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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Cuatro debutantes
Concierto de la memoria
Orlando Cerón
Pliso Editores, Ibagué, 1990, 61 págs.
Consagración del espejismo
Iván Beltran Castillo
Hojas Sueltas Editores, Bogotá. 1990, 85 págs.
Naufragio de la luna
Yirama Castaño
Editorial Arfo, Bogotá, 1990, 55 págs.
Pulso Interno
Maria Clara González
Contracartel Editores, Bogotá, 1990, 84 págs.
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La poesía actúa por ausencia. En
poesía lo que no se dice es tan fundamental como lo que se dice. Este nombrar
indirectamente, este sugerir, este sospechar, algunos lo llaman expresividad. Expresividad
es ese "decir sin decirlo" (como diría el maestro Otto Ricardo), es entender
que el poema está también hecho de los silencios que envuelven las palabras. El poeta a
manera de magia "da a ver", pero esta es una visión desviada, transgresora, que
no muestra ni ensena, sino que sugiere. Todo esto a partir del presupuesto oriental según
el cual nunca se entiende tanto una cosa como cuando se la nombra mediante otra cosa. El
verdadero poeta en su oficio, en un conocimiento de tipo intuitivopráctico,
descubre que cuando las cosas están presentes por ausencia es cuando realmente las cosas
están, al modo zen. En este principio radica la iluminación para algunos, la dificultad
y la imposibilidad final para otros. Bajo esta perspectiva tan exigente, aun el poeta más
capaz, más diestro, tardaría toda su vida en escribir diez poemas o diez líneas
válidas, según lo afirma Rilke.
Todo poeta joven que tuviese claro este
principio, ahorraría camino y sobre todo extravíos. Concluiría que la poesía es
extrema exigencia y rigor sin atenuantes, que su problema básico no radica en decir, sino
en no decir o, mejor, en saber decirlo (decir por ausencia, el poema como "estructura
ausente"). Pese a lo anterior, podemos afirmar que lo mejor de la poesía joven no
radica en su seguridad, sobriedad; sino en sus dudas, sus tropiezos, su irreverencia. La
exploración de sus posibilidades justifica el esfuerzo, autodescubrir el rigor, la
carencia y hasta el ser mismo. Ya por último buscar esa forma propia, el estigma, el
estilo ("esa falta querida", según Bruneau).
Cuatro libros ilustran didácticamente lo
anterior; todos tienen en común, además de la juventud de sus autores, ser la primera
publicación de cada uno de ellos. En su orden aparecen Concierto de la memoria de Orlando
Cerón, libro que más se aleja de la propuesta poética que venimos planteando. Este
libro ejemplifica claramente los defectos previsibles en un poeta que empieza:
explicitarlo todo de manera casi prosaica nada tiene que encontrar el lector, todo
está dicho; recaer en el inevitable tema sentimental: amor a la patria y a la
amada; el social y panfletario: sicarios, huelgas, torturas; el ideológico, producto del
desahogo, la proclama, abusando de lo reiterativo, lo discursivo, lo retórico. No hay que
citar ninguna línea, sus títulos son lo suficientemente ilustrativos: Lo marca de la
muerte, La noche de los alcaravanes, Huelga de hambre, Cuando la vida te da una mala
pasada, etc.
Este buen ejemplo de lo apoético queda
ilustrado o "denunciado" en su propia presentación en la contraportada del
libro: "la violencia adquiere todos los matices posibles y sus versos sacrifican la
musicalidad del poema, para dejar el testimonio de una lucha [..] sin esa cárcel
asfixiante de las formas rígidas de la poesía tradicional y sin encontrar otro acento
melodioso que las verdades dichas... En la poesía de Cerón no encontramos demasiado
lirismo, pero sí logra un equilibrio a través de un lenguaje coloquial". Concierto
de la memoria, de Orlando Cerón, sirve sobre todo para señalar el grado cero de lo
poético, sirve para definir lo que es poesía a través de un proceso de sustracción:
sabiendo lo que no es.
En un orden decididamente ascendente
aparecerían los siguientes dos libros: Consagración del espejismo de Iván Beltrán
Castillo y Naufragio de la luna de Yirama Castaño. Dos libros con varios puntos en común
además del hecho de que sus autores, según lo dicen sus contraportadas, hayan
pertenecido o pertenezcan a la Fundación Literaria Común Presencia. Ambos enseñan
ya un tono personal, su voz propia, y sus textos se muestran como un cuerpo homogéneo,
estructurado. Sin embargo, ambos carecen no sé si por su escuela de ese
principio que la poesía reclama: la condensación en el lenguaje, la economía verbal.
Con respecto a lo planteado en un principio acerca de la expresividad (ese operar por
ausencia), la poesía prefiere pecar por defecto que por exceso. Si la poesía es ese
encuentro de dos palabras por primera vez, esas palabras tienen que ser medidas, justas,
precisas, evitando toda "verborrea" que desgaste aún más el lenguaje
encallecido, envilecido en su uso cotidiano. La poesía es el uso extremo del lenguaje
para llegar a esa síntesis última: el poema.
Consagración del espejismo es un libro
en que el poema se esfuerza por percibir un sentido, se tensa y se rompe en busca de lo
insólito. El recargo en la forma es evidente. El poeta se pierde en la experimentación:
"Albumes de amarillas fantasmagorías! persiguen a mis manos temerosas! prueba
geológica de la antigua alegría". El exceso de adjetivación le roba soltura; sin
embargo, el poeta no se desprende de ese lenguaje artificioso, grandilocuente,
sobrepoblado de imágenes prosopopéyicas, casi teatrales, casi épicas: "Los
homéricos vientos,/ ciegos y profetas! denuncian la habitación! frente al espejo
celeste...! Es la velación risueña! del cadáver de Tánatos! desmembrado en altarea/ de
la sangre...! A lo lejos: sonido de pisadas! lejano aullido de naufragios...". El
resultado final es un libro de significación. No comunica, los destellos de algunas
imágenes son apagados, ahogados en su barroca descarga verbal sin medida. Resultado: un
"espejismo roto". En el tramado verbal no hay pista alguna por la cual pueda el
lector deslizarse hasta el sentido: "Ustedes no conocen sino los fragmentos!
títere, buhonero, espectro! que canta y aborta los olvidos, sismo
umbilical!"; "Eros proclamando decadencia! agonizada! con los estertores de una
dinastía!".
En este punto bueno es recordar al poeta
mexicano Marco Antonio Montes de Oca, escritor neobanoco por excelencia pero con un
equilibrio preciso entre el poderío imaginativo, la riqueza verbal y los conceptos. Su
poesía redunda en significación y ésta es la mejor prueba de su validez.
Para continuar en este orden ascendente
planteado, retomemos las composiciones de Yirama Castaño, reunidas en Naufragio de la
luna. Comparadas con los poemas de Iván Beltrán, se puede afirmar que son más
terminadas. Adquieren más forma como poema. Pese a ello, falta esa condensación en el
lenguaje de la que se viene hablando en algunos textos. Es una poesía hermética, a veces
centrada en el malabar lingüístico, en el juego formal, que corre el riesgo en ocasiones
de no transmitir sentido, significado alguno. Esconde, no lo dice todo, pero en ocasiones
nada enseña.
Sin embargo, Yirama Castaño parece ser
consciente de ello: a medida que pasan los versos, la exactitud, la concisión, se van
haciendo presentes. El lenguaje cambia sus caracteres de lo cuantitativo a lo cualitativo,
evitando el gesto inútil de palabras e imágenes:
ARTE POETICA
Cuando al final se callan las
palabras,
un enredo en todo el cuerpo.
El poema ha hurgado las entrañas con su mano.
El paisaje sensorial queda depurado en
poemas como Acordes para luciérnaga, Escaldo, Ocaso, Epílogo. La síntesis formal, la
cristalización verbal, la intensidad significativa crece iluminando.
ESCALDO
El horizonte camina
en un punto suspensivo.
Por último,
queda para el cobarde,
asegurar el cerrojo del instante.
En estos momentos se "consagra el
instante", como lo plantea Gaston Bachelard, y se cumple el cometido del poeta
propuesto en su hermoso prólogo-poema, donde afirma: "No tengo la intención del
desafío! Ni la premura por un juego de palabras! ...Ni la mentirosa voz en la puerta de
mi fuego! ...No puedo construir la imagen! a partir del vacío con cerrojo,! Ni aplaudir
al inventor de la acrobacia! que finge ser bandera.! ...Para escribir y amar sólo mis
manos.
Para terminar este recorrido llegamos al
libro Pulso interno de María Clara González. Poesía que, sin el afán de esencialidad,
y quizá por esa misma condición, el poeta consigue con naturalidad. Hay un proverbio
oriental que dice: "Cuando el arquero dispara gratuitamente tiene con él toda su
habilidad. Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervioso.
Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y
pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos". En poesía no
puede existir diferencia entre arquero, arco, flecha y blanco.
En los poemas de María Clara González
el tono artificioso, postizo, no se da; por el contrario, su lírica es elemental, limpia
en expresión y contenido:
QUIETUD
De noche
cuando llega el silencio
recupero mis momentos prestados
Al fin la casa es mía
Renazco
El logro final de estos poemas es
"la transparencia"; esto supone limpieza, naturalidad, depuración, quitando
todo lo intermedio, el ripio, el lastre, la argamasa.
MIS MANOS
Cuando todo termine
¿estas manos
manchadas de ceniza
acabarán también,
por no lograr su empeño
de atrapar una pluma
un relámpago un sueño?
En el prólogo del libro, Jose Luis Díaz
Granados apunta cuando afirma:
"Pocas veces he leído yo en textos
tan breves y tan precisos por el milagro de la palabra escrita el que alguien haya
expresado tan discreta y profundamente la soledad, la nostalgia [...] logra consolidar un
lenguaje diáfano y muy suyo".
FINAL
A medida
que nombro mi soledad
y la rescato
Estoy más sola
Sobra decir que la facilidad de estos
versos es aparente. La facilidad en este caso es un efecto del rigor en la forma. Pero un
rigor no forzado sino que fluye libremente: "soy un esclavo de mis propias cadenas
dice el poeta, mientras canta haciéndolas sonar", diría Alfonso Reyes.
¿Este ejercicio de lo poético para
llegar a decir sin decir, para llegar a lo esencial, para alcanzar la transparencia, es
fácil o difícil? Se cuenta que había un gran maestro llamado Ruso, que era casado y
tenía una hija, todos con fama de sabiduría y santidad. Un día se acercó un hombre al
maestro y le preguntó: "A La iluminación es fácil o es difícil?", y Ruso le
contestó: "Es tan difícil como alcanzar la luna". No conforme el hombre, se
acercó a la mujer de Ruso y le hizo la misma pregunta, a lo que ella le contestó:
"Es muy fácil, es tan fácil como beberse un vaso de agua". Intrigado se quedó
el hombre, y para salir de dudas le hizo la misma pregunta a la bija del maestro, que le
contestó: "lHombre, silo haces difícil es difícil, pero silo haces
fácil...".
JORGE H. CADAVID
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