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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Los límites de la
imaginación
Serenidad sitiada
Carlos Fajardo Fajardo
Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá, 1990.
Tejedor de Instantes
Julio César Gayes Narváez
Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá, 1990.
Cibeles
Marina (Forero de) González
Edición de la autora, Bogotá, 1989
¿Puede haber poesía de la experiencia
sin experimentar en la doble acepción del término previa o simultáneamente
la "realidad" del poema, entendamos por éste lo que se nos antoje? Poco, en
verdad, tiene que ver este vaivén con la paradoja del huevo y la gallina. El alcance de
la imaginación es verbal, y toda vivencia de lenguaje pasa por unas similares de lectura
y reflexión, voluntarias o no.
La poesía suele ser lo que a uno le dé
la gana, que esto quede claro. Pero también reconozcamos que cuando se habla de poema nos
referimos a un objeto verbal con características definidas no por un precepto sino por la
sutileza de quien se las ve a solas con el lenguaje, ajajá. (Eso, y será chitón boca lo
demás). Pero como no pretendo hablar sibiinamente, digamos que la sutileza a que me
refiero consiste en anticiparse a la reacción del posible lector lobo feroz o
del lector que asiste el involucrado, guardián mansísimo al proceso de la
escritura.
El poema, entonces, ha de proponerse como
un conglomerado de enigmas que en ese preciso momento el autor ni sospecha, y que un
lector podrá registrar y tal vez desvelar. Del mismo modo, cuando alguien lee un poema
por vez primera sólo puede acercarse a determinados puntos (cardinales o periféricos)
del sentido. En esta operación de ida y vuelta interviene, pues, la experiencia de
lectura, la reflexión, la voluntad de fijar ciertos límites. (Una cosa es leer un poema
suelto de Lezama Lima sin más ayuda que una predisposición léxica y otra es concederle
un lugar en la obra lezamiana y, mejor aún, en un contexto "barroco). Por lo
tanto, cualquier poema lleva en sí, como arañazo de fábrica, la necesidad de
emparentarse con otros, o distinguirse de otros, o separarse, o renunciar ¿acaso
con éxito? a la categoría que lo define, oprimiéndolo.
Leamos ahora estos tres libros teniendo
en cuenta, hasta donde sea posible, tales ideas. Los dos primeros autores tienen rasgos
comunes (al margen de la editorial donde publican). Serenidad sitiada es justamente eso:
la palabra que se quiebra por obra de una angustia superior al ánimo de amansarla. El
hablante del libro es un cumbiambero pura vida, chico con una opresiva
sensación de muerte. Las máscaras de la doña: el silencio y, por qué no, la supuesta
tranquilidad (que rima con esterilidad e inmovilidad).
Definir la experiencia del poema, en este
caso, es adjudicarle una experiencia de lectura, que ya brinca en Palabras de Orfeo (pág.
17), De Modigliani a Jeanne Hébuterne (pág. 25) y en Así el mundo (pág. 49). Escritura
como deseo, siempre: "Si escribí fue tan sólo para no morir [...] Así aprendí el
mundo. / Ahora no puedo faltar a mi palabra. / De este a oeste / igual a péndulo de arena
/ mi deseo crece cotidiano" (El primer sol, pág. 7);."Oh imágenes de la verdad
/ como una ofrenda al deseo..." (Visión, pág. 13). Esta necesidad va acompañada,
no de manera feliz, por una concepción muy romántica de la poesía y del poeta:
* Los poetas seremos siempre los
hurtadores del alba y de la noche
[...]
Los poetas
cargaremos el dolor
igual que los ancianos la prontitud de la muerte.
[Palabras de Orfeo, pág. 17]
*Los poetas crecen en el carísimo
vaivén de los hombres como barcas
fabrican a veces lunas rojas
y refugios encantados...
[Poética, pág. 21]
*Dos goces esperando el instante de
su entrega
en este mi lecho de poeta pobre...
[De erótico, pág. 29]
*Entonces escucho los gritos de un
poeta asesinado
Lejos, las herramientas de los poetas
aún están encerradas bajo custodio
[Diario, pág. 41]
La confluencia de deseo y palabra se
resiente cuando se mezcla la función protagónica de cada uno. El lenguaje
"imagina" que acierta con facilidad, y por eso su constante referencia a
describir, pronunciar, nombrar (págs. 7, 19, 25, 46, 47, 61), o invocar (págs. 13, 21,
23, 35, 47), o descifrar, o leer. El peligro radica en tropezarse con la literatura: lo
literatoso. El poema es como esos "jóvenes [que] se aprestan a celebrar con sus
cuerpos/la ausencia de sus padres prisioneros del miedo" (Parejas, pág. 9).
Ciertamente, de ese miedo puede surgir tanto el arte como la neurosis: "En nuestra
vieja celdaamor/ habrán abierto alcantarillas/ donde entonces/ con los sexos
heridos y en empapados besos/ creíamos crearnos/ ¿De esta vida qué dirán en el
futuro?/ Que sólo tuvimos el derecho a destruimos" (Poema, pág. 32).
En otros momentos, de solaz armonía, la
palabra indudablemente acierta:
"Y hoy has soñado las cosas que
tienes para decirme! dices las cosas que debes soñar/ donas tu imprescindible belleza/
Dices: La vida esta vida! casi cayéndote de la silla! tambaleándote con un cigarro entre
los dedos/ así como muriendo/ y sintiendo esa extraña fuerza/ que empuja hacia la
tierra./ Y somos el principio/ en nosotros el principio y el fin! esa bella
condición" (Esquela del amor, pág. 59). Pero esta bella estrofa está en medio de
dos que le hacen un pan con pescao y no la dejan respirar. La ciudad es una pantalla por
la que discurren estos personajes, incluido el lenguaje. Parir un poema en la ciudad,
¿equivale a darle una voz ciudadana? Sí, pero ¿cuál? Carlos Fajardo tendrá que
soñarla y asumirla.
En Tejedor de instantes esta
preocupación parece primordial. La ciudad con sus calles se percibe aquí porque el poeta
intenta acercarse lo más posible a la "realidad". Pero ésta, ya se sabe
(aunque convenga repetirlo), es siempre lo de palabras. Goyes Narváez conoce la
diferencia: "El siglo ciudadano construyó! cimientos de opulencia! sobre nuestro
sueño de proletas sabios/ ahora somos de pólvora y cristal fino./ No idénticos/ aunque
vengamos de antiguas esquinas/ de la misma oscuridad distintas calles/ Edad donde yacen
los asombros" (Paradoja para antiguos amigos del barrio, pág. 27). Pero entre una
declaración y el hecho hay su buen trecho. Lo sugerente en este libro es que el instante,
asociado con la acción de tejer, deviene lenguaje; es decir, palabra consciente de su
propia fugacidad. En este sentido el poeta de Nariño se parece a un organillero que toca
música "seria" (el timbre político de toda poesía) con un indoblegable
instinto de supervivencia. En las primeras páginas aparece una naturaleza contemplada
desde la óptica china, o más bien su "costura" (Li Po); pero muy pronto esta
convivencia poético ecológica cederá terreno a "las montañas de
hormigón" (pág. 37). En un extremo, la deseada plenitud: "Arboles acostados en
el agua! todavía fecunda del lado.// Las canoas reman sueños/ de escondida inmovilidad//
alguien turba hacia adentro// En el fondo/las algas tejidas y suntuosas/
esperan siempre hilvanar/la última nostalgia" (Visión, pág. 21). En el otro, la
crueldad: "El cielo piel serena e infinita! está habitado de navegantes casas! que
nadie dirige.// Desbocadas criaturas invaden las horas/ de multiformes sueños fugaces/ y
la noche profunda las acoge! mientras la ciudad duerme! como un niño! espantada!"
(Las ciudades nocturnas, //, pág. 43).
Entre ambos extremos perdura ese afán de
poder estructurar el mundo a través del lenguaje. Como en Fajardo, aquí también la
palabra busca nombrar desde un cuerpo: "...también el amor será en vano/ el
cuerpo cansado antilana tu deseo de hombre/ quizás entonces esperes el fin de
semana! en que el contrato concede! un regalo para tus placeres" (Lwalgio para un
hombre rudo, //, pág. 51); "El hombre se despierta! sabe que la noche ha perecido/
como han perecido muchas cosas:! deseos! ideas! hombres! se abotonan la camisa frente a la
ventanal piensa en el instante..." (El encuentro, pág. 55). Pese a que estos sueños
delatan su forma "inasible", la palabra trata de hacer con ellos un tejido de
larga duración. Empresa dificil, como vemos, ya que el lenguaje que se tiene a la mano
(es decir, el de la tradición en que se inscribe) ha extraviado su significación.
Quiéralo o no el poeta, La mansión deshabitada (pág. 47) es, ni más ni menos, la suya,
la única que posee:
Hay una mansión
con las puertas abiertas
cubierta a veces de sol
y otras de niebla.
Hay días que bullen muchas voces
deliciosas fiestas citadinas
o ritos paganos
de interminables sacrificios.
Siento pisadas...
bien sé que está deshabitada
nadie enciende la luz
excepto mis fantasmas.
En este mausoleo el hablante sólo puede
actuar por intermedio de sus propios fantasmas. ¿Cuáles serían? No los nombra porque se
les ha borrado el rostro, seguramente, entre el sol y la niebla. Pisadas que son
habladuría. ¿Serán otro cuerpo en el futuro? Por ahora se resignan a vagar por el
Cementerio de la Versificación. Goyes Narváez da señales de alerta. Pero él es el
único que puede conjurarlos.
Uegamos a Cibeles, de Marina (Forero de)
González (así, entre paréntesis, porque en la cubierta del libro es, nada más,
González). Evidentemente, cualquiera tiene la libertad ¿o el derecho? de
publicar sus versos, poner una foto suya al final del libro antes del pliego de datos
profesionales. Cualquiera tiene la libertad de conseguirse una persona que escriba un
prólogo en el que se diga, como aquí lo promete el señor F. Gil Tovar, que la autora de
estas composiciones se incorporará "al acervo de la poesía escrita en
Colombia". Cualquiera tiene la libertad de lanzar al viento, en un mismo trozo de
castellano, una definición de poesía y desentenderse del asunto y que otra persona pague
los platos rotos. Citemos, no por afán de mordacidad sino por justicia con el lector:
"Insistes en que publique! un libro de mi pluma.! Yo solo plasmo en letras! la
soledad que! a veces me derrumba! y que percibo! en el resto de la gente.! Trato de
comprenderme! y de comprender
la! complejidad del ser humano.! Narro el
amor! llamado amor! cuando es del alma! e invoco a Dios como/ un todo en la naturaleza.!
Si interpretar! la vida a mi manera! y contar a gritos! mis secretos! sin pretender!
nada... de nada...! lo llamas poesía! gracias amiga.! Publica el libro! y haz que nazca!
otro poeta!" (Elsa, 17).
Seamos honestos, por el amor de Dios (o,
mejor, de Diosito, como dice la autora en el último escrito), y tratemos de reflexionar
un momentico, como creo que dicen en Bogotá. (Advierta el ojo avispa a las rimas internas
y las reiteraciones de la oración anterior).
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Supongamos amigo lector, amiga
lectora que con cierta regularidad vamos al mercado a "hacer la plaza",
esto es, a comprar provisiones para el bitute familiar. Supongamos que tenemos en el
mercado una casera, es decir, una señora que tiene un puesto y a la que le compramos
semanalmente con una fidelidad casi religiosa. Nuestra casera nos engríe y nos vende el
kilo de papas más barato que la casera del puesto de al lado (aunque tal vez nos cobre el
doble por el kilo de arvejas, pero quién sabe). Nuestra casera, pues, ha ido metiendo las
verduras, las menestras y la fruta en la bolsa de yute con asa, al tiempo que llevaba en
un papelito la cuenta. Supongamos que al final de la compra nosotros chequeamos con la
señora la operación, a ver si coincide la cifra de su papelito con la del nuestro. Que
la suma; que la resta ("un descuentito, pé, tía, ¿o ya se olvidó que soy su
casero preferido?"); que los quebrados (ese cuarto de kilo de albahaca y los dos
tercios de nísperos, maduritos). En fin, supongamos que durante un año guardamos en un
cajón del escritorio esos papelitos. Ahora bien, supongamos que además se nos ocurriera
publicar esos papelitos monumentos todos al tempus fugit del saber humano en
un libro, a papelito por página. Pregunta que cae como la pera madura de la canción
aquella de nuestra juventud florida: ¿publicar esa colección nos convertiría en
matemáticos?
Hay un libro de Milan Kundera que se
titula La vida está en otra parte. Algo así se puede decir de la poesía respecto al
opúsculo de Marina (Forero de) González. A mí me intriga, como lector y bibliómano, un
detalle. En los datos profesionales se menciona que la poeta (no hay que olvidarse que
de poeta, músico y loco, todos tenemos un poco") es autora y editora de un
Manual básico de artes decorativas. ¿Cómo permitió que la edición de su propio libro
de secretos (sigo la definición de poesía de su amiga Elsa) fuese francamente espantosa?
Los dibujos anteriores parecen de colegial marihuano desaprobado en educación artística
(para no hablar de la cubierta). Si la belleza femenina bastara para salvar a estos
escritos, no tendríamos inconveniente en afirmar que el mejor poema del libro es la
imagen de la autora. Pero en materia de poesía la belleza personal no basta, como no
bastan la ideología política ni las creencias religiosas ni ser hijo de papá ni el amor
que le podamos profesar a otra persona ni el cariño de una madre ni el héroe de la
Independencia ni el borrachito de la esquina. La poesía se hace con palabras y con mucho
silencio. Y sin embargo lo que van a leer, sufridos lectores, no es poesía ni en
Chihuahua ni en las Malvinas: "Sentí otra vez tu sexo poseerme! y en un orgasmo/ de
nube, tierra, flores silvestres! y música de cascada! ¡Grité tu nombre!! ...se oyó el
silencio. . ./ lloró la noche! y desperté en el limbo" (Limbo de amor, 5). No de
amor: limbo del cansancio. Recemos un avemaría por tales ánimas.
EDGAR OHARA
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