Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

Calidoscopio en blanco y negro


Compañeros de viaje
Luis Fayad
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1991, 373 págs.

Camilo Torres Restrepo, el movimiento estudiantil de los años sesenta, el intento fallido de una transformación social y política de Colombia y el diario transcurrir de la clase media bogotana son algunos de los espacios históricos, relativamente recientes, en los que enmarca su última novela el escritor Luis Fayad.

Es así como en Compañeros de viaje el espacio va a ocupar el papel fundamental: no sólo por el señalamiento directo de los marcos históricos enunciados anteriormente, sino, además, porque las distancias y los gestos miden las relaciones entre los hombres, y Bogotá se constituye en el escenario en que se desarrollan estos movimientos.

De esta manera, el autor recalca las características de la novela urbana, pone énfasis en lo cotidiano de dicha ciudad y la demarca en sectores en los que ocurren sólo determinados actos: la Universidad Nacional y sus alrededores, donde se actúa en el compañerismo del estudio, el diálogo y la protesta; el barrio Chapinero, que, cercano a la universidad, representa un espacio tradicional, ocupado por las relaciones familiares, la estabilidad relativa, los amores adolescentes en las fuentes de soda y el descanso; el centro es el lugar del trabajo, la adultez, los bares, La Gruta, y el sitio donde reposa el Estado, blanco de las protestas. Todos estos mundos van a sentir el peso de un último espacio que con su presencia desestabiiza sus estructuras; es el espacio —otro, ausente de la narración directa, fuera de la ciudad— en el que se encuentran Camilo Torres, sus ideas y su muerte.

El lector se halla, entonces, ante el cotidiano acontecer en el que los personajes buscan adecuarse a las circunstancias que le deparan los otros. Son figuras que se mueven a tono con los cambios de posición de las demás figuras, sin que existan transformaciones reales dirigidas por unos principios de carácter individual. Se puede afirmar que la generalidad de los individuos carecen de interioridad, su personalidad está ausente, se desarrollan en sus actos o en la mirada de los otros personajes, los que a su vez observan sus movimientos para decidir los propios. Aun así, existen dos señaladas excepciones: por un lado, la fuerza pública de las acciones de Camilo Torres, su imagen como sacerdote en su última celebración de un matrimonio en la Universidad Nacional, su publicación del periódico Frente Unido, sus decisiones políticas y la noticia de su muerte; por otro, la protesta netamente individual de un estudiante casi anónimo, Delvalle, en la que cuestiona el real sentido de la lucha estudiantil.

Dentro de este marco, el de la novela y la historia evidente a los ojos del lector, Fayad establece una revisión narrativa en la que se desmitifican las versiones oficiales de la historia. Ya no se escribe novela para un lector politizado, sino que en una narración cercana a la crónica se busca la objetividad de las diversas versiones.

En esta actitud el autor continúa las búsquedas narrativas de su anterior novela, Los parientes de Ester. Es un lenguaje que, al igual que el mundo que crea, está ajeno de vitalidad propia, de colorido. Los sucesos están ausentes de jerarquía, y de esta manera se suceden sin interrupciones que determinen un sentido particular. Se busca aprehender el tiempo de lo cotidiano, del acontecer ordinario en el que se valida tanto el acto de servir un chocolate como la elaboración de las pancartas convocantes de una marcha estudiantil.

Nos encontramos, entonces, ante una novela en la que el blanco y el negro del mundo que plantea logra cubrir al lector en la fatiga de la lectura: lo reiterado de las estrategias narrativas en una obra quizá innecesariamente extensa, la falta de una atmósfera en la que los personajes no sean planos— planos y, por qué no, la muy deficiente edición de la obra, hacen que Compañeros de viaje sea un juego literario de limitadas posibilidades que acaba por sumir al lector en el cansancio.

CARMEN ELISA ACOSTA PEÑALOZA