Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

Dedo selectivo


Textos 
Germán Vargas Cantillo
Pijao Editores, Bogotá, 1989, 273 págs.

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Quisiera destacar, para comenzar, una mala costumbre que de lejanas tierras ha venido con el tiempo a implantarse entre nosotros. La de no firmar, sino dejar a un cuerpo anónimo que se denomina muy pomposamente "la redacción", una serie de artículos, reseñas o críticas en las revistas, diarios y otros documentos de amplia difusión. El anónimo reseñista que discutió este libro en la revista Quimera Latinoamericana núm. 3, pág. 59), escribió: "Uno se pregunta, con temor: si estos son los homenajes pijaos, ¿cómo serán sus venganzas?".

Edición deplorable, ciertamente, ésta que tenemos entre manos. Aunque a la postre, tras una breve puesta en la balanza, me atrevo a preguntarme, armado de resignación tercermundista: ¿la culpa es de Pijao Editores? No lo creo. Finalmente, cada uno hace lo que puede, y lo hace lo mejor que puede. Yo, que tengo que conservar las reseñas de Germán Vargas en Cromos junto con las fotografías de todas las reinas de belleza habidas y por haber, desde la del mango de hilacho hasta la del frijol de cabecita negra, en todo caso agradezco que exista este libro.

Al lado de ésta, conozco por lo menos otra edición, la de la fundación Simón y Lola Guberek (1985) (para no repetir lo que allí ya está bien dicho, remito al Boletín núm. 4/76), que, si no es tampoco un prodigio de selección o de presentación y por lo demás tampoco aporta fechas, sí es mucho más cuidada que ésta.

Hay quien cree que la gente nace famosa. Hace tiempo sospecho que en Colombia la fama —o la exigua cuota que de ella se reparte en el modesto mercado nacional— es otorgada por el dedo selectivo de Germán Vargas. Le ha tocado ejercer un oficio desagradecido: dispensar gloria y honores. Toda casa editora que se respete lo tiene en su consejo editorial. Su oficio ha sido el de devorador profesional de ingentes raciones de letra impresa.

"El día de hoy —recita Séneca en una de sus callas a Lucilio—, ha sido un día pleno, nadie me ha podido robar ni una brizna de él. Todo ha quedado distribuido entre el lecho y la lectura". La frase bien podría aplicarse a este curioso bibliómano costeño dedicado a hacer buena provisión de lo que el mismo Séneca llamó "superfluidades literarias". Por lo demás, Germán Vargas goza de un privilegio no asignado a ningún otro mortal, el de primus lectorem: Cien años de soledad o Los pecados de Inés de Hinojosa lo atestiguan.

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Si a él, y solamente a él, le fueron confiados tamaños textos para una primera lectura, por autores por demás tan disímiles y tan celosos de su oficio, por algo será. Además, aunque todo el mundo lo sepa, no sobra agregar que Germán Vargas es uno de los pocos mortales que pueden jactarse de aparecer en el reparto de una de las más grandes obras de la literatura universal, en la cual —agrego confidencialniente— el autor lo acusa de ciertas extrañas piromanías.

Vale lo anterior para suscitar ciertas reflexiones acerca del oficio del crítico: ¿Debe ser un lector más atento? O, como quiere Octavio Paz (Corriente alterna, 1967), repitiendo a Alfonso Reyes, ¿debe tratar de elaborar una verdadera creación de la tradición al relacionar lúcidamente unas obras con otras? O, en el mismo sentido, ¿se tratará, como lo propone don José Umaña Bernal, de un fino proceso de concordia y discordia entre el escritor y el crítico?

La crítica es todo eso, aún en su género menor, la reseña. Es así mismo, difusora de cultura, en la concepción que a esta palabra dio Max Scheler: "Lo que queda después de haber olvidado lo que sabíamos". Y creo entender que así la practica Germán Vargas.

Veamos un ejemplo de lo anterior y de esa buena asimilación de lectura. Es un ejemplo a lo Sherlock Holmes de cómo un crítico desmenuza y recrea la misma literatura. Puedo equivocarme. Una comparación mental podría haber sido el origen: Tenemos por un lado el título, ya famoso, de una obra de Valery Larbaud: Ese vicio impune, la lectura. Por otro lado, tenemos una frase suelta por ahí en el mar de las buenas letras. En Rayuela (pág. 28) encuentro este apoyo a una cita: "Ya lo dijo Shakespeare, por lo demás, y si no lo dijo era su deber decirlo". Con una muy costeña indolencia, no exenta de gracia y, a lo que me atrevo a conjeturar, algo fingida, Germán Vargas se desembaraza fácilmente de una cita que no recuerda o que se le acaba de ocurrir y construye lo que puede ser una paráfrasis o una parodia, un juego, un episodio más de la rayuela infinita: "A este lector incansable que continúa disfrutando de los placeres de este vicio solitario de la lectura, de que hablara alguien. Tal vez André Gide, quien si no lo dijo, bien pudo hacerlo".

Así lee y comparte Germán Vargas con sus lectores; con sencillez, sin pretensiones de sabio o de erudito, pero siempre con agilidad y saber oculto. He admirado y compartido desde siempre su devoción insobomable por la literatura fantástica y su desprecio por la literatura "terrígena", bastante "llena de tierra". Irremediable lector de cuentos y novelas, he compartido su devoción por Cobo Borda —el crítico y el lector más que el poeta—, por la narrativa de Policarpo Varón, discretísimo y tímido tolimense, y por la poesía de Fernando Chany Lara, fino manjar para paladares delicados. El de Charry es uno de esos semianonimatos que condenan en bloque a toda una nación de Maturanas, Higuitas y Luchos Herreras.

Esas y muchas otras cosas hacen de este libro una muy autorizada guía de lectura. Porque lo más importante para destacar —ahora llego a ello tras largo divagar— es la labor didáctica del crítico, la que admirablemente cumple Germán Vargas Cantillo en un pais semiignorante a través de medios de cultura de masas. Descubro en estas páginas lo que él mismo llama "la labor de decantar", de pesquisar, entre la maraña absurda de volúmenes que deberían ir a la hoguera o a la basura —advierto que por malos, no por peligrosos—, los libros básicos, los imprescindibles, los infaltables, los de la isla desierta. Se trata de que el avaro lector comprenda, por vía de comparación, que tal o cual obra merece ser leída. Y siempre es bueno cumplir con ese cometido en un mundo donde hay "tantos para opinar y tan pocos para observar".

Y este es, precisamente, el aspecto que quiero destacar tras la lectura de este libro. Colombia es país que goza de ciertos privilegios de sibarita. La adquisición de un libro es uno de ellos. La rareza, la dificultad, la poca difusión del libro, hacen que su acceso sea un placer digno de filatelistas o de amantes de ocasión.

Esta publicación resulta apenas un exiguo homenaje a quien no se avergüenza de decir que no ha leído determinado libro. Desde luego, no se puede leer todo y la vida no alcanza ni para lo esencial. Hay que escoger. Y a menudo se escoge mal. Para eso leen los buenos lectores, o mejor, leyentes, como quería don Miguel Antonio Caro; cuando menos para guiar a los menos buenos lectores en sus escogencias. Es lo que Germán Vargas hace habitualmente en su sección en Cromos.

Mucho se podría decir acerca de esta colección de reseñas selectas. Yo prefiero indagar lo que no ha sido muy resaltado. Este libro sirve, por ejemplo, para saber que dos de los mejores cuentos colombianos son Grieta de Jorge Zalamea y Tiempo de verano de Hernando Téllez, o que El gran arte del brasileño Ruben Fonseca y La isla mágica del panameño Rogelio Sinán son dos de las grandes novelas de nuestro tiempo. Es un recorrido un tanto anárquico, así lo quisieron los editores, por el mundo de un Sherwood Anderson, del maravilloso Perfume de Suskind, de Hemingway y de sus diferencias con Faulkner... Sus juicios son cortos, certeros, contundentes. Algunos, en suma llamativos. En primer lugar, el elogio que hace de la novela Celia se pudre de Héctor Rojas Herazo: "La leí y releí maravillado". "Una novela realmente extraordinaria. Merecedora de ser colocada junto a Cien años de soledad. De lo mejor que se puede conocer no sólo en Colombia sino en la lengua española". Y silo dice él, por algo lo dirá...

Entre tanto, lástima grande, Celia se pudre... y se seguirá pudriendo en las estanterías de las librerías, en la venenosa edición de Alfaguara. Otro juicio que de inmediato impacta es el elogio sencillo que hace de la Antología de lecturas amenas de Darío Jaramillo: "Me hubiera encantado hacerlo".

No todo es admiración y encomio en esta páginas. Está la diatriba, no sé que tan justa o injusta, contra los "leopardos": "No hay nada peor que los grandes oradores", fabricantes de "horrendas cursilerías literarias", destilando en la plaza pública "torrentes de floripondios retóricos del peor gusto y del más periclitado anacronismo".

Varias veces nos acercamos en este volumen a Rafael Gutiérrez Girardot, un profesor alemán nacido en Boyacá (cuna inteligencia a menudo irascible o una irascibilidad a menudo inteligente? Se supone que el que no conozca, como él, a Hegel y a Heidegger, no puede escribir). Gutiérrez Girardot es, además de profundo —a veces tal vez demasiado—, ingenioso. De Octavio Paz le dice a Germán Vargas: "Es apenas un Ortega y Gasset de poncho". Por desdicha, la curiosa criptografía de la página 90 (por lo menos en mi ejemplar, pues sospecho que cada edición tiene particularidades propias) interrumpió abruptamente mi lectura y me impidió saber algo más sobre Gutiérrez Girardot.

Agreguemos, para terminar, que aquí están de nuevo las consabidas crónicas y recuerdos acerca del Grupo de Barranquilla, "los cuatro despotricadores" bautizados por Próspero Morales Pradilla, la ya clásica reseña o epifanía de Cien años de soledad y, así mismo, una serie de amplias crónicas viajeras: los Estados Unidos, en un viaje literario por el mundo exquisito de Mark Twain y de William Faulkner; dos periplos por Alemania, que cobran actualidad, con datos curiosos de hombre letrado (con veinte años de diferencia; una indagación con ayuda del carbono 14 nos dice que las primeras son de antes de 1972); notas sueltas para El Heraldo, de Barranquilla;, y otro viaje por Nicaragua. Y por ahí va enredada una hilarante entrevista a Cochise, que se adelantó y no es inferior en modo alguno a la ya muy célebre que hiciera por esas mismas calendas Gonzalo Mango.

 

LUIS H. ARISTILZABAL