oficialmente al despacho de gobierno, en Bogotá, el 20 de julio de 1856, con un informe muy satisfactorio de la comisión nombrada para recibirlo.

Una vez cumplido su Contrato con el gobierno, Triana formó cuatro series de duplicados con cerca de 35.000 exsicados, los que se llevaría a Europa para adelantar su publicación, pues una obra de tal envergadura requería el concurso de la sociedad científica internacional. Con este propósito firma un nuevo contrato con el gobierno nacional, por dos años, para realizar una obra sobre las plantas útiles de la Nueva Granada.

Recién casado se traslada a París, donde se instala a mediados de 1857. Al reiniciar sus estudios encuentra con sorpresa que la mayoría de las plantas que lleva son desconocidas allí, además de que no existe una obra sistemática sobre la flora tropical de Sur—américa, razón por la cual debe abandonar el proyecto inicial para consagrarse a la preparación de una obra general sobre la flora colombiana.

La parte central de Génesis de una flora está dedicada al intercambio epistolar de Triana con los botánicos Linden y Planchon, con quienes separadamente publicará sus trabajos en Europa. Éstos se realizan al mismo tiempo que en nuestro país las guerras civiles, primero, y la muerte de Codazzi, en 1859, interrumpen la labor de la Comisión Corográfica. No obstante esto, Triana continúa aplicado a su tarea y paulatinamente su obra se verá coronada par la publicación de Memoria sobre la familia de las gutíferas, realizada en asocio de Jules— Emile Planchon y aparecida en París en 1862. Del mismo año es el primer tomo de Prolegómeno a la flora neogranadina, obra dedicada a. la familia de las fanerógamas, e igualmente publicada en asocio con Planchon, bajo la divisa de la Comisión Corográfica de la Nueva Granada. La segunda parte de esta obra verá la luz en 1867.

La correspondencia cruzada entre Montpellier, donde trabaja Planchon, y París, donde reside Triana, combina los aspectos puramente técnicos de la presentación y descripción de las plantas con los científicos que implican su novedad, junto a los avatares de su publicación: los contratos, los asuntos de dinero implicados, el papel y el trato con los impresores; al lado de los aspectos "humanos" y familiares de los corresponsales. Parte de la correspondencia reposa en el Legado Triana, conservado en la sección de libros raros y curiosos de la Biblioteca Nacional de Colombia, completada con la existente en los archivos del Jardín Botánico de Montpellier y de París. El intercambio epistolar cubre los años 1858 y 1862, durante los cuales se prepararon los trabajos publicados en colaboración. Son notorios en ella el respeto, la confianza y la competencia profesional de los investigadores: aspecto por demás redundante en el trabajo conjunto que ha posibilitado la "génesis de una flora".

Complementan el panorama de la obra de Triana otros aspectos y labores realizadas por nuestro botánico en Europa. En 1867 asume la responsabilidad de organizar una muestra de los productos naturales de nuestro país en la Exposición Universal de París. Fue tal la novedad y la originalidad de la exhibición que con ella obtuvo el Gran Premio en su modalidad, haciéndose acreedor a la medalla de oro y a un premio en efectivo que le hizo mas llevadera su estadía en París, que ya era bastante precaria. También asumió Tnana el montaje de los pabellones colombianos en las Exposiciones de 1878 y 1889. Otro triunfo personal lo constituyó el permiso que obtuvo, después de veinte años de intentarlo, para consultar los archivos y la iconografía de la Expedición Botánica en Madrid, los que clasificó en familias, géneros y tribus, siguiendo el sistema de Endhlicher.

El reconocimiento a su dedicación no se hizo esperar mucho tiempo, pues el gobierno colombiano lo nombró cónsul en París en 1874, cargo que conservó hasta su muerte, ocurrida el 31 de octubre de 1890. Allí alienta a los compatriotas que lo visitan, de los cuales hay testimonios elocuentes de su hospitalidad y modestia. Inclusive, en una encuesta realizada por el Papel Periódico ilustrado de Urdaneta, en los años ochenta del siglo pasado, sobre los colombianos más destacados, figura Triana en un tercer lugar, no obstante su larga ausencia del país. Pero tal vez sus ideas radicales en materia política y el hecho de que su muerte ocurriera en tiempos de la Regeneración, hicieron que su nombre y su eminente labor científica quedaran excluidos de la memoria colectiva. Por eso su figura se nos asemeja a esos cometas que vuelven de vez en cuando a cruzar tangencialmente la órbita de este planeta amnésico.

A fines del año pasado y para conmemorar el centenario de su muerte, se efectuó en la Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá, una exposición de sus manuscritos y documentos botánicos, libros y muestras de su herbario, además de un catálogo de sus obras, como una contribución al conocimiento del "mayor botánico sistemático colombiano", en la opinión autorizada de los autores de la Génesis de una flora.

RICARDO RODRíGUEZ MORALES