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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Es falso,
retórico todo aquello que no dé
una visión de conjunto, de unidad
Diario del alto San Juan y del
Atrato
Eduardo Cote Lamus
Fundación Simón y Lela Guberek, Bogotá,
1990,70 págs.
En septiembre de 1958 una comisión de
seis representantes a la Cámara, entre los cuales figuraba el poeta Eduardo Cote Lamus,
viajó al Chocó con el fin de conocer las necesidades y problemas de esta comarca del
país y presentar un informe con las posibles soluciones. Meses después del informe
oficial, Cote publicó sus observaciones personales en Mito (núm. 24,
marzoabrilmayo de 1959):
"Diario del alto San Juan y del
Atrato". El Instituto Colombiano de Cultura lo reeditó en Mito, 19551962,
Selección de textos por J.G. Cobo, y en 1976 en Eduardo Cote Lamus, Obra literaria
(edición dirigida por Guillermo A. Arévalo). Ahora la Fundación Simón y Lela Guberek,
en su Colección Literaria, núm. 35, lo edita por cuarta vez.
Cuando Diario del alto San Juan y del
Atrato apareció en Mito, no hacía mucho que Eduardo Cote había regresado al país, con
el propósito de hacer carrera política, luego de una larga estancia en Europa. Un año
después del Diario publica La vida cotidiana, libro de poemas iniciador de un nuevo ciclo
(muy prometedor y admirado por algunos poetas posteriores) que se trunca, en 1964, con la
temprana muerte del poeta en un accidente de tránsito, cuando era gobernador de Norte de
Santander.
El Diario, fiel a su título, registra
las impresiones de Cote a su paso por diversos ríos y pueblos del Chocó, desde el 12
hasta el 18 de septiembre de 1958. Estructurado a manera de contrapunto, el texto se mueve
casi siempre entre dos polos Andagoya y Andagoyita, la maestra negra de traje rojo y
la maestra negra de traje azul, el barequeo y la draga, Luzmila y Yamila, a partir
de una oposición mayor, fundante, que se constituye en el principio constructivo del
libro: el contraste entre el San Juan, río del Pacífico, móvil, lleno de nubes y de
oro, y el Atrato, río del Caribe, tranquilo, lleno de mariposas, de pájaros y de
música. A lo largo del libro se van intercalando múltiples enumeraciones sobre los males
del Chocó la explotación, el abandono del gobierno central, la falta de vías de
comunicación y de iniciativa comercial, la horrible situación social, la miseria, la
pobreza, el desamparo, el sol, el río, las serpientes, los yanquis, el clima inhóspito,
la prostitución, el pian, la malaria, la tala de árboles, etc., elementos del
desastre que, como en la narrativa de la tierra, cumplen una función tranquilizante de
denuncia social.
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No obstante, y fiel a su título, el
texto se ocupa menos del hombre del Chocó que del paisaje, los crepúsculos, los grandes
árboles, las lianas, la vegetación virginal, las lluvias enemigas, "expresión de
la cólera del Dios energúmeno", y, sobre todo, del "rey de la selva", el
río que, a veces, es un "lago que anda". El ser humano prácticamente no
existe: si la mujer es "expresión de la naturaleza chocoana" en correspondencia
exacta con "la virtud musical de los ríos" y "las ramas de los árboles
movidas por el viento", los hombres, castigados por las pavorosas fuerzas del mundo
natural, "no son sino exclamaciones, interjecciones" (pág. 62) o "una
cadena de resentimientos en medio de la manigua", es decir: entes indistinguibles del
irracionalismo de la fauna feroz. Cuando existen, los chocoanos son negros amables,
cordiales, festivos y, principalmente, pintorescos: seres que bailan sin música;
obsesionados por la palabra de plaza pública; oradores présbitas que al pronunciar un
discurso leen hojas en blanco porque improvisar es de mal gusto; alcaldes que tocan
trompeta; poetas que conocen la poesía de Gaitán Durán, Cote Lamus y Fernando
Arbeláez; encantadores de culebras, etc. La única ocasión en que se intenta ahondar en
la ontología del chocoano, la conclusión (o su expresión) es pobre: "Es mentira
aquello de la pereza del negro. Lo que sucede es
que para ellos en el Chocó existe otro
tempo vital. Y los hay de todas clases y grados" (pág. 36).
Un aspecto del chocoano atrae
especialmente la atención del autor: el habla. En el libro no sólo se registra una serie
de vocablos y expresiones dialectales (chascarri, corró, la chocosana, el agüita, está
pariendo el arroz), sino que también se formulan observaciones fonológicas,
morfosintácticas y semánticas. Se plantea, por ejemplo, que el habla popular está llena
de diminutivos, elipsis y eufemismos. O se nos comenta que "el alcalde habla un
lenguaje dulce, bien pronunciado. Las vocales al lado de las consonantes agudas tienen un
especial sonido" (pág. 13).
Pero Cote va más allá de la simple
sensibilidad filológica: reflexiona también sobre el poder de las palabras. Tal
inquietud se advierte particularmente en la presentación de dos casos extremos: el de don
Cacú, un negro que "hablaba poco, pero sus palabras eran verdad, un fiel reflejo de
lo circundante, de esa naturaleza que tiene su propia verdad" y el de un honorable
representante (en este caso, de nuestra tradición letrada) que se dirigió a la multitud
de Condoto así:
"Hubo una época de la humanidad,
maravillosa, en la que el progreso iba al lado de las guerras. Entonces unos ilustres
caballeros manejaban con igual destreza la pluma y la espada: se llamaban condotieri.
Así, pues, los condotieri del Renacimiento y los condoteños del Chocó se juntan a
través del tiempo, y del espacio". Cote comenta que "la gente, en verdad, no
entendía mayor cosa, pero las frases sonaban y la voz del orador colmaba la calle [...]
tratando de comprobar que la semejanza fonética de los términos era casual" (pág.
23). Pese a la distancia que, al parecer, alcanza a tomar con el colega, la actitud
esencial de Cote no es muy diferente.
Hay un momento singularmente revelador en
el texto, testimonio de una manera no sólo de ver y escribir poesía, sino de vivir la
realidad del país por parte de los colombianos. Allí nos habla el representante y el
poeta y se pone de manifiesto esa triste o falaz función que, según Hernando Valencia
Goelkel en su "Nota preliminar a Estoraques "incluida en Crónicas de libros,
(pág. 80), según se le ha otorgado a la poesía en Colombia: el papel imposible de
justificar una realidad cada vez más ruin, cada vez más odiosa".
Anota Cote: "Al escuchar las quejas
de esas gentes uno se llenaba de un remordimiento patriótico, porque el país ha hecho
sin quererlo una segregación infame con el Chocó". Pero, ¿cuál es, entonces, su
reacción? Esa noche: "Había necesidad de escribir versos. Entonces intenté hacer
unas coplas populares. Recordé unos versos de Góngora, aprendidos en la infancia, y los
puse de epígrafe" (pág. 44). Y problema resuelto: Se antepone una retórica a la
expresión de la realidad con los previsibles (catastróficos) resultados tanto en lo
poético como en lo político.
Vuelto a editar 31 años después de su
publicación inicial, el Diario acusa un valor histórico muy particular: es un texto
clave dentro de la trayectoria poética de Cote. Sólo a través de él podrían los
críticos clarificar el paso de una poesía inicial como la de casi todo poeta que
empieza, artificial, Llena no sólo de ecos, sino de voces ajenas, heterogéneas (de
Barba a Vallejo, de Arturo a Aleixandre), que se oyen alto; una poesía abstracta, negada
para la imaginación visual, en la que el hablante lírico importa e imposta el tono y
simula una sabiduría falsa, y, raras veces, habita un ámbito zoncreto. El Diario
permitió el aceramiento a un paisaje, anuncio de la inminente aparición de una obra
madura que, en verdad, nunca alcanzó realizarse.
El Diario representa una toma de
conciencia de ese distanciamjento entre su poesía y la realidad; la frecuente repetición
de adjetivos en el libro como: extraña, increíble, misteriosa, enigmático, es
reveladora de ese fenómeno. En ocasiones el libro revela la impotencia para la captación
de la realidad, su duda frente al testimonio de los sonidos: "Hay que mirar
mejor"; "Es imposible recoger en una sola mirada lo que nos circunda",
"es falso, retórico todo aquello que no dé una visión de conjunto y de
unidad". El poeta comprende que es preciso hablar "desde el hondón del alma y
sin retórica".
El Diario es, así mismo, el testimonio
de un drama muy particular de la obra de Cote: la confusión genérica. Obra llena de
tanteos, en ella se intentan el poema, el cuento, la epístola, el ensayo lírico, la
poesía en prosa, la poesía popular, la anécdota, la crónica, pero no la reflexión.
Cote, que había sido reflexivo, filosófico, en el poema lírico (Los sueños), es
paradójicamente lírico en la prosa que se supondría el cauce, la forma más apropiada
para la meditación grave, trascendental.
Si se compara la obra con dos textos
afines, ya por el género (los fragmentos del Diario de Jorge Gaitán Durán publicados en
Mito) o por su tema ("El Chocó que Colombia desconoce" [1954], de Gabriel
García Márquez), el texto de Cote nos muestra, de manera evidente, su anacronismo. Pese
a la toma de conciencia de la que se ha hablado, la obra no se Libra de esa retórica que
es todavía la de Piedra y Cielo, que, a su vez, es Bécquer, etc. La de Cote es todavía
esa prosa de frases a la manera de Ellas, los días y las nubes, por ejemplo, que caen,
con no poca frecuencia, en la sensiblería, en lo cursi. Así, en un cementerio: "Las
cruces sacaban la cabeza entre la llovizna como para proteger a los muertos de la
inclemencia del clima". Las carrozas eran "como pétalos de una gran flor de la
madera". La escopeta terciada en la espalda de un cargador negro "sacaba ;u
cañón lustroso [...] y en paz amenazaba a algún pájaro invisible". El rio San
Juan, "cordial [...] abre sus aguas, se expande igual que los brazos en ademán de
abrazo, se hace límpido, tierno, deja ver las piedrecillas del fondo...". O:
"la maldita draga que no respeta la selva, ni los cultivos, ni la piedra, hambrienta
siempre de oro".
Por lo anterior, nos extraña que un
crítico de la talla de Darío Jaramillo Agudelo, al referirse a la prosa de Cote afirme
en "Los poetas de los años 40", en Casa Silva, núm. 1, que "las páginas
de ese diario se pueden incluir entre las mejores de la prosa colombiana". Sería
como proponer a Platero y yo como paradigma de la prosa española. Si esa es la mejor
prosa...
ARIEL CASTILLO
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