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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Cuerda para rato
Temas y problemas de una historia
modal de
la literatura hispanoamericana
Rafael Gutiérrez Girardot
Ediciones Cave Canem, Bogotá, 1989.
En noviembre de 1987, Rafael Gutiérrez
Girardot pronunció tres conferencias, en la Universidad Nacional, sobre el tema que da
título al presente libro, que además recoge el texto de una cuarta conferencia que, por
motivos que no se explican, no llegó a realizarse. En la nota preliminar, fechada en Bonn
en marzo de 1989, el profesor R.G.G. relata qué gestiones hicieron posible dicho
encuentro con el público bogotano y, de paso, señala qué actitudes administrativas
estuvieron a punto de impedir la visita a Colombia. La presteza del polemista se advierte
en estas páginas introductorias, que finalizan con un pellizcón más que enfático:
"cuando el supuesto dador se comporta como cualquier renacimiento de cualquier bajo
funcionario de cualquier campo de concentración" (pág. 11).
Una historia social de la literatura
hispanoamericana no puede restringirse, según R.G.G., a la esfera sociológica, tal como
la entendía Arnold Hauser en su ya clásica Historía social de la literatura y el arte
(1951 para la edición inglesa y 1953 para la alemana). Gutiérrez Girardot propone dos
ejes para un trabajo de tal envergadura, es decir, historiográfico: por un lado situarse
nuevamente en el período colonial y en su quiebre a manos del modelo revolucionario
burgués de comienzos del siglo XIX; por otro, retomar la noción marxista de
institución, esto es: "el eslabón que une la base y la
superestructura" (pág. 29). Así, al cercar nuevamente nuestro campo de acción
reconsiderando, con otros ojos, las fuentes históricas: el "archivo"
podremos articular mejor el lenguaje crítico: La institución literaria
abarca los productores de literatura, las editoriales y los escritores, los medios de
difusión de la literatura, esto es: bibliotecas, librerías, revistas, salones
litera nos, estudios literarios en colegios y universidades, salas de lectura, y los
diversos grupos de lectores, esto es: la llamada recepcían de la literatura [pág. 30].
Por lo tanto, la perspectiva de la
historia social sólo podrá lograrse una vez que hayamos delimitado la
"constitución de la institución literaria de esa época" (pág. 42). Y en el
caso hispanoamericano, pues, la formación del "hombre de letras" en los
períodos señalados. Habría que indicar que tanto el concepto de literatura
"colonial" como el de "la emancipación" cobran distinta vida en sus
contextos pertinentes, sean éstos los virreinatos del Perú, Nueva España, Nueva Granada
o la capitanía de Chile. En este sentido me parece importante recordar las
características socioeconómicas y culturales de cada medio, ya que con no poca
frecuencia se habla de literatura colonial hispanoamericana como de una paella única, sin
distinción de frutos del mar ni de la tierra. Conviene así mismo tener presente que el
libro del profesor R.G.G. es en realidad una reunión de charlas y, por lo tanto,
constituye sólo un primer paso ("temas y problemas") al respecto. Hemos de
leerlo, entonces, de ese modo, como una propuesta que, pese a las limitaciones del caso,
deviene generosa reflexión
LANCES
El sentido de las charlas de R.G.G.
quedaría en un estadio exclusivamente inocuo de no ser por la impugnación
historiográfica que plantean. Al citar los nombres de Andrés Bello, Miguel Antonio Caro,
Justo Siena, Mariano Picón Salas, Rodó, Basadre, entre otros, y hacer hincapié en la
recuperación de la "serena solidez de nuestra tradición" (pág. 11), nuestro
autor, a su vez, delimita su propia mirada, su quehacer particular y su elección
metodológica. Esta, aunque no se declare abiertamente, se situaría en el convencimiento
de una necesaria participación plural de los distintos métodos de análisis, de acuerdo
con el tema específico que se pretenda explorar. Sin embargo, R.G.G. no evade el deslinde
de lenguajes y, en consecuencia, es tajante en sus distinciones. La inmersión en la
"identidad" de Hispanoamérica (págs. 11 y 20) no nos conducirá a ningún
sitio, salvo a una "ocurrencia más o menos brillante al estilo de Octavio Paz"
(pág. 11)o a las "especulaciones eruditamente ignorantes de José Lezama Lima"
(pág. 46). ¿Qué es el "ser" hispanoamericano? Las respuestas son inagotables,
porque falta precisamente una historia social de la literatura que dé nuevas versiones de
nuestro pasado e ilumine nuestro presente.
Pese a reconocer que don Rafa como
investigador no aprueba las medias tintas, en algunos momentos se le va la mano, sin mala
intención (suponemos) pero con excesivo filo. Por ejemplo, cuando de alguna manera mezcla
lo "europeo" e "hispanoamericano" y cae, si no en la vacua
especulación sobre el "ser", en la reafirmación de una identidad que, pese a
las ironías, deviene juego terminológico de uso chispeante: la "resucitada Nueva
Granada", la "europea Argentina" o la abusiva crítica peninsular
(Menéndez Pelayo no ponía en los créditos a sus colaboradores hispanoamericanos;
Guillermo Díaz Plaja es un "académico franco-miniimperialista"). No comparto
y aquí entra el gusto, ni modo sus observaciones bastante esquemáticas sobre
el "esquematismo sustancial de los españoles" Calderón o Gracián, frente a la
"riqueza intelectual" de sor Juana. Me parece que la altísima poesía de la
monja se defiende sin necesidad de meterles un rodillazo a los otros. Sospecho que tampoco
llegaremos a buen puerto por este lado: "El supremo filósofo español después de
Aristóteles, José Ortega y Gasset..." (pág. 98). Estoy de acuerdo con R.G.G. en
que gran parte de la crítica española tiene todavía serios inconvenientes (ocasionados
por una inconsciente dirémoslo así nostalgia imperial) para procesar el
lenguaje literario hispanoamericano: "Cuando se trata de minusvalorar a un
hispanoamericano, los Maestros peninsulares arriesgan a que se los llame clientes del
cretinismo histórico (pág. 62). Pero creo que ese es un problema que deben resolver los
propios españoles, quienes hasta el día de hoy están fritos porque siguen pansándose a
sí mismos con relación a París y Londres (¿habría que agregar ahora a Nueva York?).
Esto nos llevaría de vuelta a los nacionalismos literarios (esto es: de la representa
cían) y, lo que es peor, a reduccionismos del tipo churros con chocolate para el
peninsular y plumas de guacamayo para nosotros.
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Cuando R.G.G. se limita a zanjar
responsabilidades teóricas con métodos como el marxismo y los formalismos, entonces
agarra carne y no sombras chinescas únicamente. En principio y en eso estaríamos
de acuerdo el problema de un método depende de la persona que lo utilice. A
Gutiérrez Girardot le fastidian los "marxistasleninistas de tercera mano"
(pág. 79). Comparto su antipatía: a mí me hinchan los cachetes. Pero si reconocemos que
un texto será siempre "inexacto" respecto a otro texto (excepto para aquellos
que se comen el cuento de la sacralidad) veremos también lo difícil que resulta
establecer la "seriedad" intelectual de un autor. Por ejemplo, R.G.G. se refiere
a Françoise Peros como Madama Francisca de Peros (¿por Literatura y sociedad en América
Latina: el modernismo [1976], por Historia y crítica literaria [1982], o por ambos?) y
explica que para ella "todo lo no marxistaleninista, abreviado
catequísticamente, es científicamente falso y moralmente reprobable" (pág. 24).
¿Qué diría entonces don Rafa de un libro como José María Arguedas y el mito de la
salvación por la cultura (1980), de Silverio Muñoz? (Y después se dice que el papel
aguanta todo). Asguedas es convertido por Muñoz en un tontito al servicio del
imperialismo. Me sorprende, por tanto, que R.G.G. sea bastante indulgente con Alejandro
Losada, de "un marxismo abreviado" (pág. 15) frente al "marxismo flexible
y ampliable" (pág. 15) de Angel Rama
1
.
En el otro cabo se encuentra la
"embriaguez/inflación terminológica" (pág. 92) de cierto formalismo francés
("Derridada y Lacancan"). Cerca del medio, como una cuña amarga, se acumican
algunos peninsulares que hacen gala de una materia gris "irritantemente carente de
pensamiento" como aquella "abundancia castiza de Mesonero Romanos" (pág.
84). La vaina parecería desoladora. Rafael Gutiérrez Girardot es, más bien, optimista.
BENGALAS
Antes de hablar de metodologías, R.G.G.
insiste en la obligación de recuperar un archivo" que está a punto de
perderse definitivamente. Son, al respecto, más que útiles sus llamados de atención: la
ausencia de una historia de la vida cotidiana, la falta de diarios personales,
autobiografías e historias de los impresores. Estos son los materiales, o el patrimonio,
que es urgente reconstruir o descubrir antes que sea tarde. Una vez en posesión del
"archivo", deberían surgir del objeto de estudio una teoría y una
terminología en su contexto hispanoamericano, y no por "determinación previa"
(pág. 93). R.G.G. recomienda entonces una "conjunción de teoría y práctica de la
literatura y de la historia literaria" (pág. 95) como se dio en Las corrientes
literarias en la América hispánica (1946), de Pedro Henríquez Ureña, y en El deslinde
(1944), de Alfonso Reyes. ¿Sería posible esta vuelta a ese "humanismo", en el
sentido amplio de la palabra? ¿Pide R.G.G. el auxilio del siempre afable concepto de
tradición a lo Hugo Friedrich, Eric Auerbach, E.R. Curtius? No es gratuito
que Octavio Paz, en su más reciente libro: La otra voz (1990), se lamente de la paulatina
pérdida de la tradición (digamos el concepto de tradición que Paz considera como
"nuestro"). No estaría mal, claro, volver a los diecisiete sin computadoras ni
ojivas nucleares, inspirados por el horaciano: "vacílate educando". Pero en
principio a R.G.G. le interesa revitalizar las fuentes, lo que para Jorge Basadre eran las
bases Documentales
2
.
Imposible resulta escribir en
serio sobre la literatura de una época incluido el "presente" sin
que en algún momento intervenga la reflexión histórica. En el último texto que
recopila Temas y problemas..., Gutiérrez Girardot incluye varias definiciones que abarcan
los propósitos y beneficios de tal empresa. Repasemos las arengas:
Una historia social de la literatura
hispanoamericana que describa la formación del hombre de letras y del intelectual, sus
barreras, sus modestos y sus grandes esfuerzos, podrá mostrar que su situación en la
sociedad ha sido siempre una situación de oposición [pág. 90].
La historia social de la literatura es
hasta ahora un planteamiento que responde a la insatisfacción ante la historia
tradicional y ante las parcialidades de la sociología empírica y de la consideración
marxista leninista de la literatura [pág. 91].
Por el objeto de su estudio y por su
perspectiva metodológica, una historia social de la literatura hispanoamenicana tendría
varias funciones: la de poner en tela de juicio la parcialidad del actualismo y
terminologismo predominantes en los estudios de literatura hispanoamericana... [pág. 96].
Una historia social de la literatura
hispanoamericana resultaría, además de un desafío a la moderna mimética de los
actualistas y terminologistas, la satisfacción de un postulado de Pedro Henrlquez Ureña,
esto es, que cada generación debe escribir de nuevo la historia de la literatura, de su
pasado literario [pág. 97].
Una historia social de la literatura
hispanoamericana, elaborada con los materiales que han investigado e interpretado quienes
han sucumbido a la peste del olvido contribuiría posiblemente a fundamentar sólidamente
los estudios literarios hispanoamericanos no solamente en Hispanoamérica sino también en
Europa [págs. 99-100].
AJUSTES
Cualquier pregunta por lo
"social" de la literatura (hispanoamericana o no) implica, pues, entre otras, un
par de cosas: la función o la utilidad o ambas de la literatura y ciertamente
el uso de la crítica. Presupuestos teóricos y prácticos, para decirlo con la jerga de
fines de los años sesenta. ¿Tiene una función social la literatura? Sin duda. Como este
asunto daría para largo, remito al lector a los refrescantes comentarios de dos autores
hispanoamericanos de respeto: Eduardo Galeano y Juan Gelman
3
.
Ahora bien, al decir qué uso tiene la
crítica brincamos indistintamente de ladivagación a la metodología, cualquiera que
ésta sea. La sensatez intelectual camina (como dice el famoso verso de Montale que habla
de la felicidad) sobre el filo de la espada. Cuando señalé que un texto es
"inexacto" respecto a otro, pude haber dicho mejor que todo texto es
relativamente exacto. Confieso que para mi la única Esencia o Substancia que
existe es la del caldo de pollo. Por lo tanto, el rigor metodológico depende, en la
mayoría de los casos, de la persona que ata y desata desde su presupuesto ideológico.
Por ejemplo, algunos entendidos han tratado de convertir a J. M. Arguedas en un hombre de
izquierda militante, completamente convencido de su responsabilidad con la revolución.
Otros, más interesados que entendidos, tratan de evocarlo como un escritor ingenuo,
tironeado por la izquierda. Y el señor Silverio Muñoz, en el libro antes citado, hace
picadillo de Arguedas y su literatura en nombre del proyecto socialista. Uno ha de elegir
y yo elijo: la sensatez la pongo en Angel Rama y Martín Lienhard
4
. Esto nos debería llevar a preguntamos si cabe
el concepto de pureza en lo que atañe a los métodos de análisis del objeto
literario. Toda metodología que no esté consciente a través de quien la
manipula de sus límites, entra ipso pucho en el frigorífico. Personalmente la
crítica "francesa" no me llena el ojo, pero admito que algún encanto ha de
tener. De la misma manera reconozcamos que el marxismo de pandereta no tiene nada que ver
con sus raíces originales, a las que es recomendable visitar con criterios como los de
Sánchez Vásquez, que delinean una honestidad
5
.
¿Y qué hay de un mestizaje metodológico? Por más que Gershom Scholem
tratara de demostrar que Walter Benjamin debió quedarse en una reflexión de corte
metafísico teñida de misticismo judío, la conjunción de estas fuentes y las de la
Escuela de Francfort fueron en su caso más que fructíferas
6
.
Pese a que tengo presente que este es un libro de
charlas y no un trabajo de mayores pretensiones, me extrañó, sin embargo, que R.G.G. no
tocara, en lo que al modelo colonial se refiere, el caso del Inca Garcilaso. Su peculiar
enclave biográfico e intelectual ha dado últimamente, me parece, felices encuentros
entre el psicoanálisis, la antropología y la historia
7
.
¿Se puede, entonces, decir algo no sólo
interesante sino valioso sin una metodología como respaldo? Las páginas que R.G.G.
dedica a Lizardi, Bello y Miguel Antonio Caro son una respuesta y la constatación de que
una opinión a título personal puede ser más incisiva que otra hecha en nombre de tal o
cual método de investigación. Hablamos antes de rigor, seriedad, sensatez. Podríamos
añadir que una meta saludable es evitar el reduccionismo o el esquematismo de taberna o
gabinete. La única manera será deparándonos un archivo sobre el que no recaiga ningún
prejuicio a la hora de su compilación. Ardua esperanza. Ni R.G.G. consigue esquivarlo:
"Por lo demás, [caza y Ciro Alegría, por ejemplo, no hicieron en el fondo otra cosa
que invertir los términos: poner al servicio de los explotados la literatura de los
hacendados, es decir, enmarcar el costumbrismo en realismo socialista" (pág. 80).
Cuidado, caballero, cuidado. Sobre Jorge Icaza yo no podría pronunciarme con certeza,
pero eso de endosarle a Ciro Alegría el cheque en blanco del realismo socialista me parece amesgadísiino
8
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CODA
Ya es oportuno cenar la tienda y el azar,
como siempre, obra maravillas. Entre las cosas que recibo cada cierto tiempo de Lima
vinieron tres números de la revista Humboldt, editada en Bonn. Sorpresa de las sorpresas.
En uno de ellos hay un artículo de Rafael Gutiérrez Girardot: "La recepción de la
literatura latinoamericana en la República Federal Alemana". Como salta a la vista,
esto fue antes de la caída del desdichado muro
9
.
Las preocupaciones son prácticamente
las mismas (y también los autores citados: José Luis Romero, puntos a favor; Ortega y
Gasset, cero en conducta; el Divino Octavio, anecdótico y especulativo), sólo que
dirigidas contra ese "exotismo" o "realismo mágico" exigido de
nosotros por el ámbito alemán desde la década del veinte. Me pregunto si las charlas de
1987 en Bogotá están pensadas, además, como un diálogo picantito, claro
con el medio alemán. Por ejemplo, leyendo este artículo uno entiende mejor las alusiones
a los "nuevos judíos" en la nota preliminar (Temas y problemas..., pag. 10) y
más adelante al "pasado europeo inmediato, esto es, del fascismo" (pág. 94).
Cuando en la publicación alemana, R.G.G. aclara que la lengua castellana "mantiene
su unidad gracias a los acentos inevitablemente propios con los que los diversos países
del mundo hispánico contribuyen conscientemente al enriquecimiento y a la vivificación
del caudal común" (Humboldt, pág. 29), ¿acaso no está propiciando el atajo más
obvio para que dejen de preocupamos a los hispanoamericanos aquellos críticos
peninsulares contemporáneos que no pueden ni quieren salirse del prejuicio de Valera
sobre Darío: "galicismo mental"? Cono el peligro de iniciar, de contrabando,
una reseña no encomedada y extenderme más de la cuenta
10
Bacán sería sentarse con don Rafael y entre
cerveza y cerveza (¿alemana, española, hispanoamericana?; ¿cuál es la
"identidad" del líquido elemento?) ajustar de nuevo las palabras. Me conformo
con que se tome con benevolencia éstas y que la espuma levante vuelo.
EDGAR OHARA
1 Yo haría la siguiente
analogía: Angel Rama era a Walter Benjamin como Alejandro Losada a Georges Politzer. El
libro de Losada que cita R.G.G. -La literatura en la saciedad de América Latina
(1983), ¿será muy distinto del que publicó en Lima en 1976: Creación y praxis:
la producción literaria como praxis social en Hispanoamérica y el Perú? La verdad es
que, en esos años que vivió en el Perú, Losada no tuvo necesidad de gastar ni en
parrilla ni en carbón para preparar el tradicional asadito argentino: le bastaba «>n
poner las carnes sobre las páginas de su libro y listo (si es que no se carbonizaban
antes de tiempo). De ese paseo por la narrativa peruana no se salva nadie: quien no peca
por su origen de clase, lo hace por traición a su clase de origen.
(regresar1)
2 Vale la pena recordar
lo que Jorge Basadre les advertía directa o indirectamente a los jóvenes historiadores
peruanos de comienzos de los setenta: Lo primero que debe hacer el historiador es
investigar, estudiar de veras. El ejemplo lo dio el mismo Marx f...J. En una época de su
vida en que no tuvo otra fuente de ingresos que las colaboraciones en el diario New York
Tribune, le pidieron, hacia 1854, una serie de artículos sobre un
pronunciamiento o golpe militar erpañoL Antes de escribirlas aprendió el
idioma castellano, comenzó a leer libros en este idioma incluyendo clásicos como Lope,
Calderón y Cervantes; y el militante anarquista Anselmo Lorenzo, que lo visitó en
Londres en 1871, quedó asombrada ante su cultura hispanista y hasta lo calificó por ello
como "burgués" (cf. Pablo Macero), Conversaciones con Basadre, Lima, Mosca Azu4
2a. edic., 1979, pág. 55). (regresar2)
3 Cf. Eduardo Galeano,
"Sociedad y literatura en América Latina", en La Imagen Cultural de La Prensa,
Lima, domingo 3 de octubre de 1976, págs. 2021. Este ensayo ha sido publicado en
innumerables sitios con el título de Defensa de la palabra". La última vez lo
encontré en Lima en una edición supercorsaria (El descubrimiento de América que
todavía no fue) que también recoge su famoso ensayo "Diez errores o mentiras
frecuentes sobre literatura y cultura en América Latina".
Cf. "Juan Gelman y su ardua empresa
de matar la melancolía" (entrevista), en Mario Benedetti, Los poetas comunicantes,
Montevideo, Biblioteca de Marcha, 1972. Y la entrevista con Mauricio Ciechanower
"Agotar la obsesión poética", en Plural, México, núm. 219, diciembre de
1989. págs. 2226. (regresar3)
4 Cf. Angel Rama,
Transculturación narrativa en América Latina, México, siglo XXI, 1982; Martín
Lienhard, Cultura popular andina y forma novelesca: zorros y danzantes en la última
novela de Argyedas, Lima, Latino americana, 1983. (regresar4)
5 "Mientras los
hombres no se convenzan de que esa sociedad es deseable, que tiene un valor superior a la
actual, la posibilidad de la sociedad socialista estará lejana". Adolfo Sánchez
Vásquez en La Jornada Semanal, MéXICO, nueva época, núm. 11, 27 de agosto de 1989,
pág. 18. (regresar5)
6 Cf. Gershom Scholem,
Walter Benjamm. The Story of a Friendship, Nueva York, Schocken Books, 1981). Para hacerle
ver lo errado de ese camino, Scholem le pone a Benjamin, como ejemplo, el caso de Erich
Fromm. Y sin embargo no hay por qué huirle al encuentro de un marxismo con un
psicoanálisis. (regresar6)
7 Ver, al respecto, los
artículos de Maz Hernández, "Garcilaso Inca de la Vega, historia de un
patronímico" (en colaboración con Fernando Saba), en Vanos, Perú: identidad
nacional, Lima, Cedep, 1979; "La escritura y el poder", en Debate, Lima, núm.
36, diciembre de 1985, págs. 5962; "El Inca Garcilaso. El oficio de
escribir", en Plural, México, núm. 217, octubre de 1989, págs.5159.(regresar7)
8 Ciro Alegría fue
militante aprista en la época en que escribió su obra más conocida: El mundo es ancho y
ajeno (1941). Más tarde se inscribiría en el partido Acción Popular, del arquitecto
Belaúnde Terry. En ningún caso, pues, se habría acercado al P.C. (sobre los odios de
esos alias entre apristas y comunistas, basta leer El sexto de J. M. Arguedas). Para una
introspección en los postuladas literarios de Alegría, cf. Buena suerte con harto palo /
Memorias, Buenos Aires, Losada, 1976. Para un testimonio, más de zurda, digamos, sobre
Alegría, cf. Francisco Izquierdo Ríos, Cinco poetas y un novelista, Lima, Editorial
Gráfica Labor, 1969. Esto en cuanto a las versiones personales. Acerca de los problemas
del novelista (la representación, el concepto de realidad, las técnicas), cf. Primer
encuentro de narradores peruanos, 1965, Lima, Casa de la Cultura, 1969. (regresar8)
9 Rafael Gutiérrez
Girardot, "La recepción de la literatura latinoamericana en la República Federal
Alemana", en Humboldt, Bonn, núm. 97, 1989, págs. 2633 (regresar9)
10 ¿Arguedas,
"indigenista"? (Humboldt, pág. 27). Más bien indio a secas, por lengua y
vocación, que no por color de la piel. (regresar10)
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