Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

Apologética recopilación documental sobre un antepasado
que por puro azar fue presidente de la república


El 31 de julio. La otra historia de un cambio de gobierno.
Recopilación documental sobre el golpe de estado.
al gobierno del presidente Manuel Antonio Sanclemente.
Josè Ignacio Sanclemente Villalón (compilador).
Academia de Historia Leonardo Tascón, Buga 1990, 244 págs.

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Para la moderna investigación histórica es muy importante la publicación de colecciones de documentos sobre hechos y procesos, ya que eso permite al investigador contar con un buen acervo de información específica y supone ahorro de valioso tiempo. En la medida en que la recopilación documental responda a los criterios y necesidades de los métodos modernos de investigación, mucho mejor, ya que eso supone que el trabajo de recopilación intenta sobre todo captar procesos antes que hechos aislados. Un buen ejemplo de este tipo de recopilación documental nos lo proporcionan los trabajos de Juan Friede sobre la conquista y comienzos de la colonia y sobre el movimiento de los Comuneros o las fuentes documentales de Germán Colmenares y Margarita González.

No es precisamente ese el caso del libro que ahora nos ocupa; que no pretende reconstruir un proceso sino más bien un hecho concreto, como es el papel de Manuel Antonio Sanclemente en aquel 31 de julio de 1900, cuando se consumó el golpe de Estado que empotró en el poder al literato costumbrista José Manuel Marroquín. Desde luego que las apreciaciones de un sujeto determinado, como el presidente Sanclemente, sobre los sucesos en que él estuvo involucrado sean dignos de ser historiados, y tienen la misma legitimidad de cualquier otro acontecimiento histórico, pues al fin y al cabo la percepción que un sujeto hace de sus mismos actos o de aquellos en los que resulta comprometido forma parte de la realidad histórica, independientemente de que sea "verdadera" o ‘"falsa". Pero lo que sí es bastante discutible es que se pretenda a través de la voz del propio protagonista, voz sesgada por el resentimiento, por su adscripción partidista, por su religiosidad y hasta por su origen regional, asegurar que esa es la única y auténtica verdad. Cualquier investigador de la historia colombiana medianamente experto sabe que justamente uno de los mayores problemas, sobre todo para escribir la historia política del país, radies en que casi todos los políticos suelen dejar toneladas de discursos, escritos y cartas sobre su "monumental" obra de gobierno para que la posteridad se en— cargue de darles su veredicto absolutorio como miembros del panteón de la historia patria. Y ante ese volumen de información, en muchos casos sin mayor importancia, ¿qué debe hacer el historiador moderno? Obviamente, no puede caer en el culto apresurado de esa documentación, sino que debe penetrar CRITICAMENTE —en el sentido del conocimiento histórico— en esa masa documental para confrontarla con un sinnúmero de sucesos de la REALIDAD HISTÓRICA, material si se quiere.

El primer problema que presenta la recopilación comentada es que ella recoge exclusivamente los documentos de Sanclemente (cartas, proclamas, discursos) del momento en que fue depuesto o de los meses posteriores, en su cautiverio en Villeta; o también las versiones del periódico titulado El 31 de julio. La otra Historia de un Cambio de Gobierno, que es, por supuesto, favorable a Sanclemente. Y no podía ser de otra forma, pues el periódico fue publicado por uno de los hijos del presidente derrocado, Enrique Sanclemente, y el libro es publicado por un nieto o bisnieto del primero. Así tenemos que la recopilación se inscribe en el ámbito de una típica historia familiar, en la cual el compilador sólo pretende, según las palabras de Amado Gutiérrez Velázquez, presidente de la Academia de Historia de Buga, que edita el libro, "restablecer la verdad histórica y hacer claridad en cuanto a la conducta de su ilustre antepasado" Pág. vii, subrayado nuestro). Naturalmente que con ese presupuesto no es de extrañar que los lazos filiales pesen tanto sobre el carácter de la misma recopilación como sobre las pocas apreciaciones que el compilador hace en el texto.

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Antes de considerarlas, es necesario decir que el compilador presenta un impresionante currículum vitae, pero no precisamente en el campo de la historia ni de las ciencias humanas, sino en el de la arquitectura y el urbanismo, lo cual, desde luego, no obsta para que, a manera de aficionado, como él mismo lo reconoce (pág. 5), intente penetrar en los vericuetos del conocimiento histórico, en esta ocasión rindiéndole un merecido homenaje familiar a su ilustre antepasado, que llegó o ocupar el solio presidencial. Así nos dice: "No contando con la experiencia y documentación requeridas para adelantar un detallado estudio histórico [...] nos hemos conformado simplemente con apuntar ciertas fechas y hechos históricos, con el ánimo de que puedan servir de punto de partida y referencia a posteriores expertos" (pág. 5).

La historia que rinde culto al patronímico no es rara en Colombia, pues los hijos, o los nietos, o bisnietos o hasta sobrinos y primos de los prohombres del país se ven casi en la imperiosa necesidad de escribir sobre la vida de sus ilustres antepasados y de sus obras de gobierno. Así encontramos que quienes escriben o inspiran obras sobre sus ascendientes de apellido ilustre —como los López, los Gómez, los Lleras, los Santos, los Ospinas— se den a la particular tarea de relatar, la gran obra de sus mayores. Eso ha pesado mucho en la investigación histórica en Colombia, incluso en la Nueva Historia, lo que ha impedido al historiador tomar la debida distancia frente a los sucesos políticos en que se vieron envueltos los "héroes" que configuran el interminable panteón de la historia patria.

En estas circunstancias, Jose Ignacio Sanclemente sólo está incurriendo en una práctica normal de cierto tipo de discurso histórico, cuya preocupación esencial es contribuir a heroizar a sus antepasados. Y eso mismo hacía el director del 31 de Julio, cuando en la presentación de su primer número, el 28 de agosto de 1904, decía: [...] queremos en nuestra condición de hijos amantes de un padre que, si no nos legó cuantiosos bienes de fortuna, sí nos aleccionó en la escuela del deber, que su memoria venerada pase a la posterida4 pura y sin mancha, corno puros fueron sus sentimientos, pura la nobleza de sus procederes y puro su amor a la causa [...] que estaba llamada [...] a implantar en Colombia el imperio de la justicia"

(pág. 13, subrayado nuestro). Con tanta pureza, la interpretación histórica es pura apología y nada más.

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En el caso de una recopilación es muy poco lo que se puede discutir. No hay posibilidad de debatir con los documentos, pues eso supone la tarea de reconstrucción histórica como tal. Por esa circunstancia, del texto solamente es viable cuestionar las reiteradas afirmaciones del compilador, en la presentación de los documentos, sobre la supuesta autonomía de Sanclemente al ser postulado como candidato presidencial y luego cuando "ejerció" la primera magistratura. Conociendo medianamente las circunstancias políticas de 1898, cuando se cerró el camino para la reelección de Miguel Antonio Caro, no es difícil entender que éste se encontraba en el trasfondo de la escogencia de los candidatos presidenciales, a los que consideraba incondicionales, lo que no obstó para que Marroquín después desobedeciera la tutela del corregenerador. Caro estaba tras Sanclemente ylo manejaba a su antojo; otra cosa diferente es que Caro, subestimando a ciertos sectores de los conservadores, no haya vislumbrado la posibilidad de que éstos, sobre todo la fracción de los históricos, pudieran golpear, no tanto a Sanclemente, pues esa no era su preocupación central, sino al propio Caro, mediante el golpe de Estado del 31 de julio de 1900. Al parecer, de nada sirven modernas investigaciones trabajadas a partir de muy diversas fuentes, como las de Jorge Villegas o Charles Berquist, que el compilador cita en su bibliografía, para desmentir un punto de vista anclado no en el análisis frío y desapasionado de los hechos sino en la nostalgia familiar por exaltar a su más ilustre antepasado. Antepasado que, por cierto, accidental y efímeramente fue presidente por cosas de los vaivenes políticos antes que por ser un dirigente nacional representativo.

 

RENAN VEGA CANTOR