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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
La apenas
sudamericana
Vivir en Bogotá
José Fernando López (y otros)
Foro Nacíonal por Colombia, Bogotá, 1990.
281 págs.
Frío, aglomeración, lluvia pertinaz,
concreto, montes tutelares, gris, contaminación... ¿Qué evoca la palabra Bogotá a los
viajeros, a los provincianos? ¿Qué sugiere a sus habitantes? ¿Cuánto quisiéramos
saber de esta ciudad para desentrañada y vivirla?
En Bogotá los puntos cardinales denotan
la pertenencia social: una fuerte polarización socioespacial y una clara definición de
centros de actividades perviven aún, a pesar de las transformaciones en las pautas de
consumo de vivienda de estratos altos y medios y en la producción habitacional de los
estratos bajos.
Esta ciudad extiende día a día sus
núcleos habitacionales, a manera de tentáculos que luchan por diferenciarse: unos sobre
los terrenos de vocación agrícola de la sabana, otros sobre los cerros erosionados del
sur, mientras el centro pierde su naturaleza simbólica y sus residentes por efectos de la
renta del suelo y del monoclasismo de sus usuarios. ¿Cómo poner freno a la disolución
del tejido urbano y a la creciente pérdida del sentido del espacio público?
Y es que Bogotá es un polo de atracción
para los habitantes del país debido a la alta concentración de actividades y a su
dinamismo económico, pero tiene la peor distribución del ingreso y la mayor cantidad
absoluta de informales en casi todas las ramas productivas.
El transporte, dolor de cabeza permanente
para los habitantes de esta urbe, no ha encontrado en busetas ni busescebras ni ejecutivos
una solución masiva. La concentración de población ha elevado la demanda, la
infraestructura vial es insuficiente y su uso irracional; la estructura empresarial del
servicio, la carencia de planificación y de una política estatal definida para el sector
contribuyen a empeorar el transpone.
Son frecuentes las noticias que nos
llegan de las luchas de pobladores de todo el país por los servicios públicos: que no
hay agua, que su calidad es pésima, que hay racionamientos de luz que las tarifas son
impagables, que la basura invade las calles, que los teléfonos no sirven. Bogotá no se
escapa a los reclamos individuales o a las acciones cívicas por los mismos motivos.
Varios son los problemas que afrontan los
servicios públicos de la capital: políticas de inversión, en las que priman las
faraónicas obras de infraestructura; alto índice de pérdidas; el servicio de la deuda
externa; ineficiencia administrativa, organizativa y técnica de algunas empresas
prestatarias de los servicios, factores que cercenan su posibilidad de expansión.
La política de indexación ha tenido
como objetivo descargar en el pago de las tarifas el financiamiento de las obras de
infraestructura, el pago del servicio de la deuda y los costos de operación, afectando en
mayor proporción a los estratos bajos y medios de la población.
El sector educativo muestra un déficit
presupuestal permanente, debido a los bajos recursos que el gobierno nacional destina a
los planteles estatales. Aunque su cobertura es bastante aceptable, el Sector privado
predomina sobre el público, disminuyendo las posibilidades de acceso de los sectores de
más bajos ingresos al sistema educativo.
Los sectores populares, los más
lesionados por el cúmulo de problemas urbanos que presenta Bogotá, han creado múltiples
organizaciones con el objeto de mejorar sus condiciones de vida: las juntas de acción
comunal han construido entre el 35 y el 40% de la infraestructura urbana y están
realizando proyectos autogestionarios relacionados con el consumo, La salud y la
infraestructura urbana; las organizaciones de viviendistas han intentado dar respuesta al
déficit habitacional y a la insuficiencia de recursos de la mayoría de las familias para
obtener vivienda; las cooperativas atienden diversas necesidades especificas y los
sindicatos son importantes en el sector manufacturero, no obstante sólo el 15,6% del
total de la población ocupada de la capital está sindicalizada. Por su parte, los
organismos internacionales de crédito, interesados en "acompañar el crecimiento
explosivo de las zonas urbanas latinoamericanas" han hecho grandes empréstitos para
proyectos de amoblamiento urbano, que han tenido grandes sobrecostos sociales y
financieros para la ciudad. Tal es el caso del Programa de Desarrollo Integrado Ciudad
Bolívar, para cuya ejecución la alcaldía mayor contrató con el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) un préstamo correspondiente al 49% de su costo total, en 1984. Se
pretendía mejorar el índice de calidad de vida, superar el déficit de vivienda y las
precarias condiciones sociales, mejorar el acceso a la oferta laboral y elevar el nivel de
ingresos de casi la cuarta parte de la población de la capital, que habita en aquella
zona.
En 1988, año calculado para la
finalización del programa, los estimativos preliminares del estado de las obras y los
balances presupuestales
reflejaron una ejecución crítica.
Diversas experiencias de contratación del distrito con la banca internacional permiten
deducir que los estudios y proyectos no consultan las capacidades reales de manejo
administrativo, técnico y financiero de las entidades distritales y se prefiere
subestimar costos y minimizar tiempos para lograr conceptos favorables y rápida
aprobación de los contratos.
La participación de las organizaciones
populares de Ciudad Bolívar no fue tenida en cuenta ni para definir el contenido del
proyecto ni durante su ejecución, a pesar de agrupar una base heterogénea de la
población y de tener una amplia experiencia reivindicativa en la lucha por la vivienda,
los servicios públicos, las vías, el transpone, la salud, la educación, la recreación
y el empleo.
Si bien es cierto que ellas se
caracterizan por la inestabilidad y vulnerabilidad al manejo e influencia de partidos
políticos, entidades estatales y no oficiales, su poca vinculación con las bases, la
falta de coherencia interna, operativa y funcional que no les permite proyectarse,
trascender el marco de su territorialidad geográfica y su especificidad, aunar
propósitos y esfuerzos ni planificar sus tareas a mediano y largo plazo, han orientado
sus actividades a la satisfacción de necesidades colectivas y son espacios de
participación, de formación y comunicación, de consolidación comunitaria. Son
interlocutores con quienes el Estado debe establecer diálogo permanente si la pretensión
es construir una ciudad más humana, más amable... si queremos que Bogotá deje de ser
una "ciudad de perros"
*
.
¿Qué responsabilidad le corresponde a
la administración distrital por su gestión, por la lógica de toma de decisiones en
materia de inversión y proyectos, por la ausencia de planificación acorde con las
necesidades reales de la población, por el ilimitado crecimiento en extensión de esta
urbe? Los autores de Vivir en Bogotá dan cuenta de ello en sus análisis, así como de
algunas características de la ciudad a partir del acopio, casi exhaustivo, de la
información disponible sobre diversos indicadores, no obstante el permanente
señalamiento de la carencia de información actualizada y la dispersión o imprecisión
de la existente; algunos logran exprimir las cifras, otros son tímidos y el análisis
cualitativo escasamente se insinúa.
Vivir en Bogotá reúne un conjunto de
ocho ensayos: Características económicas de Bogotá de José Fernando López, La
estructura urbana y la vivienda en Bogotá de Samuel Jaramillo; El transpone en Bogotá de
Jorge Acevedo; Los servicios públicos en Bogotá y La organización popular en Bogotá
escritos por Pedro Santana y Clara Rocío Rodríguez; La educación en Bogotá de Abel
Rodríguez; Ciudad Bolívar: deuda externa y presencia de organismos multilaterales de
crédito de Gustavo Díaz y Estudio de caso: problemática de las organizaciones populares
en Ciudad Bolívar de Carlos Escobar, Juan Miguel Molina y Alfredo Ordóñez.
Claro que quedan vacíos: el espacio
público, la cultura de la ciudad, el manejo ambiental, los viejos, los niños, la
juventud, la violencia urbana, en fin.., vivir en Bogotá es mucho más que Vivir en
Bogotá.
MARTHA CECIUA GARCIA VELANDIA
* Título de ilustración
de la cubierta del libro, obra de Víctor Sánchez (Uno más). (regresar*)
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