|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
¿Hace importante
a un individuo que alguna vez haya
estrechado la mano de Lord Bolingbroke?
Felipe Angulo y la Regeneración
Juan Pablo Llinás
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1989, 235 págs.
Lo accesorio sigue a lo principal, reza
un conocido principio de lógica jurídica. Cuando lo principal, llámese Regeneración,
llámese Rafael Núñez, está tan alejado por el prisma histórico tradicional de toda la
órbita que lo rodea, lo accesorio llámese Felipe Angulo, Miguel Samper, Carlos
Martínez Silva, etc., etc. quizá con la honrosa excepción de don Miguel Antonio
Caro, quien brilla con luz propia, no hace más que fijarse a lo principal como un
satélite o como un simple ropaje. Es entonces cuando aparece con toda claridad que si lo
accesorio no añade nada a lo principal, ni siquiera en su periferia, debe ser desechado
como inservible.
Este dictamen riguroso debe recaer sobre
este libro del historiador Juan Pablo Uinás, aunque con alguna salvedad, proveniente de
otros ámbitos históricos. Pasaré, pues, sin medida, sobre el estilo de Llinás y sobre
su método histórico, para fijarme sobre aspectos más aparentes y menos juiciosos. Es
evidente, por ejemplo, que Llinás agota la bibliografía existente; pero lo hace de una
manera por demás curiosa. Su trabajo es un salpicón de citas, hechas de tal manera que
todos los libros resultan a la postre citados, así sea a trasmano, así sea una sola vez.
Lo grave es que con la gran mayoría sucede aquello: son citados una sola vez a pie de
página, cual si se tratara de darles cabida a todos, como quien intenta impresionar a los
examinadores de una tesis universitaria gracias a la "amplitud" de sus
conocimientos. El consabido ibid., aquí casi desaparece.
Doy un ejemplo: Cualquier libro acerca de
la Regeneración nos cuenta que Núñez fue elegido para el período 8486 con votos
conservadores e independientes. Pues a este dato elemental Llinás le asesta una cita a
pie de página: "Gonzalo España, en Rafael Núñez, Escritos políticos,
Bogotá...". Pregunto, ¿a qué viene la cita?
Pero acaso esto no sea un defecto más
que de forma, si es que es un defecto. Lo que nos interesa a nosotros, los no formalistas,
es la materia del asunto y nada más. Y el asunto resulta ser un apretadísimo recuento,
una compilación estrujada de la historia patria tradicional que rodeó la existencia de
don Felipe Angulo, un patricio costeño que no llegó a ser presidente de la república,
según su apologista, sólo porque una temprana muerte, a los cincuenta y ocho años,
truncó una carrera brillantísima.
El problema es que casi lo mismo podría
haberse escrito o reescrito alrededor de Núñez o de otros hombres de la época. Añade
ciertas notas acerca del abolengo y del árbol genealógico del biografiado y de sus más
cercanos parientes, con datos inocentes como éste, que retrata a un hermano: Luis,
médico egresado de la Universidad de París, nunca ejerce la profesión y muere en El
Guamo de sorpresivo infarto, cuando viaja a Calamar en busca de la novia agraciada, Silvia
Ballestas, con quien se proponía casar" pág. 22). ¿Qué pasa? Pues que si se
tratara de un hermano de Napoleón tal vez el dato sería interesante. ¡Pero si ni
siquiera sabemos quién era Angulo!
Esto es apenas un indicio de la pena
fundamental de este libro, esto es: de la ausencia de materia documental para sustentar
una biografía con ribetes interesantes. Ciertamente, toda vida humana contiene episodios
suficientes para hacer con ella la más fascinante de las biografías. Pero, ¿a qué
viene repetir la trillada historia del tabaco y del añil? ¿Será lícito quedarnos en el
trasfondo, estudiando el río que acompaña a lo lejos a todas las Monalisas? De ser así,
podemos quedarnos componiendo un himno a la mediocridad. Por seguirle la pista a Angulo
nos perdemos en el laberinto del libro y de la historia. ¿Hace importante a un individuo
el hecho de que alguna vez haya estrechado la mano de Lord Bolongbroke? ¿O la de Isabel
II de España, quien llamaba "compadre" a don Carlos Holguín, "a pesar de
no serlo" (pág. 122)? ¿Es esto algo más que una joya de un arribismo de
acomplejados y del peor gusto? Es lo que ya anoté a propósito de una oscura biografía
de don Antonio José Uribe. Tanto se asemejan, que en un momento escalofriante llegué a
pensar que estaba leyendo el mismo libro (o su fantasma, lo que es peor).
Por supuesto, desfilan largas páginas
llenas de nombres propios, la lista de profesores de la universidad, de los padrinos de
tal o cual ceremonia... Si eso es la historia, ¡que viva la novela!
El laudo veintejuliero, el encomio de sus
grandes condiciones morales, muchas veces advertidas a lo largo del libro como una
precaución contra lo que vendrá más adelante, más rebajan que ennoblecen la imagen de
un político. Un buen político debe esconder sus defectos. El historiador imparcial suele
piadosamente esconder los de su homenajeado, mas no los exhibe para luego disculparlos. En
un alarde de candidez, el autor proclama: "Crece en ambiente espartano, junto a las
labores del campo, y esto aguza su discernimiento. A pesar de la poca lectura pronto
consigue ser culto. Apreciaba los matices y las inexplicadas relaciones más allá de la
pura realidad. Poseía indudable encanto personal y esa suerte facilita su ascenso
verdadero". ¿Hará falta algún comentario?
Con admirable disciplina, Angulo habría
"leído todo lo escrito por el señor Núñez, interesado en entenderlo primero a él
y después a su sorprendente ideario fundamental". ¡Qué loable!
So pena de resultar reiterativo, no cedo
a la inquietud de preguntar ¿cuál es el objeto de las biografías de personajes que no
cambiaron en nada la historia? Si es literario, pase. Pero cuando un autor no dice
absolutamente nada nuevo, y lo que repite, lo repite estropeando el estilo de quienes
antes lo habían dicho mejor que él, lo mejor es deparar el olvido.
A este libro lo salvan los capítulos
finales, que son una especie de apéndice documental que se resuelve en un alegato acerca
del enojoso asunto que se conoció como "Le Petit Panama", una historia que raya
en novela, que involucró como actor principal a don Santiago Pérez Triana, hombre de
"ilimitada audacia", intrigante, astuto, un timador perfecto, y entre los
secundarios a Felipe Angulo. El mejor documento del libro resulta ser un comentario
aparecido en el New York Herald (lo. de abril de 1894), transcrito íntegramente. En apoyo
de su cliente, Llinás arguye: "En su larga defensa no toda vez lo acompaña la
razón pero él siempre anduvo convencido de ella [!]" (pág. 185). El "Petit
Panama" vendría a ser echado en el olvido a raíz del "Grand Panama" que
bien conocemos.
No sé si Angulo fue culpable o inocente.
Sé bien que en el orden jurídico se es inocente mientras no se pruebe la culpabilidad.
Pero en el orden histórico y esto lo olvidan a veces los historiadores la
cosa es a otro precio. Allí ya no se es ni inocente ni culpable. El historiador debe
aportar las pruebas y su visión, aunque sea parcializada; es el lector o su álter
ego, la posteridad quien debe juzgar, y eso si le viene en gana. Por otra parte, el
juicio de la historia permanece siempre abierto. Siempre aceptará nuevas pruebas.
No sobra agregar que, más que para
entablar una discusión entre historiadores, los libros de historia, como muchos otros,
deberían estar dirigidos al público más que a los especialistas.
LUIS H. ARISTIZABAL
|