Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

EL OJO AJENO


Descubrimientos de Colombia

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No me esperaba nada. Corría el año de gracia de 1956, yo era todavía joven pero me creía viejo, al revés de lo que me ocurre ahora. De mis cuarenta años de entonces había vivido la mayor parte en Buenos Aires, cuatro en París —que en el recuerdo se estiran a casi un siglo—, hacía dos que sudaba en el trópico de Puerto Rico. Sudaba en el sentido estricto y en el figurado: porque sentía mucho calor, y porque iniciaba mi carrera de profesor de historia del arte sin tener una formación pedagógica. Y lo hacía en la universidad de esa isla, poblada por la gente tal vez más buena y más violenta del mundo.

¡Ah! me olvidaba: esa primera vez yo venía de Venezuela, que acababa de estrenar en Caracás dando conferencias, mientras me asombraba de la riqueza y confusión de esa ciudad que ya estudiaba para Los Ángeles. Y me asombraba aún más de esa obra prodigiosa que es la Ciudad Universitaria—entonces todavía en pleno crecimiento—, genial creación del arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva, para mí el más grande de todo el continente (y conste que no me olvido de los brasileños de los años 40 ni de los colombianos de los años 70).

Cuando escribí "no me esperaba nada", quería decir literalmente que no tenía ningún prejuicio —a favor o en contra— de lo que veía. Para mí Venezuela era el país en que vivía Clara (quien había organizado esas conferencias y me alojaba en su casa); y Colombia era el país en que vivía Martha Traba (todavía con hache) y que me alojaría también en su casa. Punto.

Orteguianamente: yo era yo y mi circunstancia, lo sabía como buen discípulo de don Pepe, al que nunca ví—por timidez— cuando estuvo en Buenos Aires más o menos enamorado de Victoria. ¿Cuál era entonces mi circunstancia? Ver a una amiga que dejé soltera escribiendo poemas y que recuperé casada y ya madre de un niño que se llamaba Gustavo, quien, en indudable ataque de celos, me retorcía sádicamente los dedos. En esa casa, María —ya sin hache— me iniciaba en los secretos de un pintor que yo no conocía y que pintaba "gordos", según se veía en un cuadrito colgado en el comedor. Reconozco que no me impresioné demasiado: los críticos de arte tenemos nuestras propias opiniones y no vamos a bajamos del caballo a la primera provocación de un congénere.

¿Qué recuerdo de ese viaje prehistórico? Apenas un puñado de "instantáneas" (como se decía entonces): fotos borrosas pero que me han acompañado siempre. Una es así: María —ya con su famoso flequillo— y yo caminamos por alguna calle de su barrio. Unos chicos sentados en el umbral de una puerta saludan a coro:

¡Adiós, Marta Traba! Me quedé mudo y lleno de envidia: nadie me había dicho nada semejante y menos en una ciudad extranjera. Ese día también comprendí el admirable y temible prestigio que sólo conceden los medios de difusión: Marta hablaba ya por televisión y en poco tiempo se había metido a los colombianos en el bolsillo/.

Otra estampa tiene también a María de protagonista: yo me había empeñado en asistir a alguno de sus cursos en una de esas cien universidades llenas de escaleras, galpones, árboles, puentes, senderos en medio de una montaña, donde la juventud colombiana estudia: ¿estudia? La escena transcurre en un local cerrado y oscuro. Marta habla de algo —sin duda del cubismo— y yo, sobre todo, miro a mi alrededor, a un público en que los hombres bien vestidos tienen cara de arquitectos y, las mujeres, de señoras "bien". Una muchacha pasa las diapositivas (unos años antes era la propia María la que las pasaba en un curso de Romero Brest en Buenos Aires. Aquel público también había adorado a María, que ya había escrito para nuestra revista Ver y Estimar una preciosa prosa sobre Rodin y Rilke, su primer texto de arte del que quede memoria).

La conferencia sigue: entre docta y amena. Marta, como todo buen actor —y el que habla en público siempre lo es—, siente a la audiencia amarrada a sus sillas: un terremoto no los movería... De repente, la tragedia. La muchacha del proyector ha puesto una diapositiva cabeza abajo. Consternación entre los oyentes bien educados, excusas atragantadas de la involuntaria culpable. El soberbio cuadro cubista analítico —Picasso, Braque, ¿quién puede saber?— está allí sobre la pantalla... pero al revés. Alguien se ofrece a ayudar con buena voluntad, cuando se oye la voz magistral (en todo sentido) de María que, con el aplomo de los naufragios, dice con dulzura y sin pizca de agresividad: "No, déjela así. Un buen cuadro debe poder verse en todas las posiciones...". No creo que haya habido aplausos, aunque el gesto los merecía. Yo me asombré otra vez. La verdadera lección venía no tanto de lo dicho, sino del dominio absoluto de una situación crítica que hubiera podido llevar al desorden. Ese día debieron de admirarla, de quererla más. Y yo comprendí que la antigua alumna de filosofía que escribía versos y había conocido unos años atrás se había convertido —para bien y para mal— en una mujer que manejaba su destino como quería. La suerte estaba echada.

Esos días míos bogotanos estuvieron llenos de gente. María me quería presentar a todo el mundo. Recuerdo que un día de fiesta fuimos en dos coches hasta el salto de Tequendama. Era para mí la ocasión de dejar el valle templado —yo lo encontraba casi frío— y de descubrir las tierras calienes. El "personaje" en esa excursión rra Hernando Téllez, el escritor. No tengo dificultad en entrar en contacto con la gente; esa vez, sin embargo, estaba un poco inhibido; los demás se conocían entre sí. Y yo francamente no sabía quién era quién ni qué hacía. Pensándolo bien, supongo que Germán Téllez —hijo de Hernando—, arquitecto, historiador y gran fotógrafo, no debía de estar en esa ocasión; posiblemente fuera muy joven entonces.

La situación mejoró para mí cuando pude trenzarme con Téllez, padre, hablando infinitamente de Proust, puesto que ambos padecíamos del mismo morbo inofensivo de la admiración incondicional. Entonces sí se rompieron las barreras y ya no vi exotismo ni paisajes tropicales. Si no me quedara todavía alguna pálida diapositiva mostrando el Tequendama, no estaría siquiera seguro de no haber soñado la aventura. Una noche, en cambio, fuimos a casa de otro escritor cuyo nombre era Nicolás, persona culta que habitaba una soberbia casa estilo Tudor (sólo los argentinos y los colombianos somos tan esnobistas como para tener casas Tudor). La biblioteca de este caballero consistía en un inmenso salón tapizado de arriba a abajo de libros bien dispuestos en anaqueles limpios y relucientes. De esa noche —tal vez memorable—, en vez de recordar algo de lo que se dijo, retengo solamente el perfume de cera lustrada que da la riqueza, y el cínico pensamiento de que, así, cualquiera podía ser filósofo...

Poniéndome a investigar en mi pasado, debo reconocer que mi impresión originaria de Colombia no fue geográfica sino humana. En algún café de París conocí a un grupo de arquitectos de ese origen: Germán, Hernán, Rogelio. Algunos trabajaban en el codiciado estudio de Le Corbusier, en el 35 de la rue de Sévres, en un antiguo convento desaparecido. No los veía fuera de ese ambiente estudiantil, pero me daba cuenta de que de su conducta trascendía una actitud humana más "democrática" —vamos a decir— que la del resto de los latinoamericanos.

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Cuál no sería mi sorpresa al encontrarlos un sábado por la tarde asistiendo al doble seminario de Pierre Fran— castel, personaje básico en mi carrera, que yo sólo había descubierto, en un congreso en Amsterdam, en 1951. Los colombianos iban desde antes, y recuerdo haberles reprochado no avisarme la existencia de semejante profesor. ¿Te parece tan bueno?, fue la reacción del más desenvuelto de esos entonces muchachos (el mismo que criticaba al viejo "Corbu" por insoportable, que tal vez lo fuera).

El contacto real con la tierra colombiana fue, naturalmente, visual. En avión yo solía pedir siempre la ventanilla —como los chicos—, porque a mí todo "me entra por los ojos", lo que me parece lógico, dado mi oficio. Sí, lo confieso, yo soy un voyeur inconsciente, que se pasa la vida mirando como eterno mirón. ¿Y qué veía cuando sobrevolaba los campos de batalla bolivarianos? Algo en lo que yo mismo no podía creer: los valles se sucedían verdes como un terreno de golf, con sus prados entre montañas, sus bosquecillos proporcionados que nada parecían tener que ver con el salvajismo nativo de toda la América que ya conocía: del norte, del centro y del sur.

En fin, el contacto del aire bogotano, más que fresco, constituyó otra sorprendente revelación cutánea: había que tener siempre a mano algún pu —llover de lana y, más tarde comprendí, también un paraguas o una gabardina y hasta alguna clase de sombrero. ¿Lluvia, sol, ambos a la vez? Esa era la ley de la región y no iba yo a cambiarla; antes bien, cuando la descubrí pude aprovecharla para lograr alguna de esas dramáticas fotografías que yo creí eran posibles sólo en México.

Ya instalado, empecé mis excursiones arqueológicas: todo giraba en ese tiempo alrededor o en el centro del viejo casco urbano. Llegar hasta el nuevo hotel Tequendama era casi arriesgarse a los suburbios que se harían más tarde los más caros barrios residenciales. Como no sé ahora dónde pude vivir entonces, me resulta difícil reconstruir mis posibles itinerarios: estoy seguro de haber visto las iglesias y conventos visitables. Todavía no soñaba con dedicarme al arte colonial, y si tomaba mis fotos en colores, era casi como rutina de turista interesado en las curiosidades locales.

Bogotá era todavía una capital provinciana relativamente calma y agradable de vivir. Si se notaban las diferencias de clase, ellas no parecían afectar la relación muy cordial de la gente entre sí. Poco a poco me iba haciendo una imagen un tanto idílica que he tenido que modificar mil veces a lo largo de mis infinitos viajes. Del de 1956 me quedan algunas constancias: que no salí de Bogotá —salvo esa incursión al Tequendama— y que, aparte de los amigos de María y de Alberto, yo recuperé al menos a dos de mis compañeros de París: Yolanda y Germán, que no sólo habían vuelto con un niño sino que hasta estaban ya instalados en la casa muy "corbusiana" que Germán proyectó y que sigue siendo el núcleo de la que ha crecido según nacían los hijos de esa numerosa familia.

Me convencía de algo que apenas había supuesto: de una oscura manera, un pais es su gente. Por eso es tan importante lo que decimos y hacemos, sobre todo cuando estamos en un contexto que no es el nuestro propio. Del conocimiento en París yo había comprendido ya que la sociedad colombiana —al menos comparada con la equivalente argentina— me resultaba una sociedad "abierta" en que era fácil comunicar, puesto que ella misma se sentía libre de expresarse y proclamarse con sus virtudes y sus vicios. En una palabra: sintiéndose segura de sí misma.

A partir de ese primer viaje, que recuerdo más vívidamente, mis otros recuerdos colombianos entran en una deliciosa confusión en que se mezclan nuevas amistades, experiencias, peligros... en fin, la vida entera. Estadísticamente no sé cuantas veces he estado en Bogotá, pero estoy seguro de haber visitado a Tunja, Cali, Popayán y Cartagena por lo menos en dos ocasiones, separadas entre sí por varios años. En Medellín y en Villa de Leyva apenas si estuve una vez, cada una inolvidable por distintos motivos.

He sido jurado en concursos de arte, he dado clases, conferencias, me han entrevistado en persona, por radio y televisión, gracias al ubicuo Bernardo.

Tengo —o creo tener— amistades entre los artistas, historiadores, críticos, escritores y hasta directores de galerías y museos. Cuando yo creí que no conocería más colombianos y colombianas, he aquí que surgen otros de los azares de la vida aventurera...

Alguno de esos encuentros fortuitos los recuerdo mejor porque tuvieron el encanto de lo imprevisible. Una mañana, ¿cuándo?, estaba más o menos perdido en el laberinto de libros de ese minúsculo rascacielos que era la antigua Buchholz, templo tan templo como el del vecino San Francisco, cuando un "bebé gigantesco" —Marta dixit— me interpeló: "¿Es usted Damián Bayón?", me preguntaba una voz aflautada que no parecía salir de esa enorme carrocería sonriente. Yo era. Se lo dije, sorprendido de mi presunta nombradía, para escucharme preguntando a mi vez: "¿Cómo lo sabe?". La respuesta vino instantánea. "Porque en la contratapa de Arte de ruptura hay una foto suya". En efecto, en 1971, un gran fotógrafo de arquitectura —Paolo— me había retratado, mediante un teleobjetivo, contra la pared de una peluquería, en el blanco pueblo mexicano de Atlixco. En el tiempo de ese histórico documento yo había sido más joven, y no sé ya por qué me dejaba unas patillas tupidas y unos bogótazos en doble cascada a lo Pedro Armendáriz: otro de mis avatares, ¿y van ya cuántos...?

Volviendo a la librería: charlatanes los dos interlocutores, una vez roto el hielo, Juan Gustavo y yo nos fuimos caminando a un café que él conocía en la Jiménez de Quesada. De esos cafés antiguos como para solterones y amargados, de los que salen nombrados en las letras de los tangos. Cafés para hombres, como los que he visto en Belgrado, Salónica, La Paz. No recuerdo si —como los de barrio, en Buenos Aires— tenía aserrín en el piso y salivaderas como las de hace medio siglo. ¿Qué nos dijimos para impresionamos mutuamente esa primera vez? No soy capaz de reconstruirlo, aunque no me cabe duda de que mi posterior larga colaboración con la revista Eco —que Juan Gustavo dirigía— data de ese, para mí, trascendental encuentro. Que llevaría más tarde a mi libro Pensar con los ojos, publicado en Bogotá y ya tristemente agotado.

Sí, un día tuve que conocer a María Teresa, a Asseneth. Mi registro de colombianos me dice que la próxima vez estuve con José, un escritor que me había recomendado Murena, el argentino autor del pesimista Pecado original de América. En ese viaje tuve también mi pequeño terremoto "personal" caminando por el Planetario, antes que se alzaran las soberbias Torres del Parque; por ese entonces, Alvaro me invitaba a un buen restaurante en una transversal de la carrera séptima. En cambio, soy muy consciente de que a Edgar lo conocí en París, a Eduardo en Nueva York, a Emma en el curso de Francastel.

Otro curioso encuentro —combinado a distancia por Juan Gustavo— fue el de Medellín con el "poeta" que se ha transformado hasta la fecha en mi ángel guardián y es capaz de grabarme el resumen parlante de mi tesis de doctorado de hace veinticinco años. Historia distinta ésta de Medellín, en que fui invitado a dar una conferencia en un museo en que, por empezar, hacía una exposición de arte conceptual... y yo hablé de todo lo contrario.

Recuerdo que me buscaron en el aeropuerto, me instalaron en el clásico hotel central con esta cómica advertencia: "cuando llegue a la puerta de calle, de aquí a la derecha, usted no sale; a la izquierda —si quiere— puede salir". Me pareció exagerada la consigna. Cuando a la tarde me buscaron para ir al museo, me llamó la atención que las muchachas que se ocupaban de mí guardaran relojes, cadenas, pulseras para hacer apenas unas cuadras a pie: me estaba convenciendo de que el peligro realmente existía.

Al fin llegó mi conferencia: el día estaba repleto de compromisos. Primero, dirigirme a un público que no conocía y no sabía muy bien quién era yo. Acostumbrados, por las famosas bienales de Coltejer, a que por Medellín aparecieran los críticos y directores de museos pertenecientes al jetset, las gentes que me entrevistaban se veían frustradas. Una exposición de arte conceptual ocupaba las salas, y yo hablaba debajo de una serie de hojas de periódico sostenidas en cuerdas como ropa puesta a secar. Yo mostré diapositivas de arte latinoamericano que considero valioso; creo que no nos entendimos y que debí decepcionar a mis pobres oyentes.

De ahí fui raptado a una especie de castillo de juguete en las afueras: otra exposición atroz: aquí no era la "vanguardia" de buena fe juvenil, sino el cinismo de un pintor que producía cuadros híbridos de Botero y de Grau, y que además me perseguía para que lo elogiara. Allí, en un minuto fatal, tomé de un endiablado brebaje alcohólico que acabó conmigo. Cuando me rescató el amable señor que me había invitado a cenar, en una casona típica, comida criolla local, yo estaba ya moribundo y, antes de dar el espectáculo el pobre invitante —que me debe odiar—, tuvo que llevarme al hotel, y yo pedir un médico.

Por suerte, hubo mejores recuerdos:   un matrimonio de arquitectos cuya casa moderna daba sobre un valle maravilloso; la familia que me recibió como viejo conocido y que tenía cuadros de Luis Caballero, uno de mis mejores amigos de París; el madrugón histórico de Darío, que me quiso acompañar hasta el avión y a quien yo pensé no ver nunca más... y se ha convertido —como Juan Gustavo, como Ana María— en mi protector colombiano, responsable de estas descosidas divagaciones escritas a lo largo de París, de Santa Bárbara, de Nueva York, donde pienso ponerles punto final.

¿Mi primera impresión de Colombia? No hay tal, todas son contemporáneas más tarde en el recuerdo humoso de una ya larga existencia bien colmada. Bocanadas de escenas de mil tiempos: visita a Arbeláez Camacho, que tenía la cara del Marte de Velázquez y me regalaba su libro...; las rituales inspecciones a las incesantes obras de Salmona y las bromas sangrientas y tiernas de ese eterno protestón que él es...; las entrevistas de Bernardo Hoyos, en las que, si uno no se apura, lo dice él todo, de miedo que uno se quede callado (eso es conocerme mal...)

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¿Qué más? Todo: mis conferencias improvisadas en la Luis—Ángel Arango, a las que asiste un público maravilloso que me es fiel no sé bien por qué...: y las otras, las clases en los Andes, en donde estudiantes y genios con sombrero puesto son avanzados, y yo ineluctablemente retraso...; la pelea con revólver en el interior del Tía, en la carrera séptima, cuando creí que me mataban por error...; la conversación con el cura español de La Candelaria, no de cuestiones teológicas sino, inesperadamente, de Julio Iglesias...; Gustavo y sus hijitos esperándome de madrugada, cariñoso, y que ya no me retorcía los dedos...: el asalto a las cajuelas del hotel Dann, donde yo, por suerte, no tenía nada...; la excursión demente a la laguna de Eldorado, en donde yo —casi paralítico— era izado sobre un mar de barro...

No me acorralen, puedo escribir la vida entera sobre Colombia. Por ahora, me niego a poner punto final. Hasta la próxima.

DAMIÁN BAYÓN