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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Como un pintor
nocturno
Scarecrow (translated by Eugene
Richle and
Edith Gromman)
Jaime Manrique Ardila
lite Groundwater Presa, Nueva York, 1990,
28 págs.
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En Cúcuta, el 3 de agosto de 1975, el
jurado del segundo concurso nacional de poesía Eduardo Cote Lamus (Fernando Charry Lara,
Jorge Eliécer Ruiz y Juan Gustavo Cobo Borda) decidió, por unanimidad, otorgar el primer
premio al libro Los adoradores de la luna de Jaime Manrique Ardua. En abril del año
siguiente, al publicar Ritos de la primavera en el suplemento de El Caribe, los directores
anunciaron que ése era el último poema de Manrique, quien "en adelante,
concentrará sus esfuerzos en el campo narrativo". En 1978 apareció la nouvelle El
cadáver de papá, acompañada de cinco cuentos y 64 versiones (24 ya figuraban en Los
adoradores...) de poetas contemporáneos de lengua inglesa, en las que, por expresa
decisión del autor, "los grandes maestros Pound, Eliot, Yeats, Stevens
están todos excluidos; es, más bien, una introducción a la obra de aquellos que
empezaron a explorar sus destinos individuales y acabaron construyendo, como los
arquitectos anónimos de Chartres, una sola catedral del espíritu". En diciembre del
79, Golpe de Dados, revista de poesía, le dedicó su número XLII, publicándole ocho
nuevos poemas. En 1985, se editó la traducción al español por Miguel Falquez de la
novela Oro colombiano, escrita originalmente en inglés. Ahora, quince años después de
su primer libro de poemas, y cuando la mayoría de los poetas de su generación ha dado al
público sus obras completas, con prólogo de Alfred Coro y en edición bilingüe, sale la
plaquette Scarecrow (El espantapájaros), en la que se reúnen seis poemas escritos entre
1975 y 1989, con sus correspondientes versiones al inglés por Eugene Richie y Edith
Grossman.
El poema Celebración, en Los adoradores
de la luna (1976), nos da la clave de la poesía inicial de Manrique: "Este es el
inventario de mis días! a medio completar". Inventario, itinerario, no de fuga, sino
de encuentro, diario íntimo del "viaje yónico" hacia el desván o el sótano
de la identidad, la lectura de esta obra nos permite informamos de los sucesos pequeños o
medianos (menos grandiosos o ejemplares que humillantes o vergonzosos) que conforman la
vida de una persona o máscara poética andariega: la visita a un musco de ciencias
naturales o a la tumba de un poeta, el bicentenario de algún país, el fin de la
primavera, la muerte de un amigo, la llegada del otoño, la cita con el psiquiatra, etc.
De allí que, con frecuencia, el espacio poético lo constituyan los sitios de tránsito:
las estaciones de trenes, los parques, los autos, la bahía.
Sin embargo, al erigirse -el amor en tema
central de esta poesía (la falta de amor, su pérdida o el amor mismo con todos los
rituales que le son inherentes: confesiones, promesas, desvaríos, lágrimas, caprichos,
desconsuelo, dolor, asfixia, lamentos), a menudo el espacio que rodea al hablante es la
habitación, el lecho o, principalmente, la ventana al mar.
Aunque la obra de Manrique brota de
circunstancias particulares, hogareñas, domésticas, de cuyas raíces sabe el poeta
extraer la "cantidad hechizada", más que dejamos el testimonio de sucesos, el
objetivo parece ser registrar las impresiones, los efectos que los hechos generaron en un
testigo sensible y memorioso: "y yo no trato! de recuperar la belleza del río! sino
lo que sentía en ese momento", dice en un poema, infortunadamente no incluido en
Scarecrow (Contemplando un paisaje de Frederic Church). Al relatarse a sí mismo, Manrique
va más allá: nos relata las costumbres de la época.
Singular ha sido la figura de Manrique,
si la contrastamos con la de sus compañeros de generación. Mientras entre éstos se
encuentran los tres mejores críticos de poesía en la historia del país, Manrique no ha
sido ni crítico ni ensayista ni reseñador de poesía, sino de cine. Básicamente
creador, su crítica de la tradición está, implícita, en sus poemas. Es así mismo,
exceptuando a Augusto Pinilla y a Darío Jaramillo, el único que ha incursionado
consistentemente en las formas narrativas. Y sus influencias no vienen de la poesía
hispanoamericana contemporánea o de las traducciones del surrealismo francés, sino (como
Anabel Torres) de la poesía estadounidense del siglo XX (S. Plath, A. Rich, A. Sexton, D.
Levertor, R. Loweli, E. Bishop, Th. Roethke, E. V. Millay) o del romanticismo inglés (W.
Words worth, P. B. Shelley y J. Keats) o (como María Mercedes Carranza) del siglo
de oro español.
Singular ha sido igualmente su poesía.
Frente a la redundante reflexión sobre el poema y sus posibilidades, que ha producido una
lírica estreñida, la poesía de Manrique fluye con algún deliberado descuido, sin
protuberantes perendengues eruditos, sin tanto ruido ilustrado, sin tanta estéril letra
entre el ojo, el corazón y la mano que escribe. Así, la poesía de Manrique no le teme
al empleo de la primera persona del singular en la lírica. La suya es una poesía menos
conceptual que emotiva, más vital que intelectual, "lírica inmergida en las mismas
vivas aguas de la vida", en los cambios del ser, como pedía Antonio Machado. Frente
a la "poesía de cemento" que reclamaba Mario Rivero, fiel a un esencial fondo
romántico, Manrique incurre, sin rubores, en la "poesía de pradera", revelando
una especial sensibilidad para captar las manifestaciones y los cambios de la naturaleza,
sus estaciones, sus luces o sombras, su calidez o su hielo, y convertirlos en una fuente
de imágenes, metáforas y símbolos de amplia resonancia y poder de persuasión.
Dos características más importantes e
íntimamente ligadas distinguen la poesía de Manrique: la concreción de un hablante
lírico y la apropiación de un tono, de un lenguaje. Es factible, a partir de la lectura,
descubrir la configuración de un rostro, de una persona poética verosímil: un
temperamento romantico del siglo XX, atento a las lecciones de las plantas, amigo del
silencio, infantil, sensible a los aleteos del alma o de las plumas y a la luz de las
velas, con la conciencia en constante congoja y el corazón en continuo conflicto, un ser
en rebeldía contra las convenciones puritanas, pero nada heroico o grandilocuente, que
vive la vida de manera vibrante, apasionada, valerosa, pero no habla en representación de
nadie en general, sino de sí mismo, sin guías, al borde del naufragio por las rutas del
sueño o del deseo, intentando orientarse en un medio enfermo de soledad, de
incomunicación, donde, si acaso, se sobrevive, aunque sin consejos ni tratados, un ente
para quien el cuerpo (cabellos, uñas, lengua, espalda, aliento, pies, manos, mejillas,
miembro) cuenta.
Ese hablante lírico, sensibilidad a flor
de piel, se habla y nos habla en un lenguaje en el que lo más sorprendente es la
sencillez, el tono conversado, su cotidianidad. Un lenguaje lleno de giros añejos
las transparentes metáforas románticas y de elementos consabidamente
poéticos (cielo, luna, estrellas, pájaros, ocasos,, navíos, noche, nieve) que se alían
a la sorpresa de nuevos vocablos y elementos que aún no poseen cédula de ciudadanía
literaria o patente poética (torpedos teledirigidos, bolitas de uñita, la regada de las
matas, el suero, la capota del carro). Un lenguaje que no excluye las incorrecciones
gramaticales ni los anglicismos. Tales elementos, el personaje y el lenguaje, permiten la
identificación de una voz, de una personalidad, cosa difícil en muchos poemas de la
"Generación sin nombre", los cuales podrían atribuirse, sin equivocación, a
más de un poeta. No tendría nada de raro que ocurriera con Manrique (ausente del cotarro
literario nacional) y su generación lo que ocurrió con Aurelio Arturo y Piedra y Cielo:
Arturo, sin cumplir un papel protagónico en el baratillo de la vida literaria de la
época, terminó siendo el representante más calificado de su tiempo.
Scarecrow reúne seis poemas: Oda a un
colibrí, Elegía al cisne, El espantapájaros, El fantasma de mi padre en dos
paisajes, Mambo y El muelle Redington en San Petersburgo, cinco de los cuales ya habían
sido publicados en revistas de Estados Unidos y Colombia. Habría que decir, por lo menos
en los casos de El espantapájaros (Golpe de Dados, núm. XLII) y Oda a un colibrí (con
el título de El colibrí, en Acuarimántima, núm. 17, 1978), que se trata de nuevas
versiones. El autor suprime explicaciones, elimina chirridos de soso sentimentalismo,
transiciones torpes, prosaísmos pedestres y repeticiones repelentes y, en ocasiones,
cambia el orden de los versos, todo lo cual nos revela un arduo trabajo de vigilancia del
que surge el aire fresco del verso de Manrique.
Scarecrow no sólo confirma las virtudes
y los defectos (las versiones de Richie son mucho más concisas al eliminar tautologías y
obviedades) de la poesía de Manrique; al mismo tiempo, nos revela nuevos caminos hacia
los cuales parece orientarse su producción poética. Reafirma, por ejemplo, esa especial
sensibilidad hacia la naturaleza (en la que acompaña a Aurelio Arturo y Alvaro Mutis),
especialmente para el reino animal y el vegetal. El bestiario de Manrique (lobos, hienas,
cucarachas, arañas, ratas, avispas, sapos, moscas, corocoros, cangrejos, murciélagos,
culebras) se incrementa con nuevas especies (colibríes, cisnes, gallos, caballos,
alondras, gusanos, garzas, caracoles, flamencos, aves marinas, etc.). Un nuevo tema
intenta erigirse en centro de su poesía: la muerte, presente en cuatro de los seis
poemas. Así mismo, un viejo venero (que ya había alimentado su narrativa) comienza a
nutrir su poesía: las memorias de la infancia con la familia en el trópico, "esa
exaltada pesadilla de Rousseau". Un nuevo paisaje (un clima, unos personajes)
empiezan a poblar este mundo poético contribuyendo al rescate y desciframiento de una
identidad:
Contra un cielo topacio
y ventanales estrellados
con delirantes trinitarias
y rojas, sensuales cayenas;
el fragante céfiro vespertino
oloroso de almendros y azahar de la
India;
sobre las baldosas de diseños
moriscos,
con zapatillas de tacón aguja,
vestidos descotados y amplias
polleras:
...perfumadas, trigueñas, risueñas,
mis tías bailaban el mambo
canturreando: "Doctor, mañana
no me saca usted la muela,
aunque me muera del dolor".
En el aspecto formal, dos elementos
llaman la atención. Uno, el empleo, en el mejor poema de la selección, El
espantapájaros, del monólogo dramático, ese procedimiento tan empleado por uno de los
grandes maestros frente a los cuales Manrique tomaba estricta distancia: T. S. Eliot.
Mediante esa máscara poética que oculta el yo lírico, Manrique logra comunicamos con
mayor intensidad su visión del destino del hombre (condenado, colgado, prisionero,
crucificado) en un ámbito negativo, expuesto, inerme, al rigor de la batalla inútil de
los años, al "lento proceso de todas las cosas", a la humillación, al miedo, a
las inclemencias, al desgarramiento del corazón ante la pérdida de la belleza, la
libertad y el amor sólo suavizado por las caricias de la naturaleza.
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El otro elemento es la reflexión sobre
la poesía. Manrique nunca había dudado de las posibilidades expresivas del lenguaje o,
al menos, no lo había puesto de manifiesto. En El poeta escribe (1975), contraponía la
descripción objetiva de la realidad a la versión ficticia que daba la escritura del
poeta, sin comentarios, pura ironía estructural. En La tercera dimensión de Denise
Leverto se insinuaba una desconfianza más ética que epistemológica frente al lenguaje:
"la perfecta honestidad no! es más que una palabra! [...] Las palabras! alteran la
histoña". En El muelle de Redington en San Petersburgo no sólo nos revela Manrique
la clave de su poesía eminentemente visual, "épica de los ojos", sino también
su certeza sobre la inutilidad de la poesía:
Como un pintor nocturno
siento una necesidad de organizar
noche! mar! luna! hombre? bestia
en una escena armónica.
¿Por qué no dejar simplemente
que la realidad sea
y sentir el momento?
Un muelle sobre un golfo
es sólo una estructura.
La noche, la luna,
la inmensidad del mar,
no son míos ni me pertenecen.
Y no existe lenguaje alguno
que pueda retratar
la trascendencia de este fuego.
Sólo cabría esperar que esta actitud
escéptica frente al lenguaje poético no conduzca a Manrique al silencio, sobre todo
ahora, cuando ha empezado a ahondar en una realidad, en un paisaje, en una geografía
sobre la cual mucho podría decimos; sobre todo ahora, cuando parece haber llegado a la
plenitud de su experiencia espiritual y verbal de poeta.
ARIEL CASTILLO
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