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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Esto somos en el
fondo
El pelaito que no duró nada
Víctor Gaviria
Planeta Colombiana, Bogotá, 1991, 136 págs.
El pelaíto que no duró nada recoge el
relato de Alexander Gallego Wilfer sobre hechos que ocurren en las comunas
nororientales de Medellín. Es una más de las crónicas de muerte anunciada que viven los
habitantes de este sector de la ciudad. El asesinato de Faber, el protagonista, se conoce
desde el principio. Desde que el relato empieza, se sabe cómo va a terminar. Lo
interesante es cómo transcurre: la situación, las circunstancias, el modo de enfrentarme
a ellas. La sensibilidad con que Gaviria, el autor, se acerca a estos hombres nos permite
ver claramente el mundo en que se mueven.
Antes que el encuentro con dos ciudades,
como lo define su autor, los hechos contados por Alexander, el hermano mayor del
"pelaíto", son el reflejo de la descomposición social que viven la mayoría de
los adolescentes de la clase baja en Colombia.
Las comunas nororientales de Medellín
enmarcan en nuestro país un período declarado de horror por la información y la prensa.
Sin embargo, lo que busca Gaviria, al transcribir el relato de Alexander, es
compenetrar nos con las razones individuales de esa situación de horror. Busca, al
adentrarse en la existencia de uno de estos habitantes del "oeste paisa",
enterarnos de cómo se hace un sheriff.
No es su propósito interpretar
sociológicamente esta realidad. Simplemente es un escucha, un transcriptor, un ordenador
del caos que nana su interlocutor; habitante de un sector de Medellín que no es otra
ciudad, sino la misma: la Medellín que viven todos sus habitantes, el interior verdadero
de esta ciudad. La comuna nororiental de Medellín no es un fenómeno independiente; forma
parte de la vida cotidiana de la ciudad y destila el sabor que todos los habitantes del
valle de Abuná consumen a diario.
En este relato, Gaviria da un orden
claro, muy cronológico, a la gestación y al desenvolvimiento de la muerte en un joven
que completa su ciclo vital entre los 14 y los 17 años. Deja notar el sinsabor de vida de
sus personajes y la extraña contradicción que produce el vacío de la muerte entre
quienes sobreviven sin ninguna seguridad de vida. Aquí la muerte es absolutamente
cotidiana, se tiene la certeza de que se la provoca con cada acto de supervivencia. Causa
terror sólo en el momento de vivirla, y el apego a la vida es agotamiento de intensidad,
es buscar el máximo punto de desafío y de peligro, llevándose lo que haya por delante.
Provocar la muerte es un reto permanente. Son jóvenes que saben perdida la batalla.
Perdida desde el punto de vista de este reseñista, que ve en la vida la única certeza
con que cuenta, ya que la muerte es ante todo incertidumbre. Sin embargo, para Alexander,
por sus recuerdos, por el humor con que los recrea y la nostalgia y el amor con que relata
su historia, es claro que la muerte de su hermano es su propia ausencia; él, el narrador,
no está "en manos" de un recuerdo, no hay un flash back. Todo él es recuerdo y
toda su actitud frente a la vida parte de esa muerte, del arrepentimiento por desconocer
las prevenciones, el desconcierto por un lugar común perdido, la solución que
produciría, la tranquilidad de ver muerto a quien lo privó de la compañía de su
hermano.
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El peloíto que no duró nada es el
reflejo social y cultural de una realidad abrumadora de la que somos víctimas todos los
colombianos; es, de alguna manera, ese ímpetu de justicia personal que todos llevamos
dentro. La vida en un país que con la carga de un Estado impotente nos lleva a solucionar
brutalmente nuestras razones de vida. El estado absoluto del individualismo humano. Clanes
sin ningún interés común; el beneficio personal y la satisfacción a costa del mundo
entero, si es necesario.
Yo creo que el autor define mal su
propósito, al decir que es el encuentro con dos ciudades: creo que es la única ciudad y
que no hay encuentro. Esta es la cruda verdad que pretendemos explicar a diario como un
fenómeno lejano, producto de la anarquía, del narcotráfico o de los paramilitares. Pero
no. Esto somos en el fondo. Hay dentro de cada uno de nosotros un "pelaíto", y
en casi todos dura más que el Faber de este relato.
Víctor Gaviia nació en Medellín en
1955. Es autor de libros de poesía: La luna y Ħa ducho fría, premio Universidad de
Antioquia (1981), y Con los que viajo sueño, premio Eduardo Cote Lamus (1978). Publicó
también un libro de crónicas, El campo al fin de cuentas no es tan verde, en 1982. Ha
realizado varias películas en super 8, 16 y 35 mm: Buscando tréboles (1979), Sueños
sobre un mantel vacío (1981), Los habitantes de lo noche (1983), Los músicos (1986). En
1989 dirigió el largometraje producido por Focine Rodrigo D. No futuro, película que
trata un tema que, además de interesante, bien podría ser muy cinematográfico;
infortunadamente, no logra desarrollarlo. Su última realización, transmitida por la
televisión, es un documental sobre las comunas nororientales de Medellín; Yo te tumbo,
tú me tumbas.
Desde 1985 Gaviria está entre los
jóvenes de este sector de Medellín; cinco años de un idioma que no es del todo claro
para el lector de su texto, o para espectadores de películas como Rodrigo D. Bien
valdría la pena, como lo hace con dos de los términos utilizados, que la lectura misma
diera una explicación del significado de palabras castizas que dentro del contexto tienen
acepciones diferentes de las que les da el uso normal. El libro, transcrito literalmente
en términos orales, se vale de un lenguaje coloquial que, por la dificultad del
significado de los términos, tiende innecesarias fronteras.
ENRIQUE GÓMEZ
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